El merengue demócrata

La campaña electoral en Estados Unidos va mucho más allá de debates televisivos, discursos de presidentes y carteles de propaganda electoral. En este país la política es también sinónimo de show, negocios y networking. Esta semana, Filadelfia ha albergado la Convención Nacional Demócrata (DNC), el congreso anual del Partido demócrata, lo que ha supuesto la llegada de más de 50.000 personas a la ciudad, sumando los delegados demócratas de cada estado, políticos, celebridades, activistas y manifestantes que aprovechan la atención mediática para convocar protestas por toda la ciudad.

Los manifestantes más numerosos son los partidarios de Bernie Sanders, el candidato más ‘progre’ del partido demócrata, que perdió en las primarias frente a Hillary Clinton para presentarse a las elecciones presidenciales de Estados Unidos como representante de los demócratas y tratar de vencer a Donald Trump. Será la primera vez que una mujer se presenta a la presidencia de los Estados Unidos, pero eso no es suficiente para contentar a los demócratas que votaron a  Bernie Sanders. Se siente un poco traicionados y los ves por todas partes –  en bares, restaurantes, en la calle, bajo un calor sofocante-  con sus camisetas, pines, banderolas y tatuajes con la silueta de su candidato fetiche. Incluso en el motel en el que nos hospedamos, a casi una hora de coche del centro, un fan de Bernie Sanders ha decorado la ventana de su habitación con posters del candidato.

Tanto los activistas pro-Sanders como los que son simplemente anti-Hillary tiene un perfil progre:  protestan por la falta de ayudas sociales, los salarios bajos, la ecología, pero sobretodo contra de los dos acuerdos de libre comercio que ha planteado la actual Administración : el TPP (el tratado de libre comercio con los países del pacífico) y el TTIP, que afecta al comercio entre EEUU y Europa.  Hasta hace unos meses, Hillary Clinton era partidaria de ambos tratados, pero la presión de su rival Bernie Sanders han conseguido rectificar su posición y ahora parece ser que también está en contra. Los anti-Hillary también acusan a la ex secretaria de Estado de haber cometido errores militares graves y de haber metido a EEUU en conflictos bélicos sin salida (Irak, Siria, Afganistán, Benghazi, drones…) . El eslogan “Hillary for Prison” puede verse estampado en camisetas, chapas e incluso en los laterales de furgonetas conducidas por activistas que se han desplazado a Filadelfia para el DNC. Las protestas son pacíficas, rodeadas de patrullas de policía urbana en bermudas y bicicleta que a la que pueden están mirando el móvil – están bien organizadas, nadie interrumpe el tráfico, no hay caos, no hay peleas. Nadie intenta acallarlas o silenciarlas. “Estados Unidos es un modelo de democracia muy primaria, la campaña es un proceso muy lento, en el los ciudadanos están involucrados desde abajo. Aquí es fácil hacerse delegado de un partido o del otro, y poder participar en el proceso de elegir al candidato”,  me explica mi amigo Marc Bassets, corresponsal de El País en Washington, que está cubriendo la DNC. La semana pasada, Marc estuvo en Cleveland cubriendo la convención del partido Republicano, en la que se nominó oficialmente a Donald Trump como candidato a la presidencia, y asegura que el ambiente era menos acogedor. “El DNC es más abierto, todo el mundo dice la suya y se respeta. En cambio, el  mensaje que se respiraba en la convención republicana sonaba más a “lock her up!, Encarcelarla ( refiriéndose a Hillary)”, me explica Marc.

La llegada de miles de visitantes y delegados demócratas a Filadelfia también ha supuesto una gran oportunidad de negocio para la ciudad. “Estoy días voy de bólido”, nos explica Harold, un conductor de Uber, que nos recoge del motel para llevarnos al centro. Harold es un mulato con rastas hasta media espalda que no para de hablar. El tráfico es espantoso y tenemos para rato. Vamos con las ventanas abiertas, sin aire acondicionado, y voy sentada encima de un carpesano, porque el asiento de atrás está mojado. “Ayer cayó una tormenta y me dejé las ventanas abiertas”, se excusa Harold, subiendo la música. Sintoniza una emisora de hip hop y nos pregunta si nos gusta. “YEah”, le suelto para que se calle. No hay forma. Nos cuenta que es diseñador gráfico freelance y nos enseña el diseño que ha hecho para una marca dominicana de champús y acondicionadores. “Si algún día necesitáis diseñador para un reportaje, me llamáis”, nos dice a mi y a Raquel, sacando un par de business cards de la guantera. Cuando se entera que somos de Barcelona, nos suelta que le encanta el arte y sobretodo, Picasso. “Picasso es mi inspiración. ¿Cuál es vuestra inspiración?”, nos pregunta con un inglés incomprensible,  que suena como si tuviera una patata en la boca.

-Mi inspiración es Pokemon- le respondo para que se calle. Lo consigo.

EN el centro de la ciudad, los hoteles y clubs de Filadelfia albergan cada día algun desayuno, recepción o fiesta, patrocinada por la delegación de algún estado. Los medios de comunicación también organizan sus propias tertulias y conferencias, abiertas a periodistas o ciudadnos de a pie. La mayoría de eventos cuentan con esponsors corporativos y en todas hay comida y bebida gratis. Hernán, el director del periódico latino que me ha invitado a visitar la ciudad, no se pierde ninguna. Una tarde estuvimos con él en una fiesta en lo alto de un rascacielos, organizada por la Cámara de Comercio Hispana. Servían un  Chardonnay muy seco acompañado de un buen surtido de quesos, que luego me provocaron un ataque de acidez. De allí nos fuimos al lobby de un hotel de lujo, donde la delegación demócrata de Nueva York costeaba las bebidas. Pedí una cerveza local, Yuengling, que estaba muy mala, mientras una pantalla gigante proyectaba en directo el discurso del candidato a vicepresidente, Tim Kaine, en el estadio donde se celebra el Congreso.

A medianoche, cuando los delegados salen del estadio, empiezan las fiestas grandes.  Ayer nos colamos en la fiesta de un senador Latino de Nueva Jersey  en uno de los salones del principal auditorio de la ciudad, un edificio acristalado de líneas modernas, con vistas a Broad Street. En la cola de entrada conocí a un influyente latino, Antonio Ibarría, fundador del diario HOY, uno de los diarios hispanos de mayor tirada de los Estados Unidos, que acabó vendiéndose a un grupo editorial. Ibarría es un señor bajito, con el pelo muy blanco, que ayer vestía con traje chaqueta azul eléctrico y pajarita. Su acompañante  iba embutida en un vestido de tubo apretado, marcando pechos y caderas anchas, porque aqui las img_20160728_044535.jpgmujeres no tienen complejo de gordas.  Me hubiera gustado hablar más con el señor Ibarría, pero al llegar la  comida, nos olvidamos el uno del otro. Había muchas empanadas, bocadillos, un guacamole delicioso y plátano frito. En un plató improvisado, una orquesta tocaba merengues, y un hombre negro,  bastante mayor, con camisa hawaianna chulisima  me sacó a bailar e intentó besarme.  Fuera, en el balcón, un cubano apellidado Santana enrollaba puros al momento. “¿Quieren otra bebida?”, insistió Hernan, dando una pipada a su habano, con cara de sueño. Lleva varios días durmiendo menos de 3 horas. Cuando salimos a la calle a buscar el coche,  el calor seguía siendo sofocante. Por suerte, Hernan tiene un  todoterreno gigante, que por dentro es como un iglú. Ayer, sin embargo, no se vio capaz de conducirlo hasta Jenkintown, a una hora y 82 semáforos de camino (un dia los contó).  Así que mi amiga Raquel se puso al volante, sin miedo. “Tu me guías, Hernan”, dijo. Hernan respondió que sí, pero a los cinco minutos ya estaba roncando.

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