En busca del altar perdido

altar de miraflores

Agosto, septiembre, octubre … los meses pasan rápido en Berlín. Horas perdidas en la biblioteca, paseando en mi bicicleta oxidada y contemplando los cuadros de pintores flamencos en la Gemälde Galerie, en la Potsdamer Platz. Cada miércoles por la tarde me refugio allí, aprovechando que no cierra hasta las diez de la noche. Tengo las salas para mi sola. Me obsesiona el Altar de Miraflores, un retablo de Rogier van der Weyden que me tocó analizar en un examen del Courtauld. Me he llegado a pasar más de media hora contemplando el vestido azul de la figura de la Virgen sujetando al Cristo muerto. Cada pliegue de tela, cada sombra sobre su rostro, cada mueca la convierten en un ser real.

En la biblioteca del Courtauld llegué a memorizar cada detalle del cuadro. Uno de los aspectos que más me fascina es la precisión con la que Van der Weyden utiliza la técnica de la grisalla para reproducir al detalle la arquitectura gótica que enmarca la escena. Contemplando esta pintura llego a olvidar que estoy en Berlín y me traslado al Renacimiento. ¡Ah! Si hubiera nacido seis siglos antes… Quizás podría haber hecho realidad mi sueño, ser mujer florero, en lugar de comerme el coco todo el día pensando de qué trabajar para ganar dinero. Hubiera sido una gran aristócrata: todo el santo día pensando y leyendo, sin tener remordimientos de conciencia.

En la misma sala que el Altar de Miraflores hay expuesto un retablo de Lucas Cranach que consigue romper toda la armonía de mis pensamientos. Se llama La fuente de la juventud. Está divido en tres partes. En el primera se ve a un grupo de ancianas desnudas, con el cuerpo deformado y lleno de arrugas, que son transportadas con carretas hacia una piscina de aguas transparentes. En el panel del centro, las viejas descienden por unos escalones con la intención de bañarse en dichas aguas. Son las aguas de la inmortalidad, el paraíso. En la tercera parte del cuadro, las viejas se han transformado en jóvenes bellas y esbeltas. Su piel se ha vuelto rosada y sus arrugas han desaparecido.

En la Edad Media la gente soñaba con alcanzar el paraíso, la juventud eterna. Yo me conformo con ser mujer florero, insisto. Sin embargo, cómo dice Cranach, parece ser que para disfrutar del paraíso es necesario experimentar la dureza de la vida, envejecer y morir. Después de contemplar este cuadro, me suelo marchar de la Gemälde. Agarro la bicicleta y pedaleo hasta casa, dejando atrás los edificios iluminados de la Potsdamer Platz y sorteando las aglomeraciones de turistas en la puerta de Brandemburgo, esperando que Pere haya preparado la cena y me suba la moral.

*Extracto de “Operación Berenjena”, escrito en Berlín en 2006.  Aún no he logrado ser mujer florero.

Lucas_Cranach_-_Der_Jungbrunnen_(Gemäldegalerie_Berlin)

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