Tardes de Procés

Per fi havia arribat el fred. Tampoc era que fes massa fred, però al menys s’havia acabat aquella sensació d’estiu etern que s’havia emportat per davant les ganes de castanyes i  panellets. Quina joia aquest canvi climàtic, llàstima del Procés, recordava que algú havia dit feia poc en una sobretaula  – màniga curta i gintònic en mà- en un xiringuito de platja.
Va mirar per la finestra. El últims raigs de sol despareixien darrere els turons coberts de pins i el vent gronxava les fulles grogues de les moreres del pati.  El cel, de color vermell, li parlava de totes les tardes d’hivern que havia passat en aquella habitació, on ara tenia el seu estudi. Se sabia el paisatge de memòria: les moreres, el bosquet d’alzines, la casa de l’alcalde, els turons al fons. Abans de deixar-se endur per la nostàlgia, va trucar al seu marit.

-Quan tornes? Fa fred…

-No en tinc ni idea. Estic atrapat a Sants. Els manifestants han tallat les vies, els trens no surten… Mira, escolta:

Ella va enganxar l’orella a l’auricular:

 “les vies serán sempre nostres!”

Va deixar anar un sospir.

-Aquest Procés no s’acabarà mai.  I ja ens podem preparar si dijous empresonen també a la Forcadell i la resta de la mesa del Parlament.

– La majoria dels que estan bloquejant les vies són estudiants.

-Estudiants que haurien d’estar estudiant. Llegint. Viatjant – va fer una pausa per fixar-se en l’ocell  que acabava de posar-se sobre la barana del balcó. Era una merla força grossa, amb el pit sortit. – Els nostres fills no aniran pel món onejant banderes.

-No, aniran engullint panellets, com surtin a tu. ¿Me n’has deixat algun, dels que va dur la teva mare?

-Un. De coco, que no m’agrada – va riure.

-Només un? Però a tu com et van adoctrinar?

-A mi el que m’agrada es que m’adoctrinis tú. Vull que arribis ja.

Després va girar la vista cap a la pantalla de l’ordinador i va actualitzar la web del portal de notícies. Els talls de carreteres del #8N seguien sent l’ordre del dia. A sota, en destacat, els titulars d’un polític del PP acusant als convocants de la vaga de portar nens petits als punts on estaven bloquejades les vies. Més llenya al foc, va pensar. Com si no tinguessin prou amb els Jordis i mig govern català a la presó. I aquella bestiesa de l’adoctrinament a les escoles…  “En algunos centros públicos de Cataluña y con determinado profesorado se exhiben murales, banderas, sectarias y pancartas que podría considerarse como “adoctrinamiento escolar y partidista”, va llegir, arrufant les celles.

– No sé si arribaré abans de les 9 per adoctrinar-te, estimada.

-Quin remei. Aquí estarem, el panellet i jo- va respondre ella. Tot seguit, es va aixecar de la cadira per  apujar el volum de la ràdio. Posaven una cançó de Kylie Minogue. “La, la, la, la, la, la, la, la, La, la, la, la, la, la, la, la… I just can’t get you out of my head, Boy, your lovin’ is all I think about.”

-Quin sentit tindrien les tardes del Procés si no pogués ballar Kylie Minogue esperant a que tornis de treballar?- va murmurar, encara amb el mòbil a la mà. Però ell ja havia penjat.

Advertisements

Quiero que vuelvan los 90

IMG_20171012_132707 web
La crisis existencial que me ha creado el prucés me ha llevado hasta Tarragona, donde crecieron mis antepasados, los Montoliu, gente de letras, catalanistas. No sé si hoy serían indepes. Por culpa del prucés no tengo tiempo para comer croquetas con quién me apetece.

Quiero que vuelvan los 90. Lo pensaba esta tarde, mientras conducía de vuelta casa, escuchando a todo volumen un disco de Oasis que mi hermana debió dejar puesto en el coche la semana pasada. Hacía años que no escuchaba el álbum, pero todavía me sé casi todas las canciones de memoria: We live in the shadows and we Had the chance and threw it away, And it’s never going to be the same ….  (Hello).

You gotta roll with it, You gotta take your time, You gotta say what you say, Don’t let anybody get in your way, ‘Cause it’s all too much for me to take… (Roll with it)

Así, cantando Oasis a bocajarro, con el estómago contento después del delicioso arroz con chipirones y almejas que nos hemos zampado mis amigos y yo en la playa de El Vendrell, me he acordado de un viaje a Madrid cuando cursaba el COU. Fuimos solo los  que hacíamos Historia del Arte – unos diez o doce, a parte de la profe- y nos creíamos los más progres e intelectuales del cole, está claro.

Entre museo y museo, y algún que otro porro, escuchábamos Wonderwall y Don’t Look Back in Anger,  mi favorita de Oasis, y también la del chico que me gustaba. Lo pasamos bien en Madrid. Recuerdo estar bebiendo tequilas con la profe en el Villa Rosa, “el bar favorito de Almódovar” – nos decíamos, con cara de repelentes flipados – y terminar a las seis de la mañana bailando en la tarima de Joy Eslava al ritmo de algún hit del Ibiza Mix 95.

Lo admito, además de Oasis, (y las Spice Girls), me encantaba bailar música makina . En el Nivell  2 de Mataró o en Joy Eslava, de Madrid, me daba igual. Hubo una época en que la “máquina” nos unía a todos.

Ahora, va, y resulta que en algunas discotecas de Madrid, “lo más” es  pinchar el himno de España, me ha contado este mediodía una amiga de Tarragona que vive en la capital. Todo por culpa del prucés, me dice.

Ella y su marido, que es madrileño, están sorprendidos de la cantidad de banderas españolas que han aparecido en los últimos días en los balcones. “Se nota que son nuevas, puedes ver la típica marca de que acaban ser desdobladas,” me cuentan. Otros han desempolvado las banderas viejas que tenían guardadas en el fondo del armario, y que ya no usaban ni cuando jugaba la Roja.

“En Madrid, la verdad, habíamos conseguido que lo de llevar banderas y pulseritas de España fuera algo bastante limitado, algo asociado solo a los pijos ultraconservadores, o a los nacionalistas más casposos. Pero ahora con lo de Catalunya han vuelto a brotar,” me cuentan, apenados.

Casualidad o no, la mayoría de mis amigos, sean de Madrid, Pamplona o Barcelona, piensan como yo: que el auge del nacionalismo catalán – y ahora el español-  y las banderas en general son una chorrada, fruto de la manipulación de los políticos. ¿Desde cuando un país empieza a venerar a un President o al jefe de la Policía como si fueran héroes? Los políticos están para criticarlos”, coincidimos. (la única gente que he borrado de mi Facebook estos días es la gente que cuelga fotos de Puigdemont como si fuera el Gran Líder, me parece demasiado friki).

Mientras nos poníamos morados de paella y vino blanco, los niños revoloteaban en la arena y el sol nos acariciaba la espalda. 12 de octubre. Primer día de puente. Manga corta. Calor de verano.

“Realmente, los catalanes vivimos oprimidos”, dice alguien en broma, sirviendo más vino.

Reímos, pero por dentro, todo el mundo está tenso.

-¿Has dejado de fumar de verdad, o has hecho “un Puigdemont”?, bromea otro amigo, invitándome a un cigarrillo. Lo rechazo.

Traen postres y cafés. Tiramisú, mousse de chocolate blanco con naranja. Calipo para los niños. El sol empieza a aflojar y las familias salean a pasear por el paseo marítimo, una hilera de casitas blancas sin esteladas ni banderas. Un privilegio visual estos días.

En el coche, escucho Roll with it en bucle

“I know the roads down which your life will drive,  

I find the key that lets you slip inside

Kiss the girl, she’s not behind the door

But you know I think I recognize your face

But I’ve never seen you before

You gotta roll with it

You gotta take your time

You gotta say what you say

Don’t let any fucker get in your way

‘Cause it’s all too much for me to take

He llorado dos veces en lo que va del prucés. La primera, el domingo pasado, yendo a Tarragona a visitar la tumba de mi abuelo. Quería contarle el pollo que se ha montado en Catalunya (al mismo tiempo empezaba la manifestación pro-españa en Barcelona). Mi abuelo, un catalanista e intelectual de primera categoría, se lo veía venir. “Los catalanes nunca conseguirán nada por culpa de su complejo de superioridad,” me repetía el año pasado, poco antes de morir. Mi abuelo no era independentista.

La segunda vez que lloré fue el martes, poco antes de entrar en el Parlament para escuchar el discurso del president Puigdemont, en el que iba a declarar supuestamente la independencia. De camino me crucé con un grupo de cuarentones vestidos con camisetas indepes que acababan de llegar de su pueblo, en el Alt Empordà, para poder seguir el discurso del president desde la pantalla gigante instalada en Arc de Triomf. La noche anterior, la Assamblea Nacional (ANC) hizo una llamada masiva a los ciudadanos  por redes sociales para que se concentraran cerca del Parlament a la misma hora que Puigdemont  declarase la independencia.

“Hemos venido para dar apoyo a nuestro President, para defender las  instituciones catalanas. Es un momento histórico, llevo toda la vida esperándolo. No me lo podía perder”, me contó uno de ellos, emocionado. Sus ojos destilaban ilusión y nerviosismo al mismo tiempo. “¿Defender las instituciones de quién?”, le pregunté. “Del gobierno opresor”, contestaron.

Cuando se dieron la vuelta, lloré de pena, por sentirme tan lejos de ellos.

Todavía es pronto para chordones

No soy una persona religiosa y siempre he creído que las emociones y la vida espiritual van de la mano. Pero en la alta montaña me entran dudas. 

Este fin de semana he subido al Valle de Benasque con una amiga que tiene casa en Castejón de Sos. Bueno, llamar “casa’ al caserón de piedra donde su familia ha vivido durante varios siglos es un poco injusto. Situada en la entrada del pueblo, sus tejados de pizarra y la fachada de cubierta de hiedra y rosales en flor hablan de tiempos lejanos, cuando el establo estaba lleno de vacas y la bisabuela de mi amiga asustaba a los gatos que se colaban en el patio, chillando en patués: “Fui d’astí saldoni!”.

El caserón todavía conserva el escudo familiar esculpido en piedra sobre la puerta de madera que da a la calle  y un pequeño altar en el sótano con un retablo barroco dedicado a Santa Barbara, la patrona de las tormentas.

 Antes el retablo estaba en la iglesia del pueblo, donde cada familia importante tenía su capillita, pero durante la guerra civil tuvieron que esconderla en casa y ahí se quedó. En los 70, el ayuntamiento mandó construir una iglesia supermoderna junto a la carretera  y convertir la antigua en un centro cultural.

Sacamos el coche del antiguo establo y empezamos la excursión. Decidimos subir al Ibón de Gorgutes, un lago que se forma con la nieve de los glaciares, y que hace de puerto de montaña entre España y Francia.  Saliendo de los Llanos del HOspital, son dos horas cuesta arriba entre chordones (frambuesas), lagartijas  y flores silvestres que más tarde dan paso a prados y riachuelos que bajan cargados con el agua de los últimos deshielos. El aire es frío (estamos a 2000 metros) pero el sol nos castiga las nucas y las pantorrillas. Detrás nuestro, el Aneto y la imponente cordillera nevada de la Maladeta. Me gustaría identificar el Tuc de Mulleres, mi única cima (3.100) pero no tengo ni idea de cual es. 

Mientras contemplo el espectacular paisaje -a veces la belleza no es subjetiva – me emociono recordando  el día que subí al Mulleres. Fue un día de julio, en plena ola de calor. Mi ex pensó que hacerme subir un pico de 3000metros era algo romántico, y por poco lo mato. Ahora se lo agradezco, aunque terminase bajando de culo por la Collada de Toro, con lágrimas en los ojos y un hueso de rebeco en la mano. Él me descubrió la alta montaña. Los Pirineos. La paz en las alturas, y en las fronteras. Eso sí, sigo siendo incapaz de distinguir a un rebeco de una cabra, a un halcón de un quebranta-huesos.  Ni siquiera sabría distinguir un chordón de una ortiga si no veo a las frambuesas colgando. “Todavía es pronto para chordones”, me dice mi amiga, que acaba de rellenar la botella con agua helada del arroyo. “¿Quieres?” Le doy un trago y me paso los diez minutos siguientes pensando en la diarrea que tendré mañana.

 Unos veinte minutos más adelante, llegamos al lago y me olvido de todo. Así, rodeada de picos nevados, del sonido del viento, del azul turquesa de las aguas del glaciar, es cuando conecto con la poca espiritualidad que hay en mi.

 La que me hace pensar que la vida tiene algun sentido más allá de que estemos aquí.

A mi àvia, la madre de mi padre, también le gustaba la montaña. Al quedarse viuda, ella y una amiga se compraron unos apartamentos  en Cerler, el pueblo más alto del Valle de Benasque, y subían a menudo para hacer excursiones, salir a buscar setas y  flores.

 L’àvia pasó la guerra civil en Suiza y allí empezó a aficionarse a la montaña. Yo me perdí a làvia excursionista (la osteoporosis la postró en una butaca cuando yo era pequeña), pero cuando la iba a ver me contaba que subían a esquiar con los esquis a cuestas y que había bajado el Mulleres en espardenyes.(nunca me lo creí, era un poco guays como yo).

“Tu abuela era una señora con mucha personalidad, y con mucha categoría”, me explica con una sonrisa José Barrabés Barrabés, el fundador de Barrabés, la tienda de montañismo más grande de España, que está en Benasque. 

Mi amiga conoce al Sr. Barrabés desde hace tiempo (las familias del Valle se conocen todas entre ellas, parecen ser todos primos segundos) y al bajar del monte le hemos ido a saludar. Tiene 84 años y me hace ilusión ver que se acuerda perfectamente de mi abuela y de su amiga, la sra.Farreras. 

“Juntas se lo pasaban bomba. No paraban. A menudo bajaban de Cerler y pasaban por mi tienda para comprarme pieles o moixernons para el fricandó”, recuerda José, apoyado en su bastón, frente a su flamante nueva tienda de 5 pisos. Lejos quedan los tiempos en que él y su mujer rejentaban un pequeño local en el centro de Benasque donde vendían” de todo”.

“Me bajaba a los anticuarios de Huesca y compraba de todo: cencerros, pieles de leopardo, de vaca, visones…”, dice. Eran los años 7o y empezaban a llegar los primeros veraneantes con casa en el Valle, muchos de Barcelona, como mi abuela.  Un día le dijo a mi àvia, “mire, señora Rodés, usted ya me ha comprado de todo, ahora voy a ponerle yo unos perfumes de Myrurgia en mi escaparate”. 

Myrugia era la empresa de perfumería que creo mi bisabuelo Esteve Monegal, el padre de mi àvia, que hace unos años fue vendida a Puig. 

El señor Barrabés me pregunta si he estado en la nueva tienda que han abierto en Barcelona, ciudad donde tiene grandes amigos, pero después se queja del reciente auge del nacionalismo catalán. “Antes los catalanes eran admirados en toda España, ahora pasa lo contrario. Y esto no lo arreglais en 100 años”, me dice, con rostro preocupado.

Para Barrabés, que se dispone a pasar la tarde frente a la tienda, observando si los clientes salen con cara de contentos o enfadados,  este país tiene problemas mucho más graves que el nacionalismo: por ejemplo, evitar que la gente joven se marche del Valle. “Los pueblos se estan quedando sin gente y si no hacemos algo, pronto quedarán abandonados”, se queja, frunciendo el entrecejo. 

Son las siete de la tarde y el sol sigue aprietando sin piedad. Al otro lado de la calle, en una plazoleta abrigada a la sombra de un edificio de piedra, cuatro mujeres mayores juegan una partida de quilles. 

“Pilar, atención al corneró!”, grita una de ellas a su compañera, a punto de lanzar  una pesada bola de madera contra una especie de bolos colocados en el suelo.  Son les “quilles”,  un juego tradicional del Valle de Benasque, mezcla de bolos y petanca, al que solo juegan mujeres. 

“A les tres de la primó”, “a les tres de la primó”- grita otra luego. Me cuesta entenderlas cuando hablan en patués. “No te’n balles ta ayá”, le responde otra, señalando  la rugosa bola de madera, tallada a mano.

Seguro que l’àvia era capaz de chapurrear el patués. También hablaba  català, castellano,  francés y un poco de inglés.  ‘las lenguas no se pueden imponer. Por que los idiomas son eso, no? Una gran riqueza cultural’, dice Barrabés, antes de despedirnos.

Insomnio en Alabama

La primavera nunca ha sido mi mejor amiga. Durante muchos años, la odié porque tenía alergia y me ponía enferma de tanto moco. De mayor, he conseguido reducir el colapso nasal a un moquillo  que gotea cuando le da la gana – en medio de una boda, cocinando una tortilla, cuando bebo una copa de vino con un tío que me gusta- tipicos momentos en que no puedes limpiartelo con la manga del jersey-  a cambio de  sufrir insomnio. Será la luz del sol por la mañana, el polen, las hormonas, pero en peimavera soy un búho que no necesita dormir.   El domingo pasado me desperté tan temprano que salí a correr sin desayunar,algo que mi organismo come-bayas no suele agradecer. Con el estómago vacío, fui brincando cuesta abajo hacia la playa, la brisa matutina desperezando las copas de los pinos, el mar azul de fondo, los ciclistas en mallas adelantando a los jardineros africanos pedaleando sobre sus bicis oxidadas. Los jardines de las mansiones del Maresme no serían lo mismo sin ellos. En Cabrera está Mori, un chaval encantador de Cote d’Ivoire que ha conseguido que resuciten mis rosas del Ikea. “Ça va avec le cesped?” , Me.preguntó el viernes por la noche por whatsapp. Debe tener unos treinta y pocos. SU mujer y sus cuatro hijos viven en Cote d’Ivoire, donde hace poco fue de visita. No eran unas vacaciones normales para estar con la familia. Nos dijo que no volvería a Barcelona hasta que su mujer no se quedara preñada del quinto. Después de tres meses y medio, lo consiguió.

Hace dos domingos, mi insomnio matutino me llevó a pasear por Montroig del Camp a las 8 de la mañana. A los pies de la serra de Llaberia, rodeado de campos de almendros y olivos, este pueblo donde vivió Miró podría ser la estampa típica de la Catalunya independent que quieren Puigdemont y sus colegas nacionalistas. Igual no quieren ver la realidad, que por las calles silenciosas de Montroig los escasos transeúntes son marroquís y latinoamericanos, y que en el frankfurt de la.plaza la especialidad que te ofrece una simpática camarera rumana es el pulpo a la gallega. 

 La noche anterior,  Montroig celebraba la elección de la pubilla del poble en el pabellón de deportes: vestidos rosa pastel con lentejuelas, sandalias de tacón del chino, rubias de bote bebiendo birra de lata en sillas de plástico.   Si no hubiera sido por la banda con las cuatro barras que las pubillas llevaban cruzada en el pecho, hubiera dicho que estaba en Alabama. 

¿Has venido para lavar a alguien?

En Sant Miquel del Cros están contentos. El próximo viernes empieza la Fiesta Mayor de este pequeño vecindario de bloques de protección social rodeado de polígonos industriales, en las afueras de Mataró, y un hombre subido a un andamio se afana en terminar de construir el entoldado cubierto de flores gigantes de color rojo donde tendrán lugar las actuaciones: batukada, fiesta de la espuma, disco móvil, espectáculo de flamenco… ¡El domingo habrá también una misa rociera y una butifarrada, pásate, mujer!”, me explica Paco Rico, un hombre bajito, de cabello oscuro y con marcado acento andaluz, al que le faltan la mitad de los dientes. Paco y su amigo Patricio, un jubilado extremeño de ojos azules y barba blanca, acaban de levantarse del bar y conversan animadamente bajo el sol mientras observan cómo avanza la construcción del entoldado.  Son amigos desde el año 1977, cuando ambos decidieron comprarse sobre plano un apartamento en este vecindario de pisos de protección social, acabado de construir. “Los pisos costaban 800.000 pesetas (4800 euros), dabas una entrada de 10.000 y podías pagarlos a plazos en 12 años”, recuerda Paco, que llegó de Jaen a Catalunya con 13 años. El aliento le huele a alcohol y las gafas le resbalan por la nariz. “Mis hijos hanwpid-20150923_131128.jpg nacido aquí, y mis nietos también. Somos catalanes de segunda”, dice, muy serio, mientras paseamos por las galerías que conectan los edificios. Le digo que no estoy de acuerdo, que no hay catalanes de segunda. “Es la verdad. Si fueran de primera se llamarían Font Soler, o algo así”, insiste. Su hija es la dueña del bar La Plaza, un pequeño local escondido en uno de los patios interiores que hay entre bloque y bloque. En los balcones hay ropa tendida y una mujer conversa con una vecina desde la ventana de la cocina. Paco saluda a su yerno, un hombre de espaldas anchas que está limpiando la máquina de café, y un joven en camiseta y mono de trabajo se come un bocadillo sentado en una mesa de plástico. “Vente un día a tomar algo y hablas con mi hija. Ella conoce a todo el mundo. El bar estará abierto por la fiesta mayor porque organizan un campeonato de petanca”, me comenta Paco, antes de irse a buscar a su nieta al colegio. Patricio sigue en la calle, apoyado a una farola, frente a una carnicería Halal especializada en cordero con un dependiente negro detrás del mostrador. Me acerco para despedirme de Patricio y me fijo que sobre nuestras cabezas ondea una banderola de propaganda electoral de “Junts pel Sí”. Le pregunto su opinión sobre el proceso independentista. “Pues no nos gusta nada, no”, me responde, encogiéndose de hombros. “Aquí somos todos de fuera”, añade, con voz triste.  De fondo se escucha el ruido del tráfico proveniente de la rotonda para entrar a Mataró.

El municipio de El Cros pertenece administrativamente a Argentona, pero está más cerca de la capital del Maresme y de los polígonos industriales de la zona. Justo en la entrada del vecindario, frente a una gasolinera de Repsol, hay un pequeño parque con un monumento en honor a Blas Infante, el llamado ‘padre de la patria andaluza”, rodeado de olivos con las hojas sucias de polvo. Cada olivo tiene delante una pequeña placa con el nombre de un municipio wpid-20150923_115440.jpgandaluz: Arjona (Jaén), Loja (Granada), Iznájar (Córdoba)…“Al principio la mayoría de los habitantes eran de origen andaluz, pero con los años ha ido llegando gente de todas partes, sobretodo marroquíes y senegaleses”, me explica Airy Sindreu, la dueña de la única farmacia del vecindario. Airy es una mujer alta y delgada, de unos sesenta años, con el porte de pertenecer a una familia pija de Barcelona. Lo confirmo cuando le digo que me apellido Rodés y que soy de Cabrera. Su hermana era una de las mejores amigas de mi tía y tenemos un montón de conocidos en común, me cuenta. “Abrí la farmacia en el 77, y no sabes lo que era esto: había familias enteras de gitanos viviendo en la riera y cada vez que llovía, el agua se llevaba las barracas por delante y se inundaba todo. Tampoco estaba la carretera que conectaba con Argentona (el pueblo está a 3,5 kilómetros de distancia), ni había colegio, ni dispensario médico, ni la gasolinera.., estábamos bastante aislados”, recuerda Airy. “La gente me decía, ¿tienes una farmacia en El Cros? Qué miedo, no? Pero la mala fama de este barrio es injusta. Vive gente de fuera con poco dinero, de acuerdo, pero son buena gente”, comenta la farmacéutica, muy seria. El local está vacío y Airy comenta que el impacto de la crisis en su negocio ha sido duro. “Entre los recortes y que muchos de mis clientes trabajaban en la construcción…”, dice. Aury comenta también el caso de bastantes inmigrantes que antes de la crisis había decidido regresar a Andalucía para comprarse un piso en su pueblo con sus ahorros, “pero que ha tenido que regresar porque allí no encuentran trabajo”, dice.

wpid-20150923_131510-1.jpg
Joaquim y María toman el sol junto al coelgio de primaria de El Cros, que tiene un centenar de alumnos.

En la planta baja de uno de los bloques de protección social hay una  ‘sucursal’ del ayuntamiento de Argentona, que ofrece servicios de integración social y laboral a los vecinos. “Nos enfocamos mucho a asesorar sobre temas de comunicación familiar y de diálogo filio-parental”, me informan las responsables de la oficina. El otro objetivo de la sucursal es supervisar la implementación del Pla de Barri, un proyecto de la Generalitat para reducir las deficiencias urbanísticas, aumentar la calidad de vida de los vecinos y fomentar la cohesión social en determinados barrios de Catalunya. El pla de Barri ha inundado algunas calles del Cros de obras y máquinas perforadoras, levantando una nube de polvo cada mañana. Todos los vecinos parecen contentos con las reformas, excepto Joaquim, un jubilado sin dientes y la espalda jorobada que toma el sol apoyado a la alambrada de la escuela primaria. “Han talado las moreras y nos han dejado sin verde y sin sombra. Harán una plaza de asfalto, y en verano hará mucho calor”, se queja, con acento catalán.  A su lado, María, una anciana vestida con bata de cuadros, asiente con la cabeza. Joaquim y María también forman parte del millar de vecinos que llegaron a El Cros en 1977. “Nos compramos el piso a la vez, y nos costó lo mismo: 800.000 pesetas (unos 4.800 euros). Hoy nos han dicho que lo podríamos vender por unos 48.000 euros, aunque el suyo vale un poco más porque tiene cuatro habitaciones”, me explica Joaquim, que es catalán y al mudarse aquí trabajaba de dependiente en un colmado de Cabrera de Mar. María, diez años mayor que él, es de un pueblo de Extremadura. “¿Has venido para lavar a alguien?” me pregunta, con aire ausente. Pongo cara de no entender nada. “Cree que eres como su hija, que es cuidadora de ancianos, y que has venido para ayudar a alguna persona mayor a bañarse”, me aclara Joaquim, sujetando con fuerza la correa de su perro, un mestizo de piernas delgadas y ojos asustadizos que dormita a sus pies. María decide abandonarnos e ir a sentarse a un banco en el otro lado de la plaza, a la sombra de un muro. Desde allí tiene una buena vista del castillo de Burriac y de los bosques de pinos que flanquean la autopista C-32.

wpid-wp-1443012120860.jpeg
Joaquim y Félix, vecinos de El Cros

“Estos terrenos pertenecían a un antiguo alcalde de Argentona, Duran, que era un putero. Se gastaba todo el dinero en mujeres. Imagino que se vendió las tierras a una constructora para pagar las deudas”, balbucea Joaquim. Mientras conversamos, se acerca Félix, otro jubilado de ojos grises y tez blanca, que se pasea por el Cros con boina y bastón.  Félix es de Cuenca y llegó a Catalunya por primera vez con 23 años para trabajar de jornalero en Olot. De allí se marchó a Berga y más adelante acabó en Valencia, trabajando en una finca de naranjas. “Era el encargado de transportar la fruta en el carro”, recuerda el manchego, con voz pausada. Pero en Valencia le pagaban tan mal, que decidió volverse a Catalunya, con su mujer y sus cinco hijos a cuestas.   “Aquí me pagaban el doble, 18 pesetas al día”, me explica, haciendo referencia a su último empleo, en un vivero de plantas del Maresme. En el año 75, poco después de la muerte de Franco, un amigo le sopló que estaban construyendo unos pisos de protección social a la entrada de Mataró “que estaban muy bien”, y le convenció. “Pagué una entrada de 300.000 pesetas – todos mis ahorros – y después lo fui pagando a plazos, con la ayuda de mis hijos, que enseguida encontraron trabajo”, recuerda Felix, que ahora vive solo en el piso. Con cara de orgullo, me cuenta que dos de sus hijas entraron a trabajar en Abanderado, la conocida empresa de ropa interior, que entonces tenía la fábrica en Mataró. “Ahora la mayor parte de fábricas de la zona han cerrado”, se lamenta Joaquim, echando una mirada desoladora a las naves industriales que flanquean el Cros. “¿Y de qué vamos a trabajar en el futuro si todo lo hacen los ordenadores o las máquinas?”, concluye, antes de levantarse con la ayuda del bastón y despedirse con una sonrisa. “Me voy a preparar la comida”.

Breaking Bad friki tour

Albuquerque, “Albucorki”, como suena cuando lo dicen aquí, era la meta de nuestro viaje. Por dos razones. La primera es que mi hermano es adicto a Breaking Bad, una serie de televisión americana rodada en esta ciudad, la más poblada de Nuevo Mexico, y que todos los turistas pasan de largo para ir a Santa Fe. Albuquerque tiene fama de fea y violenta, especialmente por el tema del tráfico de drogas, pero la serie ha ayudado a despertar el interés de los americanos por esta ciudad del sur.  (Para los que no la sigáis, Breaking Bad va de un profesor de instituto, Walter White, que empieza a liarla y a traficar con drogas cuando le diagnostican un cáncer).

“Antes de 1985 Albuquerque era una ciudad problemática, pero ahora ha cambiado mucho, la economía crece y la gente tiene trabajo y ha mejorado sus vidas”, me explica Kay, la propietaria del Sandia Peak Inn, el motel en el que nos hospedamos. Kay todavía habla inglés con acento indio, aunque ya hace más de 25 años que vive aquí. Es una mujer de sonrisa alegre y una gran vitalidad. Ella misma se ocupa de lavar las habitaciones y atender a los clientes, mientras su marido riega las flores del jardín. “Hace ocho años, mi marido construyó este hotel del polvo él solito”, me explica, orgullosa.  Ahora que el negocio ya funciona, le gustaría mudarse a San Francisco, donde viven sus dos hijas.

Empezamos nuestra ruta Breaking Bad buscando la casa de Jesse Pinkman, el ayudante de Walter. La visita nos ha llevado a Oxnard Park, un barrio residencial para gente  bien, con torres de estilo español, de paredes blancas,  techos de tejas y porches porticados que dan al jardín.  Las calles tienen nombres como San Cristóbal, Laguna o San Ildefonso, y los álamos a cada lado de la acera procuran una sombra agradable  y silencian el tráfico de la avenida Central, que atraviesa la ciudad de norte a sur. Central  es la arteria principal de Albuquerque y concentra la mayor proporción de pick-ups que he visto en todo el viaje.

La ruta Breaking Bad nos ha llevado por distintas zonas de la ciudad, desde la cafetería para estudiantes en el Dowtown a una tienda de joyas y lámparas de segunda mano en el NobHill, el distrito más hipster de la ciudad. En el Nobhill está la Universidad de Nuevo Mexico y por la noche los bares se llenan de estudiantes recién llegados para empezar el nuevo curso. Los locales conservan las luces de león y la estética retro de la antigua ruta 66, que pasa por en medio de la ciudad, y algunas venden camisetas con el logo de Los Pollos Hermanos, un local decadente de comida fastfood que aparece en Breaking Bad. En el escaparate de Urban Outfitters , una cadena americana de moda juvenil modernilla, un poster anima a los consumidores a participar en un sorteo para ganar mucho dinero “y no acabar como Walter White”. En NobHill también hay muchas cervecerías pequeñas que ofrecen su propia cerveza y tienen terrazas donde permiten fumar sin ponerte mala cara. El local más popular del barrio es el Frontier, un antiguo restaurante de carretera, abierto hasta la 1 de la noche. El menú se limita a una serie de marranadas tex-mex, pero es barato y siempre está lleno. Hay adolescentes comiendo enchiladas y limonada, padres con niños y novatos como nosotros, pendientes de que aparezca en la pantalla el número de nuestro pedido para ir a buscarlo a la barra.

Después de varias vueltas, lo que más me llama la atención son las pocas banderas americanas que se ven. A diferencia de Colorado o Santa Fe, no se ven barras y estrellas ondeando en los patios de las casas, ni en escaparates o parques.  De vez en cuando aparece alguna bandera mexicana, pero aquí los protagonistas son los enormes murales de estilo naif que decoran las paredes de almacenes y negocios, desde peluquerías a tiendas de ropa.

20130903_195616
mural en la entrada del parque de Martinez town, Albuquerque

Se ve poca gente en la calle. Hace calor y las clases todavía no han empezado, pero en las escuelas hay carteles con mensajes en español motivando a los niños en el inicio del curso. “Ya te has preparado el libro de matemáticas?”. En los parques, los jubilados juegan a softball hasta que el calor les obliga a sentarse bajo la sombra de un árbol y tomarse una cerveza.

La casa de Walter White está en un barrio residencial alejado del centro, enclavado entre shopping malls y bulevards de tres carriles. No somos los únicos frikis que nos hemos detenido a fotografiar la casa. A nuestro lado un matrimonio de Texas que hace lo mismo. “Me dijeron que si pagabas unos dólares  a los propietarios de la casa, te tiran pizza desde el tejado, pero creo que ya se han hartado”, nos explica la mujer, que se declara adicta a Breaking Bad. Mi hermano me explica que una escena muy conocida de la serie alguien tira pizza desde el tejado.  El matrimonio también ha ido a fotografiar el Octopus Car Wash, el tunel de lavado donde trabajaba Walter, y más tarde nos los encontramos frente a un bar de copas donde supuestamente rodaron una escena de abogados. “Cada día viene gente a preguntar por Breaking Bad.”, nos explica un empleado mexicano del Octopus. “Ayer vino un grupo de diez cubanos y después unos brasileños,  aunque los más frecuentes son norteamericanos”, añade, en un español americanizado. En la recepción del Octopus tienen fotos de los actores y venden souvenirs de la serie, incluidos unos caramelos con forma de cristales de metanfetamina por 1 dólar.

DSCN1951
mall cerca de la casa de Walter White

Albuquerque ha sido víctima de la fiebre inmobiliaria en los últimos años y las urbanizaciones se extienden hasta los pies de las Sandia Hills, una cordillera de montañas de tierra árida y rocosa, recubiertas de cactus y arbustos salvajes. Un cartel alerta de la presencia de pumas y serpientes de cascabel, y ruega que no nos salgamos del sendero marcado. “Los pumas pueden ser peligrosos. En el caso de ser atacado, defiéndase con palos o con la mochila”. Es la una del mediodía y confío en que el puma esté mareado por el calor, como yo.

DSCN1954
Sandia peak, Embudito Canyon, nido de cactus y serpientes. Las urbanizaciones pijas de Albuquerque se extienden hasta aquí.

Al bajar del monte nos detenemos en el centro histórico de Albuquerque, un puñado de casas de adobe de color terracota, invadidas por las tiendas de souvenirs. Una de ellas alberga el museo de la serpiente cascabel, donde un aficionado ha reunido una veintena de ejemplares venenosos de toda América. La visita sólo consigue incrementar mi fobia hacia las serpientes, un animal que me hace temblar de miedo aunque esté encerrado en una pecera de cristal. “Vosotros estabais cenando ayer en el Frontier, verdad?”, nos pregunta el director del museo cuando nos vamos.  Le decimos que sí y sonríe. Albuquerque es un pueblo.

La segunda razón de nuestra visita a Albuquerque era encontrar la tumba de un tío bisabuelo mío, Ciprià de Montoliu, un intelectual catalán que se autoexilió a los EEUU poco antes de la guerra Civil.  Mi abuelo me dijo que había muerto en Albuquerque, pero nadie sabe muy bien que hacía allí. Gracias a una página muy friki de Internet (findagrave.com), averigüé que estaba enterrado en el cementerio católico Mount Calvary, así que nos hemos ido para allí. “1923!!”, exclama la empleada del cementerio cuando le digo la fecha de fallecimiento de Montoliu. “Los archivos de esa época aún no los tenemos digitalizados, pero lo intentaremos”, me tranquiliza la empleada, una mujer afable, de unos 70 años, que se desvive por ayudarnos. Y tras unas consultas a los planos antiguos del cementerio, acaba encontrando lo que buscamos. La lápida del señor Cipriano de Montoliu, urbanista, reformador social y  gran traductor al catalán de las obras de  Shakespeare, Walt Whitman y, sobretodo, de John Ruskin.

IMG-20130903-WA0007

AUCA DE LA CATALUNYA CONTEMPORÀNIA

Quan es posa a ploure a bots i barrals pots trobar refugis molt interessants. El dissabte passat a mi el diluvi em va enxampar al carrer Hospital i vaig entrar a la sala d’exposicions de la Capella (http://www.bcn.es/lacapella/catala/110923.htm).  Al llegir el títol de la mostra actual em vaig quedar igual:   “La qüestió del paradigma. Genealogies de l’emergència en l’art contemporani a Catalunya” . No he entès mai perquè els comissaris s’empenyen en escriure coses tan entravessades.  Poster podria trucar al Sr. Manuel Segade, el comissari, i preguntar-li. Un amic m’ha suggerit que entrevisti persones mentre menjo albergínies i després ho publiqui al blog. Potser és bona idea. El cas és que la expo és un interessant recull de projectes d’artistes catalans reconeguts, comIgnasi Aballí, Martí Ansón, Bestué / Vives, Carlos Pazos, Tere Recarens o Eulàlia Valldosera.

De tots els treballs presentats, destaco un de David Bestué i Marc Vives, dos artistes que treballen en equip des de fa temps i que jo no coneixia. http://www.bestuevives.net/

El projecte es diu  MOMENTS RELLEVANTS DE LA CATALUNYA CONTEMPORÀNIA (2006) . Ve a ser una mena d’ auca moderna del nostre país, en to  irònic i autocrític.  Tant de bo els ciutadans i polítics catalans tinguessin el mateix esperit crític que els artistes.

Us deixo amb unes quantes vinyetes de l’auca que vaig robar amb l’Iphone.