Mi primera Superbowl

–  Si quieres tener una auténtica experiencia americana, tienes que venir a cenar a mi apartamento el próximo domingo. Veremos la Superbowl por la tele con mis compañeros de piso.

Eso fue lo que me dijo Ben, un arquitecto de Virginia rubio y de ojos azules que acababa de conocer en la inauguración de una exposición en el barrio de Hell`s Kitchen, mientras nos despedíamos. Enero de 2004. Frío de narices en Nueva York. Unos -6ºC y toda la ciudad nevada. Al salir de la exposición, Ben me llevó a uno de esos típicos bares americanos con las puertas de madera de vaivén, banderitas de barras y estrellas colgadas en el techo y las camareras con tops escotados y sombrero de cowboy. “Clinton was here”, podía leerse debajo de una fotografía de Bill Clinton abrazado a una de las camareras. Ben y yo estuvimos bebiendo cerveza y mascando tabaco (él), hasta que el alcohol hizo su efecto y permitió que su marcado acento del sur vacilándome de que su libro favorito era La Divina Comedia ya no supusiera ningún impedimento a mis capacidades idiomáticas. En el taxi guardé su número en la memoria de contactos como “Dante Alighieri”.  Al día siguiente no recordaba su nombre real.

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El domingo siguiente, cuando llamé a la puerta de su apartamento de Willambsburg con una caja de Becks en la mano, sentí un poco de vergüenza. Seguía sin recordar si se llamaba Danny, John, Ben o Rob. El chico que me abrió la puerta, Jim, me sacó de dudas:

– Beeeeeeeeeeeeeeeeeeennn ¡!!! The Spanish girl is here – gritó por el pasillo.

Jim, Bob y Ben eran amigos de la infancia de Virginia. Calzaban las mismas zapatillas y llevaban la misma gorra de béisbol. Los tres estudiaron en la misma escuela primaria y en el mismo instituto, el Saint Gertrude High-School de Richmond, Virginia, y sus madres eran voluntarias en la parroquia del municipio. El padre de Ben era arquitecto. Los padres de Bob y Jim eran empleados de banco.

– Tienes suerte, justo hoy ha llegado una caja de llena de comida que me ha enviado mi madre– me explicó Jim–. Y dentro hay un meat loaf cocinado por mi abuela. ¿Te apetece probarlo?

Tuvieron que aclararme que el meat loaf es un pastel de carne típico del sur de Estados Unidos. Para mí, Meat Loaf seguía siendo el rockero de la película “The rocky horror picture show”.

meatloaf

Los tres parecían contentos de tener a una chica en casa. Me enseñaron sus habitaciones, las pantallas gigantes de sus ordenadores, sus proyectos de arquitectura en tres dimensiones, las fotos de sus viajes por Europa. Descubrí que Ben había tenido una novia de Toledo que conoció en los San Fermines.

– Elisa pretendía que me fuera a vivir con ella, a la casa de sus padres – me explicó Ben.

Después de tragarse varias comidas familiares en Toledo en las que nadie hablaba inglés, Ben decidió romper con Elisa y volver a Nueva York.

–  Mi madre quiere que vuelva a Virginia y me case con la vecina– me confesó. Ben debía tener unos 28 años, tres o cuatro más que yo. Estábamos los cinco en el sofá de su espacioso apartamento de Williamsburg, esperando a que empezara la Superbowl. Por la ventana se veían las aceras cubiertas de nieve y las luces parpadeantes del colmado 24 horas. – La verdad es que no descarto volver a Virginia más adelante para crear una familia- añadió, dando un sorbo a su cerveza. Pero en Nueva York tengo la vida muy bien montada: he conseguido un buen trabajo y comparto piso con mis mejores amigos en el barrio más cool de la ciudad. Encima me sobra dinero para viajar.

La verdad es que Ben empezaba a parecerme un poco chulo. Pero me sentía cómoda. A él le parecía curioso que una española hubiera venido a Nueva York para hacer unas prácticas en un museo tan poco conocido como el Museo del Barrio. Después de su experiencia en Grecia y en España, creía que los jóvenes de los países mediterráneos éramos incapaces de abandonar la familia y vivir en el extranjero. Algo de razón tenía.  Tampoco le parecía raro que hubiera estudiado Administración de Empresas y quisiera dedicarme al arte. En EEUU nadie decide su futuro profesional sólo en función de sus estudios, me explicó. Él mismo había empezado estudiando Arqueología para acabar dedicándose a la Arquitectura.

Abrimos unas Becks y nos acurrucamos entre los cojines. Estábamos en febrero pero en la sala de estar de Ben todavía quedaban restos de decoración navideña: estrellas de purpurina en las ventanas, lazos rojos en el pomo del mueble-bar, una postal con el Niño Jesús encima de la tele. Jim preparaba la cena en la cocina y asomaba la cabeza de vez en cuando para comentar en voz alta el partido. A Jim le gustaba cocinar. Su especialidad eran las alitas de pollo rebozadas con patatas Lays sabor barbacoa. Me levanté para copiarle la receta: barnizar el pollo con miel y aceite, enganchar trocitos de patata desmigajada con un tenedor y meter en el horno. También preparó raviolis con salsa de tomate y una ensalada con aliño “Thousand Islands”. Desenvolvió el paquete de Meat Loaf de abuela, lo calentó en el microondas y nos llamó a cenar.

Ben, Jim y Bob me sentaron a la cabeza de la mesa, no sé si por cortesía o por ser el único sitio que quedaba de espaldas a la televisión. Lo de ser la única chica era un chollo. Se peleaban por servirme la comida y me dejaron repetir de Meat loaf tantas veces como quise.  Estaba delicioso. Se parecía un poco al albondigón que cocina Mari en casa de mis padres, pero ella nunca me lo enviaría por correo. Jim nos habló de la carta que le había escrito su madre, en la que le contaba la última comida de beneficencia que había organizado en Richmond. Las madres de los tres chicos eran muy religiosas y no les gustaba nada Nueva York.

– Esta ciudad les parece demasiado liberal– dijo Ben-. Les parece aún más extraño que vivamos en Williambsurg y que nuestros vecinos sean una familia sikh o una familia de judíos ortodoxos.

De postres, Bob sacó del congelador cinco tarros de helado Ben and Jerry’s y abrió una caja de mini chocolatinas Mars. Tras unos segundos de duda, me serví tres bolas de “Chunky Monkey” – helado de plátano con trocitos de nuez y caramelo –  y una de “New York Super Fudge Chunk” : helado de chocolate con caramelo y nueces pacanas. De nuevo, esa agradable sensación de ser feliz. Hasta que de pronto, una teta de Janet Jackson rompió el equilibrio de mi felicidad.

– What was that, guys??? – exclamó Ben, levantándose de golpe del sofá.

El comentarista del partido en la televisión tartamudeaba. Tampoco entendía lo que había pasado.  La Superbowl 2004 pasó a la historia por la teta que enseñó Janet Jackson durante una actuación en pausa del partido. Yo, en cambio, recordaré la Superbowl por el atracón de calorías y birra que me pegué junto a un guapo arquitecto de Virginia que mascaba tabaco y restauraba iglesias en Grecia.

De: “Operación Berenjena”, mi primer intento de libro.

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