Viernes

barcelona-2064512_960_720Antes me gustaban los viernes de invierno. Me gustaba comer en casa y pasarme la tarde leyendo junto a la ventana, esperando a que se hiciera oscuro. Entonces me levantaba del sofá para encender la luz y bajar a la cocina a prepararme un té. Mientras el agua se calentaba, hojeaba la cartelera en el periódico y decidía qué película miraríamos esa noche. Oren llegaría sobre las siete con una barra de pan recién salida del horno y una bolsa llena de los quesos que me gustaban: brie de Meaux, Reblochon, Comté, Sant Nectaire… Se acordaba de todos. Dejaba la bolsa sobre la mesa, despacio, me besaba en los labios, adivinaba qué té me había tomado – “canela y miel”, me susurraba al oído, mientras yo le sacaba el abrigo – y después hacíamos el amor sobre la mesa de la cocina. “Un día nos verán los vecinos”, decía. Pero a mi me daba igual si nos veían los vecinos. Quería sentir como las manos de Oren entraban en calor con el contacto de mi piel, rozar sus mejillas encendidas por el frío, oír el tintineo de las monedas guardas en los bolsillos de sus pantalones al caer estos al suelo. Luego, muertos de hambre, abríamos los quesos y el vino, y hablábamos sobre qué tal nos había ido el día. “Hoy una alumna me ha preguntado por ti”, me decía. “¿Y qué le has dicho?”. “Que los viernes aprovechas para ir a la Luna”. Después Oren se duchaba, yo ordenaba mi estudio y nos íbamos al cine.

Pero ahora Oren ya no está. Fue precisamente una fría tarde de viernes, los dos cogidos de la mano, abrigados hasta los dientes, cuando se desplomó en el suelo y ya nunca más despertó. La gente que hacía cola para entrar en el cine formó un círculo a mi alrededor: “¿Qué ha pasado?, ¿Qué le ocurre?”  – oía a mis espaldas. Yo solo veía a Oren tumbado en el suelo, sus ojos grises sin decirme nada, su mano sin fuerza sujetando aún la cartelera.

“Una embolia fulminante, pero lo bueno es que no ha sufrido”, me dijeron.

“Una embolia fulminante, pero lo bueno es que no ha sufrido”, pienso yo cada viernes de invierno, cuando el cielo se vuelve rojizo y sé que pronto no tendré luz para leer. Entonces dejo  el libro a un lado, enciendo la lámpara de pie y bajo a la cocina a prepararme un té. Sigo tomándolo con canela y miel e imagino que Oren me sonríe desde la Luna. Al final, él llegó antes que yo.

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One thought on “Viernes

  1. lavie13 December 15, 2018 / 1:32 am

    Qué duro, pero cuánta belleza.

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