Instagrammers Anónimos

Hace dos años a estas alturas pensaba que Instagram era una mierda pinchada en un palo, una red social aburrida donde la mayoría de la gente colgaba fotos muy normales de lugares aún más normales pensándose que eran fotógrafos de National Geographic. Yo normalmente esas fotos las colgaba directamente en Facebook y listo. Además, procuraba siempre salir yo, porque soy una egocéntrica y voy bastante de guais. Pero entonces me fui a vivir dos meses a Serbia para un proyecto de libro -que sigue siendo eso, un proyecto- y todo cambió.

El viaje coincidió con que unas semanas antes tuve una aventura con tío muy feo que tenía Instagram y presumía de ser un ‘aventurero’. La verdad es que el feo nunca me había gustado, pero se pasó todo el verano persiguiéndome y al final caí– me envió una foto de un ordenador desmontado con todos los chips y cables, y me enterneció -. Gran error. Salimos una semana y después me cambió por una rumana más fea y con más tetas que yo. El tema me jodió bastante el orgullo, no porque le quisiera, sino porque soy una competitiva enfermiza  y encima no podía decir eso de que “al menos estaba bueno”. En lugar de limitarme a aprender la lección (“nunca más con un feo”), me puse a colgar fotos en Instagram para darle celos. La cosa se me fue de las manos. A los pocos días, me convertí en una adicta a Instagram, animada por otros hombres adictos a Instagram que en su día me habían dado calabazas y que se alegraban de verme por ahí. Uno incluso se interesó de verdad por lo que hacía: “¿Andrea, es tu mañana en Serbia o vas a volver?”, me escribió.

La tontería de Instagram me ha durado dos años. Instagram era el plató perfecto para llamar la atención. “¿Habrá visto mi foto? ¿Se habrá reído?”.  Hasta que me aburrí. Me aburrí de mi misma. De abrir el móvil y perder el tiempo viendo fotos que me interesaban un pepino, de chafardear la vida perfecta de un desconocido, los comentarios gilipollas de una blogger que suspira porque llegue el verano o una influencer que dice ser feminista y solo cuelga fotos de ella misma vestida con ropa sexy o de decoración de muebles. Orgullo de mujer… Que se cuelgue una leyendo un puto libro o cocinando un buen fricandó. Las únicas fotos de Instagram que me gustan son las de comida. Al menos aprendes platos nuevos y babeas de hambre. Desde que me he “quitao”, echo de menos los platos de pasta de un cocinero siciliano o la sepia con guisantes que se come el Sanahuja en el Via Veneto. Pero me doy cuenta de que sin Instagram soy mejor. He retomado mi novela, he vuelto a escribir en el blog. Salgo a fumar al jardín y miro a las musarañas, en lugar de deslizar el dedo por la pantalla mirando fotos de vidas que no me interesan o anhelando a que llegue un like.

Y, lo más importante, vuelvo a  portarme mal.

Larga vida a la creativa fealdad, a las noches de quesadillas, guarradas y rosas. Aunque no haya mariposas.

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