Las mesitas de la siesta

Querido abuelo,
La semana pasada me llegaron tus mesitas de la sala de estar, ¿te acuerdas? Aquellas que todo el mundo utilizaba para apoyar los pies y hacer la siesta, después de una buena comilona preparada por Encarna. Tortillas rellenas, con un poco de suerte. O estofado con alcachofas. O tallarines gratinados con berenjena y mozarella. Rosbif con puré de manzana. Garbanzos. Habas… Y de postre, tarta de limón con merengue. 

En tu casa, después de comer, era imposible no desplomarse en ese sofá de cuero verde resbaladizo y quedarse dormido con los pies apoyados en la mesita. Antes, pero, la cubrías con un cojín -tapando los dibujos rococó descoloridos- porque sino te clavabas los cantos en los tobillos. 

Ahora miro las mesitas de cerca y me doy cuenta de que estan hechas trizas. Las patas crujen y el esmalte de la pintura se resquebraja, pero me las quedaré igual. Las pondré en el salón de mi casa, para recordarte un poco cada día. Sobre todo los domingos por la tarde, que era cuando solía ir a verte. Entonces la mesita más alta se convertía en  un taburete. La acercaba a tu butaca, me sentaba encima de ella y así me oías mejor.
Hace poco, un amigo que se acaba de divorciar me decía que las parejas en realidad sirven para no sentirse solo en las tardes de domingo. Yo no me daba cuenta, porque te tenía a ti. Antes de que se apoderase de mi la melancolía dominguera, cogía el coche y me plantaba en la calle Reina Victoria,  que en primavera siempre huele a jazmín y a plantas recién regadas. 

Alguna tarde estaban también mi madre o alguna de las tías, pero a mi me encantaba cuando nos quedábamos tu y yo a solas. Hablábamos de mi nuevo trabajo o de mi nuevo ligue (ya sabes que ambos me duran poco), de mis proyectos de libro, de mis futuros viajes a países raros -¡China! Serbia! Bulgaria!Kaliningrado!(este fue culpa tuya, por decirme que fue donde nació Kant)-,”¿Y ahora qué, dónde te vas?’, me preguntabas con los ojos verdes brillando detrás de tus gafas anticuadas. 

Este domingo te hubiera contado que estoy pensando en ir este verano a Costa Rica con un chico con el que estoy saliendo, pero que no lo tengo muy claro.  Me hubieras soltado un “ah, muy bien. Y allí que hay” y te hubieras reído oyendome decir que a mi no me gusta ni el calor, ni la selva ni la playa, y que me da pánico aburrirme con él.

“No sé, abuelo, yo quería ir a Nebraska o a Montana, pero nadie me acompaña”. Seguramente me hubieras convencido para que este verano  me vaya donde me dé la gana y pase de todo. 

Después de mis viajes te hubieras sacado de la manga alguna excusa para hablar de política catalana, y me hubieses dicho -alzando tu dedo índice que no dejaba de temblar- que Catalunya tenía un complejo de superioridad con España y que por eso nunca nos iría bien. Tu no creías en los políticos catalanes. Ni en los españoles.  Lo cuestionabas todo. Un escéptico y un provocador, como yo. 

Te echo de menos, abuelo. Miro estas mesitas desgastadas y te veo rellenando las casillas del crucigrama con el lápiz Staedler, tu letra quebradiza, tus jerseys de lana manchados de estofado o lentejas. Te empeñaste en comer en la mesa hasta el final, como un señor. Un gran señor. 

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2 thoughts on “Las mesitas de la siesta

  1. Jbb June 8, 2017 / 7:27 pm

    Que bonito. Gracias por emocionarme y traerme recuerdos de mi abuelo.

  2. Mariana June 11, 2017 / 1:21 pm

    Me encanta Andriu!!

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