Quiero que vuelvan los 90

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La crisis existencial que me ha creado el prucés me ha llevado hasta Tarragona, donde crecieron mis antepasados, los Montoliu, gente de letras, catalanistas. No sé si hoy serían indepes. Por culpa del prucés no tengo tiempo para comer croquetas con quién me apetece.

Quiero que vuelvan los 90. Lo pensaba esta tarde, mientras conducía de vuelta casa, escuchando a todo volumen un disco de Oasis que mi hermana debió dejar puesto en el coche la semana pasada. Hacía años que no escuchaba el álbum, pero todavía me sé casi todas las canciones de memoria: We live in the shadows and we Had the chance and threw it away, And it’s never going to be the same ….  (Hello).

You gotta roll with it, You gotta take your time, You gotta say what you say, Don’t let anybody get in your way, ‘Cause it’s all too much for me to take… (Roll with it)

Así, cantando Oasis a bocajarro, con el estómago contento después del delicioso arroz con chipirones y almejas que nos hemos zampado mis amigos y yo en la playa de El Vendrell, me he acordado de un viaje a Madrid cuando cursaba el COU. Fuimos solo los  que hacíamos Historia del Arte – unos diez o doce, a parte de la profe- y nos creíamos los más progres e intelectuales del cole, está claro.

Entre museo y museo, y algún que otro porro, escuchábamos Wonderwall y Don’t Look Back in Anger,  mi favorita de Oasis, y también la del chico que me gustaba. Lo pasamos bien en Madrid. Recuerdo estar bebiendo tequilas con la profe en el Villa Rosa, “el bar favorito de Almódovar” – nos decíamos, con cara de repelentes flipados – y terminar a las seis de la mañana bailando en la tarima de Joy Eslava al ritmo de algún hit del Ibiza Mix 95.

Lo admito, además de Oasis, (y las Spice Girls), me encantaba bailar música makina . En el Nivell  2 de Mataró o en Joy Eslava, de Madrid, me daba igual. Hubo una época en que la “máquina” nos unía a todos.

Ahora, va, y resulta que en algunas discotecas de Madrid, “lo más” es  pinchar el himno de España, me ha contado este mediodía una amiga de Tarragona que vive en la capital. Todo por culpa del prucés, me dice.

Ella y su marido, que es madrileño, están sorprendidos de la cantidad de banderas españolas que han aparecido en los últimos días en los balcones. “Se nota que son nuevas, puedes ver la típica marca de que acaban ser desdobladas,” me cuentan. Otros han desempolvado las banderas viejas que tenían guardadas en el fondo del armario, y que ya no usaban ni cuando jugaba la Roja.

“En Madrid, la verdad, habíamos conseguido que lo de llevar banderas y pulseritas de España fuera algo bastante limitado, algo asociado solo a los pijos ultraconservadores, o a los nacionalistas más casposos. Pero ahora con lo de Catalunya han vuelto a brotar,” me cuentan, apenados.

Casualidad o no, la mayoría de mis amigos, sean de Madrid, Pamplona o Barcelona, piensan como yo: que el auge del nacionalismo catalán – y ahora el español-  y las banderas en general son una chorrada, fruto de la manipulación de los políticos. ¿Desde cuando un país empieza a venerar a un President o al jefe de la Policía como si fueran héroes? Los políticos están para criticarlos”, coincidimos. (la única gente que he borrado de mi Facebook estos días es la gente que cuelga fotos de Puigdemont como si fuera el Gran Líder, me parece demasiado friki).

Mientras nos poníamos morados de paella y vino blanco, los niños revoloteaban en la arena y el sol nos acariciaba la espalda. 12 de octubre. Primer día de puente. Manga corta. Calor de verano.

“Realmente, los catalanes vivimos oprimidos”, dice alguien en broma, sirviendo más vino.

Reímos, pero por dentro, todo el mundo está tenso.

-¿Has dejado de fumar de verdad, o has hecho “un Puigdemont”?, bromea otro amigo, invitándome a un cigarrillo. Lo rechazo.

Traen postres y cafés. Tiramisú, mousse de chocolate blanco con naranja. Calipo para los niños. El sol empieza a aflojar y las familias salean a pasear por el paseo marítimo, una hilera de casitas blancas sin esteladas ni banderas. Un privilegio visual estos días.

En el coche, escucho Roll with it en bucle

“I know the roads down which your life will drive,  

I find the key that lets you slip inside

Kiss the girl, she’s not behind the door

But you know I think I recognize your face

But I’ve never seen you before

You gotta roll with it

You gotta take your time

You gotta say what you say

Don’t let any fucker get in your way

‘Cause it’s all too much for me to take

He llorado dos veces en lo que va del prucés. La primera, el domingo pasado, yendo a Tarragona a visitar la tumba de mi abuelo. Quería contarle el pollo que se ha montado en Catalunya (al mismo tiempo empezaba la manifestación pro-españa en Barcelona). Mi abuelo, un catalanista e intelectual de primera categoría, se lo veía venir. “Los catalanes nunca conseguirán nada por culpa de su complejo de superioridad,” me repetía el año pasado, poco antes de morir. Mi abuelo no era independentista.

La segunda vez que lloré fue el martes, poco antes de entrar en el Parlament para escuchar el discurso del president Puigdemont, en el que iba a declarar supuestamente la independencia. De camino me crucé con un grupo de cuarentones vestidos con camisetas indepes que acababan de llegar de su pueblo, en el Alt Empordà, para poder seguir el discurso del president desde la pantalla gigante instalada en Arc de Triomf. La noche anterior, la Assamblea Nacional (ANC) hizo una llamada masiva a los ciudadanos  por redes sociales para que se concentraran cerca del Parlament a la misma hora que Puigdemont  declarase la independencia.

“Hemos venido para dar apoyo a nuestro President, para defender las  instituciones catalanas. Es un momento histórico, llevo toda la vida esperándolo. No me lo podía perder”, me contó uno de ellos, emocionado. Sus ojos destilaban ilusión y nerviosismo al mismo tiempo. “¿Defender las instituciones de quién?”, le pregunté. “Del gobierno opresor”, contestaron.

Cuando se dieron la vuelta, lloré de pena, por sentirme tan lejos de ellos.

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Insomnio en Alabama

La primavera nunca ha sido mi mejor amiga. Durante muchos años, la odié porque tenía alergia y me ponía enferma de tanto moco. De mayor, he conseguido reducir el colapso nasal a un moquillo  que gotea cuando le da la gana – en medio de una boda, cocinando una tortilla, cuando bebo una copa de vino con un tío que me gusta- tipicos momentos en que no puedes limpiartelo con la manga del jersey-  a cambio de  sufrir insomnio. Será la luz del sol por la mañana, el polen, las hormonas, pero en peimavera soy un búho que no necesita dormir.   El domingo pasado me desperté tan temprano que salí a correr sin desayunar,algo que mi organismo come-bayas no suele agradecer. Con el estómago vacío, fui brincando cuesta abajo hacia la playa, la brisa matutina desperezando las copas de los pinos, el mar azul de fondo, los ciclistas en mallas adelantando a los jardineros africanos pedaleando sobre sus bicis oxidadas. Los jardines de las mansiones del Maresme no serían lo mismo sin ellos. En Cabrera está Mori, un chaval encantador de Cote d’Ivoire que ha conseguido que resuciten mis rosas del Ikea. “Ça va avec le cesped?” , Me.preguntó el viernes por la noche por whatsapp. Debe tener unos treinta y pocos. SU mujer y sus cuatro hijos viven en Cote d’Ivoire, donde hace poco fue de visita. No eran unas vacaciones normales para estar con la familia. Nos dijo que no volvería a Barcelona hasta que su mujer no se quedara preñada del quinto. Después de tres meses y medio, lo consiguió.

Hace dos domingos, mi insomnio matutino me llevó a pasear por Montroig del Camp a las 8 de la mañana. A los pies de la serra de Llaberia, rodeado de campos de almendros y olivos, este pueblo donde vivió Miró podría ser la estampa típica de la Catalunya independent que quieren Puigdemont y sus colegas nacionalistas. Igual no quieren ver la realidad, que por las calles silenciosas de Montroig los escasos transeúntes son marroquís y latinoamericanos, y que en el frankfurt de la.plaza la especialidad que te ofrece una simpática camarera rumana es el pulpo a la gallega. 

 La noche anterior,  Montroig celebraba la elección de la pubilla del poble en el pabellón de deportes: vestidos rosa pastel con lentejuelas, sandalias de tacón del chino, rubias de bote bebiendo birra de lata en sillas de plástico.   Si no hubiera sido por la banda con las cuatro barras que las pubillas llevaban cruzada en el pecho, hubiera dicho que estaba en Alabama.