mi chaqueta china

Desde hace un par de meses voy a trabajar a un coworking en Poble Nou, un antiguo barrio obrero cerca de la playa, que ahora es el lugar favorito de las familias de guiris que vienen a vivir a Barcelona. Entre ellos está P, un irlandés que se dedica a dar cursos de formación a directivos americanos. P se pasa media semana en Nueva York y la otra media encerrado en el coworking, al que se desplaza en patinete, esquivando colegiales y turistas que colapsan la Rambla del Poble Nou a determinadas horas del día. 

Pero el fin de semana pasado, a P le dio un tirón en la pierna haciendo rappel y ahora no puede usar el patinete. Así que ayer al salir de la oficina fuimos juntos andando rambla arriba, contenta de tener un compañero desplazándose a mi ritmo tropical habitual.

-oye, Andrea,¿ por qué vas vestida de invierno?- me preguntó, señalando mi chaqueta verde de corte chino, larga hasta los pies.

-¿no te gusta? La compré en Pekín.

-pero mira a tu alrededor, la gente va en bermudas, están comiendo helados…

En efecto, en la esquina de la heladería El Tío Ché, un grupo de adolescentes en camiseta y pantalón corto esperaba su turno para comprarse el cucurucho de la merienda.

-mi termostato es especial. Hace un par de semanas decidí sacarme el edredón y me cagué de frío. Me lo he vuelto a poner y no lo sacaré hasta mediados de julio. Después de esa fecha, igual me baño en la piscina. 

-Claro, eso es porque vives en un pueblo y allí hace más frío-se mofa P.-¿ Mañana estarás en Kansas o bajas a Barcelona?-me pregunta, cuando nos despedimos. La canguro de su hija está esperando a que llegue. 

-En Kansas!-le grito, mientras cojea hacia su portal.

Ya en el tren a Vilassar, apretujada entre estudiantes sudorosos y otros hombres y mujeres que vuelven a casa del trabajo, recibo un whatsapp de P:

“Hoy me has recordado a Kyle, de Terminator”

(El otro día me dijo que mi foto de perfil le recordaba a la peli Alien)

“Voy a googlear. Espero que al menos Kyle sea chica”.

Googleo y aparece esto:

-eres idiota

-por tu chaqueta.

-eres idiota

-tendrías que sentirte halagada, era el tío más guay en todas las pelis..

-eres idiota

-eres la primera mujer que se ofende por no haber sido objeto de sexualización.

Al levantar la vista del móvil, el sol del atardecer iluminaba las polvorientas palmeras del paseo marítimo de Premià, donde un par de jubilados sin camiseta sacudían la toalla para sacar la arena. Igual sí, que hacía un poco de calor.

Advertisements

Insomnio en Alabama

La primavera nunca ha sido mi mejor amiga. Durante muchos años, la odié porque tenía alergia y me ponía enferma de tanto moco. De mayor, he conseguido reducir el colapso nasal a un moquillo  que gotea cuando le da la gana – en medio de una boda, cocinando una tortilla, cuando bebo una copa de vino con un tío que me gusta- tipicos momentos en que no puedes limpiartelo con la manga del jersey-  a cambio de  sufrir insomnio. Será la luz del sol por la mañana, el polen, las hormonas, pero en peimavera soy un búho que no necesita dormir.   El domingo pasado me desperté tan temprano que salí a correr sin desayunar,algo que mi organismo come-bayas no suele agradecer. Con el estómago vacío, fui brincando cuesta abajo hacia la playa, la brisa matutina desperezando las copas de los pinos, el mar azul de fondo, los ciclistas en mallas adelantando a los jardineros africanos pedaleando sobre sus bicis oxidadas. Los jardines de las mansiones del Maresme no serían lo mismo sin ellos. En Cabrera está Mori, un chaval encantador de Cote d’Ivoire que ha conseguido que resuciten mis rosas del Ikea. “Ça va avec le cesped?” , Me.preguntó el viernes por la noche por whatsapp. Debe tener unos treinta y pocos. SU mujer y sus cuatro hijos viven en Cote d’Ivoire, donde hace poco fue de visita. No eran unas vacaciones normales para estar con la familia. Nos dijo que no volvería a Barcelona hasta que su mujer no se quedara preñada del quinto. Después de tres meses y medio, lo consiguió.

Hace dos domingos, mi insomnio matutino me llevó a pasear por Montroig del Camp a las 8 de la mañana. A los pies de la serra de Llaberia, rodeado de campos de almendros y olivos, este pueblo donde vivió Miró podría ser la estampa típica de la Catalunya independent que quieren Puigdemont y sus colegas nacionalistas. Igual no quieren ver la realidad, que por las calles silenciosas de Montroig los escasos transeúntes son marroquís y latinoamericanos, y que en el frankfurt de la.plaza la especialidad que te ofrece una simpática camarera rumana es el pulpo a la gallega. 

 La noche anterior,  Montroig celebraba la elección de la pubilla del poble en el pabellón de deportes: vestidos rosa pastel con lentejuelas, sandalias de tacón del chino, rubias de bote bebiendo birra de lata en sillas de plástico.   Si no hubiera sido por la banda con las cuatro barras que las pubillas llevaban cruzada en el pecho, hubiera dicho que estaba en Alabama. 

Mañanas Victorianas

Mi momento favorito de la semana es el sábado por la mañana. Sobre todo cuando consigo levantarme un poco tarde (siempre he pensado que dormir es una pérdida de tiempo)  y me quedo remoloneando en pijama con un buen libro y los restos de tostada con mermelada de frambuesa crujiendo todavía entre mis dientes.

Si tuviera pareja, probablemente leería un par de capítulos y después volvería a la cama para seguir remoloneando juntos -sin pijama -hasta la hora de comer, pero como ahora no tengo, me voy a jugar al tenis o a correr. Bueno, lo de correr es un poco una entelequia, porque mi velocidad no superaría a la de uno de esos jubilados con los que me cruzo por la riera de Argentona cazando pájaros si se pusiera a caminar rápido. Mis logros en Strava lo dicen todo, aunque yo me quedo muy tranquila cuando mi prima Ale me dice que “si corres poco a poco” fibras más. De ahí mi culo prieto y mis pantorrillas de Kourni.

Los sábados lejos de casa también me gustan. Hoy me he levantado en Glasgow en casa de unos amigos después de dormir como un lirón. Me ha despertado su hijo Luk, que se entretenía jugando con el Lego en el salón. Luk tiene la varicela y lleva tres días sin ir a la guardería. Irradia felicidad. A nadie con dos neuronas en la cabeza le gusta ir al cole, especialmente si fuera hace frío y en casa tienes una invitada tan guay como An-dre-ia, como me llama él, cuando quiere llamarme la atención y yo le ignoro desde el sofá, embobada frente al ordenador. Ayer dormimos juntos en su habitación, yo en un colchón inflable y él en su camita de Ikea. “No te preocupes, que si se levanta a medianoche vendrá directo a nuestra habitación”, me dijo su madre, tranquilizadora, cuando yo imaginé a Luke levantándome a las seis de la mañana con los bracitos cubiertos de granos para jugar con Mr. Potato.

Pasó algo peor. Sobre las dos de la mañana, noté como un pequeño ser en pijama de cuadros se colaba en mi cama y me robaba el edredón.  Al principio me hizo gracia, pero luego, al descubrir que cada vez que se movía, el colchón inflable se movía como una barca, por poco lo mato. Pasé la noche en vela, imaginando que me contagiaba la varicela – una proporción muy pequeña de la población la pasa dos veces – y que tenía que ir a una boda la semana siguiente con la cara llena de granos. Por motivos que desconozco, entre mis visiones de mi cuerpo lleno de granos se intercalaron desvariaciones  oníricas de un cocinero siciliano amigo mío  preparando platos de macarrones con tomate en su restaurante de Barcelona. Al final desperté a Luke y le ordené que se volviera a su cama. Él obedeció como un zombie, pero a las seis de la mañana regresó para quedarse. Un hombre con las ideas claras.  Un reincidente.

Esta noche Luk ha dormido con sus padres y yo he podido dormir ocho horas. Cuando me he levantado, me esperaba descalzo para jugar al Lego mientras mi amiga preparaba los pancakes del desayuno. Sonaba Van Morrisson y por los ventanales victorianos asomaban las fachadas de ladrillo rojo y las gaviotas sobre el cielo gris. “Well it’s a marvelous night for a moondance, with the stars up above in your eyes…” La letra me ha telentransportado al Central Park en una fría tarde de primavera,  cuando un antiguo novio me cantaba esa canción al oído.  No recuerdo si era sábado, ni si habíamos desayunado pancakes, pero nos escribíamos cartas y nos fundíamos el dinero en horas de vuelo para vernos. “Can  I just have one more romance with you, my love”…  Huele a pancakes y a mantequilla fundida. También hay fresones y café, y un yogur de ruibarbo que compré ayer en Waitroses al salir de clase de yoga en un barrio hípster de Glasgow. Al salir, la profe y una amiga, una señora pelirroja con ojos pequeños de color azul que acababa de volver de un retiro en la India,  me invitaron a café y  cannoli en un restaurante… siciliano.  IMG_20170429_114438.jpg

Instagrammers Anónimos

Hace dos años a estas alturas pensaba que Instagram era una mierda pinchada en un palo, una red social aburrida donde la mayoría de la gente colgaba fotos muy normales de lugares aún más normales pensándose que eran fotógrafos de National Geographic. Yo normalmente esas fotos las colgaba directamente en Facebook y listo. Además, procuraba siempre salir yo, porque soy una egocéntrica y voy bastante de guais. Pero entonces me fui a vivir dos meses a Serbia para un proyecto de libro -que sigue siendo eso, un proyecto- y todo cambió.

El viaje coincidió con que unas semanas antes tuve una aventura con tío muy feo que tenía Instagram y presumía de ser un ‘aventurero’. La verdad es que el feo nunca me había gustado, pero se pasó todo el verano persiguiéndome y al final caí– me envió una foto de un ordenador desmontado con todos los chips y cables, y me enterneció -. Gran error. Salimos una semana y después me cambió por una rumana más fea y con más tetas que yo. El tema me jodió bastante el orgullo, no porque le quisiera, sino porque soy una competitiva enfermiza  y encima no podía decir eso de que “al menos estaba bueno”. En lugar de limitarme a aprender la lección (“nunca más con un feo”), me puse a colgar fotos en Instagram para darle celos. La cosa se me fue de las manos. A los pocos días, me convertí en una adicta a Instagram, animada por otros hombres adictos a Instagram que en su día me habían dado calabazas y que se alegraban de verme por ahí. Uno incluso se interesó de verdad por lo que hacía: “¿Andrea, es tu mañana en Serbia o vas a volver?”, me escribió.

La tontería de Instagram me ha durado dos años. Instagram era el plató perfecto para llamar la atención. “¿Habrá visto mi foto? ¿Se habrá reído?”.  Hasta que me aburrí. Me aburrí de mi misma. De abrir el móvil y perder el tiempo viendo fotos que me interesaban un pepino, de chafardear la vida perfecta de un desconocido, los comentarios gilipollas de una blogger que suspira porque llegue el verano o una influencer que dice ser feminista y solo cuelga fotos de ella misma vestida con ropa sexy o de decoración de muebles. Orgullo de mujer… Que se cuelgue una leyendo un puto libro o cocinando un buen fricandó. Las únicas fotos de Instagram que me gustan son las de comida. Al menos aprendes platos nuevos y babeas de hambre. Desde que me he “quitao”, echo de menos los platos de pasta de un cocinero siciliano o la sepia con guisantes que se come el Sanahuja en el Via Veneto. Pero me doy cuenta de que sin Instagram soy mejor. He retomado mi novela, he vuelto a escribir en el blog. Salgo a fumar al jardín y miro a las musarañas, en lugar de deslizar el dedo por la pantalla mirando fotos de vidas que no me interesan o anhelando a que llegue un like.

Y, lo más importante, vuelvo a  portarme mal.

Larga vida a la creativa fealdad, a las noches de quesadillas, guarradas y rosas. Aunque no haya mariposas.

Yo no bailo

Lo primero que vio Iván al despertarse fue su chaqueta nueva tirada por el suelo y los pantalones colgados en la barandilla. Ni siquiera recordaba cómo había sido capaz de subir por las empinadas escalerillas que subían hasta el altillo sin caerse. El día que el agente inmobiliario le había enseñado ese loft de dos pisos en una antigua fábrica de Sant Andreu lo había tenido muy claro. Siempre había querido vivir en un loft como los de las pelis, con techos altos, paredes de ladrillo, la cama en el altillo y una estantería gigante para lucir su colección de vinilos y libros de diseño gráfico. Sant Andreu era el nuevo Poble Nou, el nuevo Soho barcelonés, el lugar perfecto para desconectar de su antiguo piso del Eixample, donde había vivido los últimos dieciocho años. De esos dieciocho, se había pasado seis esperando a que Margie se mudase con él – incluso había reformado su estudio para que ella pudiera tener un cambiador – pero finalmente su novia había decidido cambiar París por Santiago de Chile, en lugar de Barcelona. Iván se había quedado hecho polvo. Seis años de relación a distancia para nada. Margie le había dejado porque le había salido un trabajo mejor en su país. Sin embargo, cuando la gente le preguntaba por qué habían roto, él respondía que ella se había empezado a poner muy pesada con lo de tener un hijo, y que por eso habían decidido cortar.

-Eres tonto, hijo, tienes 45 años, ¿a qué esperas para hacerme abuela?

Su madre se había llevado una gran desilusión. Tenía todas sus esperanzas puestas en Margie, a pesar de que era chilena, y su madre no tragaba a los sudamericanos. Tampoco la conocía demasiado. Una relación a distancia tenía muchas pegas, pero también una gran ventaja: cuando estaban juntos, el tiempo era sagrado. No había ratos libres para comidas con los suegros ni barbacoas familiares. Cada encuentro con Margie -fuese en París, en Barcelona, o en Nueva York, donde coincidían cada año para la entrega de los premios de diseño- era como una mini luna de miel. Margie y él rara vez se peleaban, a no ser que hablasen de trabajo. Ella trabajaba en una agencia multinacional, estaba acostumbrada a manejar presupuestos astronómicos, y no entendía cómo Iván podía trabajar con clientes tan pequeños y de una forma tan informal.

-Mi amor, tarde o temprano vas a tener que venderte la agencia a una de las grandes- le decía, con su suave acento chileno.

Margie no iba a mudarse nunca a Barcelona, lo tendría que haber imaginado. En Barcelona no encontraría  un puestazo como el que tenía en París. Y Margie era ambiciosa. Su compañía le había ofrecido dirigir las cuentas del mercado sudamericano desde las oficinas de Santiago de Chile, donde vivían sus padres. Había aceptado la oferta enseguida, sin ni siquiera consultarlo con él, ni mucho menos proponerle que se mudara con ella. “Tú estás casado con tu agencia, si me quisieras de verdad hubieras venido a Paris hace tiempo”, le dijo Margie la última noche que se vieron, en un pequeño bistro del Marais, en París.

Nueve meses después, Ivan todavía recordaba esa cena a la luz de las velas. Habían pedido boeuf bourguignon y una botella de Côte du Rhone de una conocida bodega, para la que Margie había realizado una campaña recientemente. Era un vino estupendo, como todo lo que elegía Margie. Esa noche, Ivan se había dado cuenta de que ella era mucho más inteligente que él, y que quizás sí, lo mejor era que rompieran. Y quizás también, como decía ella, él estaba casado con su agencia. .

De hecho, si no hubiera sido por los de su agencia, no hubiera podido hacer la mudanza en un plis plas. Sus empleados – becarias de Cuentas incluidas –  se habían dedicado un sábado entero a ayudarle a hacer cajas y transportar muebles. Iván, en agradecimiento,  había organizado una super barbacoa en el estudio, que había acabado en un desmadre absoluto.  Las drogas y el whisky corrieron como si fueran agua, y él terminó tirándose a  Lucía, una creativa que había trabajado en la agencia, y que siempre aparecía en las fiestas sin que nadie la hubiera invitado.  ¿Cómo se había enterado de su mudanza? Las putas redes sociales, había pensado la noche anterior, cuando Lucía volvió a aparecer por sorpresa en la paella gigante que organizaban en la agencia cada jueves de final de mes. Como de costumbre, Lucía se había puesto en plan pantera – lo de haberse convertido en bloguera de éxito se lo tenía un poco creído-  pero esta vez él le había parado los pies. No quería acostarse más con jovencitas quince años menores que él. No quería saber nada de mujeres ambiciosas y trepas de la publicidad, pensó Iván, sin levantarse de la cama. Por suerte,  había logrado escaquearse de la fiesta antes de que alguien sacara la coca y ya no hubiera vuelta atrás. Además, a partir de cierta hora, la gente quería bailar,  y el odiaba bailar. “Yo no bailo”, repetía cada vez que alguna chica se ponía pesada. Tenía un problema con eso, lo sabía, pero era incapaz de mover su cuerpo y sus pies de forma sincronizada, y mucho menos si tenía que ser a ritmo de los Beach Boys. El lema de la paella de ayer era “surf or die”.  Todo el equipo de la agencia se había vestido con camisetas surferas de uno de sus clientes, una conocida marca de camisetas y bañadores de California. A lo largo de la tarde, fueron colgando en Instagram fotos de la paella y   de la fiesta etiquetando a la marca, algo así como publicidad encubierta. También colgaron fotos con hashtags y referencias a marisquete.com, otro cliente de la agencia. Cada jueves que tocaba paella, la web les regalaba los langostinos y los calamares a cambio de lo mismo:que hicieran difusión en las redes sociales. Y por supuesto, toda cubertería y las mesas que usaron para comer eran de Habitlux, una empresa de diseño de muebles para la que habían realizado ya varias campañas.

Para Iván, esas paellas colectivas en la terraza no eran solo una forma de publicidad encubierta. Era una excusa para pasar un momento relajado junto a sus empleados. Le gustaba verles sonreír alrededor de un plato de arroz demasiado hecho, bebiendo cerveza y bromeando entre ellos. Era un jefe guay, se decía a si mismo, sentado en una punta de la mesa. Ayer,  los de la agencia tuvieron el detalle de guardarle los restos de socarrimat en un tupper, porque sabían que le chiflaba. Iván lo guardó en la mochila y esperó a llegar a casa para tirarlo a la basura. No había querido ofenderles. Se sentía a gusto cerca de ellos, se sentía querido. Eran un poco como su familia.

-Pero no te confundas Vanushka, tu eres su jefe. Ellos te necesitan y tú les necesitas. No es amor de verdad.

Raquel siempre le decía lo que pensaba, por eso le caía bien. Aunque a veces hubiera preferido que se guardase para ella algunas cosas.

-No sé, me siento arropado, es un poco como si suplieran la necesidad de tener hijos, una familia.

-Dices muchas tonterías, de verdad, Vanushka. Qué pensamiento más pobre. Espero que no tengas que despedir a nadie para que entiendas que no es lo mismo.

Al principio, lo de Vanushka o Vania le había parecido una cursilada, pero se había ido acostumbrando. Raquel era profesora de literatura rusa en la universidad de Barcelona y se pasaba el día haciendo referencias a la cultura eslava. No sabía porqué, pero la resaca le hacía pensar en ella. La última vez que la había visto había sido el viernes pasado. La había llevado a comer a un restaurante que había descubierto hace poco cercad el Diagonal mar, una tasca ruidosa, con las paredes recubiertas de cerámica barata, sillas de madera oscura, llena de trabajadores de empresa celebrando con carajillos y gintonics el inicio del fin de semana. En lugar del menú de mediodía, ellos habían pedido a la carta – alcachofas fritas, huevos rotos con chorizo, croquetas de merluza y de cocido, ensalada de burrata- e Ivan tenía que ir con cuidado de no hablar demasiado porque Raquel se lo zampaba todo muy deprisa.

-Que bueno está todo, Vanuska, gracias por invitarme- le dijo, con la barbilla manchada de aceite. Ivan se lo dijo y ella se puso roja.

-Eres un pesado- le respondió, limpiándose con la servilleta. Raquel era diez años más joven que ella y tenía un aire bastante infantil. Se habían conocido en la inauguración de la exposición de un amigo en común, un diseñador gráfico de Vladivostok afincado en Barcelona desde hacía un tiempo. Raquel había editado los textos del catálogo para poder distribuirlo en varios estudios de diseño de San Petersburgo y Moscú. Ella llevaba un vasito de vodka en la mano y un platillo de ensaladilla rusa en la otra, y tenía los labios manchados de mayonesa.

-¿Has probado la ensaladilla rusa? Está buenísima. El catering es de un restaurante ruso bastante bueno – le dijo, enseñándole el platillo.

-Lo de la a ensaladilla rusa no será porque es de Rusia, ¿verdad?-le preguntó él, con sorna.

-Pues creo que sí. En Rusia tienen un montón de ensaladillas diferentes; con cangrejo, salmón, lengua, guisantes, pimientos… La típica ensaladilla rusa que conocemos nosotros se llama salad Olivier. Lo importante es que todas llevan mucha mayonesa.

-Ya lo veo- respondió Ivan, con una sonrisa pícara-  Tienes mayonesa en los labios.

– ¿En serio? ¿dónde? – dijo, colorada. Después se limpió los labios con la manga de la camisa, lo que hizo reír a Ivan.

-No hace gracia, señor Vania. Ya nos veremos.

Después de esa noche se habían buscado en las redes sociales y hecho amigos de Instagram. Él hacía poco que había cortado con Mergie y pasaba muchas noches enganchado a Instagram.  Le gustaba seguir las fotos que colgaba Raquel de sus viajes a Rusia, donde iba frecuentemente para asistir a conferencias y seminario.

-¿Piensas volver algún día, o qué? – le comentó una vez debajo de una foto suya en Ekaterimburgo.

El comentario había servido para que empezasen a chatear, hasta que un día él quedaron para  cenar en un restaurante cerca de su nuevo loft. Después la había invitado a subir y ella le había besado en el ascensor. Se sorprendió un poco. No estaba acostumbrado a que las chicas tomasen la iniciativa, y mucho menos las que eran más jóvenes que él.Consiguió que se sentarse en el sofá y le ofreció un whisky. Raquel aceptó, diciendo q le encantaba el Scotch, pero el supo que mentía. Después, ella se había reído de él por tener tantos libros de yoguis y un monopatín apoyado en la pared.

-¿pero cuantos años has dicho que tenías? Catorce?  -el vaso de whisky seguía lleno en su mano. Ivan se rio.

-Cuarenta y cinco

-Ah, entonces todavía estas capacitado para subirte a ese trasto cinco segundos sin partirte la crisma, Vanuska.

-No te imaginas lo ágil que soy, Raqueluska.

Raquel, Raquelita, Raqueluska.. Ivan reía solo, tumbado en la cama. Tenía razón Raquel al reírse de él. Le decía que era un quedabien, un pijoteras con un loft del diseño y unas escaleras de mierda por donde un día se mataría. Lo cierto es que ahora odiaba subirlas cada noche. Tampoco soportaba no poder bajar las persianas para tapar el  foco de luz que  iluminaba la chimenea de la antigua fábrica, que los de la promotora habían conservado para que las viviendas tuvieran más encanto.

Harto de estar en la cama, Iván se levantó y bajó descalzo a la cocina. Enchufó la cafetera eléctrica y abrió la nevera. Nada comestible, excepto dos tristes melocotones que le habían regalado en la tienda de productos ecológicos de la esquina.

-Son los últimos de la temporada, ya verás que ricos. Llévatelos, que no los quiero tirar – había insistido la señora Mercè, la dueña de la tienda. La señora Mercè siempre le regalaba cosas: unos tomates, una coliflor lila, un racimo de uva.

-No puedes alimentarte solo de alfalfa-le reñía, cuando le veía coger del mostrador una bolsa de brotes de esa hortaliza supuestamente tan saludable, según las becarias de la agencia.

La bolsa de alfalfa llevaba dos días medio abierta encima de la mesa de la cocina y después de olerla Iván optó por tirarla a la basura. La cafetera empezó a hervir. Conectó el móvil a los altavoces inalámbricos y sintonizó un álbum de Alabama Shakes. Tenía mucha hambre y le dolía la cabeza. Volvió a abrir la nevera y sacó los melocotones, lanzando un suspiro de resignación.  Odiaba pelarlos.

-Me da mucha grima. De pequeño le pedía a mi madre que me los pelara, pero nunca lo hacía. A cambio me compraba tigretones.

-Tienes alma de gordo

Ivan se rio solo al recordar ese chat reciente con Raquel. Cada mañana, Raquel madrugaba para prepararle el desayuno y la comida a su padre, que vivía solo desde que su madre había decidido irse a un centro budista en la India.

-Si voy yo a pelarle los melocotones, mi padre se alimentaría de huevos duros cada día- le explicó. Cuando viajaba a Rusia, su padre se mudaba a casa de su hermano y de su esposa, una médico colombiana,  vegetariana  y profesora de meditación. “Entre mi madre y mi cuñada, entenderás que tenga un trauma con los yoguis”, dijo.

Ivan miró el melocotón con asco. Uno de los lados se había reblandecido y la piel se había arrugado. La agarró por una punta con los dedos y estiró. La piel aterciopelada se despegó de la carne amarillenta y aguada, y un aroma dulce impregnó toda la cocina. Había pelado un melocotón solo. ¿Se estaría haciendo mayor?”, pensó, frunciendo el entrecejo. Sus rodillas se movieron al ritmo de la música de Alabama Shakes. “No, hasta que no baile no maduraré”, se consoló.

brittany-shakes

Fan de Chelsea

Ayer finalmente pude colarme en el estadio Wells Fargo de Filadelfia y asistir al último acto de la convención nacional demócrata (DNC), un evento de cuatro días que culminó con la aceptación  formal de Hillary CLinton para ser la candidata demócrata a la presidencia de EEUU. Las elecciones presidenciales son en noviembre, pero en este país la campaña electoral es un proceso lento y de alta implicación ciudadana: un ejercicio de democracia de base, en el que los ciudadanos de cada estado pueden participar en la elección de quién quieren que sea el candidato presidencial de su partido. Después, cada partido celebra unas elecciones primarias y se nomina al candidato finalista-Donald Trump en el caso republicano, Hillary CLinton en el demócrata- y pasados unos días éstos aceptan su nominación de forma oficial delante de todos los delegados de partido de su país, reunidos en la Convención.
El discurso de aceptación de Hillary, pues, era el acto más esperado de la convención demócrata, que ha durado cuatro días. Su speech cerraba una maratón de discursos que empezaban a las 4 de la tarde y se alargabn  hasta medianoche, coincidiendo con las horas de máxima audiencia en televisión. El despliegue mediático en el estadio era impresionante,: decenas de periodistas nacionales e internacionales, televisiones con sus propios mini-estudios e incluso platós con sofás provistos por Faceebook y Twitter para que los periodistas puedan hacer entrevistas en streaming.
En total había más de50.000 personas, entre delgados, miembros de organismos y asociaciones sociales, periodistas, celebridades invitadas y amigos de políticos demócratas. Una operación logística y de seguridad que funcionaba como la seda, gracias a un montón de voluntarios. Nosotras (raquel y yo) teníamos una acreditación general, pero nos colamos en la zona de prensa con la tarjeta plastificada del Diari ARA y nos quedamos cuatro horas sentaditas en un escalón, con el chorro del A.C en el cogote.
A nuestro lado teníamos sentado al séquito del gobernador de Pennsilvania, un hombre alto y delgado, de aire serio y con poco pelo , que dio un discurso sobre la necesidad de que los empresarios sean honestos y paguen impuestos. Comparó la empresa que montó su padre, hijo de obreros, con el sudor de su frente, y denunció las decenas de trabajadores supuestamente estafados por Donald Trump en Atlantic city, la mítica ciudad de casinos entre Filadelfia y Nueva York. En EEUU los políticos hablan sin complejos de los empresarios, nadie los demoniza.
Los familiares y amigos del gobernador de Pensilvania le aplaudieron y vitorearon mucho, incluso sus seguratas parecían emocionados. Les teníamos delante, de pie, con el pinganillo en la oreja y sus espaldas enormes, tapándome la vista del escenario.
En las gradas del estadio no cabía ni un alfiler. Llamaban la atención las mujeres vestidas de rojo y cubiertas de chapas y adornos con motivos de la bandera americana. Cuando un orador terminaba su discurso-discursos de 4 minutos, perfectamente encadenados para que nadie se aburriera- la gente ondeaba  banderines azules y rojos con las palabras “Hillary”, “USA” o “stronger together”, el eslogan de campaña de Hillary. Este eslogan es una respuesta a las amenazas de Trump de levantar un muro y expulsar a los inmigrantes sin papeles.  El magnate republicano tambien ha declarado que “I can fix everything alone” , una coletilla que los demócratas utilizaron para acusarle de egocéntrico, ignorante y antipatriótico, porque en América se consigue todo trabajando “juntos’.
Entre los discursos que más me llamaron la atención estaba el del gobernador de Nueva York, un cincuentón guaperas, con apellido italiano, y el de la ex gobernadora de Michigan, una speaker super profesional, que habló del glorioso pasado industrial de Michigan y de la importancia de los trabjadores del sector automóvil, la industria emblema de los USA, que ha conseguido florecer de nuevo. Como otros speakers, la demócrata de Michigan criticó que Trump lleve ropa hecha en el extranjero y que los demócratas evitaran la fuga de empleos a China o Turquía.
El hecho de que muchos speakers hicieran mención a China y Rusia como amenazas me pareció un poco agresivo y populista.
También habló un cura negro famoso, el reverendo William Barber, que parecía como poseído. Con la mano alzada, dejó ir una especie de discurso-pregaria lleno de chuminadas sobre Jesús, los corazones y las religiones, pero la gente le aplaudía como loca. El gobernador de Pensilvania y su familia se levantaron de la silla y todo. “is there a heart in the house? Is there A heart for the poor? For the vulnerable ? For the nation?”, Gritaba entre ovaciones. Terminó con un Aleluyaaaa y se fue.

Sobre las 8.30 dieron paso los discursos patrióticos de militares, padres de marines fallecidos o veteranos de guerra mutilados que explicaban como arriesgaron sus vidas en Afganistan o Irak. Todos alababan la capacidad de lideraje de Hillary para ser la nueva comandante en jefe del ejército. La verdad es que a esa hora yo tenía mucha hambre y el culo cuadrado de estar sentada tanto tiempo en un escalón de la zona de prensa, así que se me hicieron un poco difíciles de tragar.
El discurso del general retirado de los Marines, John Allen, fue la guinda del pastel patriota. Después de asegurar que EEUU acabará con el ISIS, abogará por una OTAN más fuerte, y no admitirá vaciladas por parte de RUsia, consiguió que todo el estadio coreara: U-S-A, U-S-A y cerró el discurso con un ” we are the greatest country in the world”. Una de las claves del discurso de Allen, retransmitido en prime time por televisión a todo el país, era dejar claro que es una temeridad dejar en manos de un ignorante como Donald Trump la política de exteriores y el programa para evitar la proliferación de armas nuclares en el mundo.

Mi discurso favorito fue el de Chelsea Clinton, la hija de Bill y Hillary CLinton, que tiene mi edad. Chelsea hizo un repaso a los recuerdos de infancia con su madre, retratada como una mujer divertida, inteligente y luchadora por los derechos sociales, a parte de una abuela cariñosa, de la que se siente orgullosa. Parecía bastante sincero y hasta me emocioné y lloré un poco. Chelsa insistió en que una de las mayores virtudes de su madre es su persistencia en la lucha por mejorar la educación y la sanidad pública, causas que Hillary ha perseguido a lo largo de toda su carrera política y que todavía no ha dado por perdidas. Chelsea vendió la idea de que su madre nunca tirará la toalla en estos dos puntos. También me gustó que Chelsea no hablara de patriotismo ni de Dios. Después proyectaron en una pantalla gigante fotos antiguas de la vida y carrera de Hillary, como si fuera una boda. Ver a Hillary con ropa de los 80 defendiendo los derechos de las mujeres tocaba la fibra.

image
El discurso de Hillary

Finalmente, fue Chelsea, vestida de rojo, muy elegante, con los ojos algo llorosos, la que introdujo a su madre a la audiencia: Hillary CLinton, la primera mujer que opta a la presidencia de los Estados Unidos de la historia. Hillary, enfundada en un traje chaqueta blanco y una sonrisa de oreja a oreja, habló durante más de 30minutos, ofreciéndose como la candidata que volverá a reunificar el país para, entre todos, convertirlo de nuevo en la mayor potencia económica del mundo. “Crearemos una economía que de oportunidades para todos, también para aquellos que en sus países no pueden”, prometió. Su discurso estaba lleno de promesas de crear empleos y subir salarios, e incluso prometió que eliminaría las deudas de los estudiantes que no han devuelto los créditos para pagar la universidad. Educación, empleo, perseguir el fraude fiscal de los super ricos y grandes empresas, regular la venta de armas (no dijo prohibirla) sanidad pública asequible para todos: este es el plan de Hillary. Y si esto pasa por pararle los pies a China para frenar la deslocalizacion de empleos (sonó como si China tuviera la culpa), pues se hará, prometió, entre vítores y algunos abucheos de fondo.

El merengue demócrata

La campaña electoral en Estados Unidos va mucho más allá de debates televisivos, discursos de presidentes y carteles de propaganda electoral. En este país la política es también sinónimo de show, negocios y networking. Esta semana, Filadelfia ha albergado la Convención Nacional Demócrata (DNC), el congreso anual del Partido demócrata, lo que ha supuesto la llegada de más de 50.000 personas a la ciudad, sumando los delegados demócratas de cada estado, políticos, celebridades, activistas y manifestantes que aprovechan la atención mediática para convocar protestas por toda la ciudad.

Los manifestantes más numerosos son los partidarios de Bernie Sanders, el candidato más ‘progre’ del partido demócrata, que perdió en las primarias frente a Hillary Clinton para presentarse a las elecciones presidenciales de Estados Unidos como representante de los demócratas y tratar de vencer a Donald Trump. Será la primera vez que una mujer se presenta a la presidencia de los Estados Unidos, pero eso no es suficiente para contentar a los demócratas que votaron a  Bernie Sanders. Se siente un poco traicionados y los ves por todas partes –  en bares, restaurantes, en la calle, bajo un calor sofocante-  con sus camisetas, pines, banderolas y tatuajes con la silueta de su candidato fetiche. Incluso en el motel en el que nos hospedamos, a casi una hora de coche del centro, un fan de Bernie Sanders ha decorado la ventana de su habitación con posters del candidato.

Tanto los activistas pro-Sanders como los que son simplemente anti-Hillary tiene un perfil progre:  protestan por la falta de ayudas sociales, los salarios bajos, la ecología, pero sobretodo contra de los dos acuerdos de libre comercio que ha planteado la actual Administración : el TPP (el tratado de libre comercio con los países del pacífico) y el TTIP, que afecta al comercio entre EEUU y Europa.  Hasta hace unos meses, Hillary Clinton era partidaria de ambos tratados, pero la presión de su rival Bernie Sanders han conseguido rectificar su posición y ahora parece ser que también está en contra. Los anti-Hillary también acusan a la ex secretaria de Estado de haber cometido errores militares graves y de haber metido a EEUU en conflictos bélicos sin salida (Irak, Siria, Afganistán, Benghazi, drones…) . El eslogan “Hillary for Prison” puede verse estampado en camisetas, chapas e incluso en los laterales de furgonetas conducidas por activistas que se han desplazado a Filadelfia para el DNC. Las protestas son pacíficas, rodeadas de patrullas de policía urbana en bermudas y bicicleta que a la que pueden están mirando el móvil – están bien organizadas, nadie interrumpe el tráfico, no hay caos, no hay peleas. Nadie intenta acallarlas o silenciarlas. “Estados Unidos es un modelo de democracia muy primaria, la campaña es un proceso muy lento, en el los ciudadanos están involucrados desde abajo. Aquí es fácil hacerse delegado de un partido o del otro, y poder participar en el proceso de elegir al candidato”,  me explica mi amigo Marc Bassets, corresponsal de El País en Washington, que está cubriendo la DNC. La semana pasada, Marc estuvo en Cleveland cubriendo la convención del partido Republicano, en la que se nominó oficialmente a Donald Trump como candidato a la presidencia, y asegura que el ambiente era menos acogedor. “El DNC es más abierto, todo el mundo dice la suya y se respeta. En cambio, el  mensaje que se respiraba en la convención republicana sonaba más a “lock her up!, Encarcelarla ( refiriéndose a Hillary)”, me explica Marc.

La llegada de miles de visitantes y delegados demócratas a Filadelfia también ha supuesto una gran oportunidad de negocio para la ciudad. “Estoy días voy de bólido”, nos explica Harold, un conductor de Uber, que nos recoge del motel para llevarnos al centro. Harold es un mulato con rastas hasta media espalda que no para de hablar. El tráfico es espantoso y tenemos para rato. Vamos con las ventanas abiertas, sin aire acondicionado, y voy sentada encima de un carpesano, porque el asiento de atrás está mojado. “Ayer cayó una tormenta y me dejé las ventanas abiertas”, se excusa Harold, subiendo la música. Sintoniza una emisora de hip hop y nos pregunta si nos gusta. “YEah”, le suelto para que se calle. No hay forma. Nos cuenta que es diseñador gráfico freelance y nos enseña el diseño que ha hecho para una marca dominicana de champús y acondicionadores. “Si algún día necesitáis diseñador para un reportaje, me llamáis”, nos dice a mi y a Raquel, sacando un par de business cards de la guantera. Cuando se entera que somos de Barcelona, nos suelta que le encanta el arte y sobretodo, Picasso. “Picasso es mi inspiración. ¿Cuál es vuestra inspiración?”, nos pregunta con un inglés incomprensible,  que suena como si tuviera una patata en la boca.

-Mi inspiración es Pokemon- le respondo para que se calle. Lo consigo.

EN el centro de la ciudad, los hoteles y clubs de Filadelfia albergan cada día algun desayuno, recepción o fiesta, patrocinada por la delegación de algún estado. Los medios de comunicación también organizan sus propias tertulias y conferencias, abiertas a periodistas o ciudadnos de a pie. La mayoría de eventos cuentan con esponsors corporativos y en todas hay comida y bebida gratis. Hernán, el director del periódico latino que me ha invitado a visitar la ciudad, no se pierde ninguna. Una tarde estuvimos con él en una fiesta en lo alto de un rascacielos, organizada por la Cámara de Comercio Hispana. Servían un  Chardonnay muy seco acompañado de un buen surtido de quesos, que luego me provocaron un ataque de acidez. De allí nos fuimos al lobby de un hotel de lujo, donde la delegación demócrata de Nueva York costeaba las bebidas. Pedí una cerveza local, Yuengling, que estaba muy mala, mientras una pantalla gigante proyectaba en directo el discurso del candidato a vicepresidente, Tim Kaine, en el estadio donde se celebra el Congreso.

A medianoche, cuando los delegados salen del estadio, empiezan las fiestas grandes.  Ayer nos colamos en la fiesta de un senador Latino de Nueva Jersey  en uno de los salones del principal auditorio de la ciudad, un edificio acristalado de líneas modernas, con vistas a Broad Street. En la cola de entrada conocí a un influyente latino, Antonio Ibarría, fundador del diario HOY, uno de los diarios hispanos de mayor tirada de los Estados Unidos, que acabó vendiéndose a un grupo editorial. Ibarría es un señor bajito, con el pelo muy blanco, que ayer vestía con traje chaqueta azul eléctrico y pajarita. Su acompañante  iba embutida en un vestido de tubo apretado, marcando pechos y caderas anchas, porque aqui las img_20160728_044535.jpgmujeres no tienen complejo de gordas.  Me hubiera gustado hablar más con el señor Ibarría, pero al llegar la  comida, nos olvidamos el uno del otro. Había muchas empanadas, bocadillos, un guacamole delicioso y plátano frito. En un plató improvisado, una orquesta tocaba merengues, y un hombre negro,  bastante mayor, con camisa hawaianna chulisima  me sacó a bailar e intentó besarme.  Fuera, en el balcón, un cubano apellidado Santana enrollaba puros al momento. “¿Quieren otra bebida?”, insistió Hernan, dando una pipada a su habano, con cara de sueño. Lleva varios días durmiendo menos de 3 horas. Cuando salimos a la calle a buscar el coche,  el calor seguía siendo sofocante. Por suerte, Hernan tiene un  todoterreno gigante, que por dentro es como un iglú. Ayer, sin embargo, no se vio capaz de conducirlo hasta Jenkintown, a una hora y 82 semáforos de camino (un dia los contó).  Así que mi amiga Raquel se puso al volante, sin miedo. “Tu me guías, Hernan”, dijo. Hernan respondió que sí, pero a los cinco minutos ya estaba roncando.