¿soy yo?

Ayer por la noche fui a tomarme un helado a la Jijonenca de Vilassar. Eran ya las once y media pasadas, pero estaba a petar de familias con niños pequeños que reclamaban sus cucuruchos de fresa, aprovechando la primera noche con temperaturas de verano. 

Sentados en un banco frente a la Jijonenca vi a una pareja de mi edad lamiendo sus cucharillas con cara de aburridos y sendas Brompton blancas aparcadas a un lado. Seguro que también usan el mismo jabón de cuerpo del Mercadona, pensé, mientras les observaba en silencio deborando mi helado. Esa miserable terrina de mango y ferrero rocher iba a ser mi única cena. 

Noté las gotas de chocolate resbalando por mi barbilla, los restos de sudor y crema solar incrustados en mi cuello,  el escozor de los rasguños que cubrían mis piernas después de una excursión de seis horas por Siurana con mi hermana mongui y mis primos troll. Al lado de esa pareja recien duchada y sus bromptons relucientes, me alegré de ser yo. 

El revés del mosquito

El domingo por la mañana, Alicia se levantó resacosa. La noche anterior había salido a cenar con dos parejas amigas a un restaurante italiano de Vilassar de Dalt, que en verano monta un comedor improvisado al aire libre, colocando unas mesas encima de unas alfombras en medio de la calle. Era noche de luna llena, había refrescado, y Alicia se dejó llevar por las botellas de un vino tinto, caliente y mal escanciado, que la camarera italiana les iba trayendo cuando se dignaba a aparecer.

-Últimamente estoy jugando muy bien al tenis-, le comentó a Marc, sentado a su lado. Marc era un amigo del club con quien había hecho clases de tenis de pequeña.

-¿Ah, sí? Ahora vas dando palizas?

-Seh-respondió Alicia, animada por el vino.

-Pues entonces tendrás que empezar a jugar con los chicos  – respondió Marc, aguantándose la carcajada.

Alicia también intentó contenerse la risa, aunque lo cierto es que lo decía en serio. Unos días wpid-20150728_204847.jpgantes había jugado un partido contra una chica de su edad y había ganado los dos sets con poco esfuerzo. El revés le había salido liftado y con fuerza,  y tenía el ego algo subido, pero decidió cambiar de tema. Ella y Marc eran los únicos de la mesa que jugaban a tenis (el resto jugaba a pádel) y se sumaron a la conversación sobre las vacaciones pasadas – la Provenza, Menorca, Irlanda… – y la dureza de tener que volver al trabajo.

-‘Mi sueño es estar de vacaciones permanentes- dijo Marc.

– Tampoco es tan idílico- respondió Alicia.

-¿Lo dices por ti?

-Mm

-Sí, debe ser cansado tener que pensar qué hacer todo el rato, hay que ser creativo.

– Setiembre es la época que empiezo a hacer tonterías. Hoy he enviado curriculums para recepcionista de hotel, profesora de inglés o de agente inmobiliaria en Alella.

-La verdad es que vendiendo casas a millonarios no te veo – interrumpió Marc.

-Tienes razón. Quizás mi función vital sea entretener a la humanidad escribiendo. O convertirme en profesional del tenis.

-¿Crees que te da tiempo?

Se oyó de fondo el sonido de una moto y Alicia apuró su copa de vino. El alcohol le hacía olvidar momentáneamente sus preocupaciones diarias: su incapacidad para ganar dinero, su revés en el tenis, o que su nuevo ligue fuera disléxico y no leyera nada. Pero le había parecido enternecedor que intentara conquistarla pidiéndole que le recomendase novelas para bajárselas en audiobook. Estaba dispuesta a darle una oportunidad.

La última y más reciente preocupación de Alicia era que había perdido el Cusitrín, su repelente antimosquitos favorito. Le gustaba el ritual de lavarse los dientes y rociarse las piernas con Cusitrín antes de irse a dormir.  El único riesgo era que por las noches a veces se frotaba los ojos de forma 1594082_Cusitrin_forte_sprayinconsciente con las manos impregnadas de repelente y al día siguiente se levantaba con conjuntivitis. Ese no fue el caso la mañana siguiente, pero en cambio se levantó con cuatro picadas mosquito, a parte de la resaca. “Putos mosquitos del Maresme, deberían estar expuestos en un zoo”, exclamó , mientras se clavaba las uñas en forma de cruz sobre la hinchazón (un truco de dudosa efectividad que alguien le había explicado hace tiempo). La picada de mosquito le provocaba alergia y le aparecían unas ronchas gigantes.

Alicia estuvo de mal humor todo el día y decidió ir a comer a casa de sus padres. Después de degustar una taza de gazpacho y unas deliciosas berenjenas rellenas, se tumbó en el porche del jardín a leer las Cartas de Nabokov a su mujer (Cartas a Vera, RBA, 2015). “Para almorzar, albóndigas y ruibarbo. La patrona se ha ido. Después del almuerzo, leí; luego fui a jugar al tenis, estuve dándole a la raqueta dos horas. Volví y otra vez me puse a leer. Para cenar hubo fiambres. Ahora son las ocho y media. Celestial mía, piensa en Biarritz. A mí me parece posible…”. A Alicia le gustó descubrir que cuando Nabokov vivía en Berlín, se pasaba el día jugando al tenis, escribiendo poemas y enviando cartas a su amada para contarle qué había comido o dejaría de comer. Teniendo en cuenta que Nabokov se había hecho un escritor famoso, ella no iba por el mal camino, pensó Alicia. Además, a ella Berlín tampoco le había parecido nunca bonita: “No se puede vivir únicamente por los reflejos delas farolas en el asfalto-: además de esos reflejos, los castaños en flor y los perritos angelicales que guiían a los lugareños en invierno, hay una abyección mísera, el aburrimiento burdo de Berlín, el regusto del embutido podrido y una petulante fealdad”. Alicia soltó una carcajada. La primera vez que viajó a Berlín, en el año 99, tuvo la sensación de estar en L’Hospitalet, pero en grande. Más tarde, esa estúpida comparación fue lo que llamó la atención a quien sería su primer novio, que al día siguiente de conocerle se iba a vivir a Berlín. Alicia se desperezó en el sofá y aplastó un mosquito con el libro. Su madre la llamaba a gritos para ir jugar al tenis. Se levantó despacio, se cambió de ropa, se hizo una coleta y bajó al club dispuesta a derrotarla. Una hora y media y cinco picaduras de mosquito después, tuvo que aceptar que iba a perder.  A Nabokov también le pasaba: “Almorcé: una magnífica sopa de arándanos fría y una chuleta de ternera. Luego salí a jugar al tenis: jugué bastante mal”.   

la bici más veloz

vendedor ambulante marroquí y su familia en la playa de Premià de Mar
vendedor ambulante marroquí y su familia en la playa de Premià de Mar

Siempre me ha gustado el mes de agosto. De pequeña, lo recuerdo especialmente por dos cosas: primera, era el mes que por fin podía dormir un poco más -en julio me facturaban de colonias- y gandulear en la cama; segunda, era el mes que tocaba viajar con la familia. Todavía recuerdo el hormigueo en el estómago la noche anterior a coger por primera vez un avión fuera de España. Debería tener unos diez años. Nos íbamos a Inglaterra, el país de las novelas de Enid Blyton: Torres de Mallory, Santa Clara, Los Cinco… Antes de ir al aeropuerto me recogí el cabello en dos trenzas para sentirme como Darrell o las gemelas o’Sullivan, y en el avión pedí té a la azafata. Lo mejor fue llegar a la casa que habíamos alquilado, una mansión victoriana en medio del campo, en Sussex, rodeada de  un jardín de flores, con moqueta por todas partes y un torreón que durante diez días sería mi habitación. Además, teníamos una cocinera austríaca muy simpática que nos preparaba la cena. Era una señora mayor, de cara regordeta, mejillas sonrosadas y pelo canoso. Una noche apareció con un postre que  me pareció lo más sofisticado que había probado en mi corta y poco trascendente vida: islas flotantes ( merengues flotando en crema inglesa). Me pasé el verano obsesionada con tomar más merengue y baked beans, mi otro gran descubrimiento gastronómico en Inglaterra. Mis padres me contaron que la cocinera había sido también la cocinera de la familia von Trapp, la de Sonrisas y Lágrimas, y yo me lo tragué. Me la imaginaba cruzando los Alpes, huyendo de los nazis, y después exiliándose a Inglaterra para encontrar trabajo. No supe que era mentira hasta años más tarde, en una noche que mis padres me oyeron contárselo a alguien en alguna cena. “¿Pero, cómo, Andrea, te lo creíste de verdad?”, me preguntó mi padre, con cara de alucinado. Desde entonces, tengo complejo de ingenua. Con lo que me gustaba vacilar a mis amigos del cole con esa historia.

Hablando de vacilar, hace unos días me hice la guays y le aconsejé a un amigo muy de izquierdas que viajaba por trabajo a Irlanda que debía leerse Dublineses. “James Joyce se cagaba en la iglesia católica y en el Imperio Británico, te gustará”, le escribí, después de consultar en Wikipedia de qué iba el libro. A los pocos días, por casualidad, un amigo irlandés me contactó para insistir en que fuera a visitarle en agosto. “Vivo en una finca con caballos y a mi lado hay granjeros guapos con ganas de conocerte, lo pasaremos bien” . Me convenció (por los caballos), me compré un billete (me voy mañana) y me fui a la Central a comprarme Dublineses, en inglés.  Al llegar a casa, empecé a leerlo y … no entendía nada!. Así que al día siguiente, volví a La Central y lo cambié por la versión en catalán. Volví a casa, empecé a leerlo y.. tampoco entendía nada (a parte de que pareció un tostón).

Temo que mi pérdida de capacidad lectora-neuronal esté relacionada con mi ingesta compulsiva de series. Más que nada, porque no pienso dejar las series.  Si algo me gusta del mes de agosto desde que soy adulta (¿?) es poder pasarme la tarde tragando capítulos de Silicon Valley en bragas y camiseta y terminar cenando ostras con vino blanco en la terraza de  Casa Martinez, como ayer.  Era el cumple de mi hermano Carlitoz, y tocaba celebrarlo. Mi hermano es el mejor compañero de viajes que he encontrado en los últimos cuatro años. Es adicto a comer porquerías, le gusta visitar sitios sin nada interesante por visitar y sabe orientarse con el mapa. Nuestro próximo destino es Nebraska.

En agosto incluso llego a reconciliarme con la playa. Desde que vivo en Frankfurtlandia (aka  Vilassar de Mar), he sufrido el acoso de amigos y visitas internacionales que me presionan para pisar las orillas del Maresme. No entienden que si el agua está más cristalina a medida que te acercas a la fábrica de la Procter and Gamble no puede ser bueno. Las visitas suelen ser en julio. En agosto me quedo sin amigos. La mayoría está de viaje o con sus familias, y el único ser con quien me relaciono es mi bici. Es un modelo barato del Decathlon, con la cadena totalmente oxidada y un peso medio de varias toneladas.  Nos llevamos bien. Con ella voy hasta Montgat y vuelvo por el paseo marítimo, buscando el mejor sitio para darme un chapuzón. Normalmente, no hay ninguno que me convenza, pero me entretengo mirando los tatuajes en las espaldas de los hombres y  a los niños que lloran agarrados a las manos de sus madres porque no quieren volver a a casa a comer.  Alguna vez, si paso por allí entre la una y la una y media del mediodía, me encuentro con la subasta de pescado de Montgat, muy cerca del túnel del tren de Cercanías. “Cove de llagostins, 23 euros, atorgat!”, grita el pescador, entregando una bandeja de mimbre con langostinos al mejor postor, un hombre chino que habla muy bien español. “Aquí solo viene gente que le gusta comer buen pescado”, me explica otro de los pujantes, un hombre de cabello blanco, que ha venido acompañado por su esposa. El hombre puja por el ‘cove’ de sepia pero alguien se la lleva por 13 euros, más de lo que está dispuesto a pagar. El hombre vuelve a pujar, esta vez por una bandeja de ‘tacons’, un pescado de tamaño pequeño, “que se fríe entero , con las tripas y todo, como si fueran patatas”, me explica. Se acaba quedando el cove de tacons por seis euros.  Mañana es probable que vuelva, aunque no sabe qué pescado habrá. “Todo depende de lo que pesquen los pescadores de Masnou y Premià”, comenta el organizador, cuando la gente empieza a marcharse. La subasta de pescado de Montgat tiene más de cien años de antigüedad.

Uno de mis tramos favoritos del trayecto en bici por el paseo es pasar justo por detrás del puerto de Masnou. Por allí asoman todas los extractores de los restaurantes del puerto y puedes descubrir si habrá paella o calamares. Normalmente, el olor es tan denso que estimula a pedalear más rápido.  Con el acelerón he sudado tanto que hoy me he acabado deteniendo cerca del club náutico de Premiá: hay una franja de playa más ancha, alejada del aparcamiento, con lo que suele haber menos gente. Me he acercado a la orilla y he comprobado que el agua estaba transparente. He dejado caer la bici en la arena y he plantado mi toalla. A mi lado, dos mujeres marroquíes con velo y chilabas oscuras ayudaban a desvestir a sus niños, mientras el marido de una de ellas intentaba poner orden a un montón de pareos tirados en el suelo. Dos minutos más tarde, mientras yo intentaba eliminar cualquier colilla de debajo de mis pies, los niños han salido disparados hacia la orilla , y el hombre ha empezado a caminar por la playa con las espaldas cargadas de pareos y collares, en dirección a mataró. “Suerte amigo, espero que vendas algo bajo este sol”, he pensado, antes de meterme en el agua y nadar un poco. Después me he girado para ver si le veía otra vez. Ante mis ojos miopes, el vendedor marroquí era solo un punto borroso entre dos sombrillas.

sofá de verano

IMG_20150723_113842Cómo ya se había imaginado mientras subía en el ascensor, dentro del piso hacía un calor insoportable. Alicia lanzó un suspiro, dejó las bolsas llenas de libros sobre la mesa y apretó el botón de encendido del aire acondicionado. El motor empezó a sonar y sonrió. “El secreto de la felicidad es no seguir preguntándote cuál es el secreto de la felicidad una vez llegas a un sitio con aire acondicionado”. La frase era de un conocido publicista de Londres, amigo suyo, y se había vuelto viral en las redes sociales. Alicia estuvo a punto de coger el móvil y responderle:  “y el secreto para mantener la felicidad es no volver a abrir nunca más la factura de la luz”.

Al final optó por lanzar el teléfono contra el sofá e ir al baño a ponerse el pijama. Basta de telefonito, se dijo. Se había pasado todo el trayecto en coche desde Barcelona whatsappeando y consultando el Facebook. Empezaba a aburrirse de si misma. Muy bien: había conseguido que el chulín del bañador rojo aceptase su solicitud de amistad y le hiciera ‘like’ a algunas fotos, pero ella no tenía ninguna intención de apuntarse a windsurf. De hecho, no tenía intención de volver a pisar la playa en mucho tiempo. Odiaba la playa. Odiaba cruzarse con los grupos de adolescentes en chancletas y visera escuchando Reaggeton en el paso subterráneo, para después plantar la toalla en la arena, levantar la vista y tener que aguantar la visión de hombres musculados en bañador Slim con la espalda y los brazos tatuados, o de chicas con melena alisada de keratina y piel bronceada con el tanga arrugado entre las nalgas, sin atreverse a entrar en el agua. Alicia se lavó los dientes con fuerza, como si de esta forma pudiera lavar también la imagen de la familia con quien ella y su amiga Paloma habían compartido esa mañana un rincón de la playa de Vilassar: el abuelo, sentado en un silla de lona y con la cabeza cubierta con una visera, hacía crucigramas sobre sus propios michelines; la abuela, con los senos caídos asomando por encima del pareo,  sacaba bocadillos y tetrabrics de Don Simon de una neverita azul; la nieta, tostándose al sol en su bikini nuevo y con los auriculares puestos,  ignoraba los gritos de sus hermanos pequeños, que jugaban al futbol en la orilla, y hacía ver que no escuchaba los comentarios sobre culos y tetas que soltaban sus primos mayores cada vez que una bañista se adentraba en el mar.

Paloma no parecía oírlos.  Fumaba un cigarrillo detrás de otro, dejando caer la ceniza en la arena, mientras esperaba su turno para agarrar la tabla de windsurf. “A no ser que vayamos a las Turks and Caikos, no pienso volver a la playa en años”,  le había gritado Alicia a su amiga mientras ésta se metía bajo la ducha del paseo marítimo, para aclararse la sal. Ella ni loca se hubiese metido con los pies descalzos en esa ducha, pensaba, notando cómo las gotas de sudor le resbalaban por la frente y la espalda. Mientras Paloma se duchaba, una niña gritaba histérica a su madre que quería un helado. Alicia se relamió los labios y saboreó la sal entre las gotas de sudor.  Tenía hambre y calor. “Cómprele un puto Frigopie a su hija o la ahogo en el mar, señora”, estuvo a punto de gritar. La playa le había puesto de mal humor. Todo por que a Paloma le hacía ilusión bañarse en el mar y hacer un poco de windsurf. “¿Y qué culpa tenía ella de que viviera en Madrid?”, pensó. Encima, se había acabado ligando al monitor. Por la noche habían quedado para cenar todos en un chiringuito y Alicia los acababa de dejar solos fumando porros y acariciándose las rastas en la arena. Se alegró por su amiga. Paloma estaba en la fase de querérselo follar todo, pero ella empezaba a estar harta de tanta frivolidad.

Tumbada en el sofá, previamente cubierto con un pareo para no quedarse enganchada,  Alicia pensó en su amigo, el publicista de Londres. Era un hombre interesante, de unos cuarenta y pocos, con los ojos verdes y el cabello rizado, como le gustaban a ella. Se lo habían presentado en una fiesta y durante los días siguientes Alicia se lo intentó ligar, pero al final todo había quedado en un par de partidas de ping pong en su estudio. Imaginó que todos los publicistas del mundo deberían ser encantadores, seductores… hombres que siempre sabían escuchar y quedar bien, como Don Draper. Estiró las piernas y notó el chorro de aire frío del del aire acondicionado sobre su piel. Pronto tendría la nariz seca y le picarían los ojos, pero le daba igual. Se había prometido que leería unas líneas antes de meterse en la cama. Abrió el libro por donde lo había dejado esa mañana y empezó a leer:

‘¿Has poseído a muchas mujeres, Fowler?

“No sé que quiere decir muchas, en ese sentido. Solamente unas cuatro mujeres han tenido para mi cierta importancia, o yo para ellas. Las otras cuarenta o cincuenta, uno se pregunta a veces por qué lo hace”.

Alicia se acurrucó un poco más en el sofá y notó el olor rancio que desprendían las páginas de libro, una edición vieja y mal traducida de El Americano Impasible que había encontrado en la biblioteca de su padre. Continuó leyendo: “Todavía estoy enamorado, Pyle; y como hombre, estoy en decadencia. ‘Oh! Me olvidaba del orgullo, naturalmente; es otro motivo. Uno tarda mucho en aprender a no sentir cierto orgullo cuando lo desean”.

Maresme souvenirs

L’olor a lleixiu del pas soterrani, l’asfalt calent de la carretera, el xiulet del Cercanías, les espatlles torrant-se al sol mentre el Frigopie se’t desfà a la mà, la sorra que crema sota als peus, i un últim bany.. . l’últim, va.. bussejar una estona, per allunyar-te de l’escuma sospitosa  que cobreix les primeres ones, i tornar a treure el cap.  Mirar enrere i intentar localitzar amb ulls miops la teva tovallola, un punt vermell despixelat entre unes mans que potser et saluden a tu. I al fons, els turons coberts de pins, les fileres de cases aparellades, una darrere l’altra, i entre la remor de les onades, el so de la música tecno d’un xiringuito  i el del tren que torna a passar. 

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Rumanía y fideuá en una mesa electoral

2011 está siendo mi año de la suerte: me quedo sin novio, no tengo trabajo, como más pizza y mi madre me gana en el tenis a pesar de la pasta que me gasto en clases particulares con un profe buenorro (que tampoco me ligo). Para acabar, el pasado domingo me tocó ser vocal en la mesa electoral.

Al principio, cuando me enteré, me hizo ilusión. “Es mi deber. ¡Por la democracia!”, me dije a mi misma cuando abrí el sobre certificado que te envían a casa para comunicártelo. Este engañoso sentimiento de alegría lo asocio a alguna mala pasada de mi subconsciente, marcado por el hecho de haber vivido cuatro años en China, donde no hay sufragio universal. La otra razón de mi felicidad temporal fue leer  que me iban a pagar 62,61euros netos por ser vocal. Más que por escribir un artículo de Cultura en Público.

Haciendo memoria de lo ocurrido el domingo, sigo convencida de que el dinero fue lo mejor. Me lo pagaron al principio de la jornada, todo en cash, bien guardadito dentro de un sobre de Caixa Laietana (todavía existe?!), junto a un recibo del Ministerio del Interior.

En España hay cerca de 60.000 mesas electorales, cada una con su presidente y sus dos vocales. Así que como mínimo el gobierno se gastó  3,75 millones de euros en retribuciones a los miembros de las mesas electorales. Sugiero que para las próximas elecciones, en lugar de elegir por sorteo a los vocales, se asigne a gente en el paro.

La presidenta de mi mesa era la Sra. Virtudes, una cincuentona regordeta  de Sta Coloma de Gramanet, que hace un año se mudó a  Cabrera de Mar.  Para los que no lo sepáis, Cabrera de Mar, o Cabrere sur merde, es el pueblo donde he vivido desde los diez años, un paraíso de jabalíes y ruinas romanas en la falda del mount Burriac (401metros).

castell de Burriac, en Cabrera de Mar

La Virtudes se tomó el rol de presidenta muy en serio. Se había pasado toda la noche subrayando el libro de instrucciones y nos dejó muy claro que ella estaba por encima de nosotros, los vocales:  Joaquim, el ex carnicero del pueblo, reconvertido en promotor inmobiliario, y yo. La hija de Joaquim iba conmigo a clase y enseguida nos pusimos a charlar. Cuando ya empezábamos a intimar, la Virtudes nos pegó una  bronca descomunal al proponerle que nos dejase sentar a los dos juntos para poder compartir la lista del censo electoral, y así no tener que chillarnos los nombres por encima de su moño lacado.

“¡La presidenta siempre se ha sentado en el centro  de la mesa. Siempre ha sido asi y ahora no lo vamos a cambiar!”, nos chilló Virtudes muy enfadada. “Por algo me he pasado toda la noche leyendo el libro”, nos recordó una vez más. Virtudes has the power. (aunque yo me releí las instrucciones un par de veces y en ningún lugar especifica cómo deben sentarse los vocales en la mesa).

Más tarde, yo creo que Virtudes se arrepintió de haber sido san estricta porqué su sitio era el más aburrido de todos. Lo único que hacía era recoger el DNI. En cambio, Quim y yo pudimos pasar ocho horas escribiendo nombres a mano y subrayar con una regla.

A las nueve de la mañana es cuando empiezan a llegar los votantes madrugadores, es decir, los abuelos o los padres de los que vendrían por la tarde. En la mesa electoral descubrí que en mi pueblo hay auténticas “nissagues” familiares. También fue como dar un cursillo intensivo de onomástica local. Conclusión: en Cabrera de Mar, un 60% de la población se apellida Viñals. El 30% restante, Botta, Pujol o Teixidó. Tanta repetición de nombres siembra confusión: Por la tarde vino a votar un señor llamado Juan Viñals Viñals que, según nuestra lista,  ya había votado por la mañana. Hubo un momento de tensión.  “Vostè ja ha votat”. “Que no” “Que sí”. “Que no, que hi ha un altre Joan, molt és gran que jo, que sempre ens confonen. Fins i tot un dia li van fer arribar per correu una beca d’estudis que era per mi”

No recuerdo cómo, pero al final Joaquim y yo hicimos un buen apaño. Siento comuicaros que a pesar de este incidente, el resultado del 20N sigue siendo válido.

Para Virtudes, la jornada electoral fue una oportunidad para integrarse en el pueblo. La mujer hace menos de un año que se vino a vivir al Maresme, buscando tranquilidad.  Se ha comprado una casa apareada en el Mas Terrillo, una urbanización apartada, junto a la autopista. ¿Vostè viu al carrer Garbí, no?”, preguntaba Virtudes con una sonrisa forzada a toda persona que se acercaba a la urna y cuyo rostro le resultaba familiar. “És que som veïns, sap..”, decía la Virtu sin dejar de sonreír. Lo que la presi  no sabe es que para conseguir la total integración en Cabrere sur merde  es necesario que aprenda a pronunciar bien los apellidos catalanes. Nada de pronunciar  “Amigo” en lugar de “Amigó”, o  “Sola”, en lugar de “Solà”.  Algunos votantes parecían ofendidos de verdad al escuchar su apellido mal pronunciado. Pf.

***

Mientras la presidenta rellena papeles y más papeles, Joaquim me cuenta sus viajes a Rumanía, donde ha invertido mucho en la compra de terrenos, que luego alquila a grandes superficies como Decathlon. “Rumanía crece un 3% mientras aquí nos hundimos en la crisis”, dice Quim. También me explica que mi abuela, que veraneaba en Cabrera, cuando iba a su carnicería siempre le preguntaba lo mismo:

– Per què el llomillo de la teva carnisseria no fa mai “pudor de mascle”? ( por qué el lomo que vendes tu no huele a macho?).

-Tan senzill com això: perquè jo sempre compro porcs-femella, Sra. de Rodés! – le respondía él.

Nuestra interesante conversación sobre cerdos y Rumanía fluye por encima del moño de la Virtudes, sentada en medio, haciendo ver que no nos oye.

QUim me ha invitado a ir con él a Brasov, una ciudad perdida en Transilvania, donde planea invertir en construcción de viviendas nuevas. “Rumanía está mucho mejor de lo que la gente se piensa”, insiste. “Allí toda la gente joven habla inglés y francés. Ya me dirás quién en este pueblo es capaz de hablarte en inglés”, se lamenta Quim. Me enseña una foto de Brasov en su Iphone: veo una ciudad enmurallada, con un centro histórico muy bien conservado.

Brasov (photaki.es)

Quim nació en Cabrera, igual que su esposa, sus padres y sus abuelos. Ha empezado a viajar hace poco, pero le gusta mucho. Ha estado en lugares tan lejanos como la India y Bariloche, lugares a los que ya no teme ir “desde que descubrí un truco infalible contra la diarrea: quicos y Coca Cola. Te dejan como nuevo”, me asegura.

El día de las elecciones Quim se escapa para comer en casa de su hermana Victoria, apoderada local de E.R.C, que ha pasado a primera hora por  nuestra sala para comunicarle que ha cocinado una escudella “lleugereta”.

Como nos aburrimos, hacemos una porra entre los tres para ver quién adivina el porcentaje de participación en nuestro distrito. Quim promete que si pierde nos invitará a una fideuá. Presume de saber hacer la mejor fideuá del mundo por 1,5euros el plato. ¿El truco? “Un buen suquet y en lugar de marisco, pongo fotos de peces”, bromea.

El tema de la comida da mucho de sí a la hora de entretenernos. Pero también rajar de los políticos y la crisis.  ¿Qué hará Rajoy con la sanidad pública ? ¿Se expandirán los recortes de Mas a toda España? “Probablemente es lo que hay que hacer para evitar que la gente abuse de los servicios púbicos”, opina Quim. Me explica que sus padres, ya mayores, estan acostumbrados a pedir el servicio de ambulancias para ir al Hospital de Mataró, donde deben hacerse unas pruebas regularmente algunas mañanas. Por la tarde van en taxi al Carrefour. “Si son capaces de pagarse un taxi para ir a comprar, por qué no se pagan también un taxi para ir al hospital?, se pregunta Quim.

***

La hora punta  para  ir a votar en Cabrera es entre las 12 y las 3 de la tarde. La gente viene en familia, como si votar fuese como ir a hacer el vermut. Se quedan en el patio del colegio, se saludan con los vecinos y se pegan el rollo mutuamente. Opinar es gratis. La cuestión es quién la dice más gorda.

salió a hacer footing y decidió aprovechar para votar

Un chaval de unos veinte años  ha venido a votar en gayumbos,  todo sudado. Apenas puede respirar. Su jadeo parece decir “pasaba corriendo y he parado a votar”. Intento fijar la mirada en su DNI. Sus pantalones cortos dejaban a la vista más de lo que yo estaba dispuesta a observar esa mañana. Y eso que observar, observé mucho. Por ejemplo:

1. que un buen número de adultos intenta aparentar que les hace ilusión acompañar a sus padres a votar, cuando en el fondo lo que que quieren es manipular su papeleta. Especialmente si sus padres tienen  más de 85 años, apenas pueden hablar o sostenerse en pie. “Molt guapa, mamà, ja has votat”, le ha dicho un hombre mientras ayudaba a depositar la papeleta a su madre, una anciana de rostro arrugado y dulce, pero con pinta de no enterarse de nada. ¡Coerción! tendríamos que haber gritado.

2. que los que se esconden detrás de las cortinas para rellenar su papeleta no son los que quieren mantener en secreto su voto, sino los que pretenden hacer alguna gamberrada. He de decir que algunos vecinos de Cabrera han sido muy creativos a la hora de producir votos nulos, especialmente con la papeleta correspondiente all Senado. Al abrir los sobres color sepia (¿por qué? por qué? por qué color sepia?) encontramos banderitas y frases hechas con recortes de revistas.Otros prefirieron dibujar o escribir tonterías. Según leo en la prensa, el voto nulo al Senado ha aumentado cerca del 50% respecto a las elecciones del año  2008.

Lo que la gente no sabe es que cada voto nulo significa más horas de trabajo para los desgraciados de los vocales. Durante el recuento, cada papeleta no válida deber sellada y firmada por los tres miembros de la mesa. Después se envían a la Junta Electoral de la Provincia.

Estuve un tiempo bastante largo cagándome en el Senado. Pero rabié de verdad cuando pasadas las 11 de la noche identifiqué en una papeleta sepia la letra de médico de mi madre.  “Pepito de los palotes”, había escrito.  Diez minutos después mi madre me llamó por teléfono para preguntarme dónde diablos estaba, porque ya no me esperaban para cenar. “¿Contando votos, aún?”- exclamó sorprendida. “Pero si en la tele ya han dicho que ha ganado Rajoy”.

instrumento suministrado por el Ministerio del Interior para abrir las urnas electorales. Mis colegas chinos llegan a estar metidos ocho horas en una sala y del aburrimiento lo utilizarían para cortarse las uñas de los pies.