Mi primera Superbowl

–  Si quieres tener una auténtica experiencia americana, tienes que venir a cenar a mi apartamento el próximo domingo. Veremos la Superbowl por la tele con mis compañeros de piso.

Eso fue lo que me dijo Ben, un arquitecto de Virginia rubio y de ojos azules que acababa de conocer en la inauguración de una exposición en el barrio de Hell`s Kitchen, mientras nos despedíamos. Enero de 2004. Frío de narices en Nueva York. Unos -6ºC y toda la ciudad nevada. Al salir de la exposición, Ben me llevó a uno de esos típicos bares americanos con las puertas de madera de vaivén, banderitas de barras y estrellas colgadas en el techo y las camareras con tops escotados y sombrero de cowboy. “Clinton was here”, podía leerse debajo de una fotografía de Bill Clinton abrazado a una de las camareras. Ben y yo estuvimos bebiendo cerveza y mascando tabaco (él), hasta que el alcohol hizo su efecto y permitió que su marcado acento del sur vacilándome de que su libro favorito era La Divina Comedia ya no supusiera ningún impedimento a mis capacidades idiomáticas. En el taxi guardé su número en la memoria de contactos como “Dante Alighieri”.  Al día siguiente no recordaba su nombre real.

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El domingo siguiente, cuando llamé a la puerta de su apartamento de Willambsburg con una caja de Becks en la mano, sentí un poco de vergüenza. Seguía sin recordar si se llamaba Danny, John, Ben o Rob. El chico que me abrió la puerta, Jim, me sacó de dudas:

– Beeeeeeeeeeeeeeeeeeennn ¡!!! The Spanish girl is here – gritó por el pasillo.

Jim, Bob y Ben eran amigos de la infancia de Virginia. Calzaban las mismas zapatillas y llevaban la misma gorra de béisbol. Los tres estudiaron en la misma escuela primaria y en el mismo instituto, el Saint Gertrude High-School de Richmond, Virginia, y sus madres eran voluntarias en la parroquia del municipio. El padre de Ben era arquitecto. Los padres de Bob y Jim eran empleados de banco.

– Tienes suerte, justo hoy ha llegado una caja de llena de comida que me ha enviado mi madre– me explicó Jim–. Y dentro hay un meat loaf cocinado por mi abuela. ¿Te apetece probarlo?

Tuvieron que aclararme que el meat loaf es un pastel de carne típico del sur de Estados Unidos. Para mí, Meat Loaf seguía siendo el rockero de la película “The rocky horror picture show”.

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Los tres parecían contentos de tener a una chica en casa. Me enseñaron sus habitaciones, las pantallas gigantes de sus ordenadores, sus proyectos de arquitectura en tres dimensiones, las fotos de sus viajes por Europa. Descubrí que Ben había tenido una novia de Toledo que conoció en los San Fermines.

– Elisa pretendía que me fuera a vivir con ella, a la casa de sus padres – me explicó Ben.

Después de tragarse varias comidas familiares en Toledo en las que nadie hablaba inglés, Ben decidió romper con Elisa y volver a Nueva York.

–  Mi madre quiere que vuelva a Virginia y me case con la vecina– me confesó. Ben debía tener unos 28 años, tres o cuatro más que yo. Estábamos los cinco en el sofá de su espacioso apartamento de Williamsburg, esperando a que empezara la Superbowl. Por la ventana se veían las aceras cubiertas de nieve y las luces parpadeantes del colmado 24 horas. – La verdad es que no descarto volver a Virginia más adelante para crear una familia- añadió, dando un sorbo a su cerveza. Pero en Nueva York tengo la vida muy bien montada: he conseguido un buen trabajo y comparto piso con mis mejores amigos en el barrio más cool de la ciudad. Encima me sobra dinero para viajar.

La verdad es que Ben empezaba a parecerme un poco chulo. Pero me sentía cómoda. A él le parecía curioso que una española hubiera venido a Nueva York para hacer unas prácticas en un museo tan poco conocido como el Museo del Barrio. Después de su experiencia en Grecia y en España, creía que los jóvenes de los países mediterráneos éramos incapaces de abandonar la familia y vivir en el extranjero. Algo de razón tenía.  Tampoco le parecía raro que hubiera estudiado Administración de Empresas y quisiera dedicarme al arte. En EEUU nadie decide su futuro profesional sólo en función de sus estudios, me explicó. Él mismo había empezado estudiando Arqueología para acabar dedicándose a la Arquitectura.

Abrimos unas Becks y nos acurrucamos entre los cojines. Estábamos en febrero pero en la sala de estar de Ben todavía quedaban restos de decoración navideña: estrellas de purpurina en las ventanas, lazos rojos en el pomo del mueble-bar, una postal con el Niño Jesús encima de la tele. Jim preparaba la cena en la cocina y asomaba la cabeza de vez en cuando para comentar en voz alta el partido. A Jim le gustaba cocinar. Su especialidad eran las alitas de pollo rebozadas con patatas Lays sabor barbacoa. Me levanté para copiarle la receta: barnizar el pollo con miel y aceite, enganchar trocitos de patata desmigajada con un tenedor y meter en el horno. También preparó raviolis con salsa de tomate y una ensalada con aliño “Thousand Islands”. Desenvolvió el paquete de Meat Loaf de abuela, lo calentó en el microondas y nos llamó a cenar.

Ben, Jim y Bob me sentaron a la cabeza de la mesa, no sé si por cortesía o por ser el único sitio que quedaba de espaldas a la televisión. Lo de ser la única chica era un chollo. Se peleaban por servirme la comida y me dejaron repetir de Meat loaf tantas veces como quise.  Estaba delicioso. Se parecía un poco al albondigón que cocina Mari en casa de mis padres, pero ella nunca me lo enviaría por correo. Jim nos habló de la carta que le había escrito su madre, en la que le contaba la última comida de beneficencia que había organizado en Richmond. Las madres de los tres chicos eran muy religiosas y no les gustaba nada Nueva York.

– Esta ciudad les parece demasiado liberal– dijo Ben-. Les parece aún más extraño que vivamos en Williambsurg y que nuestros vecinos sean una familia sikh o una familia de judíos ortodoxos.

De postres, Bob sacó del congelador cinco tarros de helado Ben and Jerry’s y abrió una caja de mini chocolatinas Mars. Tras unos segundos de duda, me serví tres bolas de “Chunky Monkey” – helado de plátano con trocitos de nuez y caramelo –  y una de “New York Super Fudge Chunk” : helado de chocolate con caramelo y nueces pacanas. De nuevo, esa agradable sensación de ser feliz. Hasta que de pronto, una teta de Janet Jackson rompió el equilibrio de mi felicidad.

– What was that, guys??? – exclamó Ben, levantándose de golpe del sofá.

El comentarista del partido en la televisión tartamudeaba. Tampoco entendía lo que había pasado.  La Superbowl 2004 pasó a la historia por la teta que enseñó Janet Jackson durante una actuación en pausa del partido. Yo, en cambio, recordaré la Superbowl por el atracón de calorías y birra que me pegué junto a un guapo arquitecto de Virginia que mascaba tabaco y restauraba iglesias en Grecia.

De: “Operación Berenjena”, mi primer intento de libro.

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Pulso de atleta

La enfermera del hospital le había dicho que tenía pulso de atleta. Que si quería, podía correr maratones sin peligro de morir de un infarto.

-eso no quiere decir que corras más rápido, simplemente, que tienes más aguante, no te flipes, Kourni.

-Ahora ya no soy Kourni. Soy Usaína Bolt. Jaime la miró con cara de aguantarse la risa y después le dio un beso en la frente.

-Lo que quieras, cariño. Kourni, Usaína, Paulova, reina de la petanca. Eres una deportista nata. Lástima que te pases medio día en pijama y no te haya visto correr ni para apagar el fuego cuando está el café.

-Porque siempre vas tú antes- cogió la mano de Jaime y la posó sobre su pecho izquierdo-. Sé que lo haces por amor. Y yo también te quiero.

Se arrimó a Jaime y le dio un beso en el cuello. Olía a su aftershave favorito, Eau Savage, que almacenaba cuidadosamente en el armario del lavabo por miedo a quedarse sin.

-¿volverás muy tarde? – le preguntó, sin desengancharse de su cuello.

-Antes de las nueve, te lo prometo- se apartó de ella despacio y caminó de espaldas hasta la puerta. -Sobretodo, no prepares nada de cenar, no vaya ser que te canses.

-Juas.
-con lo fácil que hubiera sido buscarme una novia que supiera cocinar.

Jaime despareció detrás de la puerta y oyó como llamaba el ascensor. Le gustaba el ruido sordo del ascensor poniéndose en marcha- – bum- y luego el lento ascenso hasta el quinto.

La verdad es que tenían un piso bonito, no se podía quejar. El salón tenía vistas al mar, y desde la ventana de su cuarto veía el parc de la Ciutadella Se tumbó en la cama e hizo algunos estiramientos en pijama. No quería lesionarse. Después se vistió con ropa de deporte y fue a buscar los auriculares a su mesa de despacho. La noche anterior Jaime le había descargado un playlist especial para ir a correr: hip hop de los 90, ya verás, volarás como una gacela, le había dicho.

Ya estaba preparada. Solo faltaba empezar. Salió al vestíbulo y llamó al ascensor. ‘Bum’. brrrrrr… Luego pensó que sería mejor bajar las escaleras andando, para calentar. Claro que sí. 3, 2, 1.. le dio al play y empezó a bajar. “Now, this is a story all about how, My life got flipped-turned upside down And I’d like to take a minute Just sit right there I’ll tell you how I became the prince of a town called Bel Air”..

“El príncipe de Bel Air. Jaime le había puesto el príncipe de bel air. Se rió.

Brillaba el sol y el cielo era de un azul intenso, de esos que solo había visto en Barcelona. Cruzó la calle para entrar en el parque y empezó a correr. Las palmeras roídas, el olor de los animales en el zoo, el polvo levantándose bajo sus pies. El parc de la Ciutadella no era Bel Air y ella no tenía las piernas de Bolt, pero era feliz.

Aceleró. Más rápido, más rápido… De pronto, una furgoneta la adelantó por la derecha y por poco la golpea con el retrovisor.

-Guiri idiota! – le gritó. -¿Qué haces conduciendo dentro del parque?

La furgoneta, que tenía matrícula belga, se detuvo unos metros más adelante. Ella se detuvo en seco, por miedo a que la hubieran oído. Había gente muy pirada. Salieron dos hombres enfundados en monos blancos de repartidor, abrieron el maletero y descargaron un par de cajas. Uno de ellos le resultaba familiar. Se lo quedó mirando sin disimular, mientas seguía sonando el rap de Will Smith. El tipo le guiñó el ojo y después se dio la vuelta, en dirección a los edificios del Parlament. “Godiva chocolatiers” , leyó en la espalda de los monos de trabajo de esos dos repartidores salidos de la nada.

Empezó a sonar una canción de Snoop Dogg y volvió a ponerse en marcha. Tres, dos, uno.. Pulso de atleta, pulso de atleta, se repitió, contemplando la sombra de su silueta recortada.en el suelo. Le gustaba ver su coleta balanceándose de un lado a otro. Nunca había llevado el pelo tan largo como ahora. El pelo.. ese pelo…

-¡Ostras, claro!-. Soltó, sin dejar de correr. Su mente le devolvió el rostro de ese repartidor. -¡Pero si era Puigdemont!

Aquesta nit li he preguntat als estels,

 si es veritat que brillen més quan fa més fred.

M’han respost mentre dormia

amb veu fluixa, quasi un sospir,

“No fem res més que esperar allà a dalt,

a que s’acabi l’hivern

a que els balcons tornin a omplir-se d’olor de mar,

a que els nens es quedin pel teu carrer jugant fins tard.

La larga espera

La pantalla del ordenador lo decía muy claro: “Visita confirmada. Dispensario 76. Espere su turno”.

-¿Está segura de que debo esperar aquí?

La enfermera la miró con ojos que denotaban cansancio y hartazgo, pero contestó educada:

-Sí, es aquí. Ya sé que llevan un buen rato esperando, pero es el primer día de vuelta de vacaciones, ocurre lo mismo cada año…  El doctor hace lo que puede.

Judit asintió con la cabeza y volvió a sentarse en el mismo asiento, junto a dos mujeres marroquís enfundadas en su chador y las gafas de sol puestas. Una de ellas mecía un cochecito, donde una bebé vestida de rosa dormía plácidamente. Imaginó lo que sería tener que apechugar sola con un bebé, sin la ayuda de sus padres,  en un país extranjero. Ella no sería capaz. Con lo patosa que era, se dijo, contemplándose el dedo gordo de la mano derecha. Se había inflado como una patata y le dolía a horrores. ¿Cómo podía haberse caído envolviendo un regalo de Reyes? 

Recordaba el momento en que se había agachado con el celo en la mano para quedarse a la altura de la mesita del salón, donde había dejado el papel de regalo y el jersey que le había comprado a su sobrina. Pero de ahí a encontrarse de pronto tumbada en el suelo, con un pie entre la alfombra y medio cuerpo sobre su dedo, sin soltar el rollo de celo, no lo tenía muy claro. También se  había golpeado la cabeza con el televisor, lo que provocó el derribo de la montaña de dvds apoyada a la tele, haciendo mucho ruido.
-¿Judit, qué ha pasado? Te has hecho daño?

La voz angustiada e su madre resonó en toda la casa. Había conseguido despertarla.

-Mamá…

-¿Estás bien?
La oyó subir las escaleras, arrastrando las zapatillas de lana.
-me he caído…

Al verla tumbada en el suelo, con el pelo revuelto y el papel de regalo cubriendole media espalda, su madre no pudo evitar reír.
-.. pero cómo…
-me he hecho daño, no te rías – le dijo Judit, incorporándose, – en el dedo.

Su madre le echó un vistazo rápido y dijo que no parecía grave. Le dio un calmante para el dolor y se volvió a la cama.

Al día siguiente, con toda la familia en casa, Judit se olvidó del dedo. Le dolió un poco al abrir sus regalos , pero luego con los primeros vinos del aperitivo, se le pasó.

 
Esa mañana, sin embargo, su dedo pulgar había mutado a patata y tenía un feo color lila. Le dolía tanto que ni siquiera podía teclear en el móvil.
-Mejor, así dejas Instagram – le había dicho su hermana, que se había ofrecido para llevarla en coche a Can Ruti, donde trabajaba un traumatólogo hijo de unos amigos de sus padres. El hospital estaba en lo alto de una colina, con unas vistas impresionantes sobre Barcelona, pero le habían avisado de que encontrar sitio para aparcar era misión imposible.

-Creo que va para largo – avisó a su hermana por teléfono. Su hermana le dijo que no se preocupase, que se quedaría en el coche dando vueltas para encontrar aparcamiento y escuchando música hasta que saliera.

Mientras esperaba su turno, Judit fue repasando mentalmente el trabajo que se le acumularía por no estar frente al ordenador esa mañana: preparar los envíos de Montsant para la feria del vino de Tokyo,  la reunión con las bodegas de l’Empordà, la cata de Montepulcianos en el consulado italiano…

¿Cómo podía decir alguien que el Montepulciano es un vino chungo? , pensó, entornando los ojos, al recordar lo que le había soltado su amigo Alexei en una cena reciente, para celebrar que se forraría con la cata en el consulado. Cenaron  en una pizzeria y se bebieron una botella y media de Montepulciano entre los dos. Al salir, él había intentado enseñarle a montar en monopatín en un parque cerca de su casa. Judit había acabado de bruces en el suelo y su amigo vomitando el vino y buena parte de una pizza cuatro quesos. Después le había soltado eso de que era culpa de ese vino chungo italiano. 

 
-mucho viajar, pero no te enteras de nada, Alexei. No ha sido el Montepulciano, sino  la pizza cuatro quesos y los dos litros de aceite picante. Nadie pide pizza cuatro quesos después de los 40.

-mira quien habla, la que quiere aprender a ir en monopatín con 38.

-Tienes razón – se rio Judit-. Me he roto la media- añadió, señalando la rodilla pelada.

De hecho, llevaba una semana con un buen morado en la rodilla. Pero, al lado de ese pulgar abutifarrado, el morado en la rodilla era solo un chiste.

-Me la he vuelto a pegar, Alexei. A lo grande- le escribió a su amigo desde el hospital con la mano izquierda, como pudo. Estaba aburrida de esperar. Después le mandó una foto de su dedo.

-¿Te caíste en los columpios? Bebiste Montepulciano? – respondió él.

-No. Envolviendo regalos.

-Eing?

-Creo que me he roto un dedo.

-¿Era para mi?

-¿El qué?

-el regalo.

-Ah – volvió a reir. Notó que las mujeres marroquís la miraban con curiosidad. -No. Para mi sobrina.

Se despidió de Alexei bruscamente al ver que el médico asomaba la cabeza por la puerta del dispensario y gritaba su nombre. Le reconoció enseguida.  Habían jugado un montón  a los clicks de pequeños. Seguía teniendo los mismos ojos grandes y oscuros, aunque tenía menos pelo y llevaba gafas de ver de cerca.
-Vaya, Oliver, estás igual.
-Con algunas canas, pero sí, el mismo- le dijo, poniendo una mano sobre su hombro y animándola a entrar. -Veamos ese dedo. Tu madre llamó a mi madre muy preocupada.
-Es una exagerada.
-¿Vives con tus padres?
Judit se puso roja como un tomate. -Eh.. bueno.. sí, pero…
-Tranquila, todos tenemos nuestros motivos.

Judit le miró con curiosidad.- Tú.. tú también?-tartamudeó.
-Miremos ese dedo primero.

Oliver estuvo tocando su dedo gordo unos minutos –¿Te duele? Au! Y aquí? Ai! – y diagnosticó una fractura. Después llamó a la enfermera para que le hicieran una radiografía.

-Cuando regreses te pondré  la fíbula.

Judit estuvo un rato correteando entre pasillos detrás de la enfermera hasta llegar a la sala de radiografías. Se la hicieron en un momento. -Tienes suerte de ser amiga del doctor Abellán- le dijo, señalando con la mirada a toda la gente que esperaba su turno en la sala de espera. Judit se encogió de hombros. Por un día que la suerte estaba con ella, no se iba a sentir mal.

Al volver a la consulta, se encontró a Oliver sentado en la camilla. Se había desabrochado los botones superiores de la bata y tenía el rostro pálido y sudado.
-¿te encuentras bien? – le preguntó Judit, preocupada. Realmente, tenía mal aspecto. Le dejó la radiografía a un lado. Oliver la agarró por una esquina con la punta de los dedos, se la quedó mirando unos segundos, pero al cabo de nada la soltó y salió disparado hacia una puerta trasera.
Judit oyó como vomitaba. “Fantástico”, pensó, dándose la vuelta. En la pared colgaba el diploma de Medicina de Oliver y un par de títulos de una universidad americana muy bien enmarcados. Sus padres estarían orgullosos, pensó, recordando cómo se enfadaban con él cuando empezaban a esparcir playmobils por toda la casa.

-Perdona, ya estoy aquí. Una pequeña indisposición.

-¿Estás mejor?- preguntó ella, intentando levantar el pulgar roto. Oliver había recobrado un poco más de color en las mejillas.

-Nada grave. Debió ser la pizza cuatro quesos de ayer. 

-Dios.

What will be, will be

Nunca he creído en religiones ni rollos místicos, tipo “cada siete años se cierra un ciclo vital” o el “karma nos pone a todos en su sitio”. Neh. Yo creo en la suerte y en la mala suerte. Casualmente, la mala suerte se cebó conmigo en 2010, y otra vez en 2017. Siete años de diferencia. ¿Debería  replantearme algo? , me pregunto, tirada en un sofá con vistas al azul del Mediterráneo, a punto de la última siesta del año. Cielo rojizo. Pinos inmóviles. Últimas horas de luz de este desagradecido 2017, que se llevó a mi abuelo, uno de los grandes hombres de mi vida. Recuerdo que el año pasado pasé la tarde de fin de año con él, mano a mano, en su salón de Reina Victoria, rodeados de cuadros antiguos. Hablamos de las Memorias de Josep M. De Sagarra, de lo que pasaría en Catalunya si seguían con la independencia,  de nuestros antepasados Montoliu. Tenía 98 años y acababa de superar una neumonía, pero no se encontraba muy fino y estaba un poco decaído. Para animarle, le dije que tenía suerte de haber llegado hasta los 98 rodeado de tanta gente que le quería. “Visto así, igual tienes razón”, dijo, con los ojos brillantes. Mi abuelo tenía la mirada despierta de un joven. Sobre las ocho hicimos una pausa para que cenase un poco de sopa y un yogur, y luego seguimos hablando hasta casi las 10. Le dejé en su butaca, con su rebeca de lana y su partida de solitario en el ordenador, para irme a cenar con una pareja de amigos, que justo ahora acaban de tener un bebé. Les traje una botella de champagne francés  (no me gusta el cava)para brindar por el 2017, sin imaginar que un mes después se llevaría a mi abuelo. Murió en su cama, tranquilo, una soleada mañana de febrero. Le echo de menos cada día.

2017 también ha sido cruel con la salud de otro gran hombre de mi vida. Me ha tocado  aprender de golpe que ver sufrir a las personas que quieres es lo peor que te puede pasar en la vida. Se te rompe el corazón, por muy cursi que suene.

Hace siete años, precisamente, me rompieron por primera vez el corazón.  En 2010 me quedé un poco sin rumbo, sin mi pequeña patria, que para mi no es más que allí  donde están las personas que quieres. 2010 fue otro año de mala suerte en toda regla: rompí con el novio, volví a barcelona, me quedé sin curro, me arrancaron dos muelas del juicio, me.robaron el móvil. Pim pam. Todo en uno. Este año también me han robado el.móvil. Nada muy grave. La vida, me digo. La misma vida que te da y te quita, que te hace feliz con unos besos, aunque  lleguen con miedo o con años de retraso. 

Feliz año 2018.

No es lo mismo sin arroz

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Mi día favorito de las Navidades es Sant Esteve, el 26 de diciembre. Mi padre se llama Esteban – Esteve – y en casa siempre lo hemos celebrado a lo grande. De pequeña tengo el recuerdo de levantarme soñolienta de la cama, ir a desayunar en pijama y encontrarme en la cocina a mi tía Titón preparando ensaladas exóticas con curry, gambas y manzanas. Mientras yo intentaba hacerme un hueco en la mesa para tomarme el colacao y las galletas sin mancharme las mangas de la bata, los adultos a mi alrededor andaban apurados con los últimos detalles de la comida. El plato estrella de Sant Esteve eran las terrinas de foie trufado que preparaba mi àvia y, más tarde,  el arròs de Sant Esteve que cocina mi padre con las sobras del capón de Navidad.

Este año, desafortunadamente, mi padre está de baja y nos hemos quedado sin comilona familiar, y sin arròs. Pero Mari, la persona que más nos ha aguantado a mí y a mis hermanos después de mis padres, ha venido a prepararnos unos canalones con bechamel, que también son tradicionales de Sant Esteve. Y así, con la luz tenue de diciembre colándose por la ventana del comedor, saboreando los canalones de Mari y una copa de vino tinto, me he acordado de la primera (y única) vez que traje a un novio por Sant Esteve, hace ya 17 años. He rescatado mis recuerdos:

“Desde que se acabó el chollo de la Universidad y mi vida se quedó sin rumbo, me dan pereza las Navidades. 2005 no fue una excepción: con solo 25 años, ya había conseguido que me despidieran de mi primer trabajo. Mi familia al completo querría saber qué haría con mi vida a partir de enero y yo no tenía ni idea. Así que le pedí a C. que viniera a pasar el día de Sant Esteve para darme apoyo moral.

Mi padre tiene diez hermanos y C. estaba muerto de miedo: entre nueras, cuñados y exmaridos, solemos ser unas treinta personas en la mesa. Al final, no fue para tanto. Se dio cuenta de que mi familia estaba más pendiente de acabarse lo que tenía en el plato que de meterse con él.

Aunque mi àvia ya había fallecido, la comida de Sant Esteve seguía empezando con las terrinas de foie acompañadas de tostadas con mantequilla y ou filat,  yema de huevo rallada, que me chifla. También había pimientos del Piquillo traídos especialmente de La Rioja; ensalada de alcachofas con trufa; habitas con jamón;  pastel de rape y unas bandejas de flanes de foie micuit – tibios, gelatinosos, se derretían en la boca – cocinados por mi tía Titón. C. repitió de todo y cuando le dijimos que todavía faltaba el arroz, por poco se atraganta con los restos de pimiento.

El arroz de San Esteban de mi padre es difícil de superar. La base es un sofrito de ciruelas confitadas, orejones, piñones, cebolla, zanahoria, pimientos y restos del pavo de Navidad, que luego mi padre riega con vino blanco, virutas de trufa y parmesano.

De postre, tomamos turrones de yema recubiertos de nata, los favoritos de mi padre, que mi tía Margot trae cada año de la pastelería Baixas. Como cada año, el  incremento del precio de los turrones de Baixas se convirtió en un agitado tema de sobremesa, hasta que mi padre descorchó la botella de champagne y propuso un brindis:

 – ¡Por el nuevo invitado de este año! – dijo, mirando a C.

En respuesta, mis tíos enloquecieron y empezaron a gritar al unísono: “BODA, BODA, BODA!”

C. se puso rojo como un tomate y yo me partía de risa. Al menos nadie me preguntaba por mi futuro profesional.

-Como sigáis así me iré a Berlín y no volveré – les dije, medio en broma, para que se callaran.

En el fondo, era lo que quería. Largarme a Berlin con C, poder levantarme tarde, pasear por el Tiergarten en bicicleta y escribir críticas de exposiciones. Quería ser periodista. Pero no me tomaban en serio. Ni siquiera C.

Mandonguilla electoral

Conduir de nit se li feia cada cop més pesat. “L’edat, segur”, va pensar quan va arribar al túnel de Montigalà i va començar a notar que se li aclucaven els ulls. O hauria estat el vi? Tampoc havia begut tant. It’s a kind of magic...  Va apujar el volum de la ràdio. A vegades li servia per no adormir-se. Mentre escoltava Queen, repassava mentalment la conversa amb les amigues mentre sopaven, feia una estona. Una havia decidit que votaria en blanc. L’altra, als Comuns. I ella? It’s a kind of magic.. The bell that rings inside your mind, Is challenging the doors of time”. Va pujar el volum encara una mica més. Després es va pessigar una galta. O es despertava o hauria d’aturar el cotxe a l’andana.
“Jo, després de donar-li moltes voltes, he decidit que votaré al Felipe, reencarnat en la mandonguilla conciliadora”, li havia dit aquell matí un amic per referir-se a l’Iceta, el candidat del PsC . S’ havia rigut molt escoltant aquella tonteria. Iceta, la  mandonguilla conciliadora. “Iceta panceta”, li havia dit un altre amic, admetent segons després que era un acudit molt dolent. “Ho retiro, ho retiro”, deia, com quan algú insultava a un altre al pati del cole.
“Pero votar Iceta significa haver d’aguantar l’endemà a Rajoy dient: he guanyat…”
Potser sí, potser no. Li era igual tot, ja. Tenia el cap fregit per aquelles eleccions. Ella el que volia era arribar a casa sense estampar-se contra una valla,  posar-se el pijama, dir bona nit al seu pare. I dormir. Volia dormir molt. I somniar que seguíem el rastre d’unes petjades mullades vora el passeig del mar i tremolavem de fred sota un fanal ataronjat.

Olors d’hivern

Per fi. Per fi un sofà per a mi sol, va pensar, doblegant els braços sota la nuca i estirant les cames fins que els peus van quedar penjant sobre el reposa-braços. Si la seva mare hagués vist que s’ havia estirat al sofà amb les sabates posades, l’hagués renyat com si fos un nen. Acabava de fer 41 anys, però per ella encara seguia sent el seu Aliosha,  el seu fill petit. I ara, després de 13 anys a l’Àfrica, el seu Aliosha havia tornat a casa. “Aliosha, guapo, per què tanta  pressa en trobar pis i marxar a Barcelona? No n’has tingut prou, d’estar sol? Si al menys tinguessis nòvia…”
L’ Alex escoltava la seva mare i reia. Cap dels seus amics del poble li deia Aliosha. Tampoc cap d’ells li recriminava que no tingués parella. “Crack, aprofita, tu que pots”, li deien.  La majoria s’havien casat i tenien criatures. Se’ls va imaginar canviant bolquers o fregint barretes de peix congelat i no li va semblar un pla de dissabte tan dolent. Ell  es passaria aquella nit espaterrat al sofà d’Ikea que havia muntat aquell matí, gaudint del sol que entrava per la finestra. Estava tan a prop del mar que li semblava sentir-lo. 

“Sobretot, que el pis estigui a prop d’un Mercadona’, havia insistit la seva mare els darrers mesos . Al Poble Nou només hi havia un Mercadona, el de la Rambla, però ho havia aconseguit. Li agradava el.Mercadona. Era barato, sabia on estava tot i venien un hummus preparat boníssim.
-Al Mercadona? Però si ni tan sols tenen Donuts de marca- li havia dit la seva amiga Judit, que l’havia trucat aquella tarda  mentres feia la compra.- Has de provar els donuts pantera rosa, quan vas marxar  a l’àfrica encara no existien.

-Donuts roses? Quina por. He comprat pomes.
-Ets un miedica.

Va riure sol. Feia temps que ningú li deia miedica. Però uns donuts roses, ara que intentava cuidar-se i estava a punt de fer-se vegà… 

Des del sofà li va arribar l’olor de coliflor bullida de casa dels veïns. Olor d’hivern, va pensar, mirant les bosses de la compra, que s’havien quedat a terra, davant la porta d’entrada.  Es va aixecar poc a poc, va recollir les bosses de terra i va arrossegar-se cap a la cuina. Havia decidit que soparia una poma escalfada al microones, amb una mica de mel i canyella. Mentre esperava a que acabés de coure’s, el va trucar la Judit

-què fas Jaimito? T’has comprat els donuts roses o has anat a caçar?
-m’estic fent una poma al forn. Bé, al microones.  7 minuts i mig. Un truc de la meva mare.
-ah, sí? I si la poses  7 min i 53 segons què passa? Explota? Es transforma en petit suisse? No sabia que eres un cuinetes. Deus estar madurant. Has notat algun altre símptoma, a part de que vas al mercadona?
-que ja no menjo donuts roses – va dir l’Alex traient la poma del microones. Feia una pinta dubtosa. -Però potser m’he precipitat.

Tardes de Procés

Per fi havia arribat el fred. Tampoc era que fes massa fred, però al menys s’havia acabat aquella sensació d’estiu etern que s’havia emportat per davant les ganes de castanyes i  panellets. Quina joia aquest canvi climàtic, llàstima del Procés, recordava que algú havia dit feia poc en una sobretaula  – màniga curta i gintònic en mà- en un xiringuito de platja.
Va mirar per la finestra. El últims raigs de sol despareixien darrere els turons coberts de pins i el vent gronxava les fulles grogues de les moreres del pati.  El cel, de color vermell, li parlava de totes les tardes d’hivern que havia passat en aquella habitació, on ara tenia el seu estudi. Se sabia el paisatge de memòria: les moreres, el bosquet d’alzines, la casa de l’alcalde, els turons al fons. Abans de deixar-se endur per la nostàlgia, va trucar al seu marit.

-Quan tornes? Fa fred…

-No en tinc ni idea. Estic atrapat a Sants. Els manifestants han tallat les vies, els trens no surten… Mira, escolta:

Ella va enganxar l’orella a l’auricular:

 “les vies serán sempre nostres!”

Va deixar anar un sospir.

-Aquest Procés no s’acabarà mai.  I ja ens podem preparar si dijous empresonen també a la Forcadell i la resta de la mesa del Parlament.

– La majoria dels que estan bloquejant les vies són estudiants.

-Estudiants que haurien d’estar estudiant. Llegint. Viatjant – va fer una pausa per fixar-se en l’ocell  que acabava de posar-se sobre la barana del balcó. Era una merla força grossa, amb el pit sortit. – Els nostres fills no aniran pel món onejant banderes.

-No, aniran engullint panellets, com surtin a tu. ¿Me n’has deixat algun, dels que va dur la teva mare?

-Un. De coco, que no m’agrada – va riure.

-Només un? Però a tu com et van adoctrinar?

-A mi el que m’agrada es que m’adoctrinis tú. Vull que arribis ja.

Després va girar la vista cap a la pantalla de l’ordinador i va actualitzar la web del portal de notícies. Els talls de carreteres del #8N seguien sent l’ordre del dia. A sota, en destacat, els titulars d’un polític del PP acusant als convocants de la vaga de portar nens petits als punts on estaven bloquejades les vies. Més llenya al foc, va pensar. Com si no tinguessin prou amb els Jordis i mig govern català a la presó. I aquella bestiesa de l’adoctrinament a les escoles…  “En algunos centros públicos de Cataluña y con determinado profesorado se exhiben murales, banderas, sectarias y pancartas que podría considerarse como “adoctrinamiento escolar y partidista”, va llegir, arrufant les celles.

– No sé si arribaré abans de les 9 per adoctrinar-te, estimada.

-Quin remei. Aquí estarem, el panellet i jo- va respondre ella. Tot seguit, es va aixecar de la cadira per  apujar el volum de la ràdio. Posaven una cançó de Kylie Minogue. “La, la, la, la, la, la, la, la, La, la, la, la, la, la, la, la… I just can’t get you out of my head, Boy, your lovin’ is all I think about.”

-Quin sentit tindrien les tardes del Procés si no pogués ballar Kylie Minogue esperant a que tornis de treballar?- va murmurar, encara amb el mòbil a la mà. Però ell ja havia penjat.