Please don’t go

“A lo largo de mi corta y triste vida he tenido pocos novios y el diario de mi Primera Comunión es un buen lugar para entender por qué. Fui una adolescente más bien gordita y sin tetas, lo que debió traumatizarme de algún modo, pero eso no quiere decir que no me gustase salir. Los sábados por la tarde, con quince años, me iba al Nivell 1, una discoteca pija en el centro de Mataró. Bueno, yo creía que era “pija” hasta el día que una amiga de Barcelona me invitó a ir con ella a Jimmys, la discoteca que entonces estaba de moda en la capital. Ya solo en la cola para entrar me sentí totalmente de pueblo por no llevar camisa Ralph Lauren de rayitas rosas y hablar en castellano con acento catalán.
A Jimmys solo fui una vez. La verdad, me gustaba mucho más Nivell 1. Era cómodo. Al salir, mi madre me estaba esperando en el coche delante de la puerta y me dejaba en casa. Al llegar me ponía el pijama y la bata y , con el pelo aún apestando a tabaco, me preparaba un bikini de jamón y queso, que me comía en la mesa de la cocina mientras leía La Vanguardia. Los sábados solía venir llena de suplementos de fin de semana, que me los reservaba para leerlos en la cama, algo que hoy ya no consigo hacer sin quedarme dormida.
En mi diario aparecen pocos chicos. Los únicos que aparecen de forma constante antes de cumplir los dieciséis eran unos gemelos llamados Dani y Jandro, tres o cuatro años más mayores que yo, que jugaban en el equipo de baloncesto de mi pueblo. Me gustaban los dos por igual y me ignoraban los dos por igual. Jandro, el más guapo de los dos, conducía un Golf viejo de color rojo y mis amigas y yo nos llegamos a aprender la matrícula de memoria. Ahora solo recuerdo que terminaba en “MB”, “porque están “Muy Buenos”, nos reíamos, orgullosas de haber creado una broma que nos parecía tan ingeniosa.
A medida que fui haciéndome mayor, mi diario adoptó un tono más melancólico. A los diecisiete años – era cuando hacíamos COU – yo me creía un alma bohemia. Me obsesioné con escaparme sola a Barcelona a a ver películas en versión original, a poder ser en chino o en iraní. Así nadie se enteraba si me quedaba dormida a la mitad de la peli.
Durante esa etapa también me dio por llevar camisetas negras estampadas con el rostro de Jim Morrisson o Jimmi Hendrix. También llegué a tener camisetas de NOFX y Metallica, bandas que no había escuchado en mi vida. Con Jim Morrisson era diferente. Sabía quién era porque mi padre me hacía escuchar The Doors desde que era una cría. Una de sus costumbres era llegar a casa del trabajo, sacarse la corbata, poner música “de su época” en el tocadiscos y hacernos bailar a mi hermano y a mí en pijama y zapatillas.
-¿A que son buenos? Agh…ahora ya no se hace música como ésta” – gritaba mi padre, tocando una guitarra imaginaria y balanceando el cuerpo hacia delante y hacia atrás, a ritmo de Light my Fire.

La escena se repetía casi cada noche: los Beatles o The Doors sonando a todo volumen por los altavoces del salón, mi madre chillando por el pasillo “la cena está lista” y mi hermano pequeño berreando con un cassette en la mano:
-¡Ahora pon este cassette, papá, pon éste!- chillaba, sujetando en la mano el cassette con su hit favorito: “Please don’t go”.

Y así, mientras yo soñaba con parecer bohemia, mi hermano se volvía “makinero”. “Please don’t go, Please don’t go”, cantaba, poniéndose a bailar en el salón, mientras el jersey del pijama se le iba enrollando hacia arriba, dejando al descubierto su barriga. “Babe, I love you so, aaaah I want yo to know, That I’m going to miss your love
The minute you walk out that door, So please don’t go, Don’t go, Don’t go away”

Que nos devuelvan los 90.

De: “Operación Berenjena”, mi primer libro, nunca publicado.

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Match point (Mallorca version)

Supo que le gustaría desde el primer momento que le vio, allí arriba, sentado sobre el murete de la entrada del club, con los brazos abrazados a las rodillas, dejándose acariciar por el sol. Soltó la mano del volante y le saludó efusivamente, como una niña pequeña cuando ve a sus amigos en el patio de la escuela. “Pero qué haces”, se dijo a si misma. Tenía la mano sudada de los nervios. Él le devolvió el saludo con la mano y se puso de cuclillas, preparándose para saltar del muro mientras ella maniobraba para aparcar. Por el retrovisor vio cómo se acercaba hacia el coche. Se había sacado las gafas de sol y sonreía. Abrió la puerta e hizo ver que ordenaba algunas cosas.
-¿Te habías perdido? Llegas tarde.
Le gustó su voz pausada y su acento mallorquín.
-Eh, no, no.. bueno… – tartamudeó. -El maldito GPS del móvil decidió tomar una carretera secundaria y por poco me lleva al huerto, pero aquí estoy. Un poco mareada de tanta curva, pero aquí estoy- repitió. Después salió del coche, y añadió: – y muy contenta de existas de verdad y no seas solo un espejismo de Facebook, una sobrasada mutante o un emoticono con cabeza de cebolla.
Él soltó una carcajada.
-Pues claro que existo. Soy muy real. Real como la paliza que te espera ahora en la pista.
-Eso ha sido un muy mal inicio- se cruzó de brazos y dio un paso atrás.- Te doy una oportunidad para que rebobines y te vuelvas a presentar como un caballero.
-De acuerdo-dijo él, poniéndose serio. -Rebobinemos. Me llamo Alejandro, pero mis amigos me llaman Federer.
-Muy gracioso-respondió ella.-Yo soy Laura, la mejor traductora de italiano de este país, además de una tenista prometedora.
-No me cabe duda. ¿Categoría junior? Estoy impaciente por ver tu revés. Pero que que sepas que si pierdes vas a tener que hacerme un masaje en los pies.

Mi primera Superbowl

–  Si quieres tener una auténtica experiencia americana, tienes que venir a cenar a mi apartamento el próximo domingo. Veremos la Superbowl por la tele con mis compañeros de piso.

Eso fue lo que me dijo Ben, un arquitecto de Virginia rubio y de ojos azules que acababa de conocer en la inauguración de una exposición en el barrio de Hell`s Kitchen, mientras nos despedíamos. Enero de 2004. Frío de narices en Nueva York. Unos -6ºC y toda la ciudad nevada. Al salir de la exposición, Ben me llevó a uno de esos típicos bares americanos con las puertas de madera de vaivén, banderitas de barras y estrellas colgadas en el techo y las camareras con tops escotados y sombrero de cowboy. “Clinton was here”, podía leerse debajo de una fotografía de Bill Clinton abrazado a una de las camareras. Ben y yo estuvimos bebiendo cerveza y mascando tabaco (él), hasta que el alcohol hizo su efecto y permitió que su marcado acento del sur vacilándome de que su libro favorito era La Divina Comedia ya no supusiera ningún impedimento a mis capacidades idiomáticas. En el taxi guardé su número en la memoria de contactos como “Dante Alighieri”.  Al día siguiente no recordaba su nombre real.

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El domingo siguiente, cuando llamé a la puerta de su apartamento de Willambsburg con una caja de Becks en la mano, sentí un poco de vergüenza. Seguía sin recordar si se llamaba Danny, John, Ben o Rob. El chico que me abrió la puerta, Jim, me sacó de dudas:

– Beeeeeeeeeeeeeeeeeeennn ¡!!! The Spanish girl is here – gritó por el pasillo.

Jim, Bob y Ben eran amigos de la infancia de Virginia. Calzaban las mismas zapatillas y llevaban la misma gorra de béisbol. Los tres estudiaron en la misma escuela primaria y en el mismo instituto, el Saint Gertrude High-School de Richmond, Virginia, y sus madres eran voluntarias en la parroquia del municipio. El padre de Ben era arquitecto. Los padres de Bob y Jim eran empleados de banco.

– Tienes suerte, justo hoy ha llegado una caja de llena de comida que me ha enviado mi madre– me explicó Jim–. Y dentro hay un meat loaf cocinado por mi abuela. ¿Te apetece probarlo?

Tuvieron que aclararme que el meat loaf es un pastel de carne típico del sur de Estados Unidos. Para mí, Meat Loaf seguía siendo el rockero de la película “The rocky horror picture show”.

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Los tres parecían contentos de tener a una chica en casa. Me enseñaron sus habitaciones, las pantallas gigantes de sus ordenadores, sus proyectos de arquitectura en tres dimensiones, las fotos de sus viajes por Europa. Descubrí que Ben había tenido una novia de Toledo que conoció en los San Fermines.

– Elisa pretendía que me fuera a vivir con ella, a la casa de sus padres – me explicó Ben.

Después de tragarse varias comidas familiares en Toledo en las que nadie hablaba inglés, Ben decidió romper con Elisa y volver a Nueva York.

–  Mi madre quiere que vuelva a Virginia y me case con la vecina– me confesó. Ben debía tener unos 28 años, tres o cuatro más que yo. Estábamos los cinco en el sofá de su espacioso apartamento de Williamsburg, esperando a que empezara la Superbowl. Por la ventana se veían las aceras cubiertas de nieve y las luces parpadeantes del colmado 24 horas. – La verdad es que no descarto volver a Virginia más adelante para crear una familia- añadió, dando un sorbo a su cerveza. Pero en Nueva York tengo la vida muy bien montada: he conseguido un buen trabajo y comparto piso con mis mejores amigos en el barrio más cool de la ciudad. Encima me sobra dinero para viajar.

La verdad es que Ben empezaba a parecerme un poco chulo. Pero me sentía cómoda. A él le parecía curioso que una española hubiera venido a Nueva York para hacer unas prácticas en un museo tan poco conocido como el Museo del Barrio. Después de su experiencia en Grecia y en España, creía que los jóvenes de los países mediterráneos éramos incapaces de abandonar la familia y vivir en el extranjero. Algo de razón tenía.  Tampoco le parecía raro que hubiera estudiado Administración de Empresas y quisiera dedicarme al arte. En EEUU nadie decide su futuro profesional sólo en función de sus estudios, me explicó. Él mismo había empezado estudiando Arqueología para acabar dedicándose a la Arquitectura.

Abrimos unas Becks y nos acurrucamos entre los cojines. Estábamos en febrero pero en la sala de estar de Ben todavía quedaban restos de decoración navideña: estrellas de purpurina en las ventanas, lazos rojos en el pomo del mueble-bar, una postal con el Niño Jesús encima de la tele. Jim preparaba la cena en la cocina y asomaba la cabeza de vez en cuando para comentar en voz alta el partido. A Jim le gustaba cocinar. Su especialidad eran las alitas de pollo rebozadas con patatas Lays sabor barbacoa. Me levanté para copiarle la receta: barnizar el pollo con miel y aceite, enganchar trocitos de patata desmigajada con un tenedor y meter en el horno. También preparó raviolis con salsa de tomate y una ensalada con aliño “Thousand Islands”. Desenvolvió el paquete de Meat Loaf de abuela, lo calentó en el microondas y nos llamó a cenar.

Ben, Jim y Bob me sentaron a la cabeza de la mesa, no sé si por cortesía o por ser el único sitio que quedaba de espaldas a la televisión. Lo de ser la única chica era un chollo. Se peleaban por servirme la comida y me dejaron repetir de Meat loaf tantas veces como quise.  Estaba delicioso. Se parecía un poco al albondigón que cocina Mari en casa de mis padres, pero ella nunca me lo enviaría por correo. Jim nos habló de la carta que le había escrito su madre, en la que le contaba la última comida de beneficencia que había organizado en Richmond. Las madres de los tres chicos eran muy religiosas y no les gustaba nada Nueva York.

– Esta ciudad les parece demasiado liberal– dijo Ben-. Les parece aún más extraño que vivamos en Williambsurg y que nuestros vecinos sean una familia sikh o una familia de judíos ortodoxos.

De postres, Bob sacó del congelador cinco tarros de helado Ben and Jerry’s y abrió una caja de mini chocolatinas Mars. Tras unos segundos de duda, me serví tres bolas de “Chunky Monkey” – helado de plátano con trocitos de nuez y caramelo –  y una de “New York Super Fudge Chunk” : helado de chocolate con caramelo y nueces pacanas. De nuevo, esa agradable sensación de ser feliz. Hasta que de pronto, una teta de Janet Jackson rompió el equilibrio de mi felicidad.

– What was that, guys??? – exclamó Ben, levantándose de golpe del sofá.

El comentarista del partido en la televisión tartamudeaba. Tampoco entendía lo que había pasado.  La Superbowl 2004 pasó a la historia por la teta que enseñó Janet Jackson durante una actuación en pausa del partido. Yo, en cambio, recordaré la Superbowl por el atracón de calorías y birra que me pegué junto a un guapo arquitecto de Virginia que mascaba tabaco y restauraba iglesias en Grecia.

De: “Operación Berenjena”, mi primer intento de libro.

No es lo mismo sin arroz

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Mi día favorito de las Navidades es Sant Esteve, el 26 de diciembre. Mi padre se llama Esteban – Esteve – y en casa siempre lo hemos celebrado a lo grande. De pequeña tengo el recuerdo de levantarme soñolienta de la cama, ir a desayunar en pijama y encontrarme en la cocina a mi tía Titón preparando ensaladas exóticas con curry, gambas y manzanas. Mientras yo intentaba hacerme un hueco en la mesa para tomarme el colacao y las galletas sin mancharme las mangas de la bata, los adultos a mi alrededor andaban apurados con los últimos detalles de la comida. El plato estrella de Sant Esteve eran las terrinas de foie trufado que preparaba mi àvia y, más tarde,  el arròs de Sant Esteve que cocina mi padre con las sobras del capón de Navidad.

Este año, desafortunadamente, mi padre está de baja y nos hemos quedado sin comilona familiar, y sin arròs. Pero Mari, la persona que más nos ha aguantado a mí y a mis hermanos después de mis padres, ha venido a prepararnos unos canalones con bechamel, que también son tradicionales de Sant Esteve. Y así, con la luz tenue de diciembre colándose por la ventana del comedor, saboreando los canalones de Mari y una copa de vino tinto, me he acordado de la primera (y única) vez que traje a un novio por Sant Esteve, hace ya 17 años. He rescatado mis recuerdos:

“Desde que se acabó el chollo de la Universidad y mi vida se quedó sin rumbo, me dan pereza las Navidades. 2005 no fue una excepción: con solo 25 años, ya había conseguido que me despidieran de mi primer trabajo. Mi familia al completo querría saber qué haría con mi vida a partir de enero y yo no tenía ni idea. Así que le pedí a C. que viniera a pasar el día de Sant Esteve para darme apoyo moral.

Mi padre tiene diez hermanos y C. estaba muerto de miedo: entre nueras, cuñados y exmaridos, solemos ser unas treinta personas en la mesa. Al final, no fue para tanto. Se dio cuenta de que mi familia estaba más pendiente de acabarse lo que tenía en el plato que de meterse con él.

Aunque mi àvia ya había fallecido, la comida de Sant Esteve seguía empezando con las terrinas de foie acompañadas de tostadas con mantequilla y ou filat,  yema de huevo rallada, que me chifla. También había pimientos del Piquillo traídos especialmente de La Rioja; ensalada de alcachofas con trufa; habitas con jamón;  pastel de rape y unas bandejas de flanes de foie micuit – tibios, gelatinosos, se derretían en la boca – cocinados por mi tía Titón. C. repitió de todo y cuando le dijimos que todavía faltaba el arroz, por poco se atraganta con los restos de pimiento.

El arroz de San Esteban de mi padre es difícil de superar. La base es un sofrito de ciruelas confitadas, orejones, piñones, cebolla, zanahoria, pimientos y restos del pavo de Navidad, que luego mi padre riega con vino blanco, virutas de trufa y parmesano.

De postre, tomamos turrones de yema recubiertos de nata, los favoritos de mi padre, que mi tía Margot trae cada año de la pastelería Baixas. Como cada año, el  incremento del precio de los turrones de Baixas se convirtió en un agitado tema de sobremesa, hasta que mi padre descorchó la botella de champagne y propuso un brindis:

 – ¡Por el nuevo invitado de este año! – dijo, mirando a C.

En respuesta, mis tíos enloquecieron y empezaron a gritar al unísono: “BODA, BODA, BODA!”

C. se puso rojo como un tomate y yo me partía de risa. Al menos nadie me preguntaba por mi futuro profesional.

-Como sigáis así me iré a Berlín y no volveré – les dije, medio en broma, para que se callaran.

En el fondo, era lo que quería. Largarme a Berlin con C, poder levantarme tarde, pasear por el Tiergarten en bicicleta y escribir críticas de exposiciones. Quería ser periodista. Pero no me tomaban en serio. Ni siquiera C.

Olors d’hivern

Per fi. Per fi un sofà per a mi sol, va pensar, doblegant els braços sota la nuca i estirant les cames fins que els peus van quedar penjant sobre el reposa-braços. Si la seva mare hagués vist que s’ havia estirat al sofà amb les sabates posades, l’hagués renyat com si fos un nen. Acabava de fer 41 anys, però per ella encara seguia sent el seu Aliosha,  el seu fill petit. I ara, després de 13 anys a l’Àfrica, el seu Aliosha havia tornat a casa. “Aliosha, guapo, per què tanta  pressa en trobar pis i marxar a Barcelona? No n’has tingut prou, d’estar sol? Si al menys tinguessis nòvia…”
L’ Alex escoltava la seva mare i reia. Cap dels seus amics del poble li deia Aliosha. Tampoc cap d’ells li recriminava que no tingués parella. “Crack, aprofita, tu que pots”, li deien.  La majoria s’havien casat i tenien criatures. Se’ls va imaginar canviant bolquers o fregint barretes de peix congelat i no li va semblar un pla de dissabte tan dolent. Ell  es passaria aquella nit espaterrat al sofà d’Ikea que havia muntat aquell matí, gaudint del sol que entrava per la finestra. Estava tan a prop del mar que li semblava sentir-lo. 

“Sobretot, que el pis estigui a prop d’un Mercadona’, havia insistit la seva mare els darrers mesos . Al Poble Nou només hi havia un Mercadona, el de la Rambla, però ho havia aconseguit. Li agradava el.Mercadona. Era barato, sabia on estava tot i venien un hummus preparat boníssim.
-Al Mercadona? Però si ni tan sols tenen Donuts de marca- li havia dit la seva amiga Judit, que l’havia trucat aquella tarda  mentres feia la compra.- Has de provar els donuts pantera rosa, quan vas marxar  a l’àfrica encara no existien.

-Donuts roses? Quina por. He comprat pomes.
-Ets un miedica.

Va riure sol. Feia temps que ningú li deia miedica. Però uns donuts roses, ara que intentava cuidar-se i estava a punt de fer-se vegà… 

Des del sofà li va arribar l’olor de coliflor bullida de casa dels veïns. Olor d’hivern, va pensar, mirant les bosses de la compra, que s’havien quedat a terra, davant la porta d’entrada.  Es va aixecar poc a poc, va recollir les bosses de terra i va arrossegar-se cap a la cuina. Havia decidit que soparia una poma escalfada al microones, amb una mica de mel i canyella. Mentre esperava a que acabés de coure’s, el va trucar la Judit

-què fas Jaimito? T’has comprat els donuts roses o has anat a caçar?
-m’estic fent una poma al forn. Bé, al microones.  7 minuts i mig. Un truc de la meva mare.
-ah, sí? I si la poses  7 min i 53 segons què passa? Explota? Es transforma en petit suisse? No sabia que eres un cuinetes. Deus estar madurant. Has notat algun altre símptoma, a part de que vas al mercadona?
-que ja no menjo donuts roses – va dir l’Alex traient la poma del microones. Feia una pinta dubtosa. -Però potser m’he precipitat.

¿Habéis entendido algo?

“El día 21 de junio de 2002 me levanté a las dos del mediodía con una resaca tremenda. La noche anterior había sido la fiesta de graduación. Adiós a cinco años en ESADE y al asqueroso café del bar de la facultad. Me escondí bajo las sábanas estampadas con gaviotas rosas y nubecitas blancas. ¿Y ahora, qué?

Por la ventana me llegaban los gritos de los niños jugando en el patio de mi antigua escuela. El mismo patio donde aprendí a hacer “sorra fina” y a esquivar los pelotazos de los mayores jugando a futbol. Tumbada en la cama, incapaz de moverme, incluso me pareció escuchar el vozarrón grave de mossèn Raimon, el fundador de la escuela. Raimon siempre me cayó bien. Lo primero que nos dijo en clase de catequesis es que Adán y Eva no existen, y que Dios es amor. Es el argumento más consistente que he oído en boca de alguien que intenta hacerme creyente.

Mossèn Raimon también nos daba clase de Historia. En clase nos contaba que había escondido a gente perseguida por Franco. Era catalanista y germanófilo. Si nos desmadrábamos en clase, gritaba en alemán para hacernos callar. Su lección sobre  Felipe IV y la guerra de Flandes incluía burlarse un poco de la armada española y hacer juegos de palabras para que recordáramos los nombres de las ciudades holandesas: Amsterdam, Rotterdam, y Utrecht que, según él, en catalán sonaban de forma parecida a los procesos digestivos: “AAMMsterdam”, (parecido a “nyam”),  “ROOTTerdamm” , (“rot” en catalán significa eructo) y UUUTRECHT. (“ho trec”, es decir, “lo saco” , o “vomito”).

Como en la escuela parroquial sólo era posible estudiar hasta octavo de EGB, mis padres me enviaron a cursar el BUP y el COU a los Salesianos de Mataró. En las aulas de este colegio se daba una exótica mezcla de pijos del Maresme, gente de Mataró de toda la vida e hijos de inmigrantes del barrio de Cirera. Más tarde me enteré que también había estudiado allí Salvador Puig Antich.

Mi profesor favorito era “el Pedro”, un salesiano que nos daba clases de Filosofía. Era un  hombre de apariencia tranquila, de melena blanca y con una barba triangular, al estilo árabe, que se acariciaba mientras nos explicaba la lección. Se expresaba de manera muy elocuente, en un castellano elegante. Daba gusto oírle hablar, aunque su aliento a Ducados podía tumbar a cualquiera sentado en primera fila. Por eso llevaba siempre caramelos de menta en el bolsillo del pantalón. Sus pequeños ojos azules nos observaban desde detrás de unas gafas de montura anticuada.  “¿Habéis entendido algo?”, nos preguntaba, después de leer en voz alta el texto de algún filósofo. A mí me gustaba Karl Popper, quizás porque fue el único que llegué a entender bien. “Teoría de la prueba y el error”. La filosofía nunca fue mi fuerte, a pesar de que yo tenía fama de empollona.

El padre Luís era otro de mis salesianos favoritos. Era un anciano tartamudo que nos daba clase de Lengua Castellana y  Religión. Sus clases eran los viernes por la tarde, el día más propicio para hacer campana, o hacer pellas, como lo llaman en el resto de España.  Yo solía escaparme con una amiga a jugar al futbolín en un bar o coger el Cercanías e ir a pasear por las Ramblas. En una de esas ocasiones, Luís puso uno de sus exámenes sorpresa, tipo “saquen una hoja y escriban el credo”.

Edu, un compañero de clase que incomprensiblemente estaba colado por mí, decidió salvarme el pellejo e hizo dos exámenes, uno de ellos con mi nombre. El viernes siguiente, cuando llegó el momento de anunciar las notas, el padre Luís nos llamó a los dos a su mesa. Noté la mirada del resto de compañeros clavada en nuestras espaldas. El padre Luís se aclaró la garganta seca, y con su voz afónica nos preguntó cómo era posible que tuviera un examen firmado con mi nombre si ese día había pasado lista y yo estaba ausente. Edu se puso como un tomate y empezó a tartamudear. “Padre Luís, eh… verá, quería ayudar a Andrea, que no estaba en clase…”

Se oyeron risitas de fondo. Yo también me empecé a poner roja y temí que se me escapara la risa. “¿Será posible que me haya hecho de tapadera?”, pensaba yo, observando a Edu. El padre Luís alzó la vista y tras obsequiarnos con una sonrisa pícara, dejando a la vista sus dientes grandes y amarillentos, dijo: “Así que lo hizo usted por Andrea, señorito Soler. Sentirá usted un gran aprecio por su amiga. Si les parece bien, les pondré a los dos un suspenso.”

(Fragmento extraído de Operación Berenjena, mi primer intento de libro)

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Vista de Cabrils desde la Creu. El Maresme no ha cambiado mucho desde que soy pequeña. Solo hay unas bastantes-mil viviendas más, y algún que otro jabalí con ganas de bañarse en la piscina.

Soñar con los calcetines puestos

Una de las cosas que más detesto es tener frío en los pies cuando me meto en la cama. Por eso, hace ya bastantes años que duermo con calcetines. Me da igual que sea primavera y que haga calor. La temperatura del pie es engañosa. Te acuestas diciéndote que no hace tanto frío, que eres una exagerada, que se te cortará la circulación por el tobillo y que a medianoche te pondrás a sudar como un tocino, pero a medida que van pasando los minutos desde que has apagado la luz de la mesita de noche, notas algo raro. Es uno de tus pies descalzos, que se está quedando helado. Lo intentas ignorar: cuentas ovejitas, repasas mentalmente las cagadas del día o piensas en lo feliz que serías si al día siguiente Facebook comprase tu empresa por un millón de dólares y pudieras retirarte de por vida a tomar el sol en Punta Cana.

Todo 2510461.png en vano. Primero, porque no eres empresaria, ni lo serás nunca. Segundo, porque tu pie sigue allí, cada vez más frío,  cada vez más tenso, cada vez más retorcido entre las sábanas, hasta que no puedes más, y te levantas de la cama, refunfuñando, caminas a tientas por la habitación, te golpeas la rodilla con el borde de la cama, consigues abrir el armario, identificar el cajón de los calcetines, pillar los primeros que encuentres – sean unos de lana deshilachados que todavía guardas de tu ex, o los que usas para jugar al tenis – y acostarte de nuevo.

Lo normal es que a partir de ese momento, con los pies calentitos, logre conciliar el sueño y dormir feliz. El problema que tengo estos días es que estoy temporalmente instalada en casa de mis padres y llevo dos meses durmiendo en mi antigua cama individual de niña pequeña, rodeada de peluches y de fotos de cuando era una adolescente regordeta y sin problemas. Y entonces empiezo a atormentarme, primero por si me caigo de la cama, y después con eso de que hacerse mayor es un rollo, porque implica darse cuenta de que en realidad sí tenías problemas y de que no has logrado solucionarlos. Por ejemplo, sigues con esa manía de querer dormir con calcetines o de comentar con la almohada qué quieres ser de mayor.  Hace poco, en esa cama, tuve un sueño: soñé que estaba en un vagón de tren atiborrado de gente y llevaba una gallina atada a una correa. Yo intentaba apartarme para dejar pasar a la gente, la gallina se ponía nerviosa y terminaba saltandome encima y atacándome con el pico. Pensé que era un sueño revelatorio, pero ni siquiera Google ha logrado encontrar una interpretación. No me preocupa demasiado, porque esta mañana mi madre me ha dicho que por muy desastre e irresponsable que sea, tengo el don de caer bien a la gente. (Igual lo decía para hacerme la pelota. Después me ha pedido que le prepare la cena).

En Cabrera somos varios los que hemos vuelto a casa de los papis temporalmente y   tenemos más de treinta años. Nos reunimos los miércoles y tenemos un nombre, “okupas maduritos”, que estoy pensando que tiene mucho potencial como título de video porno o como sección nueva en Pornhub. Sobre todo las escenas de sexo en las que sales bebiendote los vinos buenos de tu padre, con la bata de felpa de tu madre y los calcetines desapareados.

¿Por qué siempre se pierden los calcetines? Después de dos meses de okupa, he llegado a la conclusión de que en mi caso, es mi cama de niña la que se come los calcetines, como si quisiera echarme de allí. Además, suele desaparecerme siempre el calcetín izquierdo. Me pregunto si no será una cama de derechas, del PP. “Yo también creo que la mía es del PP, a veces me encuentro rastros de gomina en la almohada, y le ha dado por ensabanarse con la roja y ponerse perlas en el cabezal” , me ha escrito un seguidor anónimo de Instagram, más enganchado a las redes sociales que yo. La semana que viene tendré por fin un hogar para mi sola y volveré a levantarme con dos calcetines. Recuperaré mi cama grande, mis sueños de adulto, y tendré un pequeño jardín con flores de jazmín y un césped que me llega hasta las rodillas. ¿Alguien tiene una cortadora eléctrica?

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mamá, he preparado la cena

¡Tiberios a 30 euros!

Mi prima Alejandra me llevó ayer a conocer el Cercle Filatèlic i Numismàtic de Barcelona, la asociación de aficionados al coleccionismo de sellos y monedas más antigua de España, fundada en 1924. Alejandra no tiene ni idea de monedas, como yo, pero su amigo Marc, un ex agente de las fuerzas de seguridad, de 39 años, es un coleccionista apasionado desde que es un niño, y cada martes se lleva a mi prima a la sede de la asociación, en un pequeño entresuelo del Eixample Esquerre.img_20160209_182023.jpg

“Los martes es el día que hay más ambiente. Vienen asociados de las comarcas de los alrededores para hablar de sus últimas adquisiciones, intercambiar o revender monedas, o consultar libros.  El Cercle tiene probablemente la mejor biblioteca de numismática de España”, me explica su presidente, Xavier A.R, un cuarentón de brazos fornidos y barba cuidada. El local está repleto de estanterías llenas de libros antiguos y vitrinas con monedas en exposición, y en el centro hay una gran mesa de madera donde un grupo de jubilados conversa animadamente sobre monedas romanas.  “La mayoría de los asociados son gente mayor, pero hay algunas excepciones, como Marc o como yo”, comenta el presidente, que se niega a darme el número exacto de socios por un tema de confidencialidad. “No queremos que la competencia sepa quiénes somos y qué manejamos”, añade Xavier. En el año 1955, un grupo de socios del Cercle decidió escindirse de la entidad para formar la Asociación Numismática de España (ANE), con sede también en Barcelona, y desde entonces ambas organizaciones compiten en su función de fomentar el coleccionismo y promover el estudio del sello y la moneda.

Xavier dice que su afición por el coleccionismo empezó de pequeño. “Era el típico niño que coleccionaba de todo, sin saber por qué”, admite, riendo. De mayor se fue especializando en monedas, y ahora tiene ya una pequeña colección, que incluye desde una moneda de 50 céntimos de la época franquista dedicada a San Pancracio – un regalo de su abuelo – a varios Thalers alemanes, un tipo de moneda de plata que circuló por Europa entre finales del siglo XV e inicios del XX. Según su estado de conversación, un Thaler alemán puede costar entre 20 euros y 6.000 euros, me explica Xavier. “Soy un friki en toda regla, colecciono monedas de todas las épocas y países”, añade el presidente, mientras ordena papeles en el mostrador de recepción. Por encima de su cabeza asoma una fotografía ampliada en blanco y negro del fundador y primer presidente del Cercle, el empresario catalán José Luis Clot.

El coleccionismo de monedas es una afición 100% masculina, en el Cercle no hay mujeres. Solo encontrarás mujeres en el coleccionismo de placas de cava”, comenta un señor grandullón y medio calvo de unos sesenta años, abrigado con un chaleco impermeable. El señor ha venido a pedir cambio a Joan, uno de los socios más veteranos, que se ocupa de la caja fuerte y de asesorar a los socios que tengan algún tipo de consulta sobre monedas.  Vestido con una camisa de cuadros de leñador, Joan es un hombre más bien pequeño, con el cabello canoso peinado hacia atrás y un bigote largo y espeso que cubre su labio superior, entorpeciendo su habla. Joan empezó a aficionarse a la numismática en los años 80 y desde entonces lo que más le preocupa es el impacto de Internet en el mercado de las falsificaciones. “Hay que ser cauteloso”, me dice, intentando hacerse oír entre el murmullo de voces masculinas que invade el local. Joan recuerda el caso de un intento de falsificación con un Sol de Oro, la antigua moneda del Perú, y me explica los viajes que realizaba a Suiza en los noventa junto a un grupo de numismáticos españoles para participar en las subastas de monedas antiguas. “Antes la moneda tenía valor por la cantidad de oro o plata que llevaban, en la actualidad su valor es simbólico” , me explica, antes de atender a un socio que quiere consultar un libro.

img_20160209_191219.jpg“Cada primer martes de mes organizamos una subastilla entre nosotros y el local está todavía más animado, porque vienen los socios de comarcas”, me explica Antonio, un coleccionista jubilado, vestido con pantalón de pana y jersey de punto de color beige. Antonio se aficionó a las monedas antiguas cuando tenía 20 años y acabó montando su propia tienda de antigüedades en la calle Muntaner. “Llegué a vivir de esto”, recuerda este hombre de sonrisa afable y cabeza totalmente calva. La tienda cerró hace unos años, pero Antonio sigue manteniendo su colección de monedas, que guarda en casa y en el banco. “Me interesan sobre todo las monedas del mundo antiguo, romanas, ibéricas, medievales…”, comenta, echando un vistazo a la colección de monedas, protegidas en una funda de plástico, que un compañero suyo acaba de depositar sobre la mesa. La colección incluye diversos kopeks de plata diminutos de la época del Pedro el Grande ( un zar de Rusia) y un bello ejemplar de tiberio romano, también de plata, con relieves del César e inscripciones a ambos lados.  Su propietario, un apicultor chaparro de Sant Llorenç de Savall, nos dice que está valorada en 300 euros. “Da igual de qué época sea, comprad siempre monedas bonitas, que se revalorizan más”, nos aconseja Antonio a Alejandra y a mí, que nos hemos quedado embobadas contemplando la delicada belleza de la moneda romana.

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moneda romana de la época del emperador Tiberio

“¡Yo vendo Tiberios a 30 euros!”, grita otro jubilado de mejillas sonrojadas y con una boina azul en la cabeza, volcando sobre la mesa su colección de monedas. Tiene acento vasco y no para de decir tacos. Nos dice que es de Cascante, un pueblo de Navarra, y busca entre las monedas un ejemplar de plata en el que puede leerse la inscripción en latín Cascantus. “¡Fue acuñada en mi pueblo!”, exclama, con orgullo. Esta tarde espera poder vender algunas piezas y nos anima a mí y a Alejandra a comprar. Le decimos que no, muertas de risa, después de oírle escuchar su fiesta de Carnaval en la Costa Brava y de que nos enseñe su carné de catalán independentista.  A sus 82 años, el coleccionista navarro está en plena forma. Canta en tres corales de Barcelona y en abril se ha apuntado a un viaje organizado a los fiordos de Noruega. “Ya he pagado 1000 euros y todavía no me he movido de Barcelona, aibá la ostia”, dice. El resto de los socios le observa con aire divertido, esperando a que calle de una vez. “Hoy ha venido para ver si vende alguna moneda y así se paga una parte del viaje a Noruega”, me confiesa Marc, antes de irnos.

Adiós a mi Príncipe

Mi vida ha pasado por varios puntos de inflexión. El primero fue ver Apolo 13 en versión original, después de haber fumado (mucha) marihuana. Tenía quince años y mis padres me enviaron a California a pasar el verano con una familia americana, que resultó ser vegana y aficionada a los porros. Hubiera muerto de hambre, a no ser por los brownies de maria que cocinábamos en casa del vecino, Josh, un surfero apasionado del mar que acabó siendo mi primer novio. Josh me llevaba al parque natural de Point Lobos y me pedía que le hiciera fotos bañándose entre focas y algas peludas que parecían lianas. Bañarse allí estaba totalmente prohibido, pero era su forma de vacilarme, a parte de enseñarme a fumar maria con pipa y descubrirme canciones poco conocidas de Bob Marley. Al terminar el verano, Josh tenía previsto empezar la carrera de Biología Marina en San Diego. Años más tarde recuperamos el contacto y me dijo que se había casado y  había dejado la biología para trabajar de promotor inmobiliario en Hawaii.  También vi que tenía muchas canas. Le guardo cariño. De Josh aprendí dos cosas muy útiles para triunfar en la vida:  saberse de memoria la letra de Pea, de los Red HOt CHili Peppers, y ser consciente de los efectos afrodisíacos de la maría. HAce poco fumé dos caladas y de pronto me vi acariciando la mesa del restaurante y alabando el tacto de la madera.

Otro punto de inflexión importante en mi vida fue cuando subí a Montserrat por primera vez, hace cosa de un año. Subí en compañía de mi padre (en teleférico, por supuesto), y me defraudó. La vista de ese monasterio mastodóntico de color marrón encajonado entre las rocas, las tiendas de souvenirs baratos y los turistas asiáticos deambulando con cara de perdidos no lograron avivar mi catalanidad. No sentí nada. Vacío. Fealdad. Para turistadas en montañas, me quedo con la Muralla China.

El tercer punto de inflexión importante en mi vida se ha producido esta esta mañana, un img_20160208_132141.jpglunes al sol cualquiera, de estos que aprovecho para dar un paseo por la playa y pasar por el supermercado para hacer la compra de la semana. En mi caso, ‘hacer la compra’ se limita a comprar fruta y galletas,  ‘galletaz’, como hubiese dicho mi hermano en su etapa de zoy-tu-hermanito-gordito-zopaz –y-te-sigo-a todas-partes. Me encanta desayunar galletas mojadas en el café con leche.  Al cumplir los 30, mi ex me regaló un video en el que se filmaba comiéndose a escondidas mis galletas Digestive, porque sabía que me enfadaba si me dejaba sin.

Al cumplir los 31, coincidiendo con mi recién inaugurada soltería y mi caída en picado en el mundo laboral, tuve que hacer ajustes en el presupuesto familiar y decidí sustituir las Digestive por las galletas Príncipe. Me autoconvencí de que estaban igual o mejor de buenas, aunque intenté aquello de abrirlas por la mitad y chupar por separado las caras de chocolate como hacía cuando era una niña y me parecieron bastante sosas.  Desde entonces, desayuno galletas Príncipe doublechoc, que están más buenas que las normales. Un paquete de Príncipe Doublechoc cuesta 1,39eur en el Condis de debajo de mi casa, mientras que las Digestive de chocolate cuestan 2,69 euros.

El punto de inflexión en sí se ha producido en el momento en que, una vez en el Condis, he tenido que hacer un esfuerzo y pasar por alto el pasillo de las galletaz . La semana pasada me hice un análisis de sangre y me han dicho que tengo el colesterol demasiado alto. Mi médico de cabecera (mi madre) me ha prohibido las Príncipe, dice que son puras grasas saturadas. Me ha dicho que ya soy mayor, que desayune Danacols y queso fresco, y que no me pase con la sobrasada. Desde entonces soy una alma triste, y esta mañana me arrastraba cabizbaja por los pasillos del supermercado de Vilassar. “¿Necesitarás bolsa?”, me ha preguntado la cajera al observar mis esfuerzos por meter toda la compra dentro de una bolsa de tela. “No hace falta”, he respondido, orgullosa de haber traído la bolsa y ser ecológica por una vez. Detrás de mi, una jubilada con el pelo corto teñido de rubio y jersey de lana pasado de moda esperaba su turno para pagar. Su mirada impaciente me ha puesto nerviosa y me he apresurado en meter la piña y los yogures dentro de la bolsa. Al darme la vuelta, los danacols han saltado de la bolsa y han acabado reventados en el suelo.

La esquina del Condis

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vilassar de mar, the place where nothing happens

La extraña sensación de no pertenecer a este mundo suele desaparecer de mi cabeza después de ir a correr, pero hoy ni siquiera las olas del mar- un mar enfurecido, que se ha comido la playa y me ha obligado a correr por encima del paseo de asfalto, para desgracia de mis rodillas-, han conseguido eliminarla. He pasado por el supermercado, he vuelto a casa, me he duchado, y he comido una ensalada a la vez que enviaba mensajes de Whatsapp a personas con vida exterior, es decir, cuyas vidas transcurren más allá de un pequeño piso de dos habitaciones en un pueblo aburrido del Maresme.  En Vilassar nunca pasa nada raro, excepto los rallies nocturnos de los camiones de la basura y la manía de algunos vecinos de mi barrio de redecorar el patio con todo tipo de muñecos: desde Blancanieves y los siete enanitos, a Spidermans de peluche, tortugas y monos colgantes.  Por suerte, hay algunos con mejor gusto, como el que decidió plantar jazmín junto al muro de su jardín, embriagando la calle con su aroma dulce durante los meses de primavera y verano. Una mañana de junio, de camino a la estación de Renfe para entrevistar a algún emprendedor nerd en Barcelona, decidí dejar una nota anónima bajo la puerta de su casa para agradecerle que la calle oliera tan bien. No sé por qué, imaginé que el dueño de ese jardín sería un hombre de unos sesenta años, empleado en un taller mecánico, con ganas de jubilarse, que al llegar a casa ese mediodía recogió la nota con las manos sucias de grasa y dejó escapar una sonrisa.  Después entró en la cocina, destapó la olla aún caliente sobre los fogones y su sonrisa se desvaneció de golpe: “Fideus a la cassola, un altre cop!”, se quejó en voz alta, para que su mujer le escuchase.  Y ella, sentada en el sofá, a punto de ver su teleserie favorita, La Riera, le ignoró.

Muchas veces, en la cola del supermercado, me entretengo pensando si la persona que tengo enfrente será el vecino del jazmín. Pero en el Condis veo pocos hombres solos: algún anciano comprando una barra de pan, un padre joven con un niño en brazos o, lo más probable, Josep, el dueño de La Civada, el restaurante de al lado, haciéndose con el aprovisionamiento diario de cervezas. Josep tiene mi edad, es independentista y siempre viste con camisetas oscuras. Su local está decorado con Estelades y las noches que juega el Barça se llena a reventar. A mí, que soy antibanderas, me daba yuyu entrar, hasta que un domingo por la noche conocí a Josep en la barra del Frankfurt- bar Montevideo II (hay que ser precisos). Los dos cenábamos solos y empezamos a hablar. Resulta que La Civada cierra los domingos por la noche y a Josep le gusta desconectar con una cerveza y un bocata grasiento, como a mí. Me confesó que nunca ha tenido una tarjeta de crédito y que no piensa tener ninguna. Es antisistema de verdad. Nos caímos bien y ahora nos encontramos hasta en la sopa. “Tú y yo tenemos biorritmos paralelos”, le dije ayer al tropezar con él en nuestro punto de encuentro habitual,  la salida del supermercado, junto a los contenedores de basura. Él dejó escapar una carcajada y cerró sus ojos oscuros y algo achinados, como siempre.  Hoy también nos hemos cruzado, pero él no me ha visto. Estaba cargando  cajas de quintos de cerveza, pero justo cuando iba a saludarle dos obreros grandullones vestidos con mono de trabajo se han puesto delante de mí en la cola del supermercado y no me ha dado tiempo. Un aguacate, tres zanahorias, medio melón, galletas Príncipe…  “¿Quieres bolsa?”, me ha preguntado la cajera, mirando sin disimulo mi camiseta manchada de sudor. “No, gracias”. Y he vuelto a mi mundo.