Yo no bailo

Lo primero que vio Iván al despertarse fue su chaqueta nueva tirada por el suelo y los pantalones colgados en la barandilla. Ni siquiera recordaba cómo había sido capaz de subir por las empinadas escalerillas que subían hasta el altillo sin caerse. El día que el agente inmobiliario le había enseñado ese loft de dos pisos en una antigua fábrica de Sant Andreu lo había tenido muy claro. Siempre había querido vivir en un loft como los de las pelis, con techos altos, paredes de ladrillo, la cama en el altillo y una estantería gigante para lucir su colección de vinilos y libros de diseño gráfico. Sant Andreu era el nuevo Poble Nou, el nuevo Soho barcelonés, el lugar perfecto para desconectar de su antiguo piso del Eixample, donde había vivido los últimos dieciocho años. De esos dieciocho, se había pasado seis esperando a que Margie se mudase con él – incluso había reformado su estudio para que ella pudiera tener un cambiador – pero finalmente su novia había decidido cambiar París por Santiago de Chile, en lugar de Barcelona. Iván se había quedado hecho polvo. Seis años de relación a distancia para nada. Margie le había dejado porque le había salido un trabajo mejor en su país. Sin embargo, cuando la gente le preguntaba por qué habían roto, él respondía que ella se había empezado a poner muy pesada con lo de tener un hijo, y que por eso habían decidido cortar.

-Eres tonto, hijo, tienes 45 años, ¿a qué esperas para hacerme abuela?

Su madre se había llevado una gran desilusión. Tenía todas sus esperanzas puestas en Margie, a pesar de que era chilena, y su madre no tragaba a los sudamericanos. Tampoco la conocía demasiado. Una relación a distancia tenía muchas pegas, pero también una gran ventaja: cuando estaban juntos, el tiempo era sagrado. No había ratos libres para comidas con los suegros ni barbacoas familiares. Cada encuentro con Margie -fuese en París, en Barcelona, o en Nueva York, donde coincidían cada año para la entrega de los premios de diseño- era como una mini luna de miel. Margie y él rara vez se peleaban, a no ser que hablasen de trabajo. Ella trabajaba en una agencia multinacional, estaba acostumbrada a manejar presupuestos astronómicos, y no entendía cómo Iván podía trabajar con clientes tan pequeños y de una forma tan informal.

-Mi amor, tarde o temprano vas a tener que venderte la agencia a una de las grandes- le decía, con su suave acento chileno.

Margie no iba a mudarse nunca a Barcelona, lo tendría que haber imaginado. En Barcelona no encontraría  un puestazo como el que tenía en París. Y Margie era ambiciosa. Su compañía le había ofrecido dirigir las cuentas del mercado sudamericano desde las oficinas de Santiago de Chile, donde vivían sus padres. Había aceptado la oferta enseguida, sin ni siquiera consultarlo con él, ni mucho menos proponerle que se mudara con ella. “Tú estás casado con tu agencia, si me quisieras de verdad hubieras venido a Paris hace tiempo”, le dijo Margie la última noche que se vieron, en un pequeño bistro del Marais, en París.

Nueve meses después, Ivan todavía recordaba esa cena a la luz de las velas. Habían pedido boeuf bourguignon y una botella de Côte du Rhone de una conocida bodega, para la que Margie había realizado una campaña recientemente. Era un vino estupendo, como todo lo que elegía Margie. Esa noche, Ivan se había dado cuenta de que ella era mucho más inteligente que él, y que quizás sí, lo mejor era que rompieran. Y quizás también, como decía ella, él estaba casado con su agencia. .

De hecho, si no hubiera sido por los de su agencia, no hubiera podido hacer la mudanza en un plis plas. Sus empleados – becarias de Cuentas incluidas –  se habían dedicado un sábado entero a ayudarle a hacer cajas y transportar muebles. Iván, en agradecimiento,  había organizado una super barbacoa en el estudio, que había acabado en un desmadre absoluto.  Las drogas y el whisky corrieron como si fueran agua, y él terminó tirándose a  Lucía, una creativa que había trabajado en la agencia, y que siempre aparecía en las fiestas sin que nadie la hubiera invitado.  ¿Cómo se había enterado de su mudanza? Las putas redes sociales, había pensado la noche anterior, cuando Lucía volvió a aparecer por sorpresa en la paella gigante que organizaban en la agencia cada jueves de final de mes. Como de costumbre, Lucía se había puesto en plan pantera – lo de haberse convertido en bloguera de éxito se lo tenía un poco creído-  pero esta vez él le había parado los pies. No quería acostarse más con jovencitas quince años menores que él. No quería saber nada de mujeres ambiciosas y trepas de la publicidad, pensó Iván, sin levantarse de la cama. Por suerte,  había logrado escaquearse de la fiesta antes de que alguien sacara la coca y ya no hubiera vuelta atrás. Además, a partir de cierta hora, la gente quería bailar,  y el odiaba bailar. “Yo no bailo”, repetía cada vez que alguna chica se ponía pesada. Tenía un problema con eso, lo sabía, pero era incapaz de mover su cuerpo y sus pies de forma sincronizada, y mucho menos si tenía que ser a ritmo de los Beach Boys. El lema de la paella de ayer era “surf or die”.  Todo el equipo de la agencia se había vestido con camisetas surferas de uno de sus clientes, una conocida marca de camisetas y bañadores de California. A lo largo de la tarde, fueron colgando en Instagram fotos de la paella y   de la fiesta etiquetando a la marca, algo así como publicidad encubierta. También colgaron fotos con hashtags y referencias a marisquete.com, otro cliente de la agencia. Cada jueves que tocaba paella, la web les regalaba los langostinos y los calamares a cambio de lo mismo:que hicieran difusión en las redes sociales. Y por supuesto, toda cubertería y las mesas que usaron para comer eran de Habitlux, una empresa de diseño de muebles para la que habían realizado ya varias campañas.

Para Iván, esas paellas colectivas en la terraza no eran solo una forma de publicidad encubierta. Era una excusa para pasar un momento relajado junto a sus empleados. Le gustaba verles sonreír alrededor de un plato de arroz demasiado hecho, bebiendo cerveza y bromeando entre ellos. Era un jefe guay, se decía a si mismo, sentado en una punta de la mesa. Ayer,  los de la agencia tuvieron el detalle de guardarle los restos de socarrimat en un tupper, porque sabían que le chiflaba. Iván lo guardó en la mochila y esperó a llegar a casa para tirarlo a la basura. No había querido ofenderles. Se sentía a gusto cerca de ellos, se sentía querido. Eran un poco como su familia.

-Pero no te confundas Vanushka, tu eres su jefe. Ellos te necesitan y tú les necesitas. No es amor de verdad.

Raquel siempre le decía lo que pensaba, por eso le caía bien. Aunque a veces hubiera preferido que se guardase para ella algunas cosas.

-No sé, me siento arropado, es un poco como si suplieran la necesidad de tener hijos, una familia.

-Dices muchas tonterías, de verdad, Vanushka. Qué pensamiento más pobre. Espero que no tengas que despedir a nadie para que entiendas que no es lo mismo.

Al principio, lo de Vanushka o Vania le había parecido una cursilada, pero se había ido acostumbrando. Raquel era profesora de literatura rusa en la universidad de Barcelona y se pasaba el día haciendo referencias a la cultura eslava. No sabía porqué, pero la resaca le hacía pensar en ella. La última vez que la había visto había sido el viernes pasado. La había llevado a comer a un restaurante que había descubierto hace poco cercad el Diagonal mar, una tasca ruidosa, con las paredes recubiertas de cerámica barata, sillas de madera oscura, llena de trabajadores de empresa celebrando con carajillos y gintonics el inicio del fin de semana. En lugar del menú de mediodía, ellos habían pedido a la carta – alcachofas fritas, huevos rotos con chorizo, croquetas de merluza y de cocido, ensalada de burrata- e Ivan tenía que ir con cuidado de no hablar demasiado porque Raquel se lo zampaba todo muy deprisa.

-Que bueno está todo, Vanuska, gracias por invitarme- le dijo, con la barbilla manchada de aceite. Ivan se lo dijo y ella se puso roja.

-Eres un pesado- le respondió, limpiándose con la servilleta. Raquel era diez años más joven que ella y tenía un aire bastante infantil. Se habían conocido en la inauguración de la exposición de un amigo en común, un diseñador gráfico de Vladivostok afincado en Barcelona desde hacía un tiempo. Raquel había editado los textos del catálogo para poder distribuirlo en varios estudios de diseño de San Petersburgo y Moscú. Ella llevaba un vasito de vodka en la mano y un platillo de ensaladilla rusa en la otra, y tenía los labios manchados de mayonesa.

-¿Has probado la ensaladilla rusa? Está buenísima. El catering es de un restaurante ruso bastante bueno – le dijo, enseñándole el platillo.

-Lo de la a ensaladilla rusa no será porque es de Rusia, ¿verdad?-le preguntó él, con sorna.

-Pues creo que sí. En Rusia tienen un montón de ensaladillas diferentes; con cangrejo, salmón, lengua, guisantes, pimientos… La típica ensaladilla rusa que conocemos nosotros se llama salad Olivier. Lo importante es que todas llevan mucha mayonesa.

-Ya lo veo- respondió Ivan, con una sonrisa pícara-  Tienes mayonesa en los labios.

– ¿En serio? ¿dónde? – dijo, colorada. Después se limpió los labios con la manga de la camisa, lo que hizo reír a Ivan.

-No hace gracia, señor Vania. Ya nos veremos.

Después de esa noche se habían buscado en las redes sociales y hecho amigos de Instagram. Él hacía poco que había cortado con Mergie y pasaba muchas noches enganchado a Instagram.  Le gustaba seguir las fotos que colgaba Raquel de sus viajes a Rusia, donde iba frecuentemente para asistir a conferencias y seminario.

-¿Piensas volver algún día, o qué? – le comentó una vez debajo de una foto suya en Ekaterimburgo.

El comentario había servido para que empezasen a chatear, hasta que un día él quedaron para  cenar en un restaurante cerca de su nuevo loft. Después la había invitado a subir y ella le había besado en el ascensor. Se sorprendió un poco. No estaba acostumbrado a que las chicas tomasen la iniciativa, y mucho menos las que eran más jóvenes que él.Consiguió que se sentarse en el sofá y le ofreció un whisky. Raquel aceptó, diciendo q le encantaba el Scotch, pero el supo que mentía. Después, ella se había reído de él por tener tantos libros de yoguis y un monopatín apoyado en la pared.

-¿pero cuantos años has dicho que tenías? Catorce?  -el vaso de whisky seguía lleno en su mano. Ivan se rio.

-Cuarenta y cinco

-Ah, entonces todavía estas capacitado para subirte a ese trasto cinco segundos sin partirte la crisma, Vanuska.

-No te imaginas lo ágil que soy, Raqueluska.

Raquel, Raquelita, Raqueluska.. Ivan reía solo, tumbado en la cama. Tenía razón Raquel al reírse de él. Le decía que era un quedabien, un pijoteras con un loft del diseño y unas escaleras de mierda por donde un día se mataría. Lo cierto es que ahora odiaba subirlas cada noche. Tampoco soportaba no poder bajar las persianas para tapar el  foco de luz que  iluminaba la chimenea de la antigua fábrica, que los de la promotora habían conservado para que las viviendas tuvieran más encanto.

Harto de estar en la cama, Iván se levantó y bajó descalzo a la cocina. Enchufó la cafetera eléctrica y abrió la nevera. Nada comestible, excepto dos tristes melocotones que le habían regalado en la tienda de productos ecológicos de la esquina.

-Son los últimos de la temporada, ya verás que ricos. Llévatelos, que no los quiero tirar – había insistido la señora Mercè, la dueña de la tienda. La señora Mercè siempre le regalaba cosas: unos tomates, una coliflor lila, un racimo de uva.

-No puedes alimentarte solo de alfalfa-le reñía, cuando le veía coger del mostrador una bolsa de brotes de esa hortaliza supuestamente tan saludable, según las becarias de la agencia.

La bolsa de alfalfa llevaba dos días medio abierta encima de la mesa de la cocina y después de olerla Iván optó por tirarla a la basura. La cafetera empezó a hervir. Conectó el móvil a los altavoces inalámbricos y sintonizó un álbum de Alabama Shakes. Tenía mucha hambre y le dolía la cabeza. Volvió a abrir la nevera y sacó los melocotones, lanzando un suspiro de resignación.  Odiaba pelarlos.

-Me da mucha grima. De pequeño le pedía a mi madre que me los pelara, pero nunca lo hacía. A cambio me compraba tigretones.

-Tienes alma de gordo

Ivan se rio solo al recordar ese chat reciente con Raquel. Cada mañana, Raquel madrugaba para prepararle el desayuno y la comida a su padre, que vivía solo desde que su madre había decidido irse a un centro budista en la India.

-Si voy yo a pelarle los melocotones, mi padre se alimentaría de huevos duros cada día- le explicó. Cuando viajaba a Rusia, su padre se mudaba a casa de su hermano y de su esposa, una médico colombiana,  vegetariana  y profesora de meditación. “Entre mi madre y mi cuñada, entenderás que tenga un trauma con los yoguis”, dijo.

Ivan miró el melocotón con asco. Uno de los lados se había reblandecido y la piel se había arrugado. La agarró por una punta con los dedos y estiró. La piel aterciopelada se despegó de la carne amarillenta y aguada, y un aroma dulce impregnó toda la cocina. Había pelado un melocotón solo. ¿Se estaría haciendo mayor?”, pensó, frunciendo el entrecejo. Sus rodillas se movieron al ritmo de la música de Alabama Shakes. “No, hasta que no baile no maduraré”, se consoló.

brittany-shakes

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