¿soy yo?

Ayer por la noche fui a tomarme un helado a la Jijonenca de Vilassar. Eran ya las once y media pasadas, pero estaba a petar de familias con niños pequeños que reclamaban sus cucuruchos de fresa, aprovechando la primera noche con temperaturas de verano. 

Sentados en un banco frente a la Jijonenca vi a una pareja de mi edad lamiendo sus cucharillas con cara de aburridos y sendas Brompton blancas aparcadas a un lado. Seguro que también usan el mismo jabón de cuerpo del Mercadona, pensé, mientras les observaba en silencio deborando mi helado. Esa miserable terrina de mango y ferrero rocher iba a ser mi única cena. 

Noté las gotas de chocolate resbalando por mi barbilla, los restos de sudor y crema solar incrustados en mi cuello,  el escozor de los rasguños que cubrían mis piernas después de una excursión de seis horas por Siurana con mi hermana mongui y mis primos troll. Al lado de esa pareja recien duchada y sus bromptons relucientes, me alegré de ser yo. 

Albaricoques de Alcaufar

No me gusta el calor. Creo que cada verano empiezo algún texto que empieza con esta frase. El calor me aplatana más de lo normal, me sale conjuntivitis y las piernas me pesan toneladas. Por eso, no entiendo quién me mandó a mi ir a pasar unos días a Menorca en pleno julio. Pero es que en Menorca está mi ahijada , Jusci, la hija adoptada de mi prima Moni. Jusci es congoleña,  tiene 10 años y pronto será más alta que yo. Mi prima la ha enviado a pasar el verano entero a Alcaufar con la abuela- mi tía Margot- que tiene una casita de pescadores frente al mar.

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Alcaufar

Alcaufar es un pequeño pueblo de veraneo enclaustrado en una cala estrecha de aguas turquesas, desde el que se divisa una antigua torre de vigilancia y el faro de Favaritx. En el municipio solo hay un hotel, así que la mayoría de veraneantes son familias de Mahón que tienen aquí su segunda residencia y  extranjeros que alquilan casa por temporada. Jusci se pasa el día dando vueltas por el pueblo con sus amigas menorquinas y apenas le vemos el pelo. Mientras yo me cuezo a la sombra del toldo intentando hacer la siesta, Jusci y su amiga Julia se filman con la tablet, bailan hip hop, juegan a clicks o a muñecas. Les he pedido varias veces que me dejen jugar con ellas, pero pasan de mi. Lo más chocante no ha sido asumir que no me dejen jugar con ellas, sino ver que ya tienen más pechos que yo.

A su edad – mi sexto de EGB – yo era todavía un boliche sin formas, aunque creo que ya no jugaba a muñecas. Como cada verano,  mis padres me facturaban a unos campamentos en Suiza para aprender inglés y subir montañas. Me lo pasaba bomba. Me enamoré de pijos griegos con nariz de estatua y de niños egipcios que nos hacían cantar en árabe antes de comer (Enta Habibi, Alhamdulillah ! ) o  bailar la danza del vientre con el cinturón del albornoz. Si tuviera pasta, me encantaría enviar a mi ahijada a estudiar inglés al extranjero y convivir con gente de todo el mundo. A menos de 1 km de Alcaufar está S’Algar, un recinto hotelero plagado de turistas ingleses. Les veo estirados en la tumbona alrededor de la piscina, embadurnados de crema, hojeando el Daily Telegraph o la típica  novela negra de

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jugando a muñecas a la hora del xubec

tapa blanda comprada a última hora en el aeropuerto, mientras los niños  chapotean en el agua.Si Jusci se pasara por allí podría practicar inglés, pero de momento lo único que hace es mejorar su acento menorquín cuando habla castellano, alargando las últimas sílabas, como si fuera una canción lenta. Una de mis palabras favoritas en menorquín es xubec, que quiere decir siesta. Parece ser que xubec se originó en los tiempos en que Menorca fue una colonia británica: proviene de la expresión inglesa ‘to bed’, ‘a la cama’.

Jusci tiene un punto de chica mayor, y a la vez es una niña. La última noche fuimos a cenar una  pizza a CalesFonts, un puerto muy animado, lleno de tenderetes de ropa y pulseritas,  y se vistió con minifalda, camiseta ajustada y una cesta de mimbre a modo de bolso. ‘Mírala, qué presumida’, pensé, hasta que descubrí que dentro del cabazo de mimbre llevaba escondido un muñeco.  ¿Podemos comprarle algo de ropa a la bebé?”, preguntó, echando un vistazo a los vestiditos para niños de una tienda. Y yo, como soy una floja y me encanta hacer regalos, le regalé un vestidito hippie de lunares para su “bebé”.

A la mañana siguiente, mi última mañana en Menorca, me levanté a las  6.45 para ir a correr. Es la única hora en la que aguanto el calor. No corría una pizca de brisa, pero en el Camí de Cavalls hay tramos en que las encinas y los ullastres hacen sombra, y los.muros de piedra aun no desprenden calor. Corrí una hora bien buena, procurando no torcerme un tobillo con un pedrusco y viendo cruzar las lagartijas, que aquí son de un verde brillante y mucho más esbeltas que en el Maresme.

A la vuelta me pegué un baño frente a las rocas, donde termina la cala d’Alcaufar. El baño del verano. El agua estaba cristalina y fría y, lo más importante, estaba sola. Me bañé sin la parte de arriba del bikini y sentí envidia de los hombres, porque desde pequeños van en topless y pueden disfrutar del placer que es sentir el mar abrazándote el pecho.
Al salir del agua , me senté en la toalla, con el sol de cara, en absoluto silencio. Los que me conocéis sabéis que no oigo bien y cuando me baño me saco el aparato del oído y me quedo a solas conmigo misma. Quizás debería hacerlo más, a veces no oír da mucha paz.
Al llegar a casa, me encontré  a mi tía Margot fumando un cigarrillo en el porche. Estaba exaltada. También se había levantado pronto para ir a meditar a las rocas  y se había caído de bruces. Por suerte no se hizo nada, mas allá de algún rasguño.  Eso te pasa por ir en chanclas, la reñí. Después desayunamos. Café, galletas Maruja y albaricoques de la isla, dulces y suaves como el terciopelo. Después de estos días en Menorca, he decidido que quiero un descapotable y comer albaricoques todo el día. (Bueno, y también Mars helado).

el hombre que hacía mermelada (2)

Jean P empujó la valla del jardín para que Naiara pudiera pasar y las hojas crujieron bajo el hierro oxidado. “Hace un mes que no limpio el jardín. La casa está hecha un asco, te aviso”, le advirtió Jean P mientras dejaba la caja de melocotones sobre una tumbona en la entrada. Naiara apenas le escuchaba. Apoyada en la barandilla, contemplaba las montañas que asomaban entre los bosques de encinas y pinos.  “Es un privilegio vivir aquí, desde mi piso de Mataró veo solo el bloque de enfrente”, murmuró Naiara.  ¿El Montseny es una montaña en concreto, o todo el conjunto es el Montseny?”. Jean P se acercó a ella por detrás y le acarició el pelo, que llevaba suelto, para que se secase. “¿Pero tu de donde sales? El Montseny es todo el macizo. La cima que sobresale, allí al fondo, es el Turó de l’Home. Y el otro, el Matagalls”,  le explicó. “Deberías saberlo”, añadió, pellizcándole por la cintura. Naiara le empujó instintivamente y se rio. “Tengo muchas cosquillas”.

melocotones de agua de Lleida
melocotones de agua de Lleida

Jean P abrió la puerta de casa y desapareció en la cocina, pero Naiara se quedó un par de minutos más en la terraza, tratando de imaginar cómo sería vivir allí en invierno. Jean P le había dicho que cada día iba y venía en tren a Barcelona. La redacción del periódico estaba en el 22@ y se bajaba en la estación de El Clot. “Crecí entre los Alpes y Córcega, no puedo vivir en el cemento”, le había dicho. ¿Y su esposa, donde estaba? , se preguntó Naiara. A ella nunca le había tentado la Naturaleza.  Sus padres eran de Mataró y nunca la habían llevado de excursión, excepto un verano que fueron a Andorra para visitar a Jenny, su hermana mayor, que había empezado a salir con un andorrano de su clase. Jenny se había acabado casando con él y vivían en Andorra todo el año. Su hermana también trabajaba en un banco, aunque no en una oficina de cara al público, como ella, sino en el departamento de Inversiones. Jenny siempre había sido la más lista. Sus padres habían hecho muchos esfuerzos para que las dos estudiaran en Esade, pero sólo Jenny había logrado acabar. A ella la habían echado en primero de carrera, después de suspender matemáticas, contabilidad y derecho cuatro veces, y terminó la carrera de empresariales en la UB.  Por eso Jenny y su marido estaban forrados y tenían un dúplex con piscina en Andorra la Vella y un velero de 13 metros en el puerto de Mataró, y ella no. Jenny bajaba casi cada fin de semana a Mataró para ver a sus padres y a las amigas- las dos hermanas siempre habían salido en el mismo grupo – , mientras su marido hacía regatas. El fin de semana pasado, les contó que ella y Marc estaban intentando tener un hijo. “Andorra es ideal para criar a un niño”, les explicó Jenny mientras tomaban un cortado con las amigas en la nueva cafetería que habían abierto en la Riera. El local se había hecho famoso porque era el único en todo Mataró que vendía cupcakes. “En Mataró todo llega cinco años más tarde, incluso en Andorra tenemos cupcakes”, dijo su hermana, mientras se comía uno de esas madalenas cubiertas de colores.

Naiara bostezó y se acarició la barriga. La vida de su hermana le parecía un aburrimiento, pero la imagen del cupcake le había despertado hambre.  Miró por última vez el Montseny y dio media vuelta para entrar en casa y ayudar a JeanP en la cocina.  Los melocotones seguían encima de la tumbona y desprendían un olor dulce. Cogió uno y se lo llevó a la nariz.  Notó el tacto aterciopelado entre sus dedos y le dieron ganas de estrujarlo. Eran melocotones de agua y estaban ya maduros. Se acordó de la tarde que Pau le llamó por el móvil desde un pueblo de Lleida, donde había ido a hacer una entrega de Kas Limon para una discoteca. Era la época de la recogida del melocotón y los agricultores estaban muy enfadados porque Rusia acababa de prohibir las importaciones de fruta de la Unión Europea y no sabían qué hacer con el stock.  El dueño de la discoteca, que también se había animado a invertir en el cultivo de fruta para la exportación, le había regalado dos cajas enteras de melocotones.  “¿Y me llamas al móvil al trabajo sólo para contarme esto, Pau?”, le había contestado Naiara, antipática.  “No. Te llamo porque en estos momentos me gustaría que te deshicieras en mis manos como uno de estos melocotones”. Naiara se había puesto roja como un tomate y tuvo que encerrarse en el lavabo de la oficina para tirarse agua por la cara. Pocos hombres le habían despertado el mismo deseo que Pau.

“¡Tengo hambre!”, gritó Naiara empujando la puerta de la casa de Jean P. En la sala reinaba un desorden absoluto. En el suelo vio tirados varios pares de zapatos, entre ellos unas sandalias y unas bambas de correr demasiado pequeñas para ser de JeanP. Sobre la mesa de comedor se amontonaban revistas viejas en francés, el ordenador portátil y dos cámaras Reflex, y en un rincón había una montaña de camisas por planchar. Naiara se fijó en los cuadros de las paredes, dos pinturas al óleo de figuras abstractas, que le parecieron bastante feas, e imaginó que deberían ser obra de algún amigo de Jean P. Se acercó un poco más para observar las fotografías colgadas sobre la chimenea: en una de ellas, aparecía Jean P abrazado a una mujer oriental. Jean P debería tener unos diez años menos que ahora, aunque ya estaba completamente calvo. Naiara supuso que la mujer era su esposa .Era una mujer más bien robusta, de rostro ancho, nariz chata, y un cabello lacio y ondulado que le caía hasta los hombros.  Naiara tenía entendido que las orientales guardaban siempre un aire de juventud, pero aquella mujer parecía más mayor que JeanP.

-¿Te has perdido, niña?

La voz de Jean P la sobresaltó. El francés la observaba desde la puerta de la cocina con un trozo de carne roja en la mano.

-Estaba chafardeando un poco.

-Puedes tocar lo que quieras. Dinero no encontrarás.

-¿Tu mujer es china? –  preguntó Naiara, curiosa. Notó el calor del horno encendido en la cocina y sacó la goma de cabello del bolso para hacerse una coleta.

-Sí-respondió Jean P, secamente-. Parte de este desorden es culpa suya.

-¿dónde está ahora?

-Oh. De viaje. En China. Cómo siempre.

Naiara le daba la espalda y contemplaba otras fotografías en la pared. En la mesa baja del salón vio varias ramitas de romero amontonadas sobre un papel de periódico.-  ¿A parte de mermeladas, también haces infusiones?”- le preguntó.

-No, eso es cosa de mi mujer. Lo dejó así antes de marcharse. No sé qué estaba haciendo.

Naiara no preguntó nada más, aunque la esposa china de Jean P le despertaba mucha curiosidad. Jean P había vuelto a la cocina y por el ruido de platos imaginó que vaciaba el lavavajillas. Antes de entrar a ayudarle, se miró en el espejo del recibidor y se retocó la coleta. Pronto tendría que volver al peluquero, pensó, observando la raíz oscura que asomaba entre el cabello teñido de rubio. Al menos el tratamiento de queratina funcionaba y se mantenía liso. Sonrió al espejo y resiguió con el dedo las arrugas que le empezaban en el rabillo del ojo. “Fumar es fatal para la piel”, le decía su hermana cada vez que se veían. Jenny tenía tres años más que ella y la mitad de arrugas. También era más alta, tenía las tetas más grandes y los ojos azules. Naiara lanzó un suspiro. Bajó la vista del espejo y entró de golpe en la cocina.

– “¿Te ayudo?”- dijo, forzando una sonrisa.

Jean P dejó caer el cuchillo con el que pelaba unos tomates y se limpió las manos en el delantal.  Sin decir nada, sacó una botella de vino blanco de la nevera y sirvió dos copas. “Lo único que tienes que hacer es quedarte de pie a mi lado y beber”.

 

sofá de verano

IMG_20150723_113842Cómo ya se había imaginado mientras subía en el ascensor, dentro del piso hacía un calor insoportable. Alicia lanzó un suspiro, dejó las bolsas llenas de libros sobre la mesa y apretó el botón de encendido del aire acondicionado. El motor empezó a sonar y sonrió. “El secreto de la felicidad es no seguir preguntándote cuál es el secreto de la felicidad una vez llegas a un sitio con aire acondicionado”. La frase era de un conocido publicista de Londres, amigo suyo, y se había vuelto viral en las redes sociales. Alicia estuvo a punto de coger el móvil y responderle:  “y el secreto para mantener la felicidad es no volver a abrir nunca más la factura de la luz”.

Al final optó por lanzar el teléfono contra el sofá e ir al baño a ponerse el pijama. Basta de telefonito, se dijo. Se había pasado todo el trayecto en coche desde Barcelona whatsappeando y consultando el Facebook. Empezaba a aburrirse de si misma. Muy bien: había conseguido que el chulín del bañador rojo aceptase su solicitud de amistad y le hiciera ‘like’ a algunas fotos, pero ella no tenía ninguna intención de apuntarse a windsurf. De hecho, no tenía intención de volver a pisar la playa en mucho tiempo. Odiaba la playa. Odiaba cruzarse con los grupos de adolescentes en chancletas y visera escuchando Reaggeton en el paso subterráneo, para después plantar la toalla en la arena, levantar la vista y tener que aguantar la visión de hombres musculados en bañador Slim con la espalda y los brazos tatuados, o de chicas con melena alisada de keratina y piel bronceada con el tanga arrugado entre las nalgas, sin atreverse a entrar en el agua. Alicia se lavó los dientes con fuerza, como si de esta forma pudiera lavar también la imagen de la familia con quien ella y su amiga Paloma habían compartido esa mañana un rincón de la playa de Vilassar: el abuelo, sentado en un silla de lona y con la cabeza cubierta con una visera, hacía crucigramas sobre sus propios michelines; la abuela, con los senos caídos asomando por encima del pareo,  sacaba bocadillos y tetrabrics de Don Simon de una neverita azul; la nieta, tostándose al sol en su bikini nuevo y con los auriculares puestos,  ignoraba los gritos de sus hermanos pequeños, que jugaban al futbol en la orilla, y hacía ver que no escuchaba los comentarios sobre culos y tetas que soltaban sus primos mayores cada vez que una bañista se adentraba en el mar.

Paloma no parecía oírlos.  Fumaba un cigarrillo detrás de otro, dejando caer la ceniza en la arena, mientras esperaba su turno para agarrar la tabla de windsurf. “A no ser que vayamos a las Turks and Caikos, no pienso volver a la playa en años”,  le había gritado Alicia a su amiga mientras ésta se metía bajo la ducha del paseo marítimo, para aclararse la sal. Ella ni loca se hubiese metido con los pies descalzos en esa ducha, pensaba, notando cómo las gotas de sudor le resbalaban por la frente y la espalda. Mientras Paloma se duchaba, una niña gritaba histérica a su madre que quería un helado. Alicia se relamió los labios y saboreó la sal entre las gotas de sudor.  Tenía hambre y calor. “Cómprele un puto Frigopie a su hija o la ahogo en el mar, señora”, estuvo a punto de gritar. La playa le había puesto de mal humor. Todo por que a Paloma le hacía ilusión bañarse en el mar y hacer un poco de windsurf. “¿Y qué culpa tenía ella de que viviera en Madrid?”, pensó. Encima, se había acabado ligando al monitor. Por la noche habían quedado para cenar todos en un chiringuito y Alicia los acababa de dejar solos fumando porros y acariciándose las rastas en la arena. Se alegró por su amiga. Paloma estaba en la fase de querérselo follar todo, pero ella empezaba a estar harta de tanta frivolidad.

Tumbada en el sofá, previamente cubierto con un pareo para no quedarse enganchada,  Alicia pensó en su amigo, el publicista de Londres. Era un hombre interesante, de unos cuarenta y pocos, con los ojos verdes y el cabello rizado, como le gustaban a ella. Se lo habían presentado en una fiesta y durante los días siguientes Alicia se lo intentó ligar, pero al final todo había quedado en un par de partidas de ping pong en su estudio. Imaginó que todos los publicistas del mundo deberían ser encantadores, seductores… hombres que siempre sabían escuchar y quedar bien, como Don Draper. Estiró las piernas y notó el chorro de aire frío del del aire acondicionado sobre su piel. Pronto tendría la nariz seca y le picarían los ojos, pero le daba igual. Se había prometido que leería unas líneas antes de meterse en la cama. Abrió el libro por donde lo había dejado esa mañana y empezó a leer:

‘¿Has poseído a muchas mujeres, Fowler?

“No sé que quiere decir muchas, en ese sentido. Solamente unas cuatro mujeres han tenido para mi cierta importancia, o yo para ellas. Las otras cuarenta o cincuenta, uno se pregunta a veces por qué lo hace”.

Alicia se acurrucó un poco más en el sofá y notó el olor rancio que desprendían las páginas de libro, una edición vieja y mal traducida de El Americano Impasible que había encontrado en la biblioteca de su padre. Continuó leyendo: “Todavía estoy enamorado, Pyle; y como hombre, estoy en decadencia. ‘Oh! Me olvidaba del orgullo, naturalmente; es otro motivo. Uno tarda mucho en aprender a no sentir cierto orgullo cuando lo desean”.