Yo no bailo

Lo primero que vio Iván al despertarse fue su chaqueta nueva tirada por el suelo y los pantalones colgados en la barandilla. Ni siquiera recordaba cómo había sido capaz de subir por las empinadas escalerillas que subían hasta el altillo sin caerse. El día que el agente inmobiliario le había enseñado ese loft de dos pisos en una antigua fábrica de Sant Andreu lo había tenido muy claro. Siempre había querido vivir en un loft como los de las pelis, con techos altos, paredes de ladrillo, la cama en el altillo y una estantería gigante para lucir su colección de vinilos y libros de diseño gráfico. Sant Andreu era el nuevo Poble Nou, el nuevo Soho barcelonés, el lugar perfecto para desconectar de su antiguo piso del Eixample, donde había vivido los últimos dieciocho años. De esos dieciocho, se había pasado seis esperando a que Margie se mudase con él – incluso había reformado su estudio para que ella pudiera tener un cambiador – pero finalmente su novia había decidido cambiar París por Santiago de Chile, en lugar de Barcelona. Iván se había quedado hecho polvo. Seis años de relación a distancia para nada. Margie le había dejado porque le había salido un trabajo mejor en su país. Sin embargo, cuando la gente le preguntaba por qué habían roto, él respondía que ella se había empezado a poner muy pesada con lo de tener un hijo, y que por eso habían decidido cortar.

-Eres tonto, hijo, tienes 45 años, ¿a qué esperas para hacerme abuela?

Su madre se había llevado una gran desilusión. Tenía todas sus esperanzas puestas en Margie, a pesar de que era chilena, y su madre no tragaba a los sudamericanos. Tampoco la conocía demasiado. Una relación a distancia tenía muchas pegas, pero también una gran ventaja: cuando estaban juntos, el tiempo era sagrado. No había ratos libres para comidas con los suegros ni barbacoas familiares. Cada encuentro con Margie -fuese en París, en Barcelona, o en Nueva York, donde coincidían cada año para la entrega de los premios de diseño- era como una mini luna de miel. Margie y él rara vez se peleaban, a no ser que hablasen de trabajo. Ella trabajaba en una agencia multinacional, estaba acostumbrada a manejar presupuestos astronómicos, y no entendía cómo Iván podía trabajar con clientes tan pequeños y de una forma tan informal.

-Mi amor, tarde o temprano vas a tener que venderte la agencia a una de las grandes- le decía, con su suave acento chileno.

Margie no iba a mudarse nunca a Barcelona, lo tendría que haber imaginado. En Barcelona no encontraría  un puestazo como el que tenía en París. Y Margie era ambiciosa. Su compañía le había ofrecido dirigir las cuentas del mercado sudamericano desde las oficinas de Santiago de Chile, donde vivían sus padres. Había aceptado la oferta enseguida, sin ni siquiera consultarlo con él, ni mucho menos proponerle que se mudara con ella. “Tú estás casado con tu agencia, si me quisieras de verdad hubieras venido a Paris hace tiempo”, le dijo Margie la última noche que se vieron, en un pequeño bistro del Marais, en París.

Nueve meses después, Ivan todavía recordaba esa cena a la luz de las velas. Habían pedido boeuf bourguignon y una botella de Côte du Rhone de una conocida bodega, para la que Margie había realizado una campaña recientemente. Era un vino estupendo, como todo lo que elegía Margie. Esa noche, Ivan se había dado cuenta de que ella era mucho más inteligente que él, y que quizás sí, lo mejor era que rompieran. Y quizás también, como decía ella, él estaba casado con su agencia. .

De hecho, si no hubiera sido por los de su agencia, no hubiera podido hacer la mudanza en un plis plas. Sus empleados – becarias de Cuentas incluidas –  se habían dedicado un sábado entero a ayudarle a hacer cajas y transportar muebles. Iván, en agradecimiento,  había organizado una super barbacoa en el estudio, que había acabado en un desmadre absoluto.  Las drogas y el whisky corrieron como si fueran agua, y él terminó tirándose a  Lucía, una creativa que había trabajado en la agencia, y que siempre aparecía en las fiestas sin que nadie la hubiera invitado.  ¿Cómo se había enterado de su mudanza? Las putas redes sociales, había pensado la noche anterior, cuando Lucía volvió a aparecer por sorpresa en la paella gigante que organizaban en la agencia cada jueves de final de mes. Como de costumbre, Lucía se había puesto en plan pantera – lo de haberse convertido en bloguera de éxito se lo tenía un poco creído-  pero esta vez él le había parado los pies. No quería acostarse más con jovencitas quince años menores que él. No quería saber nada de mujeres ambiciosas y trepas de la publicidad, pensó Iván, sin levantarse de la cama. Por suerte,  había logrado escaquearse de la fiesta antes de que alguien sacara la coca y ya no hubiera vuelta atrás. Además, a partir de cierta hora, la gente quería bailar,  y el odiaba bailar. “Yo no bailo”, repetía cada vez que alguna chica se ponía pesada. Tenía un problema con eso, lo sabía, pero era incapaz de mover su cuerpo y sus pies de forma sincronizada, y mucho menos si tenía que ser a ritmo de los Beach Boys. El lema de la paella de ayer era “surf or die”.  Todo el equipo de la agencia se había vestido con camisetas surferas de uno de sus clientes, una conocida marca de camisetas y bañadores de California. A lo largo de la tarde, fueron colgando en Instagram fotos de la paella y   de la fiesta etiquetando a la marca, algo así como publicidad encubierta. También colgaron fotos con hashtags y referencias a marisquete.com, otro cliente de la agencia. Cada jueves que tocaba paella, la web les regalaba los langostinos y los calamares a cambio de lo mismo:que hicieran difusión en las redes sociales. Y por supuesto, toda cubertería y las mesas que usaron para comer eran de Habitlux, una empresa de diseño de muebles para la que habían realizado ya varias campañas.

Para Iván, esas paellas colectivas en la terraza no eran solo una forma de publicidad encubierta. Era una excusa para pasar un momento relajado junto a sus empleados. Le gustaba verles sonreír alrededor de un plato de arroz demasiado hecho, bebiendo cerveza y bromeando entre ellos. Era un jefe guay, se decía a si mismo, sentado en una punta de la mesa. Ayer,  los de la agencia tuvieron el detalle de guardarle los restos de socarrimat en un tupper, porque sabían que le chiflaba. Iván lo guardó en la mochila y esperó a llegar a casa para tirarlo a la basura. No había querido ofenderles. Se sentía a gusto cerca de ellos, se sentía querido. Eran un poco como su familia.

-Pero no te confundas Vanushka, tu eres su jefe. Ellos te necesitan y tú les necesitas. No es amor de verdad.

Raquel siempre le decía lo que pensaba, por eso le caía bien. Aunque a veces hubiera preferido que se guardase para ella algunas cosas.

-No sé, me siento arropado, es un poco como si suplieran la necesidad de tener hijos, una familia.

-Dices muchas tonterías, de verdad, Vanushka. Qué pensamiento más pobre. Espero que no tengas que despedir a nadie para que entiendas que no es lo mismo.

Al principio, lo de Vanushka o Vania le había parecido una cursilada, pero se había ido acostumbrando. Raquel era profesora de literatura rusa en la universidad de Barcelona y se pasaba el día haciendo referencias a la cultura eslava. No sabía porqué, pero la resaca le hacía pensar en ella. La última vez que la había visto había sido el viernes pasado. La había llevado a comer a un restaurante que había descubierto hace poco cercad el Diagonal mar, una tasca ruidosa, con las paredes recubiertas de cerámica barata, sillas de madera oscura, llena de trabajadores de empresa celebrando con carajillos y gintonics el inicio del fin de semana. En lugar del menú de mediodía, ellos habían pedido a la carta – alcachofas fritas, huevos rotos con chorizo, croquetas de merluza y de cocido, ensalada de burrata- e Ivan tenía que ir con cuidado de no hablar demasiado porque Raquel se lo zampaba todo muy deprisa.

-Que bueno está todo, Vanuska, gracias por invitarme- le dijo, con la barbilla manchada de aceite. Ivan se lo dijo y ella se puso roja.

-Eres un pesado- le respondió, limpiándose con la servilleta. Raquel era diez años más joven que ella y tenía un aire bastante infantil. Se habían conocido en la inauguración de la exposición de un amigo en común, un diseñador gráfico de Vladivostok afincado en Barcelona desde hacía un tiempo. Raquel había editado los textos del catálogo para poder distribuirlo en varios estudios de diseño de San Petersburgo y Moscú. Ella llevaba un vasito de vodka en la mano y un platillo de ensaladilla rusa en la otra, y tenía los labios manchados de mayonesa.

-¿Has probado la ensaladilla rusa? Está buenísima. El catering es de un restaurante ruso bastante bueno – le dijo, enseñándole el platillo.

-Lo de la a ensaladilla rusa no será porque es de Rusia, ¿verdad?-le preguntó él, con sorna.

-Pues creo que sí. En Rusia tienen un montón de ensaladillas diferentes; con cangrejo, salmón, lengua, guisantes, pimientos… La típica ensaladilla rusa que conocemos nosotros se llama salad Olivier. Lo importante es que todas llevan mucha mayonesa.

-Ya lo veo- respondió Ivan, con una sonrisa pícara-  Tienes mayonesa en los labios.

– ¿En serio? ¿dónde? – dijo, colorada. Después se limpió los labios con la manga de la camisa, lo que hizo reír a Ivan.

-No hace gracia, señor Vania. Ya nos veremos.

Después de esa noche se habían buscado en las redes sociales y hecho amigos de Instagram. Él hacía poco que había cortado con Mergie y pasaba muchas noches enganchado a Instagram.  Le gustaba seguir las fotos que colgaba Raquel de sus viajes a Rusia, donde iba frecuentemente para asistir a conferencias y seminario.

-¿Piensas volver algún día, o qué? – le comentó una vez debajo de una foto suya en Ekaterimburgo.

El comentario había servido para que empezasen a chatear, hasta que un día él quedaron para  cenar en un restaurante cerca de su nuevo loft. Después la había invitado a subir y ella le había besado en el ascensor. Se sorprendió un poco. No estaba acostumbrado a que las chicas tomasen la iniciativa, y mucho menos las que eran más jóvenes que él.Consiguió que se sentarse en el sofá y le ofreció un whisky. Raquel aceptó, diciendo q le encantaba el Scotch, pero el supo que mentía. Después, ella se había reído de él por tener tantos libros de yoguis y un monopatín apoyado en la pared.

-¿pero cuantos años has dicho que tenías? Catorce?  -el vaso de whisky seguía lleno en su mano. Ivan se rio.

-Cuarenta y cinco

-Ah, entonces todavía estas capacitado para subirte a ese trasto cinco segundos sin partirte la crisma, Vanuska.

-No te imaginas lo ágil que soy, Raqueluska.

Raquel, Raquelita, Raqueluska.. Ivan reía solo, tumbado en la cama. Tenía razón Raquel al reírse de él. Le decía que era un quedabien, un pijoteras con un loft del diseño y unas escaleras de mierda por donde un día se mataría. Lo cierto es que ahora odiaba subirlas cada noche. Tampoco soportaba no poder bajar las persianas para tapar el  foco de luz que  iluminaba la chimenea de la antigua fábrica, que los de la promotora habían conservado para que las viviendas tuvieran más encanto.

Harto de estar en la cama, Iván se levantó y bajó descalzo a la cocina. Enchufó la cafetera eléctrica y abrió la nevera. Nada comestible, excepto dos tristes melocotones que le habían regalado en la tienda de productos ecológicos de la esquina.

-Son los últimos de la temporada, ya verás que ricos. Llévatelos, que no los quiero tirar – había insistido la señora Mercè, la dueña de la tienda. La señora Mercè siempre le regalaba cosas: unos tomates, una coliflor lila, un racimo de uva.

-No puedes alimentarte solo de alfalfa-le reñía, cuando le veía coger del mostrador una bolsa de brotes de esa hortaliza supuestamente tan saludable, según las becarias de la agencia.

La bolsa de alfalfa llevaba dos días medio abierta encima de la mesa de la cocina y después de olerla Iván optó por tirarla a la basura. La cafetera empezó a hervir. Conectó el móvil a los altavoces inalámbricos y sintonizó un álbum de Alabama Shakes. Tenía mucha hambre y le dolía la cabeza. Volvió a abrir la nevera y sacó los melocotones, lanzando un suspiro de resignación.  Odiaba pelarlos.

-Me da mucha grima. De pequeño le pedía a mi madre que me los pelara, pero nunca lo hacía. A cambio me compraba tigretones.

-Tienes alma de gordo

Ivan se rio solo al recordar ese chat reciente con Raquel. Cada mañana, Raquel madrugaba para prepararle el desayuno y la comida a su padre, que vivía solo desde que su madre había decidido irse a un centro budista en la India.

-Si voy yo a pelarle los melocotones, mi padre se alimentaría de huevos duros cada día- le explicó. Cuando viajaba a Rusia, su padre se mudaba a casa de su hermano y de su esposa, una médico colombiana,  vegetariana  y profesora de meditación. “Entre mi madre y mi cuñada, entenderás que tenga un trauma con los yoguis”, dijo.

Ivan miró el melocotón con asco. Uno de los lados se había reblandecido y la piel se había arrugado. La agarró por una punta con los dedos y estiró. La piel aterciopelada se despegó de la carne amarillenta y aguada, y un aroma dulce impregnó toda la cocina. Había pelado un melocotón solo. ¿Se estaría haciendo mayor?”, pensó, frunciendo el entrecejo. Sus rodillas se movieron al ritmo de la música de Alabama Shakes. “No, hasta que no baile no maduraré”, se consoló.

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Fan de Chelsea

Ayer finalmente pude colarme en el estadio Wells Fargo de Filadelfia y asistir al último acto de la convención nacional demócrata (DNC), un evento de cuatro días que culminó con la aceptación  formal de Hillary CLinton para ser la candidata demócrata a la presidencia de EEUU. Las elecciones presidenciales son en noviembre, pero en este país la campaña electoral es un proceso lento y de alta implicación ciudadana: un ejercicio de democracia de base, en el que los ciudadanos de cada estado pueden participar en la elección de quién quieren que sea el candidato presidencial de su partido. Después, cada partido celebra unas elecciones primarias y se nomina al candidato finalista-Donald Trump en el caso republicano, Hillary CLinton en el demócrata- y pasados unos días éstos aceptan su nominación de forma oficial delante de todos los delegados de partido de su país, reunidos en la Convención.
El discurso de aceptación de Hillary, pues, era el acto más esperado de la convención demócrata, que ha durado cuatro días. Su speech cerraba una maratón de discursos que empezaban a las 4 de la tarde y se alargabn  hasta medianoche, coincidiendo con las horas de máxima audiencia en televisión. El despliegue mediático en el estadio era impresionante,: decenas de periodistas nacionales e internacionales, televisiones con sus propios mini-estudios e incluso platós con sofás provistos por Faceebook y Twitter para que los periodistas puedan hacer entrevistas en streaming.
En total había más de50.000 personas, entre delgados, miembros de organismos y asociaciones sociales, periodistas, celebridades invitadas y amigos de políticos demócratas. Una operación logística y de seguridad que funcionaba como la seda, gracias a un montón de voluntarios. Nosotras (raquel y yo) teníamos una acreditación general, pero nos colamos en la zona de prensa con la tarjeta plastificada del Diari ARA y nos quedamos cuatro horas sentaditas en un escalón, con el chorro del A.C en el cogote.
A nuestro lado teníamos sentado al séquito del gobernador de Pennsilvania, un hombre alto y delgado, de aire serio y con poco pelo , que dio un discurso sobre la necesidad de que los empresarios sean honestos y paguen impuestos. Comparó la empresa que montó su padre, hijo de obreros, con el sudor de su frente, y denunció las decenas de trabajadores supuestamente estafados por Donald Trump en Atlantic city, la mítica ciudad de casinos entre Filadelfia y Nueva York. En EEUU los políticos hablan sin complejos de los empresarios, nadie los demoniza.
Los familiares y amigos del gobernador de Pensilvania le aplaudieron y vitorearon mucho, incluso sus seguratas parecían emocionados. Les teníamos delante, de pie, con el pinganillo en la oreja y sus espaldas enormes, tapándome la vista del escenario.
En las gradas del estadio no cabía ni un alfiler. Llamaban la atención las mujeres vestidas de rojo y cubiertas de chapas y adornos con motivos de la bandera americana. Cuando un orador terminaba su discurso-discursos de 4 minutos, perfectamente encadenados para que nadie se aburriera- la gente ondeaba  banderines azules y rojos con las palabras “Hillary”, “USA” o “stronger together”, el eslogan de campaña de Hillary. Este eslogan es una respuesta a las amenazas de Trump de levantar un muro y expulsar a los inmigrantes sin papeles.  El magnate republicano tambien ha declarado que “I can fix everything alone” , una coletilla que los demócratas utilizaron para acusarle de egocéntrico, ignorante y antipatriótico, porque en América se consigue todo trabajando “juntos’.
Entre los discursos que más me llamaron la atención estaba el del gobernador de Nueva York, un cincuentón guaperas, con apellido italiano, y el de la ex gobernadora de Michigan, una speaker super profesional, que habló del glorioso pasado industrial de Michigan y de la importancia de los trabjadores del sector automóvil, la industria emblema de los USA, que ha conseguido florecer de nuevo. Como otros speakers, la demócrata de Michigan criticó que Trump lleve ropa hecha en el extranjero y que los demócratas evitaran la fuga de empleos a China o Turquía.
El hecho de que muchos speakers hicieran mención a China y Rusia como amenazas me pareció un poco agresivo y populista.
También habló un cura negro famoso, el reverendo William Barber, que parecía como poseído. Con la mano alzada, dejó ir una especie de discurso-pregaria lleno de chuminadas sobre Jesús, los corazones y las religiones, pero la gente le aplaudía como loca. El gobernador de Pensilvania y su familia se levantaron de la silla y todo. “is there a heart in the house? Is there A heart for the poor? For the vulnerable ? For the nation?”, Gritaba entre ovaciones. Terminó con un Aleluyaaaa y se fue.

Sobre las 8.30 dieron paso los discursos patrióticos de militares, padres de marines fallecidos o veteranos de guerra mutilados que explicaban como arriesgaron sus vidas en Afganistan o Irak. Todos alababan la capacidad de lideraje de Hillary para ser la nueva comandante en jefe del ejército. La verdad es que a esa hora yo tenía mucha hambre y el culo cuadrado de estar sentada tanto tiempo en un escalón de la zona de prensa, así que se me hicieron un poco difíciles de tragar.
El discurso del general retirado de los Marines, John Allen, fue la guinda del pastel patriota. Después de asegurar que EEUU acabará con el ISIS, abogará por una OTAN más fuerte, y no admitirá vaciladas por parte de RUsia, consiguió que todo el estadio coreara: U-S-A, U-S-A y cerró el discurso con un ” we are the greatest country in the world”. Una de las claves del discurso de Allen, retransmitido en prime time por televisión a todo el país, era dejar claro que es una temeridad dejar en manos de un ignorante como Donald Trump la política de exteriores y el programa para evitar la proliferación de armas nuclares en el mundo.

Mi discurso favorito fue el de Chelsea Clinton, la hija de Bill y Hillary CLinton, que tiene mi edad. Chelsea hizo un repaso a los recuerdos de infancia con su madre, retratada como una mujer divertida, inteligente y luchadora por los derechos sociales, a parte de una abuela cariñosa, de la que se siente orgullosa. Parecía bastante sincero y hasta me emocioné y lloré un poco. Chelsa insistió en que una de las mayores virtudes de su madre es su persistencia en la lucha por mejorar la educación y la sanidad pública, causas que Hillary ha perseguido a lo largo de toda su carrera política y que todavía no ha dado por perdidas. Chelsea vendió la idea de que su madre nunca tirará la toalla en estos dos puntos. También me gustó que Chelsea no hablara de patriotismo ni de Dios. Después proyectaron en una pantalla gigante fotos antiguas de la vida y carrera de Hillary, como si fuera una boda. Ver a Hillary con ropa de los 80 defendiendo los derechos de las mujeres tocaba la fibra.

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El discurso de Hillary

Finalmente, fue Chelsea, vestida de rojo, muy elegante, con los ojos algo llorosos, la que introdujo a su madre a la audiencia: Hillary CLinton, la primera mujer que opta a la presidencia de los Estados Unidos de la historia. Hillary, enfundada en un traje chaqueta blanco y una sonrisa de oreja a oreja, habló durante más de 30minutos, ofreciéndose como la candidata que volverá a reunificar el país para, entre todos, convertirlo de nuevo en la mayor potencia económica del mundo. “Crearemos una economía que de oportunidades para todos, también para aquellos que en sus países no pueden”, prometió. Su discurso estaba lleno de promesas de crear empleos y subir salarios, e incluso prometió que eliminaría las deudas de los estudiantes que no han devuelto los créditos para pagar la universidad. Educación, empleo, perseguir el fraude fiscal de los super ricos y grandes empresas, regular la venta de armas (no dijo prohibirla) sanidad pública asequible para todos: este es el plan de Hillary. Y si esto pasa por pararle los pies a China para frenar la deslocalizacion de empleos (sonó como si China tuviera la culpa), pues se hará, prometió, entre vítores y algunos abucheos de fondo.

El merengue demócrata

La campaña electoral en Estados Unidos va mucho más allá de debates televisivos, discursos de presidentes y carteles de propaganda electoral. En este país la política es también sinónimo de show, negocios y networking. Esta semana, Filadelfia ha albergado la Convención Nacional Demócrata (DNC), el congreso anual del Partido demócrata, lo que ha supuesto la llegada de más de 50.000 personas a la ciudad, sumando los delegados demócratas de cada estado, políticos, celebridades, activistas y manifestantes que aprovechan la atención mediática para convocar protestas por toda la ciudad.

Los manifestantes más numerosos son los partidarios de Bernie Sanders, el candidato más ‘progre’ del partido demócrata, que perdió en las primarias frente a Hillary Clinton para presentarse a las elecciones presidenciales de Estados Unidos como representante de los demócratas y tratar de vencer a Donald Trump. Será la primera vez que una mujer se presenta a la presidencia de los Estados Unidos, pero eso no es suficiente para contentar a los demócratas que votaron a  Bernie Sanders. Se siente un poco traicionados y los ves por todas partes –  en bares, restaurantes, en la calle, bajo un calor sofocante-  con sus camisetas, pines, banderolas y tatuajes con la silueta de su candidato fetiche. Incluso en el motel en el que nos hospedamos, a casi una hora de coche del centro, un fan de Bernie Sanders ha decorado la ventana de su habitación con posters del candidato.

Tanto los activistas pro-Sanders como los que son simplemente anti-Hillary tiene un perfil progre:  protestan por la falta de ayudas sociales, los salarios bajos, la ecología, pero sobretodo contra de los dos acuerdos de libre comercio que ha planteado la actual Administración : el TPP (el tratado de libre comercio con los países del pacífico) y el TTIP, que afecta al comercio entre EEUU y Europa.  Hasta hace unos meses, Hillary Clinton era partidaria de ambos tratados, pero la presión de su rival Bernie Sanders han conseguido rectificar su posición y ahora parece ser que también está en contra. Los anti-Hillary también acusan a la ex secretaria de Estado de haber cometido errores militares graves y de haber metido a EEUU en conflictos bélicos sin salida (Irak, Siria, Afganistán, Benghazi, drones…) . El eslogan “Hillary for Prison” puede verse estampado en camisetas, chapas e incluso en los laterales de furgonetas conducidas por activistas que se han desplazado a Filadelfia para el DNC. Las protestas son pacíficas, rodeadas de patrullas de policía urbana en bermudas y bicicleta que a la que pueden están mirando el móvil – están bien organizadas, nadie interrumpe el tráfico, no hay caos, no hay peleas. Nadie intenta acallarlas o silenciarlas. “Estados Unidos es un modelo de democracia muy primaria, la campaña es un proceso muy lento, en el los ciudadanos están involucrados desde abajo. Aquí es fácil hacerse delegado de un partido o del otro, y poder participar en el proceso de elegir al candidato”,  me explica mi amigo Marc Bassets, corresponsal de El País en Washington, que está cubriendo la DNC. La semana pasada, Marc estuvo en Cleveland cubriendo la convención del partido Republicano, en la que se nominó oficialmente a Donald Trump como candidato a la presidencia, y asegura que el ambiente era menos acogedor. “El DNC es más abierto, todo el mundo dice la suya y se respeta. En cambio, el  mensaje que se respiraba en la convención republicana sonaba más a “lock her up!, Encarcelarla ( refiriéndose a Hillary)”, me explica Marc.

La llegada de miles de visitantes y delegados demócratas a Filadelfia también ha supuesto una gran oportunidad de negocio para la ciudad. “Estoy días voy de bólido”, nos explica Harold, un conductor de Uber, que nos recoge del motel para llevarnos al centro. Harold es un mulato con rastas hasta media espalda que no para de hablar. El tráfico es espantoso y tenemos para rato. Vamos con las ventanas abiertas, sin aire acondicionado, y voy sentada encima de un carpesano, porque el asiento de atrás está mojado. “Ayer cayó una tormenta y me dejé las ventanas abiertas”, se excusa Harold, subiendo la música. Sintoniza una emisora de hip hop y nos pregunta si nos gusta. “YEah”, le suelto para que se calle. No hay forma. Nos cuenta que es diseñador gráfico freelance y nos enseña el diseño que ha hecho para una marca dominicana de champús y acondicionadores. “Si algún día necesitáis diseñador para un reportaje, me llamáis”, nos dice a mi y a Raquel, sacando un par de business cards de la guantera. Cuando se entera que somos de Barcelona, nos suelta que le encanta el arte y sobretodo, Picasso. “Picasso es mi inspiración. ¿Cuál es vuestra inspiración?”, nos pregunta con un inglés incomprensible,  que suena como si tuviera una patata en la boca.

-Mi inspiración es Pokemon- le respondo para que se calle. Lo consigo.

EN el centro de la ciudad, los hoteles y clubs de Filadelfia albergan cada día algun desayuno, recepción o fiesta, patrocinada por la delegación de algún estado. Los medios de comunicación también organizan sus propias tertulias y conferencias, abiertas a periodistas o ciudadnos de a pie. La mayoría de eventos cuentan con esponsors corporativos y en todas hay comida y bebida gratis. Hernán, el director del periódico latino que me ha invitado a visitar la ciudad, no se pierde ninguna. Una tarde estuvimos con él en una fiesta en lo alto de un rascacielos, organizada por la Cámara de Comercio Hispana. Servían un  Chardonnay muy seco acompañado de un buen surtido de quesos, que luego me provocaron un ataque de acidez. De allí nos fuimos al lobby de un hotel de lujo, donde la delegación demócrata de Nueva York costeaba las bebidas. Pedí una cerveza local, Yuengling, que estaba muy mala, mientras una pantalla gigante proyectaba en directo el discurso del candidato a vicepresidente, Tim Kaine, en el estadio donde se celebra el Congreso.

A medianoche, cuando los delegados salen del estadio, empiezan las fiestas grandes.  Ayer nos colamos en la fiesta de un senador Latino de Nueva Jersey  en uno de los salones del principal auditorio de la ciudad, un edificio acristalado de líneas modernas, con vistas a Broad Street. En la cola de entrada conocí a un influyente latino, Antonio Ibarría, fundador del diario HOY, uno de los diarios hispanos de mayor tirada de los Estados Unidos, que acabó vendiéndose a un grupo editorial. Ibarría es un señor bajito, con el pelo muy blanco, que ayer vestía con traje chaqueta azul eléctrico y pajarita. Su acompañante  iba embutida en un vestido de tubo apretado, marcando pechos y caderas anchas, porque aqui las img_20160728_044535.jpgmujeres no tienen complejo de gordas.  Me hubiera gustado hablar más con el señor Ibarría, pero al llegar la  comida, nos olvidamos el uno del otro. Había muchas empanadas, bocadillos, un guacamole delicioso y plátano frito. En un plató improvisado, una orquesta tocaba merengues, y un hombre negro,  bastante mayor, con camisa hawaianna chulisima  me sacó a bailar e intentó besarme.  Fuera, en el balcón, un cubano apellidado Santana enrollaba puros al momento. “¿Quieren otra bebida?”, insistió Hernan, dando una pipada a su habano, con cara de sueño. Lleva varios días durmiendo menos de 3 horas. Cuando salimos a la calle a buscar el coche,  el calor seguía siendo sofocante. Por suerte, Hernan tiene un  todoterreno gigante, que por dentro es como un iglú. Ayer, sin embargo, no se vio capaz de conducirlo hasta Jenkintown, a una hora y 82 semáforos de camino (un dia los contó).  Así que mi amiga Raquel se puso al volante, sin miedo. “Tu me guías, Hernan”, dijo. Hernan respondió que sí, pero a los cinco minutos ya estaba roncando.

Los calamares de Jenkintown

Jenkintown es el típico distrito residencial de clase media de cualquier ciudad americana: shopping malls, moteles e iglesias de imitación medieval en la entrada y salida del pueblo, una calle principal por la que no pasa ni un alma y casas unifamiliares prefabricadas con su jardín de césped y su garaje extendidas a lado y lado. Jenkintown en concreto está a unos 20 kilómetros al norte de Filadelfia. Para llegar hasta allí se puede tomar un tren regional o conducir por una carretera plagada de semáforos que va dejando atrás  los diferentes suburbios que rodean el centro de la ciudad, cada uno habitado por una minoría distinta. Primero vienen los barrios negros, los barrios de “morenos”,  como dicen los Latinos. Gran parte de la comunidad afroamericana de bajos recursos de Filadelfia habita en una serie de calles de aceras sucias y casas apareadas con las fachadas destartaladas y porches de columnas blancas despintadas.  La sede de la Temple University, una de las universidades más antiguas de la ciudad,  semi-pública, hace de límite entre los barrios buenos y malos. Después del a universidad aparecen calles con barrotes en las ventanas, las basuras a rebosar y  chavales de color jugando a básquet o sentados en las escaleras frente a su casa, esperando a que baje el calor.

Ayer por la tarde, después de un bochorno sofocante, cayó una gran tormenta y muchas calles se quedaron sin electricidad. El diluvio nos pilló en un suburbio negro, de camino a Jenkintown, donde está nuestro motel. Íbamos en coche con Claudia (nombre ficticio), nuestra anfitriona colombiana, que circulaba despacio porque apenas teníamos visibilidad. Se la notaba nerviosa. “Los morenos no saben conducir, hacen lo que quieren”, exclamó, cuando un coche salió de una esquina, casi sin mirar. Claudia, que lleva 25 años viviendo en Filadelfia, dice que los barrios morenos son peligrosos, con mucha delincuencia, y eso que vamos en un todoterreno nuevo de trinca, un modelo gigante de General Motors que lleva hasta wifi incorporado.

Mientras conducimos, Claudia nos pone canciones de Carlos Vives y Shakira y canturrea las letras, que se sabe de memoria.  “Procuro llevar siempre música latina en el coche para que mi hija pequeña se acostumbre al español”, nos explica.

Claudia y su marido, director de un diario latino de Filadelfia)  tienen dos hijas. La mayor, G., llegó a EEUU cuando era bebé, y siempre tuvo interés en aprender español. Cuando estudiaba dirección de empresas en Villanova – una escuela de negocios privada de Filadelfia-  cursó dos semestres de intercambio en Barcelona y Cádiz. En cambio, la pequeña, A.M, que tiene 16 años, nunca lo quiso aprender. “Yo le hablaba en español y ella me respondía en inglés”, dice Claudia. Orgullosa, nos enseña fotos en el móvil de su hija mayor, que vive con su prometido, un abogado americano, en un apartamento de alquiler en el downtown de Filadelfia, por el que pagan unos 2000 dólares al mes. “No tienen coche, les gusta ir a todos lados a pie;  el edificio tiene unas cuantas limusinas a disposición para los inquilinos”, explica Claudia, bajando el volumen de la radio. Suena Bailamos, el hit de Enrique Iglesias, y Raquel y yo cantamos con ella.

“Sé que a A.M le gusta la música latina. Si escucha música en castellano en el coche, irá cogiendo más cariño a su cultura”, dice Claudia, convencida. Su hija pequeña tiene 16 años y ya tiene el permiso para conducir,  aunque solo puede coger el coche en compañía  de los padres. “Cuando vamos a Colombia, mi hija se pone a hablar en inglés con sus primos, que también viven en Estados Unidos, y yo le digo que cada país tiene sus cosas buenas y malas”, añade la mujer, agobiada por que a su hija no le guste Colombia. Pero lo que más le molesta es que su hija no quiera hablar en español con ella cuando sus amigas están delante. “Confío en que se le pase cuando empiece la universidad”, concluye, entornando los ojos. Hace unos días, A.M, una chica tímida, de mirada risueña y larga melena oscura, me dijo que quería estudiar periodismo y comunicación audiovisual. Si la aceptan en la universidad que quiere, la obligaran a vivir tres años en el campus.

“En Estados Unidos hacen esto para evitar que los chicos no se desmadren con el alcohol.

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‘we buy ugly houses’: anuncio de una inmobiliaria que compra edificios feos en los suburbios de Filadelfia

Aquí está prohibido beber hasta que cumples los 21. Son así de puritanos. Pero luego te vas a la tienda de la esquina a comprar un rifle y no te piden ninguna documentación”, se lamenta Claudia. Hemos dejado atrás el barrio afroamericano y cruzamos el Bloque de Oro, como se conocen los barrios portorriqueños de Filadelfia. Según Claudia, sus calles son igual o peor de inseguras que las de los ‘morenos”. El Bloque de Oro empieza en la esquina de la avenida Lehigh con North 5th Street, y de allí se extienden calles con edificios pintados de colores, murales populares y zapatos viejos ligados por los cordones a los cables de electricidad. Las aceras están sucias y dejadas,  los coches circulan con reaggetton a todo volumen y los hombres con cadenas de oro en el cuello reparan coches al aire libre o miran con suspicacia a los transeúntes. El ambiente intimida, aunque sea domingo al mediodía, cuando yo lo visité. “De noche es muy peligroso. Hay mucha delincuencia, sobre todo drogas”, me asegura Claudia. Pasamos por delante de la Escuela de Estudios Superiores creada por Esperanza, una asociación de ayuda a la comunidad latina del Bloque de Oro. Los fundadores de Esperanza son amigos de Claudia y marido: forman parte de la comunidad hispana  de EEUU que han conseguido prosperar y alcanzar el bienestar de la clase media americana. Por supuesto, no viven en el Bloque de Oro: Claudia y su marido tienen una casa con jardín en Jenkintown, rodeada de otras casas parecidas, flanqueada por bosques con ciervos. Tampoco han tenido que preocuparse de que sus hijas abandonen los estudios o no encuentren un buen trabajo, dos de los problemas principales de la comunidad latina.  Las familias como la de Claudia- clase media hispana – son las que pueden verse cenando un domingo por la tarde en el restaurante Tierras Colombianas, un local de comida latina anclado en un cruce de carreteras, al salir de Filadelfia.  Es un local de aire rústico, con suelos de barro y mesas de madera, en el que puede comerse estofado de cola de res, maduros fritos o arroz con frijoles (me contengo los comentarios sobre la cocina criolla).

Al salir de los suburbios hispanos, la carretera hacia Jenkintown se vuelve más estrecha y aparecen los bosques de chopos y castaños enormes, todavía húmedos de lluvia. También hay unos arbustos espinosos muy frondosos que aquí llaman “Devil`s walking stick”,   el bastón del diablo.  Más adelante aparecen algunos edificios con carteles en coreano y en inglés. “Los coreanos también tienen su propio suburbio. Tienen sus mallcitos, sus colmados, iglesias, lavanderías… son muy trabajadores”, dice Claudia, una fan declarada de la cocina coreana.

En el siguiente semáforo, los carteles en coreano desaparecen para dar paso a un moderno edificio de concreto y madera, con forma triangular. Es una sinagoga. “Ahora estamos en un pueblo judío”, aclara Claudia. Detrás de los árboles gigantes, asoma otra sinagoga de estilo más clásico, una escuela judía y dos centros comerciales. “LA comunidad judía de esta zona es bastante secular, no son como los ortodoxos de Brooklyn. Pero son bastante racistas. Quieren tener sus escuelas, sus tiendas… incluso tienen su propio hospital”, opina Claudia. La mayoría de sus vecinos también son judíos. “En NAvidad somos los únicos que tenemos la casa iluminada”, bromea.

Al llegar a Jenkintown ya ha oscurecido y Claudia nos lleva a cenar a un restaurante italiano, en el centro del pueblo. Son las ocho de la noche y no hay nadie en la calle. De fondo se escucha el zumbido de los coches en la autopista y los vozarrones de un grupo de jóvenes que cena en uno de los reservados del restaurante. El local da a una pequeña plaza, con bancos para sentarse y una glorieta en el centro con anuncios de las obras de teatro organizadas por la comunidad.  En una esquina, el escaparate sobrio de una tienda de objetos religiosos judíos y una escuela de baile. “Jenkintown es un lugar muy seguro”, dice Claudia, mientras nos sentamos en la mesa del ruidoso restaurante, en el que todos los camareros son dominicanos.  Les pedimos que nos traigan media botella de vino blanco de estranquis. “Algo podremos hacer”, promete un camarero dominicano vestido de negro, con una sonrisa.  En Pennsylvania muchos restaurantes no tienen licencia para servir alcohol y la gente se trae el vino de casa. AL cabo de unos minutos, el camarero aparece con media botella de un Chianti aguado pero bien frío que me deja borracha con solo dos copas. Pedimos calamari fritti  y raviolis de queso, y hablamos con Claudia de su vida en Estados

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Los carteles del metro de Philly son de los 90. En USA siguen dominando los coches, pero los ecologistas se manifiestan

Unidos, donde llegó hace más de 30 años. “Primero viví en Texas, no les entendía cuando hablaban ingles”, ríe. “Más adelante, en Iowa, me costó integrarme, la gente del Midwest es más racista”, comenta, hincando el tenedor en el ravioli. En Filadelfia vivían unas tías colombianas, así que el matrimonio decidió mudarse de Iowa a aquí, y ya no se movieron. En Jenkintown tienen la vida bien montada – el periódico que fundó su marido sigue siendo rentable- y han hecho amigos. Claudia se encarga de llevar las cuentas delperiódico  y también se ocupa de las tareas de la casa. “Una mujer de servicio es muy cara, cuesta más de 150 dólares a la semana”,  se queja. Terminamos de cenar y nos vamos con prisas. Claudia aún tiene que ir a recoger a su hija y poner lavadoras, y mañana toca madrugar, como cada día, porque el tráfico para ir a trabajar a Filadelfia es espantoso.

¿Puedo entrar con una camiseta de los X-Men?

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Philly a las 8.am después de un chaparrón tropical

Lo primero que he visto esta mañana al llegar al centro de Convenciones de Filadelfia – donde transcurren las sesiones matutinas de la DNC – ha sido a un niño soñoliento y despeinado, vestido con una camiseta de los X-Men y un pantalón de chándal con calaveras, intentando colarse por la entrada para periodistas. “¿Acreditación, por favor?”, le ha espetado el agente de seguridad, un tipo grandullón que me ha confiscado los dos mecheros. El niño ha señalado su camiseta y le ha preguntado si los X-Men servían como acreditación, pero al ver que el agente no le seguía el rollo, ha dado media vuelta y ha desparecido.

Una hora después, me he encontrado al mismo niño en el interior del recinto. Iba en compañía de su padre, Bill Garrity, un profesor de primaria de North Carolina que ha venido al DNC para denunciar la corrupción endémica que, según él, salpica desde hace años el Congreso de los Estados Unidos. “Si gana Hillary Clinton todo continuará igual, el sistema capitalista actual perpetua la corrupción entre los congresistas, las grandes empresas y Wall Street, y acaban pagando siempre las clases medias”, me explica Bill, mientras sus hijos corretean a nuestro alrededor. Bill se ha enganchado en la camiseta una pegatina en pro de los derechos humanos en Palestina y en la muñeca luce un tatuaje con el rostro de Bernie Sanders, el candidato demócrata más progresista, que competía con Hillary Clinton para ser nominado a las presidenciales. Ahora, a Bill le da igual si gana Donald Trump o Hillary Clinton. “Los dos son igual de malos. Uno gana votos con argumentos racistas y la otra, con argumentos de bolsillo”, asegura.

Sin embargo, Hillary Clinton ha prometido que uno de sus objetivos prioritarios si sale elegida presidenta será garantizar  ‘una economía que funcione para todos, y no solo para los que están arriba”. Así lo recordó su secretario de comunicación, Brian Fellon, en la rueda de prensa celebrada a primera hora de la mañana del lunes. Fellon insistió en que el plan de Clinton pasa por fomentar el crecimiento económico mediante la creación de nuevos empleos y la mejora de los salarios, con el fin de conseguir un reparto más justo de la riqueza entre la población.

“Estamos frente a unas elecciones marcadas por dos visiones muy diferentes: Trump habla de promover la división; Clinton habla de unificar, de permanecer juntos, de construir un mejor futuro para nuestras familias”, dijo Rocío Saénz, vicepresidenta ejecutiva del SEIU, el Sindicato Internacional de Empleados del sector servicios, un organismo que defiende los derechos de los trabajadores inmigrantes en los EEUU. Sáenz, una emigrante mexicana   que llegó a Los Angeles para ganarse la vida aceptando empleos mal pagados, fue una de las participantes más destacadas del Caucus hispano, donde los participantes parecían pelearse por ver quien gritaba y vitoreaba más a Hillary. Los caucus son una serie de encuentros paralelos al DNC que reúnen a los delegados demócratas y otras personalidades influyentes de la comunidad latina para debatir las futuras líneas de actuación del partido.

A parte de vitorear a Hillary Clinton y hacer un poco de show, Sáenz mostró su preocupación por el futuro de los más de cinco millones de inmigrantes latinos indocumentados trabajando en el sector servicios, en caso de que gane Trump. También insistió en la necesidad de aumentar los sueldos y de luchar por el salario mínimo de 15 dólares la hora  para garantizar que los inmigrantes empleados en cadenas de fastfood como McDonald’s puedan llevar una vida digna “y no tengan que elegir entre comer comida a sus hijos o pagar el alquiler”, insistió Sáenz. “Subir los salarios mínimos es una condición necesaria para mantener en crecimiento no solo nuestra economía, sino también nuestra democracia, y Clinton es la candidata que se ha comprometido a llevarlo a cabo”, dijo la activista.

Otra delegada latina que ha confirmado su apoyo incondicional a Hillary Clinton es Lily Eskelsen García, presidenta de la National Education Association (NEA), asociación que representa a más de tres millones de educadores de todo el país. Hija de una inmigrante panameña y casada con un mexicano, Lily explicó a los participantes del Caucus que cuando su madre se instaló en Utah, “dejó de hablar en español porque la gente la miraba mal. “Ni siquiera enseñó el español a sus hijos”, explicó Lily, convencida de que la llegada de Hillary Clinton puede suponer un enorme avance en la reforma de los sistemas educativo y de la inmigración. “La población necesita entender que ser bilingüe es una gran riqueza, y no un prejuicio para desconfiar de alguien”, insistió la presidenta del NEA.

Dentro del centro de convenciones hace un frío de narices y he salido un momento a la calle. El calor era abrasador (37ºC) pero los fans de Bernie Sanders son incansables, a pesar de que ya no tienen nada que hacer. Ondean pancartas y banderas con mensajes
ecologistas y pacifistas. También hay ciudadanos anti-Hillary, a la que acusan de haber metido a Estados Unidos en conflictos sanguinarios, como Irak, Yemen o Siria, y de haberse cargado decenas de civiles con drones. Todo ocurre bajo la mirada discreta de grupos de policía urbana montada en bicicleta. La mayoría son grandullones y tienen aspecto simpático, con sus bermudas y sus sonrisas infantiles, a pesar de las mala fama que se han ganado por los abusos de violencia y muertes cometidas contra ciudadanos negros en otras ciudades.

“Lo mejor del DNC es que ofrece una oportunidad para que la gente pueda ejercer uno de los derechos más preciados de la cultura norteamericana: el derecho a debatir”, opina Andrew Esparza, un artista de California que ha venido a Filadelfia para acompañar a su esposa, delegada demócrata del estado de Ohio. Andrew luce una barba blanca muy larga y se cubre los hombros con un chal descolorido con la bandera americana. Tiene  pinta de cansado. “Ayer estuve en una fiesta hasta las tantas de la noche. Y muchos de los speakers y delegados que ves por aquí también estaban”, sonríe.

 

 

Vallenatos y demócratas en Filadelfia

No tengo mucha idea de cómo funciona el sistema electoral americano y lo poco que sé, lo aprendí viendo El Ala Oeste de la Casa Blanca. La serie retrata la vida y problemas dentro de la Casa Blanca bajo dos mandatos de un presidente demócrata superinteligente, divertido y buena persona, es decir, de una forma bastante idealizada, y termina con la nominación por primera vez en la historia de un presidente Latino, Matt Santos.

Estos días en Filadelfia no tendré la suerte de conocer a Matt Santos pero sí tendré la suerte de ver pasear a Hillary Clinton, la primera mujer candidata a presidenta de los EEUU de la historia. La capital del estado de Pensilvana alberga a partir de hoy la Convención Nacional del Partido Demócrata, (DNC), un evento que durante cuatro días reunirá a los delegados demócratas de todo el país en un pabellón ferial para debatir las principales líneas de actuación del partido y el programa de gobierno que defenderá Hillary Clinton si gana las elecciones contra el republicano Donald Trump en las  presidenciales el próximo noviembre.

 

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el delegado demócrata de Hawaii pintando murales en la DNC

“Es bueno que haya debate interno dentro del partido”, me explica Tim Vandeveer, un hombre atlético, de cabello pelirrojo y ojos azules, presidente de la delegación del Partido Demócrata de Hawaii. Vanderveer  ha llegado a Filadelfia un par de días antes del inicio de la convención para atender a una serie de eventos sociales dirigidos a conectar a los políticos con la ciudadanía. Ayer por la mañana, por ejemplo, Vandeveer  se pasó cuatro horas pintando un mural urbano junto a un grupo de voluntarios y estudiantes locales que han viajado a Filadelfia en motivo del DNC. Filadelfia es conocida por sus murales urbanos de colores chillones, sobretodo en los barrios empobrecidos del norte de la ciudad, donde viven la mayoría de Latinos ( puertorriqueños, cubanos y colombianos, entre otros).

“Participar en este tipo de actividades sociales es una forma de retornar algo positivo a la comunidad, y eso es parte de nuestro deber como delegados demócratas”, añade Vandeveer, llevándose sus brazos fuertes y pecosos a la cintura. Vandeveer lleva puesta la camiseta azul de los voluntarios del DNC y no hay nada que lo identifique como delegado.

“No me importa quien en esta sala es delegado o no, o cuántos delegados han venido a pintar murales, se trata de que todo el mundo hable con todo el mundo, en un ambiente relajado. Ojalá todos los días de la convención fueran tan relajados como hoy”, bromea Jaxon Ravens, presidente de la delegación demócrata del estado de Washington, un hombre grandullón, de cabello blanco y mejillas sonrosadas, vestido con bermudas y sandalias.

Mientras Vandeveer se concentra en pintar de naranja un fragmento de mural, Ravens se pasea entre las mesas saludando a los organizadores  y charlando  con un grupo de estudiantes de bachillerato que han viajado desde Virginia esponsorizados por una asociación juvenil dedicada a programas de orientación profesional. “Queremos que los chicos aprovechen el viaje para conocer las universidades de Filadelfia y el ambiente de la Convención demócrata”, explica Deborah, la monitora del grupo. Varios de sus estudiantes planean estudiar en Temple University, una reputada universidad semi-pública de Filadelfia. El campus principal de Temple limita el centro de la ciudad con los barrios más empobrecidos del norte, un entramado de aceras sucias y casas destartaladas con vallas metálicas en el porche, en la que la mayoría de los habitantes son hispanos o gente de color.

“Contribuir a la comunidad es muy importante para mi”, insiste Ravens, contento de hablar con alguien de Barcelona. Su hermano vive en Barcelona y acaba de tener un bebé. “Tengo ganas de ir a visitarle otra vez”, dice, sonriendo. En su ciudad, Seattle, RAvens compagina su trabajo como presidente de la delegación demócrata con un voluntariado en una importante asociación destinada a promover el circo y las artes acrobáticas entre los jóvenes con problemas de integración social. “Hacer voluntariado es fantástico. Algunos delegados optan por hacerlo mediante alguna organización religiosa, pero en el estado de Washington hay menos opciones de este tipo”, añade el delegado de Washington. Ravens dice ser admirador de Tim Kaine, el candidato elegido por Hillary Clinton para ser su segundo de abordo. Según los medios norteamericanos, Tim Kaine, senador del estado de Virginia, está muy comprometido con la iglesia católica de su ciudad, Richmond. La nominación de Kaine ha dejado fuera de combate a Julián Castro, el candidato Latino, aunque Kaine habla español fluido.

El binomio final Hillary Clinton y Tim Kaine – nominados finalmente la semana pasada- no es ni mucho menos el favorito de todos los delegados demócratas. “Yo hubiese preferido  a Bernie Sanders”, admite VAndeveer, en referencia al rival de Clinton, de perfil más progresista.  Por las calles de Filadelfia, los seguidores de Sanders organizan protestas con eslogans ecologistas y manifestaciones de apoyo y reparten carteles y pins con el logo de su candidato frustrado. “Al menos, gracias a Sanders, Hillary Clinton ha adoptado una posición más progresista, más de izquierdas, sobretodo en temas como la educación pública o el comercio exterior”, comenta Vandeveer, antes de volver la vista al pincel. “Por ejemplo, antes Clinton apoyaba el TTIP (el polémico tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Europa), y ahora está en contra”, concluye Vandeveer. Como presidente de la delegación demócrata de Hawaii, a él le preocupa más el TCC, el tratado de libre comercio con los países del Pacífico, al que Sanders también se opone. “Por eso es bueno el debate interno en el Partido”, insiste.

Entre los delegados que han venido a pintar murales está también Guy Hawley, el presidente de la delegación de Wisconsin, un hombre de espaldas anchas y nariz roja, que pinta en silencio en una esquina de la mesa. “Esta es la sexta convención demócrata en la que participo”, me explica con orgullo. Lleva una camiseta azul con el logo de la Asociación de Carpinteros de Wisconsin, organización que también preside. Delante suyo hay dos estudiantes de color con el pelo oscuro muy rizado y una barba que les recubre media cara. “Disfruto devolviendo algo positivo a la sociedad”, dice Hawley, repitiendo la misma cancioncilla que el resto de delegados: “REturn to community”. El mensaje ha quedado claro, pero aun queda mucho por hacer. Después de la sesión de pintura mural, Raquel y yo hemos hecho una incursión a los barrios portorriqueños del norte de la ciudad – el bloque de Oro – y hemos pasado un poco de miedo. “Where you goin, ladies?”, nos han espetado un par de veces grupos de hombres sin camiseta desde  las escalerillas sucias de algún portal. De vez en cuando cruzaba la calle un gato abandonado o nos topábamos con alguna mujer espiando la calle tras las verjas metálicas de una ventana. El calor apretaba con fuerza y unos niños se remojaban en una piscina de quita y pon en medio de la calle. De fondo llegaba el sonido de un vallenato puesto a todo volumen de la tienda de música  de la esquina, en la que vendían cassettes y vinilos de la edad de la quica. Los vallenatos del Guayas. He estado a punto de comprarlo.

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El parque Pokemon

Uno de los reclamos turísticos más populares de Filadelfia es una estatua del boxeador Rocky Balboa con los puños alzados situada frente al Museo de Arte. La estatua intenta reproducir una de las escenas más conocidas de la primera peli de Rocky, en la que Silvester Stallone sube la escalinata del museo y se queda de espaldas, contemplando el skyline de Filadelfia, y haciendo bola. No es que sea muy fan de Rocky, pero el invierno pasado vi una estatua de Rocky idéntica  en un pueblo perdido del norte de Serbia, cerca de Zrenjanin, donde viví unos meses, y me hacía gracia ver la versión original.

¿Qué hacía exactamente una estatua de Rocky en un pueblo serbio rodeado de viejos edificios socialistas de la ex Yugoslavia? No me acuerdo. Pero cuando la vi, no pude evitar bajar del coche y hacerme la foto. No había nadie, estaba sola. En Filadelfia, en cambio, me encontré una aglomeración de turistas esperando para poder hacerse un selfie delante de la estatua, imitando la pose de boxeador. Eran las siete de la tarde y el sol empezaba a ponerse.  Muy cerca de la estatua, dos tiarrones  con el torso desnudo y sudado hacían sentadillas encima de un muro. En la escalinata del Museo vi a un hombre subiendo y bajando escalones que se detenía a hacer series de flexiones en el rellano y a una pareja afroamericana con un hijo pequeño que corría de barandilla a barandilla.

El Museo de Arte de Filadelfia se alza sobre una pequeña colina, bordeada por el río Schuylkill, y sus pies se extiende el parque Fairmont, que en verano se llena de familias haciendo picnic y de gente haciendo ejercicio al aire libre. Algunos saltan escalones, otros hacen footing y bicicleta, y o otros prefieren sudar la gota gorda haciendo sentadillas y flexiones bajo las órdenes de un corpulento entrenador pelirrojo, enfundado en un jersey con capucha de un equipo local de Lacrosse.

Con la excusa de la Convención Anual del Partido Demócrata (DNC), que empieza este lunes, las calles de Filadelfia están engalanadas con banderas y guirnaldas con los colores de la bandera americana y hay festivales y conciertos cada día. Filadelfia es una ciudad de mayoría Demócrata y  Hillary Clinton es claramente la candidata favorita. “Yo he sido siempre Republicana por motivos ideológicos, soy bastante conservadora, pero esta vez no voy a votar a Trump”, me explica Elizabeth, una colombiana de cincuenta y pocos años, residente en Filadelfia desde hace más de 25 años. Elizabeth es una mujer regordeta, de ojos castaños y mirada afable, casada con Hernán, el fundador de AL DIa News, el periódico latino que ha financiado mi viaje a Filadelfia. Tanto ella como Hernán nacieron en Santander, una ciudad del interior de Colombia, y se mudaron a los Estados Unidos poco después de casarse, cuando Hernán fue aceptado para hacer un máster de periodismo en Iowa. Al terminar los estudios, el matrimonio se mudó a Filadelfia y al darse cuenta de en la ciudad no había ningún periódico para la comunidad latina, decidieron crearlo ellos.

“Al principio lo hacíamos todo nosotros, en casa. Hernán escribía los artículos y me enseñaba a hacer fotos. Las revelábamos en el lavabo, después de haber bañado y acostado a nuestra hija, y a veces nos quedábamos despiertos hasta las 3 de la mañana”, recuerda Elizabeth, que antes de conocer a Hernan trabajaba de secretaria. Hoy AL Día News es un diario semanal – bilingüe  inglés español – de referencia para la comunidad latina de Filadelfia, con una tirada de cerca de 30.000 ejemplares.

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Al Día, el único medio para la comunidad Latina de Filadelfía y alrededores

Las oficinas de Al Día News están en el cuarto piso de un rascacielos de Market Street, la avenida que atraviesa el downtown de la ciudad y desemboca en el Ayuntamiento. Al sur de Market St transcurren Walnut Street y Chestnut St, dos calles arboladas con tiendas de moda y cafés de diseño, que todavía conservan el aire de los edificios del siglo XIX.  Mi rincón favorito de esta parte de Filadelfia es Rittenhouse Square, un parque con césped y bancos de madera donde los jubilados se sientan a leer el periódico a la sombra de los árboles a primera hora de la mañana. De noche, el parque se convierte en un enjambre de jóvenes buscando Pokemons con el móvil, como zombies siguiendo una luz azul.

Los sábados por la mañana, el parque se llena de tenderetes de fruta y verdura ecológica de los agricultores de los alrededores. En el Farmers Market he visto unos melocotones y unos tomates “pesticide free”de New Jersey sin nada que envidiar a los de España. Una vendedora de ojos azules me ha mostrado un frasco de ‘cucarachas’, una especie de chiles picantes marinados con ajo. He preferido no probarlos. Mientras las familias hipsters se img_20160723_163004.jpgentretenían comprando cajas de arándanos y probando quesos, un grupo de policías en bermudas y bicicleta observaba desde la puerta del parque que todo estuviera en orden. Entre hoy y mañana se espera que lleguen a Filadelfia más de 50.000 delegados de todo el país para asistir a la convención Demócrata, que empieza el lunes. Además, durante el transcurso del DNC también están previstas numerosas manifestaciones, si los protestantes consiguen sobrevivir a la ola de calor.

La acera ardía bajo mis pies cuando mi amiga Raquel y yo hemos tomado Broad Street en dirección al sur. A medida que nos alejamos del centro, los restaurantes de comida rápida y los locales de manicura baratos sustituyen a las tiendas de ropa de marca. La calle estaba desierta, excepto por un grupo de chicos negros vestidos con traje americana blanco impoluto y zapatos de charol del mismo color que nos ha adelantado a paso rápido en dirección a una iglesia cercana. Algunos de ellos llevaban una kipá en la cabeza y un broche de tela con cintas de colores en la solapa. “Vamos a celebrar el Sabbath”, me ha explicado uno de ellos, un joven alto y corpulento, con la piel de color azabache y el cabello negro y rizado. Pertenecen a la llamada Iglesia de Dios y los Santos de Cristo (Church of God and Saints of Christ), una congregación religiosa fundada en 1896 por esclavos negros liberados que abrazaron una versión propia de la religión hebrea.

“Somos una rama no ortodoxa del judaísmo”, me ha informado una mujer negra con unos pechos enormes que nos ha recibido en la iglesia. Llevaba un vestido blanco anticuado terminado en una  falda plisada por debajo de las rodillas y un lacito azul claro en la cintura. “Es el uniforme de la congregación”, me ha explicado, orgullosa, haciendo tintinear los enormes pendientes falsos de diamantes que cuelgan de sus orejas. Hombres y mujeres – todos afroamericanos, y vestidos de blanco inmaculado- , iban entrando en la iglesia y tomando sitio en los bancos frente al altar. Según la web de la congregación,  los miembros de esta comunidad religiosa creen que Jesús fue un seguidor estricto y arduo practicante del Judaísmo, que celebraba todas las celebraciones judías. “Creemos en la religión de Jesús, y no en la religión sobre Jesús”, puede leerse en la web.

Al cabo de poco rato, un rabino negro ha aparecido en altar y se ha dirigido a los asistentes con tono grave, dándoles la bienvenida. “Espero que podáis uniros a nuestras plegarias y que disfrutéis de la ceremonia”, nos ha susurrado la mujer del vestido blanco, moviendo sus labios carnosos pintados de fucsia. Debía tener casi sesenta años, pero sus tirabuzones de permanente recogidos en un lazo rosa a un lado le restaban edad. Se ha despedido de nosotras con prisas y se ha unido al resto de los asistentes, que esperaban a que una mujer negra de caderas anchas con una batuta en la mano diera la orden de empezar a cantar. Cuando lo ha hecho, un coro de voces cargadas de energía  ha llenado la iglesia semivacía y decenas de tacones blancos se han puesto a zapatear al unísono, como si de un momento a otro fueran a ponerse a bailar. .

Cogollos yankees

Esta mañana me he levantado en Filadelfia y todavía no tengo muy claro porqué. Hace tres semanas me entrevisté en Barcelona con el dueño de un periódico latino de esta ciudad para un puesto de periodista freelance. Después de un largo silencio, el hombre me llamó el fin de semana pasado al móvil para decirme que me invitaba a viajar a Filadelfia para conocer el equipo de la Redacción y asistir a la “histórica” nominación de Hillary CLinton como primera mujer candidata a la presidencia de los EEUU durante la Convención del Partido Democrata (DNC).
Obviamente, mi cabeza de chorlito aceptó la invitación, así que aquí estoy, con la cabeza bien ágil y despierta después de nueve horas de vuelo tragándome pelis pastelón (Aloha, Brooklyn) y no haber dormido nada.
PAra matar el jet lag, me he ido a correr al gimnasio del hotel a las seis y media de la mañana y no ha servido de nada, excepto para tener aún más sueño y que me duelan las piernas. 

En esta aventura me acompaña Raquel, otra periodista de Barcelona muy simpática, que ha venido a Estados Unidos sin jersey y se está cagando de frío por culpa del Aire Condicionado, aunque fuera estemos en plena ola de calor. Estados Unidos me fascina, pero tiene cosas que no aguanto. La primera , esta obsesión por meter el AC a toda castaña y beber agua con kilos de hielo. Creo que los americanos tienen el ADN modificado, son insensibles al frío.
 La segunda, los Starbucks. Esta mañana hemos ido a desayunar a un Starbucks en Market strreet, la calle principal del Downtown. Era un local pequeño, ubicado en el lobby de un rascacielos de oficinas, y había tanta cola que casi no se podía ni entrar. Tres filas de personas esperando como tontos delante del mostrador a que un barista les llamase por su nombre para recoger su café. Starbucks es la cúspide del capitalismo absurdo. Tener que esperar para un café malo y caro, y que encima no te lo sirvan. 

La tercera cosa que no me gusta de Estados Unidos es la manía de diferenciar entre Latinos,  Afroamericanos, asiáticos y anglosaxons. Son demasiado diversos para eso. La comunidad Latina engloba mexicanos, portorriqueños,  colombianos, chilenos, salvadoreños,  venezolanos … sean inmigrantes recién llegados o mexicanos de tercera generación. En Filadelfia en concreto viven alrededor de 190.000 personas de origen hispano, el 12% de la población total,  según el censo de 2010.  “Y el número sigue creciendo”, me explica Sara Calderón, una pueetorriqueña de 54 años, residente en la ciudad desde hace mas de 25 años. Sara trabaja en Esperanza, una ong local que ayuda a las familias latinas con bajos ingresos a integrarse mejor en la sociedad. ‘Uno de nuestros objetivos es reducir el fracaso escolar y que los estudiantes latinos accedan a los estudios universitarios’, me explica Sara, muy elegante con su  jerseycito de cachemir, falda de tubo y medias color carne. ‘Me da igual si fuera estamos a 37 grados, se que me voy a pasar el día en un inglú”, bromea. A Sara la he conocido este mediodía en un almuerzo de networking organizado por Al Día News, mi  diario anfitrión .  “En algunos barrios de Filadelfia hay familias hispanas que ingresan menos de 21.000dolares al año, y eso aquí es vivir bajo el umbral de pobreza”, comenta otro trabajador de Esperanza sentado a mi lado. Es americano, de unos treinta años,  habla castellano con acento, estudió tres meses en Barcelona- ciudad de la que  nunca se hubiese ido, dice -, y es el responsable de los programas de desarrollo económico de la oNG, dirigidos a enseñar a la comunidad latina a crear pequeñas empresas y mantener rentables sus negocios.Mientras hablamos, los camareros han traído el primer plato, un quarto de lechuga con una vinagreta de membrillo. La triste y ordinaria lechuga -el cogollo yankee,
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dice raquel- contrastaba con la elegancia de las librerías de madera y las estatuas de Lincoln que envolvían el comedor.  El almuerzo se ha celebrado en uno de los salones del Union League club, un edificio levantado en 1864 para albergar la sede de una sociedad patriótica que daba apoyo a Abraham Lincoln durante la Guerra Civil. Antes de comer he intentado mangar un ejemplar en papel del Wall Street Journal de la biblioteca, una majestuosa sala acristalada con sillones chester, chimeneas, alfombras de motivos persas y  lámparas de araña, pero la bibliotecaria me ha pillado. 

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Sol Trujillo

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Andriu en la biblioteca del Union League Club

La comida ha terminado con una conferencia de Solomon, “Sol” Trujillo, un influyente empresario del sector de las tecnologías, de origen mexicano. Trujillo nació y estudió en Wyoming hace 61 años, y poco después empezó a hacer carrera en AT&T, Mountain Bell y Orange. TAmbién fue CEO de TELSTRA, la Telefónica Australiana, que entonces se estaba privatizando , pero fue despedido porque la empresa empezó a bajar la facturación y la cotización se desplomó (esta parte de su carrera laboral no la ha explicado durante la conferencia, pero Internet está lleno de noticias sobre el polémico despido y las acusaciones posteriores de Trujillo al gobierno australiano, que tachó de racista y discriminatorio contra los inmigrantes). Trujillo se define como ‘americano, republicano, empresario y Latino” (aunque no votará a Trump) y uno de sus objetivos hoy es la lucha por mejorar las condiciones de la comunidad hispana en Estados Unidos.  Según Trujillo, los Latinos no son tratados con igualdad de condiciones, a pesar de que ya no son una minoría,  “sino un mainstream”. En algunos estados, como California, representan ya la mitad de la población, tienen estudios superiories, una media de edad más joven que la de los americanos blancos, y desde su punto de vista de empresario  ‘suponen un enorme potencial de mercado para las empresas. “Pero en este país si te llamas Martínez o Rodriguez o Trujillo- le cuesta pronunciar su propio apellido- no es tan fácil tener un buen trabajo, te asocian con un delincuente, o que no eres tan buen trabajador’, se lamenta. Le digo que en España ocurren cosas parecidas, aunque me parece más un tema de discriminación por clase social que por racismo. ‘No sé, en España creo que también teneis un cierto complejo de superioridad hacia los Latinos, no?’, me pregunta Sol.  Le digo que no estoy de acuerdo. En mi opinión, la discimrinación va ligada a diferencias de clase social, hay prejuicios contra los pobres, no contra nacionalidades. Me replica:  “He estado varias veces en España y noté que si no hablaba correctamente el español me miraban mal. Entre los afroamericanos de Estados Unidos existe cierto sentimiento une un cierto sentimiento de unión, pensaba que en España exisitía ese mismo sentimiento con los latinoamericanos, pero vi que no”.
  Cada uno ve el mundo a su manera.