Confinado y sin compromiso

El sonido del teléfono le sobresaltó y despegó la cabeza de la pantalla de golpe. ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando?, se preguntó Bruno, consultando el reloj de pulsera: las siete y media de la tarde. Ni siquiera se había dado cuenta de que había anochecido y estaba trabajando a oscuras. Se levantó para encender la luz, pero al apretar el interruptor, no ocurrió nada. “Mierda”, murmuró, apretando de nuevo el interruptor. Lo probó un par de veces más, cada vez con más fuerza, pero lo único que consiguió fue escuchar un chisporroteo sospechoso. Lo dejó estar. Mañana volvería a llamar al lampista, aunque sabía que era inútil. Josep era un hombre precavido. Además, su mujer había padecido un cáncer el invierno pasado y estaba en el grupo de riesgo de contraer el virus. Estaba seguro de que no vendría a revisar el circuito eléctrico hasta que terminase la cuarenta, así que tendría que apañárselas con las luces del piso que aún funcionaban.

El teléfono seguía sonando desde la cocina. Bruno extendió los brazos y palpó con la mano derecha una de las estanterías. Tenía que caminar recto y después daría con la puerta del pasillo. Palpó el pomo y lo giró para abrir la puerta. Por suerte, el pasillo recibía un poco de luz proveniente de la ventana del salón, que daba al patio de vecinos. Aceleró el paso y entró en la cocina. Había dejado el móvil cargándose sobre la repisa, junto a la tostadora.

-Maika, ¿Qué ocurre?

-Nada, hermanito mayor. Quería saber cómo estabas.

-Todo bien. Trabajando- respondió él, dejando ir un suspiro. Por unos instantes se le había pasado por la cabeza que podía ser su hijo con malas noticias, como que él, o su ex mujer, estaban enfermos. -Procurando no perder la calma- recalcó.

-¿Y en qué trabajas, si se puede saber?

– Estoy imprimiendo fotografías con un escáner antiguo que compré por Wallapop. La calidad de la impresión es increíble.

-No sé cómo puedes concentrarte.

-¿Cómo está papá?

-Se encuentra mejor. He ido esta mañana a dejarle una bolsa de comida frente a su puerta y después me ha llamado para darme las gracias. Le he hecho couscous.

-A papá le encanta el couscous…

-Sí, por mucho que reniegue de su infancia en Casablanca, en el fondo es medio marroquí.

-Medio marroquí no lo sé, medio capullo, seguro.

-Anda, perdónale, no seas tonto. Después de todo lo que ha pasado.

Bruno chasqueó la lengua. – No le perdonaré nada. Se largó, dejando a mamá sola con nosotros tres.

-¿Te cae fatal, verdad?

-Sí, mi padre me cae fatal- respondió muy serio.

-Bueno, pues nada hermano. Ya sabes, si necesitas algo, me llamas. Me sabe mal que estés tan solo. Hubiera sido más fácil si Nacho se hubiera confinado contigo.

-Nacho estaba mejor con su madre. Están en su casa del Empordà. Si esto sigue así, pronto podrá bañarse en la piscina…

-¿Lo echas de menos?

-Un montón, pero hablamos cada noche. Soy un buen padre, no como el nuestro.

-Ya, ya… eres un padrazo, no lo dudo- la hermana de Bruno se aclaró la voz-.¿Qué vas a cenar hoy?

-Me haré una pasta. Con berenjenas- improvisó, mirando el cesto de verduras que había dejado esa mañana sobre la mesa de la cocina, al volver del mercado. Dos gruesas berenjenas de piel brillante y acharolada asomaban por encima de todo.

-Un día cuando esto termine tienes que invitarnos a mí y a Juan a cenar.

-Qué dices – sonrió- Yo solo cocino para mí, o si después hay posibilidad de fo..

Su hermana lo interrumpió – No te creo.

Bruno sonrió. -Mi sofrito hace un “chup chup” que las vuelve locas.

-Voy a colgar, Bruno. Eres lo peor. Así no vas a estar nunca más en pareja.

-Tampoco es mi intención.

-Y qué vas a hacer? ¿Pasarte el resto de tu vida solo? Nacho se hará mayor y pronto pasará de ti. Y en Tinder ya no habrá gente de tu edad.

-No me agobies, Claudia. Tengo que volver a trabajar.

-Eso, trabaja, trabaja.

-Buenas noches, hermanita. Gracias por llamar.

-Descansa Bruno.

Una vez su hermana hubo colgado, Bruno dejó el teléfono sobre la repisa para que siguiera cargándose y abrió la nevera para sacar una cerveza. En una de las estanterías vio el frasco de mermelada de fresa que había comprado hacía un par de semanas pensando en Lucía. La última vez que se había quedado a dormir en su casa solo había podido ofrecerle tostadas con aceite para desayunar. Tal y como estaban las cosas, el frasco de mermelada se quedaría en sus nevera unas cuantas semanas más. Y quizás, con un poco de suerte, cuando terminara todo esto, ni siquiera la echaba de menos.

Cerró la nevera de golpe. No quería pensar en Lucía, no quería echarla de menos. Él no quería compromisos, le había dicho. Ella le había respondido que era un engreído egocéntrico, y que ella tampoco quería nada serio, pero que no había tenido el mal gusto de decírselo a la cara. “¿Qué has ganado diciéndomelo, eh?”-le había espetado, nerviosa-. “Que vaya a la defensiva, que no sea cariñosa contigo, porque vas a pensar, uii esta se está colando…”.

Bruno se rio solo en la oscuridad de la cocina, recordando el rostro acalorado de Lucia mientras le soltaba ese rapapolvo. Después habían follado como locos y se habían quedado dormidos, abrazados. A la mañana siguiente, la última vez que se habían visto, ella lo despidió con un beso en la mejilla, después de arroparlo bien con el edredón. Eran las siete de la mañana. “¿Dónde vas tan pronto?”, le había preguntado él, soñoliento. “Al país de nunca jamás”.

Puto virus

Revolcón en cuarentena

La última vez que se vieron Héctor estaba contento. Para sorpresa de toda su familia, su padre había superado con éxito la operación de corazón y pronto saldría de la UCI:

-¡Cuánto me alegro! No hay que subestimar las ganas de vivir… – le respondió Ana por WhatsApp. No se atrevió a decirle que había bajado a Barcelona para dejarle un regalo sorpresa (una caja de sus infusiones relajantes favoritas) frente a la puerta de su piso. Hasta ese momento, entre su padre ingresado en la UCI y el gobierno a punto de decretar el estado de alarma y confinarlos a todos en casa, estaba convencida de que no volvería a verlo en mucho tiempo.

-Pues sí, ya lo dábamos todos por perdido…

Ana se quedó mirando la pantalla del móvil.

-¿Estás en Barcelona? ¿Te apetece un té?

Ana botó de alegría en el asiento del coche. -¡Estoy en Barcelona! Cerca de tu casa – escribió- He bajado a hacer un recado para mi padre- mintió. – ¿Voy para tu casa?

-Ok. Te espero.

Ana se miró en el espejo retrovisor, desenvolvió la caja de infusiones (la había envuelto en papel de regalo con motivos navideños) y bajó del coche de prisa. Tenía muchas ganas de verlo.

-¿Sabes ir en bici?- el mensaje de Héctor le llegó a medio camino.

Me estas ofendiendo

-¿Te apetece dar una vuelta? Es una actividad al aire libre, y correrá el aire entre nosotros…

-Perfecto.

Al llegar a su casa, Héctor la estaba esperando con una taza en la mano. Ana meneó la cabeza. Era la misma infusión de Rooibos de Mercadona de la otra noche.

-Voy a tener que hacer un esfuerzo para no abrazarte. Pero me alegro un montón por lo de tu padre.

-Sí. Ha sido una sorpresa para todos. No sé de dónde ha sacado la fuerza, los médicos decían que no tenía las constantes vitales suficientes para sobrevivir a una cirugía tan intensa…

-Las ganas de vivir…

-Puede ser- se la quedó mirando desde el umbral de la puerta. Era obvio que los deseaban tocarse, pero ambos sabían que no podían hacerlo.

-No puedo arriesgarme. Mi padre está en la UCI, no puedo contagiarle el maldito virus.

-Claro, claro. Sin roces- dijo Ana en un murmuro de voz. Estaba nerviosa y seguro que roja como un tomate -Yo tampoco quiero pillarlo. Mi padre también es una persona de alto riesgo.

-¿Vamos en bici entonces? Tengo dos Bromptons.

Héctor señaló las dos bicis plegadas en un rincón del recibidor con la misma mirada de ilusión que había puesto la otra mañana, viendo como saltaban las tostadas de la tostadera. A Ana le encantaba ver como su pose de hombre serio y responsable se diluía entre ramalazos infantiles.

-Oye, pero no te vas a matar con esos pantalones? – dijo Hector, señalando sus pantalones acampanados.

-Me los meto por debajo del calcetín de media y listo. En términos de atractivo sexual, es probable que eso tenga en ti un efecto parecido al que tuvo en mí verte con Birkenstock y calcetines el otro día, pero así estamos empate.

Héctor se contuvo la risa.

-Vamos.

Una vez en la calle, Héctor salió disparado a toda velocidad. Sus piernas largas y delgadas contrastaban con las diminutas ruedas de su bici plegable, como si fuera un gigante en bicicleta. A Ana le recordaba a Fido Dido.

-¿Vamos hasta el Forum? -le preguntó Hector, en un cruce de semáforos. Ela asintió, jadeando. Sabía que no era una pregunta, sino una orden. Ya había visto que a Héctor le gustaba mandar. Y a ella, por una vez, le gustaba ser mandada y no tener el control. No soportaba cuando un ligue le decía : “lo que tu quieras” o se sentía siempre con el control de la conversación.

Se rio sola, notando como el viento le azotaba la cara. No recordaba lo feliz que la hacía ir en bicicleta por la ciudad. Se acordó de su destartalada bici de Berlín y de esa mañana de domingo en que chocó contra una turista israelí frente a la estación de Friederichstrasse. Por suerte no pasó nada, más allá de un morado en la rodilla, aunque se había pegado un buen susto.

-Oye, vas muy rápido -le soltó a Héctor, acercándose a su bici al llegar hasta el final del Passeig de Sant Joan.

-Qué va, eres tú que vas lenta- le respondió, aguantándose la risa otra vez.

-No soy tan ágil como tú, acepta que hay humanos débiles…

Héctor se limitó a escrutarla con sus grandes ojos marrones.

-De pequeña me abrí la barbilla aprendiendo a ir en bici. Estoy traumada y …

-¿Ah, sí..? – empezó a pedalear, dejándola con la palabra en la boca-. Giremos por aquí- gritó.

Giraron por Consell de Cent, cruzaron Marina y tomaron la avenida Icaria para adentrarse en la Villa Olímpica. Héctor se detenía de vez en cuando y le contaba anécdotas sobre los edificios que dejaban atrás.

-Fíjate en éste, qué balcones más raros… ¿Tú vivirías aquí?

-¿Por qué no? Viviría en cualquier parte.

Héctor sonrió por primera vez. Qué raro era, pensaba Ana, pedaleando cada vez más ligera.

Al llegar al Fórum, se entretuvieron contemplando el atardecer sobre el horizonte de la ciudad, con la extraña sensación de que tardarían un tiempo en volver a verlo. Al fondo, unos chavales daban saltos en monopatín y se pegaban unos batacazos de cuidado.

-Dios, pueden matarse… – Héctor los miraba fascinados. Hizo algunas fotos y después volvieron a casa.

-¿Qué planes tienes? Había pensado que podríamos pedir algo para cenar…- le propuso, de vuelta en el piso.

-Me encantaría, pero sabes que será imposible que me resista a tocarte – Ana se ahorró decirle que, además, sus padres la esperaban para cenar: huevo frito trufado, confit de pato. – Antes de que se me olvide, te he traído esto – le entregó su caja de infusiones. -Son mis favoritas, las compro por internet- Héctor agarró el paquete y se entrevo leyendo el envoltorio -.Pensé que era urgente que hicieras un upgrade de tus infusiones: Rooibos del Mercadona no, por favor…

– ¿Seguro que no te quedas a cenar?

Ella meneó la cabeza. -¿Me acompañas al coche? – sentía el impulso de acariciarle las manos, reseguir con su dedo la pequeña mancha rosada en su mejilla derecha, besarlo en los labios.

-Vale. Así aprovecho para comprar unas cervezas.

Caminaron hasta el coche poco a poco, conscientes de que cuando llegaran todo habría acabado. Lo iba a echar de menos, pensaba Ana, mientras Héctor seguía haciendo comentarios sobre edificios de su barrio. Era un arquitecto de pies a cabeza.

-Ese es mi coche -señaló el antiguo Audi de su padre aparcado en la calle Aragón.

-¿Seguro que no te quedas?

-Qué no- le sudaban las manos cuando abrió la puerta del coche. -Nos vemos en tres semanas.

-Seguramente- soltó él. Y con un movimiento rápido, le tocó el culo. -Este acercamiento no está prohibido, ¿verdad?- se rio como un niño.

Ana se rio también -. Es tan legal que te lo voy a tocar yo también.

-Adiós – dijo Héctor, dejándose apretar las nalgas con esa expresión infantil aún dibujada en el rostro.

-Adiós

Confinados y revueltos

—¿Quince días encerrados en casa? ¿Y qué comeremos?
Nicolás abrió la nevera y repasó el contenido de las estanterías con aire preocupado: tres yogures desnatados, media docena de huevos, mermelada, medio aguacate, dos peras.
—Podrías haberte ocupado tú de ir a comprar, sabías que hoy saldría tarde del trabajo.
—No pienso ir a Mercadona, Laura. La gente se ha vuelto loca, me arrasarán con el carrito.
—Bueno, pues ya iremos mañana a un súper más tranquilo. También llamaré a la pescadería para que nos guarden un rape, así tenemos pescado para toda la semana, después ya veremos.
—¿Harás rape con tapenade? Ya sabes que me encanta…
—Lo sé, amor. Y también haremos pastel de limón. Si algo no nos falta en esta casa son limones— señaló el cesto lleno de limones del huerto de su suegra—. Van bien para fortalecer el sistema inmunológico.
Nicolás se acordó de que tenía que llamar a su madre. Imaginó que estaría asustada, aunque allá arriba, en su casita de Arenys de Munt, estaba mucho más a resguardo del virus que ellos dos, que vivían en pleno Eixample.
—¿Crees que debería ir a visitarla? —Nicolás agarró un limón y se lo llevó a la nariz. Era como oler su infancia. — Se va a romper la espalda si se pone ella sola a recoger los guisantes.
—Descartado —Laura había sacado los huevos de la nevera y buscaba un cuenco en el armario. —Soy la primera que echará de menos los guisantes con butifarra de tu madre, pero hay que protegerla del virus.
—Dios, lo que daría ahora por unos guisantes…
—Tendrás que conformarte con una tortilla.
Nicolás sonrió. —Si la haces tú, no me importa.
Laura bordaba las tortillas a la francesa: tiernas y jugosas, con una forma tubular perfecta.
—Yo limpiaré todo luego —le prometió, sentándose en el taburete alto de la cocina. —¿Abro un vino?
—Claro.
—Era broma. No hay.
Laura resopló.
—Eres tonto.
Nicolás sonrió de nuevo. Era un afortunado. El mundo se desmoronaba a su alrededor, todos los proyectos que tenía apalabrados para las próximas semanas se habían ido a la mierda, pero al menos tenía a Laura para confinarse en casa hasta que terminase esa pesadilla surrealista.
—Nos vamos a arruinar, Laura—dijo, jugueteando aún con los limones.
Laura lanzó un suspiro. Después cascó un huevo y se quedó contemplando con parsimonia cómo la clara iba goteando hasta el fondo del cuenco.
—Pues seremos pobres— concluyó, tirando la cáscara la basura.
—Pobres y felices.
—La felicidad no existe, ya lo sabes.
Laura cascó otro huevo.
—Sí existe, Laura. Yo soy feliz contigo.
—No seas tonto.
—Lo digo de verdad.
—Eres feliz cuando te hago una tortilla. Cuando te digo que estás gordo y que deberías ir al gimnasio tus sentimientos son otros.
—Te prometo que iré al gimnasio a partir de ahora.
—Claro, justo ahora, que han cerrado todos.
—Se me ocurren otras maneras de hacer ejercicio.
—Ah, ¿sí? —Laura se contuvo la risa. —Apártate —murmuró—. Se me va a caer el huevo al suelo.
—No te preocupes que tengo huevos de sobras.
Laura soltó una carcajada sarcástica. — Muy gracioso.
—Es el humor coronavirus… —la besó en el cuello.
—Es el humor macho troll.
—Ya—le susurró al oído. — Entonces, ¿tortilla? ¿O unos huevos revueltos?

Poner la cabeza en “modo avión”

Hay personas que desde muy pequeñas tienen claro qué quieren ser de mayores. “Yo quiero ser médico”, “yo quiero ser policía”, “yo quiero ser periodista”. ¿Periodista, en serio? “Sí, lo tuve muy claro mientras miraba el telenoticias con mis padres después de comer, hablaban de la caída del muro de Berlín…”.

Qué suerte tienen, he pensado siempre. A mí me llevó tiempo averiguarlo y aún hoy, cumplidos los cuarenta años, tengo dudas. He querido ser empresaria, trabajar en la ONU, directora del Museo del Louvre y hasta ministra de Cultura. No fue hasta que me despidieron de una galería de arte (“vemos que se te da bien eso de hablar con los pintores y escribir los catálogos, pero lo de vender cuadros no te gusta mucho, ¿verdad?”) cuando de pronto vi la luz. Quería ser periodista, como mi pareja de entonces. Hacía tiempo que lo observaba trabajar en casa, en pijama, escribiendo reportajes y entrevistas –contando historias, vaya– y me moría de la envidia. Así que lo probé, y me salió bien. Nos fuimos juntos a Pekín y me convertí en corresponsal. El problema llegó cuando rompimos. Me vi sola en China y me entró un ataque de pánico: ¿quería ser periodista de verdad o había sido solo un capricho? ¿Quién iba a corregir y editar mis textos a partir de ahora? Hoy miro atrás y me siento un poco orgullosa de haber logrado superar mi primera gran crisis emocional y profesional. Y me acuerdo de que hubo algo muy concreto que me ayudó: apuntarme a yoga.

No se hagan una idea equivocada de mí. No soy una yogui, ni mucho menos una persona con un cuerpo elástico y flexible, capaz de doblarse en tres y meterse en una maleta. Más bien lo contrario. Pero a las profes de mi centro de yoga de Sanlitun, entonces el barrio más moderno de Pekín, les daba igual si conseguía hacer el spagat o aguantarme haciendo el pino. La cuestión era imitar sus movimientos y respiraciones y aguantar el final de la clase sin caerse de bruces. Porque la postura final, Savasana, era la mejor de todas: tumbarse bocarriba y cubrirse con una manta durante unos minutos. Salía de allí como flotando, con la cabeza en “modo avión”, y de pronto me daba igual si mis reportajes gustarían al nuevo redactor-jefe o si mi ex se habría liado con otra.

“Seguramente practicabas yin yoga”, me aclaró hace poco un profesor de mi actual centro de yoga en Barcelona (llamémosle Alex). El yin yoga es una modalidad moderna, creada en los 70 en EEUU, que incorpora conceptos taoístas como el yin y el yang y otros principios de la medicina tradicional china. A diferencia del hatha o el vinyasa, los estilos más populares aquí, el yin yoga es más lento: las posturas se mantienen durante más tiempo y la práctica tiene un enfoque más meditativo. La explicación de Alex encajaba con el estilo de las clases en Yoga Yard, mi antigua escuela pekinesa, que todavía hoy existe. Leo en su web que fue fundada en 2002 por dos californianas amantes del yoga con intención de abrir el primer centro moderno de yoga y mindfulness de Pekín (antes de que llegaran ellas, en Pekín el yoga solo se practicaba en gimnasios y centros deportivos.

En España, igual que en China, tanto el yoga como el pilates han tenido un boom espectacular en los últimos diez años. Un informe elaborado por la Universidad de Sevilla en 2018 citado por el diario Cinco Días confirmaba que en España hay 5,2 millones de personas abonadas a un club de gimnasio, y se estima que 1,1 millones de estas practican yoga o pilates. El mismo informe apunta que el 22,7% de estos usuarios practica actividades de cuerpo-mente.

Después de casi diez años sin practicar yoga, he decido retomar la práctica. Mis condiciones físicas son incluso más deplorables que antes –en cada clase constato que mis piernas son como de madera y pienso que voy a romperme en dos en alguna postura–, pero, como dice Alex, da igual, porque “tú, Andrea, el yoga lo respiras”. Tengo la sensación de que se reía un poco de mí, pero es cierto que yo hago bien eso de aguantar toda la clase respirando solo por la nariz (una de las claves del yoga). Alex también me aseguró que no soy la peor de sus clases, pero que no me preocupara por eso, “porque en yoga no hay niveles”. No hay niveles, pero la frustración está ahí mismo, delante de mis narices, cuando veo a Alex, a sus 57 años, haciendo posturas imposibles y con un cuerpo más en forma que cualquiera de mi edad. “Era el típico deportista, corría, jugaba al fútbol… se me dan bien los deportes, así que también decidí probar el yoga”, me dijo, lamentando no poder contarme algo más místico sobre cómo empezó su afición al yoga. No fue debido a ninguna enfermedad, ninguna crisis existencial, ninguna ruptura amorosa. Él por las mañanas sigue teniendo su trabajo habitual y no ha cambiado su nombre a “rayo verde del amanecer”. Me tranquilizó.

Hubo una etapa de mi vida en que le cogí manía al yoga y a los yoguis. Quizás porque el yoga? me robó a una amiga. Ocurrió de forma paulatina. Ella había dejado su trabajo para convertirse en profe de yoga y hacía tiempo que no nos veíamos. Un buen día quedamos, le conté que había roto con mi pareja después de siete años, y me respondió, tan pancha: “Si tú estás bien, todo irá bien”. No supo entender que lo único que necesitaba era que me llevara a tomar unas birras y a reírnos un rato.

Con el tiempo, la he perdonado. A ella, y al yoga. Porque he visto que los profes de yoga tienen eso de soltar frases raras como “y ahora camina con tus glúteos hasta el final de la esterilla”, “y ahora separa los hombros de las orejas” –y solo es cuestión de saber interpretarlos–. Mi favorita es esta: “Y ahora siente que tu corazón quiere estar por delante de tus pies”. Mientras la escuchaba, intentando no partirme la crisma, pensé que era una bonita forma de decir que tienes ganas de enamorarte.

Publicado originalmente en Crónica Global:

https://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/cabeza-modo-avion-yoga_300866_102.html

Encuentros en el palco

Hace dos semanas tuve el honor de ser invitada al palco presidencial del RCD Espanyol en el estadio de Cornellà-El Prat. La verdad es que tuvieron que insistir poco para que aceptase la invitación –“podrás comer y ver un apasionante partido de fútbol…”– porque a mí el furbo me importa un pepino y encima el partido en cuestión (Espanyol-Real Sociedad) era a las dos del mediodía, precisamente cuando mi padre estaría empezando a cocinar su fantástica fideuà. Además, si tuviera que decir de qué equipo soy, diría que soy del Barça, ni que sea para asegurarme la herencia.

Bueno, da igual. El caso es que acabé diciendo que sí, y el pasado domingo a la una del mediodía esta servidora y su acompañante aparcábamos en el parking VIP del Cornellà Stadium después de dejar atrás unas cuantas rotondas y un enorme centro comercial, a esas horas, vacío.

En la entrada, una amable azafata nos buscó en una lista y nos entregó un sobre cerrado con las invitaciones, que cambiamos por una pulserita de tela, y un tarjetón con las normativas de acceso al palco presidencial, que leí muy atentamente: “Es necesario vestir de forma adecuada, evitando cualquier tipo de ropa o calzado deportivo”. Ningún problema. Me sentía muy elegante, con mi camisa de flores de corte oriental y unos pantalones verdes.

Seguí leyendo hasta el final: “Se requiere comportamiento deportivo y respetuoso con la afición contraria”. Y entre paréntesis “no se pueden expresar emociones o disconformidad con el juego”. ¡Vaya! ¿Nada de gritos guturales ni de insultar a nadie?, pensé. Qué aburrido. Las pocas veces que he ido al Camp Nou me he quedado maravillada de las variantes guturales que puede emitir un ser masculino cuando ve furbo: “aaagg”, “uuhh”, “oossst”, “uyyy”. Es como volver al Paleolítico. Al parecer, desde el palco presidencial no iba a disfrutar de ese viaje hacia atrás en el tiempo.

Quedaba media hora para el inicio del partido y en el verde césped del campo brillaba el logo del esponsor principal Kelme. ¿Aún existe Kelme?, pregunté, extrañada.

“Kelme nunca ha dejado de existir”, me respondió alguien mientras tomábamos un aperitivo, a la espera de que la gente fuera llenando el estadio de Cornellà. Un estadio sin esteladas y escasisimas banderas, una española por aquí, una señera por allí, imposible no fijarse en eso.

Una mujer china de unos 30 años, muy elegante, con camisa blanca de seda y labios pintados de rojo, fotografiaba con el móvil a los jugadores durante en el calentamiento. Gracias a mi mandarín primitivo y a su inglés macarrónico, logró decirme que era de Pekín y estaba en Barcelona de visita, y quería ver el partido. En el palco había varios grupos de chinos jóvenes muy bien vestidos, cuya presencia asocié al hecho de que el presidente del club sea un empresario chino, Chen Yansheng.

Durante el aperitivo, entre copas de cava Freixenet y vino Segura Viudas, tuve ocasión de hablar con Agustín Rodríguez, director de Comunicación y Relaciones Institucionales del RCD Espanyol. Me contó que ese día, por primera vez, entonarían el himno a capella. “Eliminaremos las letras de la última estrofa y dejaremos que la gente esporádicamente se ponga a cantar”, me explicó, contento. Se ve que ya lo intentaron el fin de semana pasado, en otro campo, pero la cosa no salió demasiado bien porque el himno sonó demasiado bajito y en las gradas no se enteraron.

“Los primeros en cantar a capella el himno fueron los del Liverpool, aunque fue porque se les estropeó la megafonía. Desde entonces lo hacen siempre”, me explicó Rodríguez. No he conseguido verificar este dato, pero sí he visto algunos vídeos de los fans del Liverpool cantando en masa el You’ll never walk alone, su himno desde los años 50, y se me puso la piel de gallina. “También lo hace el Sevilla”, añadió Rodríguez. “Claro, porque son muy pasionales”, respondió mi acompañante.

Los retratos de los presidentes del RCDE decoran el salón comedor del palco presidencial.

Minutos antes de las dos del mediodía, el público fue acomodándose en en el palco. En las pantallas gigantes proyectaron un perico gigante y el eslogan “som una espècie en expansió” (“somos una especie en expansión”). Poco a poco, las gradas iban llenándose, pero la sensación de ser un estadio semivacío era inevitable. A cada extremo del campo, dos peñas pericas, muy animadas, tocando tambores y coreando el himno, algunos con el torso desnudo. El sol de septiembre asomaba entre las gradas, recordando que el verano aún no se ha acabado.

En el palco, la gente se acercaba a estrechar la mano del alcalde de Cornellà, Antonio Balmón (PSC), un hombre de cabello y barba gris, gafas de pasta, rostro sonrojado, vestido con americana oscura. A su lado, un señor chino de aspecto joven y aire calmado: Mao Ye Wu, consejero del club y uno de los hombres de confianza del presidente.

“Habla catalán y castellano mejor que tú y yo”, me comentó Ramón Agenjo Bosch, consejero delegado de Damm y vicepresidente de la Fundación Damm, quien resultó ser la persona sentada a mi lado. Agenjo me dijo que él “no tiene ni idea de fútbol”, y hasta el minuto 11 no apartó la vista del móvil. “De aquí me voy a otro acto en Barcelona, estamos en plenas fiestas de la Mercè”, me explicó Ramón, que es descendiente directo del fundador de Damm, Josep Damm. “Lo que pasa es que yo ya no llevo el apellido”, me aclaró. Vestido con americana azul, camisa rosa y pantalón gris, me explicó que él viene al palco del Espanyol dos o tres veces al año, en calidad de patrocinador. Damm esponsoriza de todo, desde festivales de música y teatro, al Barça, el RCD Espanyol o la Real Sociedad. “Soy del Espanyol, pero también del Barça y del Nàstic… soy del club que sea mi cliente”, bromeó.

Mientras transcurría el partido, me explicó la labor de la Fundación Damm, una iniciativa creada por su madre y su abuela en 1953 para “promover la cultura y el deporte” y, sobretodo, “para hacer algo por los niños” del barrio donde estaba la fábrica. Así que montaron una escuela de futbol, el CF Damm, que dura hasta hoy. “En estos momentos el Espanyol tiene tres o cuatro jugadores que han salido de nuestra escuela”, comentó. Uno de ellos es David Lopez (Sant Cugat, 1989), que el domingo volvió a calzarse las botas después de mucho tiempo sin jugar. Su reaparición, según Mundo Deportivo, fue la “la única nota positiva del día” (el Espanyol acabó perdiendo 1-3).

En el minuto 21, una enorme ovación proveniente de la gradería nos obligó a Agenjo y a mí a callar. Se trataba del homenaje habitual a Dani Jarque, una de las estrellas del RCD Espanyol, que murió de un infarto el verano de 2009. “¿Lo conocías?”, me preguntaron. “No”, tuve que admitir.

Cuando terminaron los aplausos, Agenjo siguió explicándome anécdotas interesantes del CF Damm (unos 220 chicos y chicas entrenando gratis) y luego jugamos un poco al quién es quién: “¿Ves ese hombre de allí?”, añadió luego, señalando a un señor de tez morena, enfundado en un traje con chaqueta azul, sentado en la primera fila, junto al alcalde. “Es Roger Guasch, exdirector del Liceu y desde enero pasado director del RCD Espanyol”. Dos filas más atrás, Agenjo me señaló a otro hombre, más mayor, con chaqueta marrón claro y cabello rubio canoso. “Es el economista Jose Maria Gay de Liébana. Un súper perico. Y un sabio”, detalló.

A todo esto, la Real Sociedad ya había marcado dos goles, y en las gradas la gente refunfuñaba sin piedad. Algunos hasta pitaban y silbaban contra su equipo.

“Se quejan del entrenador”, era lo que decía todo el mundo en el comedor. Entre bocado y bocado de fideuà de ceps y ternera con mostaza antigua, algunos analizaban la técnica de David Gallego. Otros analizaban los platos: “¿Esto no será carne mechada? Pillaremos listeriosis”, exclamó una conocida, nerviosa, al ver que mordía un bocadillo relleno de carne desmenuzada. Leímos que eran “brioches rellenos de cheddar y pulled pork” y nos quedamos más tranquilas. En un carrito aparte servían poke bowls, el plato hawaiano de moda, que es lo que llevo haciendo toda mi vida: mezclar arroz blanco con todo lo que me encuentro en la nevera.

Me zampé dos poke bowls con atún rojo marinado y volví a salir al palco, atraída por las pitadas y silbidos. La segunda parte prometía poco. Por suerte, en el bufet ofrecían chuches y nubes rosas para endulzar una posible derrota. Me senté en un asiento más retirado, para comerme las chuches tranquilamente y poder hacerme un selfie con más disimulo. De pronto, distraída con el móvil, en el minuto 71, el Espanyol marcó un gol. El hombre sentado a mi lado, un tipo alto, con melena negra y ojos grandes color avellana, saltó de alegría, extendió los brazos y gritó “gooool” con entusiasmo. Le pregunté fascinada si era del RCD Espanyol. “Ah, no, solo estoy de visita”, me respondió, con un marcado acento americano. Resultó ser un conocido periodista y escritor estadounidense, Sebastian Rotella que, coincidencias de la vida, había vivido en el mismo edificio que un buen amigo mío, corresponsal en Washington DC. Rotella me explicó que estaba en Barcelona visitando a la familia de su mujer, que española. “A su hermana la invitaron al palco y hemos aprovechado para venir todos”, me dijo, pasándose la mano por su frondosa cabellera negra.

En la actualidad, Rotella trabaja para ProPublica, un medio de investigación en Washington DC. Antes fue corresponsal del Los Angeles Times en París y Madrid, y por eso habla tan bien el español. “También cubrí durante mucho tiempo la frontera entre California y México. El LA Times era el único periódico que tenía un puesto fijo en la frontera”.

Para Rotella, finalista a un premio Pulitzer en 2006 y autor de varios thrillers, el fútbol es solo una excusa para pasarlo bien. “Me gusta el fútbol en general, no tengo equipo, yo voy con el equipo local”. Hace poco fue entrevistado por una revista de fútbol francesa para hablar de sus novelas, recién traducidas al francés, en la que mezclaban preguntas de fútbol con cultura y arte. “Fue una experiencia muy bonita”, reconoció. “Es bonito unir deporte y cultura”.

Antes de que la Real Sociedad marcase el tercer gol y se acabara el partido, tuve tiempo de comentarle que soy una admiradora de la prensa americana, pero que fue precisamente cubriendo un evento deportivo, los Juegos Olímpicos de Pekín, cuando me cayó el mito. Pillé a un conocido corresponsal del NY Times escribiendo una columna sobre las revueltas en Tíbet mientras miraba –en directo, desde el estadio– la mítica final de baloncesto de España contra Estados Unidos. Un partidazo.

(El texto original fue publicado en Crónica Global: https://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/encuentros-palco_280011_102.html )

Seis

Dices que el pasado no vuelve. Que yo misma te lo he dicho ya alguna vez en uno de esos estúpidos mensajes de Facebook a los que hemos reducido nuestra relación, después de seis años años sin vernos. Seis años desde que leí tu correo electrónico, borracha de vino blanco, en un chiringuito de la playa. “Vente conmigo, lo he visto en tu mirada, también tú eres feliz cuando estamos juntos”. He tratado de recuperar ese email en todas las carpetas: inbox, trash, spam, sent. No lo encuentro. Ni rastro de tus palabras en mi baúl digital de los recuerdos. Y mientras busco, inútilmente, mi mente se llena de recuerdos de esa noche: de cómo hice ver que no me importabas, qué no significabas nada.

-Tía, si esto no te emociona es que no le quieres.

Mi amiga Marta, sentada a mi lado, leía tu email con los ojos llorosos. Iba borracha como yo, pero parecía emocionada de verdad. Celebrábamos que en dos semanas se casaba. Una despedida de soltera mano a mano, contándonos confidencias y hablando de sexo, nada muy guarro, ya sabes que las catalanas somos unas recatadas. “A ver si te cambias esta foto de perfil , que pareces una beata”, me dijiste una vez, chateándome desde una playa de Oaxaca. Me alegraste una de esas aburridas tardes de invierno en la redacción del periódico, haciendo ver que trabajaba. “Ojalá estuvieras ahora aquí conmigo, tumbada en la arena”.

-¿En serio no tienes ganas de salir corriendo a buscarle? Te está diciendo que te ama.

-Que dices, Marta. Está majara. Cómo va a quererme tan rápido. Si se acaba de separar.

-Estas cosas pasan.

Quizás tenía razón Marta. Y ahora, cada vez que se acerca el verano y veo que empiezan a montar los chiringuitos de mi pueblo, me acuerdo de lo mucho que te gustaban. Te iba a recoger a la estación y después nos sentábamos en una de esas mesas de plástico junto a la orilla, pedíamos dos cervezas y me masajeabas los pies hasta que notabas que me relajaba. Entonces me hablabas de cómo era tu barrio, allá en el defectuoso, de cómo echarías de menos a tu perra cuando te fueras , de cómo te gustaría tener un hijo. “Vente conmigo, anda, deja el periódico”. O me hablabas del último libro de Carrere y te quejabas de cómo la pifiaba metiéndose tanto él por en medio. Contigo aprendí que el peor enemigo del escritor es su propio ego.