Please don’t go

“A lo largo de mi corta y triste vida he tenido pocos novios y el diario de mi Primera Comunión es un buen lugar para entender por qué. Fui una adolescente más bien gordita y sin tetas, lo que debió traumatizarme de algún modo, pero eso no quiere decir que no me gustase salir. Los sábados por la tarde, con quince años, me iba al Nivell 1, una discoteca pija en el centro de Mataró. Bueno, yo creía que era “pija” hasta el día que una amiga de Barcelona me invitó a ir con ella a Jimmys, la discoteca que entonces estaba de moda en la capital. Ya solo en la cola para entrar me sentí totalmente de pueblo por no llevar camisa Ralph Lauren de rayitas rosas y hablar en castellano con acento catalán.
A Jimmys solo fui una vez. La verdad, me gustaba mucho más Nivell 1. Era cómodo. Al salir, mi madre me estaba esperando en el coche delante de la puerta y me dejaba en casa. Al llegar me ponía el pijama y la bata y , con el pelo aún apestando a tabaco, me preparaba un bikini de jamón y queso, que me comía en la mesa de la cocina mientras leía La Vanguardia. Los sábados solía venir llena de suplementos de fin de semana, que me los reservaba para leerlos en la cama, algo que hoy ya no consigo hacer sin quedarme dormida.
En mi diario aparecen pocos chicos. Los únicos que aparecen de forma constante antes de cumplir los dieciséis eran unos gemelos llamados Dani y Jandro, tres o cuatro años más mayores que yo, que jugaban en el equipo de baloncesto de mi pueblo. Me gustaban los dos por igual y me ignoraban los dos por igual. Jandro, el más guapo de los dos, conducía un Golf viejo de color rojo y mis amigas y yo nos llegamos a aprender la matrícula de memoria. Ahora solo recuerdo que terminaba en “MB”, “porque están “Muy Buenos”, nos reíamos, orgullosas de haber creado una broma que nos parecía tan ingeniosa.
A medida que fui haciéndome mayor, mi diario adoptó un tono más melancólico. A los diecisiete años – era cuando hacíamos COU – yo me creía un alma bohemia. Me obsesioné con escaparme sola a Barcelona a a ver películas en versión original, a poder ser en chino o en iraní. Así nadie se enteraba si me quedaba dormida a la mitad de la peli.
Durante esa etapa también me dio por llevar camisetas negras estampadas con el rostro de Jim Morrisson o Jimmi Hendrix. También llegué a tener camisetas de NOFX y Metallica, bandas que no había escuchado en mi vida. Con Jim Morrisson era diferente. Sabía quién era porque mi padre me hacía escuchar The Doors desde que era una cría. Una de sus costumbres era llegar a casa del trabajo, sacarse la corbata, poner música “de su época” en el tocadiscos y hacernos bailar a mi hermano y a mí en pijama y zapatillas.
-¿A que son buenos? Agh…ahora ya no se hace música como ésta” – gritaba mi padre, tocando una guitarra imaginaria y balanceando el cuerpo hacia delante y hacia atrás, a ritmo de Light my Fire.

La escena se repetía casi cada noche: los Beatles o The Doors sonando a todo volumen por los altavoces del salón, mi madre chillando por el pasillo “la cena está lista” y mi hermano pequeño berreando con un cassette en la mano:
-¡Ahora pon este cassette, papá, pon éste!- chillaba, sujetando en la mano el cassette con su hit favorito: “Please don’t go”.

Y así, mientras yo soñaba con parecer bohemia, mi hermano se volvía “makinero”. “Please don’t go, Please don’t go”, cantaba, poniéndose a bailar en el salón, mientras el jersey del pijama se le iba enrollando hacia arriba, dejando al descubierto su barriga. “Babe, I love you so, aaaah I want yo to know, That I’m going to miss your love
The minute you walk out that door, So please don’t go, Don’t go, Don’t go away”

Que nos devuelvan los 90.

De: “Operación Berenjena”, mi primer libro, nunca publicado.

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Viernes

barcelona-2064512_960_720Antes me gustaban los viernes de invierno. Me gustaba comer en casa y pasarme la tarde leyendo junto a la ventana, esperando a que se hiciera oscuro. Entonces me levantaba del sofá para encender la luz y bajar a la cocina a prepararme un té. Mientras el agua se calentaba, hojeaba la cartelera en el periódico y decidía qué película miraríamos esa noche. Oren llegaría sobre las siete con una barra de pan recién salida del horno y una bolsa llena de los quesos que me gustaban: brie de Meaux, Reblochon, Comté, Sant Nectaire… Se acordaba de todos. Dejaba la bolsa sobre la mesa, despacio, me besaba en los labios, adivinaba qué té me había tomado – “canela y miel”, me susurraba al oído, mientras yo le sacaba el abrigo – y después hacíamos el amor sobre la mesa de la cocina. “Un día nos verán los vecinos”, decía. Pero a mi me daba igual si nos veían los vecinos. Quería sentir como las manos de Oren entraban en calor con el contacto de mi piel, rozar sus mejillas encendidas por el frío, oír el tintineo de las monedas guardas en los bolsillos de sus pantalones al caer estos al suelo. Luego, muertos de hambre, abríamos los quesos y el vino, y hablábamos sobre qué tal nos había ido el día. “Hoy una alumna me ha preguntado por ti”, me decía. “¿Y qué le has dicho?”. “Que los viernes aprovechas para ir a la Luna”. Después Oren se duchaba, yo ordenaba mi estudio y nos íbamos al cine.

Pero ahora Oren ya no está. Fue precisamente una fría tarde de viernes, los dos cogidos de la mano, abrigados hasta los dientes, cuando se desplomó en el suelo y ya nunca más despertó. La gente que hacía cola para entrar en el cine formó un círculo a mi alrededor: “¿Qué ha pasado?, ¿Qué le ocurre?”  – oía a mis espaldas. Yo solo veía a Oren tumbado en el suelo, sus ojos grises sin decirme nada, su mano sin fuerza sujetando aún la cartelera.

“Una embolia fulminante, pero lo bueno es que no ha sufrido”, me dijeron.

“Una embolia fulminante, pero lo bueno es que no ha sufrido”, pienso yo cada viernes de invierno, cuando el cielo se vuelve rojizo y sé que pronto no tendré luz para leer. Entonces dejo  el libro a un lado, enciendo la lámpara de pie y bajo a la cocina a prepararme un té. Sigo tomándolo con canela y miel e imagino que Oren me sonríe desde la Luna. Al final, él llegó antes que yo.

Match point (Mallorca version)

Supo que le gustaría desde el primer momento que le vio, allí arriba, sentado sobre el murete de la entrada del club, con los brazos abrazados a las rodillas, dejándose acariciar por el sol. Soltó la mano del volante y le saludó efusivamente, como una niña pequeña cuando ve a sus amigos en el patio de la escuela. “Pero qué haces”, se dijo a si misma. Tenía la mano sudada de los nervios. Él le devolvió el saludo con la mano y se puso de cuclillas, preparándose para saltar del muro mientras ella maniobraba para aparcar. Por el retrovisor vio cómo se acercaba hacia el coche. Se había sacado las gafas de sol y sonreía. Abrió la puerta e hizo ver que ordenaba algunas cosas.
-¿Te habías perdido? Llegas tarde.
Le gustó su voz pausada y su acento mallorquín.
-Eh, no, no.. bueno… – tartamudeó. -El maldito GPS del móvil decidió tomar una carretera secundaria y por poco me lleva al huerto, pero aquí estoy. Un poco mareada de tanta curva, pero aquí estoy- repitió. Después salió del coche, y añadió: – y muy contenta de existas de verdad y no seas solo un espejismo de Facebook, una sobrasada mutante o un emoticono con cabeza de cebolla.
Él soltó una carcajada.
-Pues claro que existo. Soy muy real. Real como la paliza que te espera ahora en la pista.
-Eso ha sido un muy mal inicio- se cruzó de brazos y dio un paso atrás.- Te doy una oportunidad para que rebobines y te vuelvas a presentar como un caballero.
-De acuerdo-dijo él, poniéndose serio. -Rebobinemos. Me llamo Alejandro, pero mis amigos me llaman Federer.
-Muy gracioso-respondió ella.-Yo soy Laura, la mejor traductora de italiano de este país, además de una tenista prometedora.
-No me cabe duda. ¿Categoría junior? Estoy impaciente por ver tu revés. Pero que que sepas que si pierdes vas a tener que hacerme un masaje en los pies.

La larga espera

La pantalla del ordenador lo decía muy claro: “Visita confirmada. Dispensario 76. Espere su turno”.

-¿Está segura de que debo esperar aquí?

La enfermera la miró con ojos que denotaban cansancio y hartazgo, pero contestó educada:

-Sí, es aquí. Ya sé que llevan un buen rato esperando, pero es el primer día de vuelta de vacaciones, ocurre lo mismo cada año…  El doctor hace lo que puede.

Judit asintió con la cabeza y volvió a sentarse en el mismo asiento, junto a dos mujeres marroquís enfundadas en su chador y las gafas de sol puestas. Una de ellas mecía un cochecito, donde una bebé vestida de rosa dormía plácidamente. Imaginó lo que sería tener que apechugar sola con un bebé, sin la ayuda de sus padres,  en un país extranjero. Ella no sería capaz. Con lo patosa que era, se dijo, contemplándose el dedo gordo de la mano derecha. Se había inflado como una patata y le dolía a horrores. ¿Cómo podía haberse caído envolviendo un regalo de Reyes? 

Recordaba el momento en que se había agachado con el celo en la mano para quedarse a la altura de la mesita del salón, donde había dejado el papel de regalo y el jersey que le había comprado a su sobrina. Pero de ahí a encontrarse de pronto tumbada en el suelo, con un pie entre la alfombra y medio cuerpo sobre su dedo, sin soltar el rollo de celo, no lo tenía muy claro. También se  había golpeado la cabeza con el televisor, lo que provocó el derribo de la montaña de dvds apoyada a la tele, haciendo mucho ruido.
-¿Judit, qué ha pasado? Te has hecho daño?

La voz angustiada e su madre resonó en toda la casa. Había conseguido despertarla.

-Mamá…

-¿Estás bien?
La oyó subir las escaleras, arrastrando las zapatillas de lana.
-me he caído…

Al verla tumbada en el suelo, con el pelo revuelto y el papel de regalo cubriendole media espalda, su madre no pudo evitar reír.
-.. pero cómo…
-me he hecho daño, no te rías – le dijo Judit, incorporándose, – en el dedo.

Su madre le echó un vistazo rápido y dijo que no parecía grave. Le dio un calmante para el dolor y se volvió a la cama.

Al día siguiente, con toda la familia en casa, Judit se olvidó del dedo. Le dolió un poco al abrir sus regalos , pero luego con los primeros vinos del aperitivo, se le pasó.

 
Esa mañana, sin embargo, su dedo pulgar había mutado a patata y tenía un feo color lila. Le dolía tanto que ni siquiera podía teclear en el móvil.
-Mejor, así dejas Instagram – le había dicho su hermana, que se había ofrecido para llevarla en coche a Can Ruti, donde trabajaba un traumatólogo hijo de unos amigos de sus padres. El hospital estaba en lo alto de una colina, con unas vistas impresionantes sobre Barcelona, pero le habían avisado de que encontrar sitio para aparcar era misión imposible.

-Creo que va para largo – avisó a su hermana por teléfono. Su hermana le dijo que no se preocupase, que se quedaría en el coche dando vueltas para encontrar aparcamiento y escuchando música hasta que saliera.

Mientras esperaba su turno, Judit fue repasando mentalmente el trabajo que se le acumularía por no estar frente al ordenador esa mañana: preparar los envíos de Montsant para la feria del vino de Tokyo,  la reunión con las bodegas de l’Empordà, la cata de Montepulcianos en el consulado italiano…

¿Cómo podía decir alguien que el Montepulciano es un vino chungo? , pensó, entornando los ojos, al recordar lo que le había soltado su amigo Alexei en una cena reciente, para celebrar que se forraría con la cata en el consulado. Cenaron  en una pizzeria y se bebieron una botella y media de Montepulciano entre los dos. Al salir, él había intentado enseñarle a montar en monopatín en un parque cerca de su casa. Judit había acabado de bruces en el suelo y su amigo vomitando el vino y buena parte de una pizza cuatro quesos. Después le había soltado eso de que era culpa de ese vino chungo italiano. 

 
-mucho viajar, pero no te enteras de nada, Alexei. No ha sido el Montepulciano, sino  la pizza cuatro quesos y los dos litros de aceite picante. Nadie pide pizza cuatro quesos después de los 40.

-mira quien habla, la que quiere aprender a ir en monopatín con 38.

-Tienes razón – se rio Judit-. Me he roto la media- añadió, señalando la rodilla pelada.

De hecho, llevaba una semana con un buen morado en la rodilla. Pero, al lado de ese pulgar abutifarrado, el morado en la rodilla era solo un chiste.

-Me la he vuelto a pegar, Alexei. A lo grande- le escribió a su amigo desde el hospital con la mano izquierda, como pudo. Estaba aburrida de esperar. Después le mandó una foto de su dedo.

-¿Te caíste en los columpios? Bebiste Montepulciano? – respondió él.

-No. Envolviendo regalos.

-Eing?

-Creo que me he roto un dedo.

-¿Era para mi?

-¿El qué?

-el regalo.

-Ah – volvió a reir. Notó que las mujeres marroquís la miraban con curiosidad. -No. Para mi sobrina.

Se despidió de Alexei bruscamente al ver que el médico asomaba la cabeza por la puerta del dispensario y gritaba su nombre. Le reconoció enseguida.  Habían jugado un montón  a los clicks de pequeños. Seguía teniendo los mismos ojos grandes y oscuros, aunque tenía menos pelo y llevaba gafas de ver de cerca.
-Vaya, Oliver, estás igual.
-Con algunas canas, pero sí, el mismo- le dijo, poniendo una mano sobre su hombro y animándola a entrar. -Veamos ese dedo. Tu madre llamó a mi madre muy preocupada.
-Es una exagerada.
-¿Vives con tus padres?
Judit se puso roja como un tomate. -Eh.. bueno.. sí, pero…
-Tranquila, todos tenemos nuestros motivos.

Judit le miró con curiosidad.- Tú.. tú también?-tartamudeó.
-Miremos ese dedo primero.

Oliver estuvo tocando su dedo gordo unos minutos –¿Te duele? Au! Y aquí? Ai! – y diagnosticó una fractura. Después llamó a la enfermera para que le hicieran una radiografía.

-Cuando regreses te pondré  la fíbula.

Judit estuvo un rato correteando entre pasillos detrás de la enfermera hasta llegar a la sala de radiografías. Se la hicieron en un momento. -Tienes suerte de ser amiga del doctor Abellán- le dijo, señalando con la mirada a toda la gente que esperaba su turno en la sala de espera. Judit se encogió de hombros. Por un día que la suerte estaba con ella, no se iba a sentir mal.

Al volver a la consulta, se encontró a Oliver sentado en la camilla. Se había desabrochado los botones superiores de la bata y tenía el rostro pálido y sudado.
-¿te encuentras bien? – le preguntó Judit, preocupada. Realmente, tenía mal aspecto. Le dejó la radiografía a un lado. Oliver la agarró por una esquina con la punta de los dedos, se la quedó mirando unos segundos, pero al cabo de nada la soltó y salió disparado hacia una puerta trasera.
Judit oyó como vomitaba. “Fantástico”, pensó, dándose la vuelta. En la pared colgaba el diploma de Medicina de Oliver y un par de títulos de una universidad americana muy bien enmarcados. Sus padres estarían orgullosos, pensó, recordando cómo se enfadaban con él cuando empezaban a esparcir playmobils por toda la casa.

-Perdona, ya estoy aquí. Una pequeña indisposición.

-¿Estás mejor?- preguntó ella, intentando levantar el pulgar roto. Oliver había recobrado un poco más de color en las mejillas.

-Nada grave. Debió ser la pizza cuatro quesos de ayer. 

-Dios.

Olors d’hivern

Per fi. Per fi un sofà per a mi sol, va pensar, doblegant els braços sota la nuca i estirant les cames fins que els peus van quedar penjant sobre el reposa-braços. Si la seva mare hagués vist que s’ havia estirat al sofà amb les sabates posades, l’hagués renyat com si fos un nen. Acabava de fer 41 anys, però per ella encara seguia sent el seu Aliosha,  el seu fill petit. I ara, després de 13 anys a l’Àfrica, el seu Aliosha havia tornat a casa. “Aliosha, guapo, per què tanta  pressa en trobar pis i marxar a Barcelona? No n’has tingut prou, d’estar sol? Si al menys tinguessis nòvia…”
L’ Alex escoltava la seva mare i reia. Cap dels seus amics del poble li deia Aliosha. Tampoc cap d’ells li recriminava que no tingués parella. “Crack, aprofita, tu que pots”, li deien.  La majoria s’havien casat i tenien criatures. Se’ls va imaginar canviant bolquers o fregint barretes de peix congelat i no li va semblar un pla de dissabte tan dolent. Ell  es passaria aquella nit espaterrat al sofà d’Ikea que havia muntat aquell matí, gaudint del sol que entrava per la finestra. Estava tan a prop del mar que li semblava sentir-lo. 

“Sobretot, que el pis estigui a prop d’un Mercadona’, havia insistit la seva mare els darrers mesos . Al Poble Nou només hi havia un Mercadona, el de la Rambla, però ho havia aconseguit. Li agradava el.Mercadona. Era barato, sabia on estava tot i venien un hummus preparat boníssim.
-Al Mercadona? Però si ni tan sols tenen Donuts de marca- li havia dit la seva amiga Judit, que l’havia trucat aquella tarda  mentres feia la compra.- Has de provar els donuts pantera rosa, quan vas marxar  a l’àfrica encara no existien.

-Donuts roses? Quina por. He comprat pomes.
-Ets un miedica.

Va riure sol. Feia temps que ningú li deia miedica. Però uns donuts roses, ara que intentava cuidar-se i estava a punt de fer-se vegà… 

Des del sofà li va arribar l’olor de coliflor bullida de casa dels veïns. Olor d’hivern, va pensar, mirant les bosses de la compra, que s’havien quedat a terra, davant la porta d’entrada.  Es va aixecar poc a poc, va recollir les bosses de terra i va arrossegar-se cap a la cuina. Havia decidit que soparia una poma escalfada al microones, amb una mica de mel i canyella. Mentre esperava a que acabés de coure’s, el va trucar la Judit

-què fas Jaimito? T’has comprat els donuts roses o has anat a caçar?
-m’estic fent una poma al forn. Bé, al microones.  7 minuts i mig. Un truc de la meva mare.
-ah, sí? I si la poses  7 min i 53 segons què passa? Explota? Es transforma en petit suisse? No sabia que eres un cuinetes. Deus estar madurant. Has notat algun altre símptoma, a part de que vas al mercadona?
-que ja no menjo donuts roses – va dir l’Alex traient la poma del microones. Feia una pinta dubtosa. -Però potser m’he precipitat.

¿Habéis entendido algo?

“El día 21 de junio de 2002 me levanté a las dos del mediodía con una resaca tremenda. La noche anterior había sido la fiesta de graduación. Adiós a cinco años en ESADE y al asqueroso café del bar de la facultad. Me escondí bajo las sábanas estampadas con gaviotas rosas y nubecitas blancas. ¿Y ahora, qué?

Por la ventana me llegaban los gritos de los niños jugando en el patio de mi antigua escuela. El mismo patio donde aprendí a hacer “sorra fina” y a esquivar los pelotazos de los mayores jugando a futbol. Tumbada en la cama, incapaz de moverme, incluso me pareció escuchar el vozarrón grave de mossèn Raimon, el fundador de la escuela. Raimon siempre me cayó bien. Lo primero que nos dijo en clase de catequesis es que Adán y Eva no existen, y que Dios es amor. Es el argumento más consistente que he oído en boca de alguien que intenta hacerme creyente.

Mossèn Raimon también nos daba clase de Historia. En clase nos contaba que había escondido a gente perseguida por Franco. Era catalanista y germanófilo. Si nos desmadrábamos en clase, gritaba en alemán para hacernos callar. Su lección sobre  Felipe IV y la guerra de Flandes incluía burlarse un poco de la armada española y hacer juegos de palabras para que recordáramos los nombres de las ciudades holandesas: Amsterdam, Rotterdam, y Utrecht que, según él, en catalán sonaban de forma parecida a los procesos digestivos: “AAMMsterdam”, (parecido a “nyam”),  “ROOTTerdamm” , (“rot” en catalán significa eructo) y UUUTRECHT. (“ho trec”, es decir, “lo saco” , o “vomito”).

Como en la escuela parroquial sólo era posible estudiar hasta octavo de EGB, mis padres me enviaron a cursar el BUP y el COU a los Salesianos de Mataró. En las aulas de este colegio se daba una exótica mezcla de pijos del Maresme, gente de Mataró de toda la vida e hijos de inmigrantes del barrio de Cirera. Más tarde me enteré que también había estudiado allí Salvador Puig Antich.

Mi profesor favorito era “el Pedro”, un salesiano que nos daba clases de Filosofía. Era un  hombre de apariencia tranquila, de melena blanca y con una barba triangular, al estilo árabe, que se acariciaba mientras nos explicaba la lección. Se expresaba de manera muy elocuente, en un castellano elegante. Daba gusto oírle hablar, aunque su aliento a Ducados podía tumbar a cualquiera sentado en primera fila. Por eso llevaba siempre caramelos de menta en el bolsillo del pantalón. Sus pequeños ojos azules nos observaban desde detrás de unas gafas de montura anticuada.  “¿Habéis entendido algo?”, nos preguntaba, después de leer en voz alta el texto de algún filósofo. A mí me gustaba Karl Popper, quizás porque fue el único que llegué a entender bien. “Teoría de la prueba y el error”. La filosofía nunca fue mi fuerte, a pesar de que yo tenía fama de empollona.

El padre Luís era otro de mis salesianos favoritos. Era un anciano tartamudo que nos daba clase de Lengua Castellana y  Religión. Sus clases eran los viernes por la tarde, el día más propicio para hacer campana, o hacer pellas, como lo llaman en el resto de España.  Yo solía escaparme con una amiga a jugar al futbolín en un bar o coger el Cercanías e ir a pasear por las Ramblas. En una de esas ocasiones, Luís puso uno de sus exámenes sorpresa, tipo “saquen una hoja y escriban el credo”.

Edu, un compañero de clase que incomprensiblemente estaba colado por mí, decidió salvarme el pellejo e hizo dos exámenes, uno de ellos con mi nombre. El viernes siguiente, cuando llegó el momento de anunciar las notas, el padre Luís nos llamó a los dos a su mesa. Noté la mirada del resto de compañeros clavada en nuestras espaldas. El padre Luís se aclaró la garganta seca, y con su voz afónica nos preguntó cómo era posible que tuviera un examen firmado con mi nombre si ese día había pasado lista y yo estaba ausente. Edu se puso como un tomate y empezó a tartamudear. “Padre Luís, eh… verá, quería ayudar a Andrea, que no estaba en clase…”

Se oyeron risitas de fondo. Yo también me empecé a poner roja y temí que se me escapara la risa. “¿Será posible que me haya hecho de tapadera?”, pensaba yo, observando a Edu. El padre Luís alzó la vista y tras obsequiarnos con una sonrisa pícara, dejando a la vista sus dientes grandes y amarillentos, dijo: “Así que lo hizo usted por Andrea, señorito Soler. Sentirá usted un gran aprecio por su amiga. Si les parece bien, les pondré a los dos un suspenso.”

(Fragmento extraído de Operación Berenjena, mi primer intento de libro)

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Vista de Cabrils desde la Creu. El Maresme no ha cambiado mucho desde que soy pequeña. Solo hay unas bastantes-mil viviendas más, y algún que otro jabalí con ganas de bañarse en la piscina.

Yo no bailo

Lo primero que vio Iván al despertarse fue su chaqueta nueva tirada por el suelo y los pantalones colgados en la barandilla. Ni siquiera recordaba cómo había sido capaz de subir por las empinadas escalerillas que subían hasta el altillo sin caerse. El día que el agente inmobiliario le había enseñado ese loft de dos pisos en una antigua fábrica de Sant Andreu lo había tenido muy claro. Siempre había querido vivir en un loft como los de las pelis, con techos altos, paredes de ladrillo, la cama en el altillo y una estantería gigante para lucir su colección de vinilos y libros de diseño gráfico. Sant Andreu era el nuevo Poble Nou, el nuevo Soho barcelonés, el lugar perfecto para desconectar de su antiguo piso del Eixample, donde había vivido los últimos dieciocho años. De esos dieciocho, se había pasado seis esperando a que Margie se mudase con él – incluso había reformado su estudio para que ella pudiera tener un cambiador – pero finalmente su novia había decidido cambiar París por Santiago de Chile, en lugar de Barcelona. Iván se había quedado hecho polvo. Seis años de relación a distancia para nada. Margie le había dejado porque le había salido un trabajo mejor en su país. Sin embargo, cuando la gente le preguntaba por qué habían roto, él respondía que ella se había empezado a poner muy pesada con lo de tener un hijo, y que por eso habían decidido cortar.

-Eres tonto, hijo, tienes 45 años, ¿a qué esperas para hacerme abuela?

Su madre se había llevado una gran desilusión. Tenía todas sus esperanzas puestas en Margie, a pesar de que era chilena, y su madre no tragaba a los sudamericanos. Tampoco la conocía demasiado. Una relación a distancia tenía muchas pegas, pero también una gran ventaja: cuando estaban juntos, el tiempo era sagrado. No había ratos libres para comidas con los suegros ni barbacoas familiares. Cada encuentro con Margie -fuese en París, en Barcelona, o en Nueva York, donde coincidían cada año para la entrega de los premios de diseño- era como una mini luna de miel. Margie y él rara vez se peleaban, a no ser que hablasen de trabajo. Ella trabajaba en una agencia multinacional, estaba acostumbrada a manejar presupuestos astronómicos, y no entendía cómo Iván podía trabajar con clientes tan pequeños y de una forma tan informal.

-Mi amor, tarde o temprano vas a tener que venderte la agencia a una de las grandes- le decía, con su suave acento chileno.

Margie no iba a mudarse nunca a Barcelona, lo tendría que haber imaginado. En Barcelona no encontraría  un puestazo como el que tenía en París. Y Margie era ambiciosa. Su compañía le había ofrecido dirigir las cuentas del mercado sudamericano desde las oficinas de Santiago de Chile, donde vivían sus padres. Había aceptado la oferta enseguida, sin ni siquiera consultarlo con él, ni mucho menos proponerle que se mudara con ella. “Tú estás casado con tu agencia, si me quisieras de verdad hubieras venido a Paris hace tiempo”, le dijo Margie la última noche que se vieron, en un pequeño bistro del Marais, en París.

Nueve meses después, Ivan todavía recordaba esa cena a la luz de las velas. Habían pedido boeuf bourguignon y una botella de Côte du Rhone de una conocida bodega, para la que Margie había realizado una campaña recientemente. Era un vino estupendo, como todo lo que elegía Margie. Esa noche, Ivan se había dado cuenta de que ella era mucho más inteligente que él, y que quizás sí, lo mejor era que rompieran. Y quizás también, como decía ella, él estaba casado con su agencia. .

De hecho, si no hubiera sido por los de su agencia, no hubiera podido hacer la mudanza en un plis plas. Sus empleados – becarias de Cuentas incluidas –  se habían dedicado un sábado entero a ayudarle a hacer cajas y transportar muebles. Iván, en agradecimiento,  había organizado una super barbacoa en el estudio, que había acabado en un desmadre absoluto.  Las drogas y el whisky corrieron como si fueran agua, y él terminó tirándose a  Lucía, una creativa que había trabajado en la agencia, y que siempre aparecía en las fiestas sin que nadie la hubiera invitado.  ¿Cómo se había enterado de su mudanza? Las putas redes sociales, había pensado la noche anterior, cuando Lucía volvió a aparecer por sorpresa en la paella gigante que organizaban en la agencia cada jueves de final de mes. Como de costumbre, Lucía se había puesto en plan pantera – lo de haberse convertido en bloguera de éxito se lo tenía un poco creído-  pero esta vez él le había parado los pies. No quería acostarse más con jovencitas quince años menores que él. No quería saber nada de mujeres ambiciosas y trepas de la publicidad, pensó Iván, sin levantarse de la cama. Por suerte,  había logrado escaquearse de la fiesta antes de que alguien sacara la coca y ya no hubiera vuelta atrás. Además, a partir de cierta hora, la gente quería bailar,  y el odiaba bailar. “Yo no bailo”, repetía cada vez que alguna chica se ponía pesada. Tenía un problema con eso, lo sabía, pero era incapaz de mover su cuerpo y sus pies de forma sincronizada, y mucho menos si tenía que ser a ritmo de los Beach Boys. El lema de la paella de ayer era “surf or die”.  Todo el equipo de la agencia se había vestido con camisetas surferas de uno de sus clientes, una conocida marca de camisetas y bañadores de California. A lo largo de la tarde, fueron colgando en Instagram fotos de la paella y   de la fiesta etiquetando a la marca, algo así como publicidad encubierta. También colgaron fotos con hashtags y referencias a marisquete.com, otro cliente de la agencia. Cada jueves que tocaba paella, la web les regalaba los langostinos y los calamares a cambio de lo mismo:que hicieran difusión en las redes sociales. Y por supuesto, toda cubertería y las mesas que usaron para comer eran de Habitlux, una empresa de diseño de muebles para la que habían realizado ya varias campañas.

Para Iván, esas paellas colectivas en la terraza no eran solo una forma de publicidad encubierta. Era una excusa para pasar un momento relajado junto a sus empleados. Le gustaba verles sonreír alrededor de un plato de arroz demasiado hecho, bebiendo cerveza y bromeando entre ellos. Era un jefe guay, se decía a si mismo, sentado en una punta de la mesa. Ayer,  los de la agencia tuvieron el detalle de guardarle los restos de socarrimat en un tupper, porque sabían que le chiflaba. Iván lo guardó en la mochila y esperó a llegar a casa para tirarlo a la basura. No había querido ofenderles. Se sentía a gusto cerca de ellos, se sentía querido. Eran un poco como su familia.

-Pero no te confundas Vanushka, tu eres su jefe. Ellos te necesitan y tú les necesitas. No es amor de verdad.

Raquel siempre le decía lo que pensaba, por eso le caía bien. Aunque a veces hubiera preferido que se guardase para ella algunas cosas.

-No sé, me siento arropado, es un poco como si suplieran la necesidad de tener hijos, una familia.

-Dices muchas tonterías, de verdad, Vanushka. Qué pensamiento más pobre. Espero que no tengas que despedir a nadie para que entiendas que no es lo mismo.

Al principio, lo de Vanushka o Vania le había parecido una cursilada, pero se había ido acostumbrando. Raquel era profesora de literatura rusa en la universidad de Barcelona y se pasaba el día haciendo referencias a la cultura eslava. No sabía porqué, pero la resaca le hacía pensar en ella. La última vez que la había visto había sido el viernes pasado. La había llevado a comer a un restaurante que había descubierto hace poco cercad el Diagonal mar, una tasca ruidosa, con las paredes recubiertas de cerámica barata, sillas de madera oscura, llena de trabajadores de empresa celebrando con carajillos y gintonics el inicio del fin de semana. En lugar del menú de mediodía, ellos habían pedido a la carta – alcachofas fritas, huevos rotos con chorizo, croquetas de merluza y de cocido, ensalada de burrata- e Ivan tenía que ir con cuidado de no hablar demasiado porque Raquel se lo zampaba todo muy deprisa.

-Que bueno está todo, Vanuska, gracias por invitarme- le dijo, con la barbilla manchada de aceite. Ivan se lo dijo y ella se puso roja.

-Eres un pesado- le respondió, limpiándose con la servilleta. Raquel era diez años más joven que ella y tenía un aire bastante infantil. Se habían conocido en la inauguración de la exposición de un amigo en común, un diseñador gráfico de Vladivostok afincado en Barcelona desde hacía un tiempo. Raquel había editado los textos del catálogo para poder distribuirlo en varios estudios de diseño de San Petersburgo y Moscú. Ella llevaba un vasito de vodka en la mano y un platillo de ensaladilla rusa en la otra, y tenía los labios manchados de mayonesa.

-¿Has probado la ensaladilla rusa? Está buenísima. El catering es de un restaurante ruso bastante bueno – le dijo, enseñándole el platillo.

-Lo de la a ensaladilla rusa no será porque es de Rusia, ¿verdad?-le preguntó él, con sorna.

-Pues creo que sí. En Rusia tienen un montón de ensaladillas diferentes; con cangrejo, salmón, lengua, guisantes, pimientos… La típica ensaladilla rusa que conocemos nosotros se llama salad Olivier. Lo importante es que todas llevan mucha mayonesa.

-Ya lo veo- respondió Ivan, con una sonrisa pícara-  Tienes mayonesa en los labios.

– ¿En serio? ¿dónde? – dijo, colorada. Después se limpió los labios con la manga de la camisa, lo que hizo reír a Ivan.

-No hace gracia, señor Vania. Ya nos veremos.

Después de esa noche se habían buscado en las redes sociales y hecho amigos de Instagram. Él hacía poco que había cortado con Mergie y pasaba muchas noches enganchado a Instagram.  Le gustaba seguir las fotos que colgaba Raquel de sus viajes a Rusia, donde iba frecuentemente para asistir a conferencias y seminario.

-¿Piensas volver algún día, o qué? – le comentó una vez debajo de una foto suya en Ekaterimburgo.

El comentario había servido para que empezasen a chatear, hasta que un día él quedaron para  cenar en un restaurante cerca de su nuevo loft. Después la había invitado a subir y ella le había besado en el ascensor. Se sorprendió un poco. No estaba acostumbrado a que las chicas tomasen la iniciativa, y mucho menos las que eran más jóvenes que él.Consiguió que se sentarse en el sofá y le ofreció un whisky. Raquel aceptó, diciendo q le encantaba el Scotch, pero el supo que mentía. Después, ella se había reído de él por tener tantos libros de yoguis y un monopatín apoyado en la pared.

-¿pero cuantos años has dicho que tenías? Catorce?  -el vaso de whisky seguía lleno en su mano. Ivan se rio.

-Cuarenta y cinco

-Ah, entonces todavía estas capacitado para subirte a ese trasto cinco segundos sin partirte la crisma, Vanuska.

-No te imaginas lo ágil que soy, Raqueluska.

Raquel, Raquelita, Raqueluska.. Ivan reía solo, tumbado en la cama. Tenía razón Raquel al reírse de él. Le decía que era un quedabien, un pijoteras con un loft del diseño y unas escaleras de mierda por donde un día se mataría. Lo cierto es que ahora odiaba subirlas cada noche. Tampoco soportaba no poder bajar las persianas para tapar el  foco de luz que  iluminaba la chimenea de la antigua fábrica, que los de la promotora habían conservado para que las viviendas tuvieran más encanto.

Harto de estar en la cama, Iván se levantó y bajó descalzo a la cocina. Enchufó la cafetera eléctrica y abrió la nevera. Nada comestible, excepto dos tristes melocotones que le habían regalado en la tienda de productos ecológicos de la esquina.

-Son los últimos de la temporada, ya verás que ricos. Llévatelos, que no los quiero tirar – había insistido la señora Mercè, la dueña de la tienda. La señora Mercè siempre le regalaba cosas: unos tomates, una coliflor lila, un racimo de uva.

-No puedes alimentarte solo de alfalfa-le reñía, cuando le veía coger del mostrador una bolsa de brotes de esa hortaliza supuestamente tan saludable, según las becarias de la agencia.

La bolsa de alfalfa llevaba dos días medio abierta encima de la mesa de la cocina y después de olerla Iván optó por tirarla a la basura. La cafetera empezó a hervir. Conectó el móvil a los altavoces inalámbricos y sintonizó un álbum de Alabama Shakes. Tenía mucha hambre y le dolía la cabeza. Volvió a abrir la nevera y sacó los melocotones, lanzando un suspiro de resignación.  Odiaba pelarlos.

-Me da mucha grima. De pequeño le pedía a mi madre que me los pelara, pero nunca lo hacía. A cambio me compraba tigretones.

-Tienes alma de gordo

Ivan se rio solo al recordar ese chat reciente con Raquel. Cada mañana, Raquel madrugaba para prepararle el desayuno y la comida a su padre, que vivía solo desde que su madre había decidido irse a un centro budista en la India.

-Si voy yo a pelarle los melocotones, mi padre se alimentaría de huevos duros cada día- le explicó. Cuando viajaba a Rusia, su padre se mudaba a casa de su hermano y de su esposa, una médico colombiana,  vegetariana  y profesora de meditación. “Entre mi madre y mi cuñada, entenderás que tenga un trauma con los yoguis”, dijo.

Ivan miró el melocotón con asco. Uno de los lados se había reblandecido y la piel se había arrugado. La agarró por una punta con los dedos y estiró. La piel aterciopelada se despegó de la carne amarillenta y aguada, y un aroma dulce impregnó toda la cocina. Había pelado un melocotón solo. ¿Se estaría haciendo mayor?”, pensó, frunciendo el entrecejo. Sus rodillas se movieron al ritmo de la música de Alabama Shakes. “No, hasta que no baile no maduraré”, se consoló.

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Soñar con los calcetines puestos

Una de las cosas que más detesto es tener frío en los pies cuando me meto en la cama. Por eso, hace ya bastantes años que duermo con calcetines. Me da igual que sea primavera y que haga calor. La temperatura del pie es engañosa. Te acuestas diciéndote que no hace tanto frío, que eres una exagerada, que se te cortará la circulación por el tobillo y que a medianoche te pondrás a sudar como un tocino, pero a medida que van pasando los minutos desde que has apagado la luz de la mesita de noche, notas algo raro. Es uno de tus pies descalzos, que se está quedando helado. Lo intentas ignorar: cuentas ovejitas, repasas mentalmente las cagadas del día o piensas en lo feliz que serías si al día siguiente Facebook comprase tu empresa por un millón de dólares y pudieras retirarte de por vida a tomar el sol en Punta Cana.

Todo 2510461.png en vano. Primero, porque no eres empresaria, ni lo serás nunca. Segundo, porque tu pie sigue allí, cada vez más frío,  cada vez más tenso, cada vez más retorcido entre las sábanas, hasta que no puedes más, y te levantas de la cama, refunfuñando, caminas a tientas por la habitación, te golpeas la rodilla con el borde de la cama, consigues abrir el armario, identificar el cajón de los calcetines, pillar los primeros que encuentres – sean unos de lana deshilachados que todavía guardas de tu ex, o los que usas para jugar al tenis – y acostarte de nuevo.

Lo normal es que a partir de ese momento, con los pies calentitos, logre conciliar el sueño y dormir feliz. El problema que tengo estos días es que estoy temporalmente instalada en casa de mis padres y llevo dos meses durmiendo en mi antigua cama individual de niña pequeña, rodeada de peluches y de fotos de cuando era una adolescente regordeta y sin problemas. Y entonces empiezo a atormentarme, primero por si me caigo de la cama, y después con eso de que hacerse mayor es un rollo, porque implica darse cuenta de que en realidad sí tenías problemas y de que no has logrado solucionarlos. Por ejemplo, sigues con esa manía de querer dormir con calcetines o de comentar con la almohada qué quieres ser de mayor.  Hace poco, en esa cama, tuve un sueño: soñé que estaba en un vagón de tren atiborrado de gente y llevaba una gallina atada a una correa. Yo intentaba apartarme para dejar pasar a la gente, la gallina se ponía nerviosa y terminaba saltandome encima y atacándome con el pico. Pensé que era un sueño revelatorio, pero ni siquiera Google ha logrado encontrar una interpretación. No me preocupa demasiado, porque esta mañana mi madre me ha dicho que por muy desastre e irresponsable que sea, tengo el don de caer bien a la gente. (Igual lo decía para hacerme la pelota. Después me ha pedido que le prepare la cena).

En Cabrera somos varios los que hemos vuelto a casa de los papis temporalmente y   tenemos más de treinta años. Nos reunimos los miércoles y tenemos un nombre, “okupas maduritos”, que estoy pensando que tiene mucho potencial como título de video porno o como sección nueva en Pornhub. Sobre todo las escenas de sexo en las que sales bebiendote los vinos buenos de tu padre, con la bata de felpa de tu madre y los calcetines desapareados.

¿Por qué siempre se pierden los calcetines? Después de dos meses de okupa, he llegado a la conclusión de que en mi caso, es mi cama de niña la que se come los calcetines, como si quisiera echarme de allí. Además, suele desaparecerme siempre el calcetín izquierdo. Me pregunto si no será una cama de derechas, del PP. “Yo también creo que la mía es del PP, a veces me encuentro rastros de gomina en la almohada, y le ha dado por ensabanarse con la roja y ponerse perlas en el cabezal” , me ha escrito un seguidor anónimo de Instagram, más enganchado a las redes sociales que yo. La semana que viene tendré por fin un hogar para mi sola y volveré a levantarme con dos calcetines. Recuperaré mi cama grande, mis sueños de adulto, y tendré un pequeño jardín con flores de jazmín y un césped que me llega hasta las rodillas. ¿Alguien tiene una cortadora eléctrica?

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mamá, he preparado la cena

ya le diré a alguien que me invite a ostras

Nada más entrar en el bar del club, Tanit notó que todo el mundo se la quedaba mirando. “Seguro que es rusa”, oyó que un hombre calvo vestido con un polo fucsia le comentaba a su compañero de mesa. Habían terminado de comer y un camarero joven les rellenaba las copas con un licor rosado. Tanit les ignoró. Estaba acostumbrada a llamar la atención, con sus ojos verdes, su melena oscura y sus piernas largas, de tenista. Además, sabía que aquellas bermudas rosas que se había comprado de rebajas el día anterior en la sección de golf del Decathlon le hacían un buen culo.

-¿Viene sola? Querrá comer?- le preguntó el camarero, con labios temblorosos. Era un chico de mejillas sonrosadas y pestañas largas, y hacía aspecto de cansado. Tanit respondió que sí, y el chico le señaló una mesa redonda junto a los ventanales, desde donde podía ver a los jugadores practicando el approach.  Tanit dejó ir un suspiro. Su intención esa mañana había sido llegar al club temprano y pasar un buen rato tirando bolas antes de salir al campo, pero su plan se había arruinado al reconocer a lo lejos a Ricard, ese maldito entrenador de golf que había conocido en la sección de pescado congelado del Mercadona, cuando le robó frente a sus narices el último varitas pescadopaquete de Fishmongers. “Lo siento, pero es que básicamente me alimento de estas varitas de pescado”, le había dicho el entrenador con una sonrisa, dejándole claro que no iba a cederle el paquete de Fishmongers, por muy buena que estuviera. Tanit se había quedado embobada mirando sus pantalones de pinzas, que eran de color verde fosforito. ¿Qué clase de hombre llevaba unos pantalones de ese color?, pensó, alzando la vista para mirarle de nuevo a la cara. Él, que era más bajito que ella, seguía agarrado al paquete de pescado congelado y se reía, dejando entrever un diente superior mal colocado, que le daba un aire travieso.

– “Tranquilo, puedes quedarte con los fishmongers. Ya le diré a alguien que me invite a cenar ostras esta noche”, le vaciló Tanit, notando que estaba parpadeando demasiado, como hacía siempre que se ponía nerviosa.

-“¡Me encantan las ostras!”, exclamó él. Por las diminutas arrugas que se le formaron alrededor de sus ojos- unos ojos oscuros, con reflejos verdes- , Tanit calculó que debía estar rondando los cuarenta. Se presentó como Ricard y le explicó que era profesor de golf. Tanit le pidió la tarjeta. “Siempre he querido jugar”, mintió. Una lesión de rodilla le había obligado a retirarse del tenis y desde entonces solo hacía yoga de vez en cuando. Lo suyo era el tenis, el resto eran mandangas. “Por algo me llaman Kourni”, pensó, mientras daba un trago al vaso de Vichy que el camarero acaba de ponerle encima de la mesa. Por el ventanal entraba una luz agradable del mediodía y Tanit se fijo en una pareja de ancianos con visera practicaban el putt, muy concentrados. “Pasarse el día caminando detrás de una pelotita… ¿no es un juego absurdo?”, le había comentado una amiga al enterarse de que había empezado las clases de golf.

Lo cierto es que Tanit se había apuntado a golf con la excusa de volver a ver a Ricard, pero como él se encargaba de los alumnos profesionales, a ella le asignaron un profesor más veterano, Pierre Dufloo, un francés afincado en la Costa Brava, especializado en dar clase a las mamás pijas de Barcelona y el Empordà. Cuando vio que Tanit estaba separada y que podía hacer bromas de sexo sin que se ofendiera, se hicieron amigos. Pierre le explicaba anécdotas de su infancia en Grenoble, de sus amantes en los torneos de Escocia, y de cómo odiaba el golf de pequeño.  Sus padres eran unos forofos de ese deporte y al ser hijo único, “no me quedó otro gggemedio que salir a jugar con ellos, voilà”, le explicaba Pierre con su acento francés mientras ella intentaba practicar el swing con el brazo derecho sujeto con un cinturón de velcro. Pierre llevaba siempre consigo una bolsa de lona con todo tipo de arneses, cinturones y artefactos de tela que servían para corregir los movimientos del jugador a la hora de hacer el swing . “Ahora te voy a tener que castigar”, decía Pierre con una sonrisa pícara, atándole uno de esos arneses, que a Tanit le parecían a medio camino entre una camisa de fuerza de un psquiátrico y un accesorio de sadomaso. Por la mente de Tanit pasaban todo tipo de fantasías cuando tiraba bolas, especialmente si notaba la presencia de Ricard por allí cerca. De vez en cuando se saludaban y hacían bromas sobre cuantos fishmongers habían comido esa semana, pero desde aquel encuentro en el Mercadona, hacía cinco meses, no había ocurrido nada más.

Una noche, aburrida en una cena con amigas que no paraban de hablar de niños y pañales, Tanit no pudo aguantarse más y le escribió un whatsapp: “ ¿podríamos dejarnos de ser fishmonguers  e ir a cenar ostras de una vez?” . Ricard leyó el mensaje, pero no respondió. Media botella de vino y dos gintonics más tarde, Tanit añadió:  “Lástima, se me habían ocurrido varias cosas divertidas con pelotitas que podríamos hacer después de las ostras. Es lo que tiene que nos veamos siempre rodeados de palos y bolas…”.  

A la mañana siguiente, Ricard le había respondido simplemente con el emoticono que se pone las manos en las mejillas y pone cara de sorpresa.  Tanit sintió un nudo en el estómago, en parte por la resaca, y en parte por tomar consciencia de haber hecho el pena. Eran las siete de la mañana. Se preparó un café y abrió el ordenador con la esperanza de que algún amigo ya estuviera conectado, y se alegró de encontrar a su amigo Fran, que trabajaba de chef en un conocido restaurante español de Tokio.

¿Qué tal, Kourni? Cómo vas? – se avanzó Fran al ver que su amiga aparecía con luz verde- Me mola hablar contigo, me sube la moral, eres la única persona con una vida amorosa más desastrosa que la mía.

Ja, ja… consuelo de listos. ¿Cómo va con tu amante de Sapporo?– tecleó Tanit, despacio.

Me dejó colgado dos semanas atrás y me llevé a casa a una que pesaba 27 kilos … vestida.

Te follaste a una hoja.

Sí, tuve que ser delicado por una vez. Que aburrimiento… La otra opción era llevarme a un mulato.

–Le diste un tupper de comida de los tuyos, al menos.  

–Se fue bien servida de chorizo español, JUAS JUAS JUAS. Perdona, es que me sale el barrio, a veces.

–ha, ha …  humor paleto.

–Toda mi felicidad llegará ahora a partir de la cocina y el porno japonés

Yo esta noche le he dicho al golfista que tenía una fantasía con unas pelotas de golf.

Ha, ha. Y le has dado con el Driver a tu dignidad y la has enviado al bunker.

Tanit aún se reía sola al recordar el chat con su amigo Fran cuando el camarero apareció con la crema de zanahoria y jengibre.

-¿Con el roastbeef querrá patatas fritas o ensalada? – le preguntó, mirándola con su ojos risueños.

–Patatas fritas, por favor– respondió ella. Con aire de víctima, el chico anotó el pedido en el bloc y dio media vuelta para regresar a la cocina, abriéndose paso entre las mesas. El hombre calvo y sus amigos estaban de pie, con la copa de licor rosado en la mano, y antes de salir a la terraza para fumarse un puro la miraron de reojo.

“Buen provecho”, le dijo uno de ellos, brindando en el aire con su copa. Tanit le retornó el saludo, alzando su vaso de Vichy catalan, y después bajó la mirada hacia su plato de sopa.  Le dio vergüenza pensar que igual eran amigos de Ricard, a quien no había vuelto a ver desde el mensaje hasta esa mañana, en el campo de prácticas. A pesar de que él no podía verla, porque estaba de espaldas a ella, Tanit notó como su cuerpo se tensaba y su brazo se había puesto a temblar. “Coloca el palo en el suelo, separa los pies, alinea los hombros.. Uno, dos, tres…”, zas! pero todas las bolas salían rodando a ras de suelo o disparadas hacia la derecha. ‘Joder, joder!”, había exclamado, lanzando el hierro al suelo tras el quinto intento frustrado de levantar la bola. Dio unos pasos arriba y abajo,  intentando respirar fondo para relajarse. Se había puesto roja como un tomate. Volvió a intentarlo, sin éxito. “Ridículo”, pensó por dentro, guardando los palos en la bolsa. Hoy lo mejor sería pasar al campo directamente. “Pierre, te espero en la salida del Hoyo uno con una bolsa de cacahuetes”.