Dulce Sevilla

– ¡Mira, mira, turrón de marron glacé! – Olivia aplastaba la nariz contra el escaparate de la pastelería y estiraba la manga de Sergio para que le prestara atención. – También hay de moscatel, y de piñones y nueces. ¿Le traemos uno a tus padres, para la cena de Nochebuena?
-¿Para mis padres? -Sergio soltó una risotada-. Lo que tu quieres es comértelos tu. Venga, entremos, gordita.
Empujó la puerta de cristal y la mantuvo abierta para que su novia pudiera entrar.
-Ai, Dios- soltó Olivia, seguido de un suspiro. Delante de ella se extendía una amplia variedad de tortas, turrones y milhojas de crema que daban fama a esa céntrica pastelería sevillana. -Tendremos que comprar algo más que turrón…

Sergio entornó los ojos. Era su primera escapada juntos y en ese viaje estaba descubriendo a una Olivia nueva, golosa y con ganas de probarlo todo. Llevaban apenas tres horas paseando por las callejuelas de la Judería y ya se habían detenido en tres bares de tapas y dos pastelerías.
-¿En serio te vas a pedir eso?- le preguntó Sergio, boquiabierto, al ver que su novia apuntaba con el dedo a una torta de hojaldre rellena de nata. -Acabamos de comernos seis croquetas de campeonato cada uno, además del pisto con huevos de codorniz, la ración de jamón, y dos copas de vino.
-No seas pesado, Sasha. Los pantalones aun no me apretan.
Él bajó la mirada para poder admirar las largas piernas de Olivia, enfundadas en un vaquero desgastado.
-Pero te apretarán – le dijo, deslizando el brazo por debajo de su chaqueta para agarrarla por la cintura.
Ella se sacudió. -Me haces cosquillas…
-Y tanto azúcar… – añadió Sergio, agarrando la torta de nata que la dependienta había envuelto en papel para llevar. -Después estarás espitadísima y no habrá quien te calle.
-Pero si te encanta.
-¿Me encanta qué?
-Que hable.
-Un rato, sí. Pero a mí a veces también me gusta que me escuchen.
-bueno, pues aprovecha ahora, que mientras me como esto voy a estar calladita – dijo Olivia, sacándole el pastel de las manos. Lo desenvolvió ahí mismo, de pie, entre la gente que entraba y salía de la pastelería, y acto seguido le dio un enorme bocado.

– Estás tan guapa callada- le dijo Sergio, tratando de parecer serio. Olivia tenía la nariz y los morros completamente cubiertos de nata. – Pero en estos momentos pareces una animadora infantil.

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La bañera de Stalin

Tskaltubo, un municipio a los pies de los Cáucasos, en la parte más occidental de Georgia, llegó a ser una de las ciudades balnearios más conocidas de la URSS. Miles de personas llegaban cada año a la estación de tren de Tskaltubo- en su mayoría procedentes de Moscú- para recibir tratamiento en alguno de los majestuosos baños termales y sanatorios de la ciudad. Muchos de estos elegantes edificios , hoy semiabandonados, se construyeron en los años 50 y 60 imitando el estilo neoclásico, con lámparas de cristal, escalinatas de mármol y columnas con capiteles esculpidos con flores. Tal era la fama de las aguas termales de Tskaltubo que hasta Stalin decidió pasar aquí dos temporadas. Una en 1931 y la otra en 1950, ya terminada la Segunda G.M. La primera vez se alojó en su propia villa – hoy una mansión en ruinas, ocupada por cabras y vacas. La segunda vez ya vino a lo grande y mandó construirse un balneario especial, el llamado balneario número 6, y uno de los pocos edificios que siguen en pie y funcionando. El edificio, con su imponente relieve de Stalin esculpido en la fachada, fue construido en solo 9 meses, utilizando más de 4.000 trabajadores, muchos de ellos prisioneros alemanes de la 2a G.M. “A Stalin le dolían mucho las piernas y las aguas de Tskaltubo son buenas para las articulaciones”, me explica una enfermera empleada en los Baños num. 6, después de enseñarme la bañera especial de Stalin. En la actualidad la mayoría de los pacientes del centro son de Arzebayan,el país vecino,y también algunos rusos y ucranianos. “Con la caída de la URSS, la gente dejó de venir a Tskaltubo”, añade la enfermera, detallando que entonces los doctores soviéticos solían recetar a sus pacientes con dolencias pulmonares pasar largas temporadas en balnearios.
El declive de Tskaltubo se aceleró cuando en los años 90 el gobierno georgiano decidió alojar a miles de desplazos de Abjasia y Ossetia del Sur que huían de la guerra entre Georgia y Rusia (1992) en los hoteles y sanatorios abandonados. 30 años después, muchas de estas familias siguen viviendo en las habitaciones de estos edificios semiderruidos, sin cocina ni agua caliente, esperando a que el gobierno les consiga un piso mejor. “Cuando llegaron aquí estas habitaciones eran todo un lujo, y ahora se caen a trozos”, añade con voz triste la guía local que nos acompaña. Su sueño es que algun día lleguen los inversores privados y los elegantes balnearios de Tskaltubo vuelvan a resplandecer.

En busca del altar perdido

altar de miraflores

Agosto, septiembre, octubre … los meses pasan rápido en Berlín. Horas perdidas en la biblioteca, paseando en mi bicicleta oxidada y contemplando los cuadros de pintores flamencos en la Gemälde Galerie, en la Potsdamer Platz. Cada miércoles por la tarde me refugio allí, aprovechando que no cierra hasta las diez de la noche. Tengo las salas para mi sola. Me obsesiona el Altar de Miraflores, un retablo de Rogier van der Weyden que me tocó analizar en un examen del Courtauld. Me he llegado a pasar más de media hora contemplando el vestido azul de la figura de la Virgen sujetando al Cristo muerto. Cada pliegue de tela, cada sombra sobre su rostro, cada mueca la convierten en un ser real.

En la biblioteca del Courtauld llegué a memorizar cada detalle del cuadro. Uno de los aspectos que más me fascina es la precisión con la que Van der Weyden utiliza la técnica de la grisalla para reproducir al detalle la arquitectura gótica que enmarca la escena. Contemplando esta pintura llego a olvidar que estoy en Berlín y me traslado al Renacimiento. ¡Ah! Si hubiera nacido seis siglos antes… Quizás podría haber hecho realidad mi sueño, ser mujer florero, en lugar de comerme el coco todo el día pensando de qué trabajar para ganar dinero. Hubiera sido una gran aristócrata: todo el santo día pensando y leyendo, sin tener remordimientos de conciencia.

En la misma sala que el Altar de Miraflores hay expuesto un retablo de Lucas Cranach que consigue romper toda la armonía de mis pensamientos. Se llama La fuente de la juventud. Está divido en tres partes. En el primera se ve a un grupo de ancianas desnudas, con el cuerpo deformado y lleno de arrugas, que son transportadas con carretas hacia una piscina de aguas transparentes. En el panel del centro, las viejas descienden por unos escalones con la intención de bañarse en dichas aguas. Son las aguas de la inmortalidad, el paraíso. En la tercera parte del cuadro, las viejas se han transformado en jóvenes bellas y esbeltas. Su piel se ha vuelto rosada y sus arrugas han desaparecido.

En la Edad Media la gente soñaba con alcanzar el paraíso, la juventud eterna. Yo me conformo con ser mujer florero, insisto. Sin embargo, cómo dice Cranach, parece ser que para disfrutar del paraíso es necesario experimentar la dureza de la vida, envejecer y morir. Después de contemplar este cuadro, me suelo marchar de la Gemälde. Agarro la bicicleta y pedaleo hasta casa, dejando atrás los edificios iluminados de la Potsdamer Platz y sorteando las aglomeraciones de turistas en la puerta de Brandemburgo, esperando que Pere haya preparado la cena y me suba la moral.

*Extracto de “Operación Berenjena”, escrito en Berlín en 2006.  Aún no he logrado ser mujer florero.

Lucas_Cranach_-_Der_Jungbrunnen_(Gemäldegalerie_Berlin)

Vacaciones chinas

Wang HuiZhen tiene 28 años y es profesora de primaria en una escuela pública de Xian, la famosa ciudad de los guerreros de terracota. Ella y su novio llevan unos días viajando por Guizhou, tratando de evitar los pueblos más turísticos, y han terminado en Langde, una pequeña aldea Miao escondida entre arrozales y montañas cubiertas de bambú. “Leímos en Internet que aquí se estaba más tranquilo, el aire era fresco y no llegaban los autocares llenos de turistas (chinos)”, me explica HuiZhen, contenta de practicar el inglés, que lo tenía medio olvidado. HuiZhen creció en Qinghai, a los pies de las montañas del Tibet, y es la pequeña de tres hermanas. Al terminar la escuela se fue a vivir a Xian para estudiar Lengua Inglesa en la universidad, y así conoció a TongZheng, su novio, que era un amigo de su mejor amiga, y con quién se casará el año que viene. “Él es un hombre libre, tiene su propio negocio, así que siempre está esperando a que yo tenga vacaciones para poder viajar”, me explica. “Por suerte, soy maestra y en verano tengo dos meses de vacaciones”, añade. Su salario mensual como maestra de escuela pública es de 3000 RMB mensuales, unos 380 euros al mes. Sabe que es poco, pero “es la vida que he elegido tener”, me dice. Antes de ser profesora, HuiZhen trabajó en un banco en su ciudad natal, en Qinghai. Si se hubiera quedado en el banco seguro que ahora ganaría más, me dice, pero decidió mudarse a Xian por amor y buscar un nuevo empleo. Está contenta con lo que tiene. “Me gusta tener una vida ordinaria”, dice, sonriendo, aunque “admiro la gente en América y Europa que persigue sus sueños. Aquí en China todavía somos muy tradicionales”. Quizás Huizhen no sea muy ambiciosa, pero sus ojos oscuros destellan energía y curiosidad. “Zhen y yo tenemos un plan: antes de los 35 viajaremos por toda China, y después de los 35 descubriremos el mundo”, me explica por la noche, mientras cenamos todos juntos. Han pedido una cazuelita de pescado de río cocinado en salsa picante y me fascina ver cómo logra separar la carne blanca de las espinas. Su novio me explica entre risas que es una glotona. “Es verdad, a mi me encanta comer, en casa es siempre Zheng quién cocina”.

A la orilla del río

Hace 10 años, cuando era corresponsal en China, me harté de escribir el mensaje que el entonces presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiababo no dejaban de repetir: somos un mercado de 1.3 millones de personas y para seguir creciendo económicamente, nuestra prioridad será estimular la demanda interna. Puedo confirmar que están cumpliendo con su plan. La enorme inversión en infraestructuras de transporte, desde autopistas a miles de kilómetros de vías de tren de alta velocidad, han permitido que algunas de las provincias más pobres, como Guizhou, se hayan subido al tren del desarrollo gracias a la llegada del turismo local. Zhenyuan, por ejemplo, un antiguo municipio de casas de piedra gris enclaustrado entre montañas frondosas y el río Wuyang, es hoy una especie de parque temático de farolillos rojos, restaurantes de pescado y tiendas de souvenirs, que atrae a centenares de turistas locales cada fin de semana. Llegan en coche (BMWs , Buicks y Porsche Cayennes incluidos) , en bus organizado, o en tren, desde Kaili, la estación de tren de alta velocidad más cercana. Ayer , después de cenar unos deliciosos zhajiangmian (fideos) junto al río, hablé con MaoMao, una joven de cuerpo menudo, tez blanca y lentillas de color marrón castaño que le daban el aspecto de una muñeca. MaoMao es de Guiyang, la capital de Guizhou, y había venido a Zhenyuan a pasar el fin de semana con su novio. Ellos iban a reservar un tour en barca por el río y me animaron a hacer lo mismo, pero al ver la foto del crucero lleno de turistas cargados con bolsas de fideos precocinados rechacé la sugerencia con delicadeza. “Tendría que consultarlo con mi acompañante, que se ha quedado durmiendo en el hotel”. En lugar de cruceros, esta mañana he optado por subir una pequeña montaña que corona el pueblo. Mientras subía la escalinata hasta la cima, donde se conservan los restos de una vieja muralla junto a un poste de electricidad, he conocido a una pareja de estudiantes de Hubei, una provincia más al norte. Iban empapados en sudor, como yo, y nos hemos sonreído con complicidad. “hěn rè”-he dicho, tirando de mis recuerdos de chino-. “Qué calor”.
“Hěn rè, hěn rè”, me ha contestado él, sonriendo. Los dos llevaban gafas, como yo, y hacían vanos esfuerzos para que no les resbalaran por la nariz del sudor. También era su primera vez en Guizhou. Han pasado cinco días visitando algunos pueblos de los alrededores y hoy ya vuelven a casa. Les hago una foto para la immortalidad. A nuestros pies, los tejados grises de Zhenyuan, el río de aguas turbias, el sonido del tren y los camiones, las eternas bocinas de las motos eléctricas: “Mec, mec”, “mec,mec”. Siempre es un pitido rápido, entrecortado, un simple aviso para decir “estoy aquí, quiero pasar”. En la plaza, los campesinos de los alrededores pasan la mañana sentados a la sombra, intentando vender su cosecha: un puñado de berenjenas arrugadas, acelgas chinas, sandías, zanahorias, pepinos.. verduras que terminarán en algun bol de fideos o de relleno de algun jiaozi. Y a lo lejos, encajonados entre las montañas y un meandro del río, los bloques de edificios a medio construir que formarán el nuevo Zhenyuan.

Una mujer hace jiaozi en Zhenyuan
Mi hotelito en Zhenyuan

Nuevas generaciones

Hoy he visitado el campus de la Peking University, uno de mis lugares favoritos de Beijing, al norte de la ciudad, entre el Palacio de Verano y el barrio tecnológico de Haidian. Hace 8 años no se podía llegar en metro, pero ahora Beijing tiene una docena de líneas de metro más y

hay una parada que te deja justo delante de la puerta Este de la universidad, que este año cumple 120 años de antigüedad. En el metro me he sentado al lado de un joven de unos 20 años, delgado, con polo azul y gafas que le resbalaban por la nariz chata mientras chateaba a toda pastilla con dos amigos, con uno por WeChat (la app que usa todo el mundo para chatear en China, por ser la única no censurada) y con otro por Whatsapp (solo puede usarse si te instalas un VPN en el teléfono para poder sortear la censura- instagram y facebook tampoco funcionan). La velocidad a la que el chaval chateaba y saltaba de chat en chat, pasando del inglés al chino, e intercalando emoticonos, me ha dejado boquiabierta, pero aun y así, he podido leer como le contaba a un amigo que ese año iba a matricularse a la asignatura de M&A (mergers and acquisitions) y que él creía que el “financial market is fucking down” (el mercado financiero está fatal).” I forsee a financial recession in three years, especially in PR China”, ha tecleado con mucha seguridad el chavalín, dejándome hasta a mi preocupada. Los dos hemos bajado en la misma parada – universidad, puerta Este- y he intentado seguirle un rato más, pero iba tan lento y empanado con el móvil que me he aburrido. En el metro de Pekín, todo el mundo – desde un estudiante modernillo a la inmigrante de rostro curtido, recién llegada del pueblo- viaja absorto con el móvil, sea mirando películas o jugando a juegos tipo candycrash.

En la entrada a la universidad, un policía me ha barrado el paso,pidiéndome identificación. Ya hacían lo mismo hace 8 años. El Estado ordena estricto control sobre quién entra y sale de las universidades, para evitar follones y manifestaciones, entre otras muchas cosas. El control ha ido a más desde que asumió el gobierno el presidente Xi Jinping, según me han dicho mis amigos que siguen viviendo aquí. En la calle hay unas roulottes móviles de policía que parecen de juguete por todas partes, ponen muchas más trabas a la hora de conceder visados a extranjeros (que apenas se ven, ni siquiera turistas) y hay cámaras de vigilancia en todos los establecimientos públicos. En muchas universidades han instalado las polémicas cámaras de reconocimiento facial por todo el campus. Peking University es una de ellas. He logrado entrar con la táctica habitual: soltándole una parrafada en inglés al joven guarda sobre un museo que quería visitar, y poniéndole nervioso porque no entendía nada. “Not open, not open”..era lo único que sabía repetir en inglés. Pero viendo que me ponía pesada, me ha dejado pasar para evitarse problemas.
Justo hoy coincidía con la jornada de graduación, y el campus de Peking Univ estaba lleno de padres muy orgullosos fotografiando a sus hijos, enfundados en la toga tradicional de color azul. Algunos se hacían fotos frente al hall de la universidad, donde una enorme banderola colgada en la fachada felicitaba a la promoción del 2018. Otros se fotografiaban junto al lago, flanqueado por frondosos sauces llorones.
“Este señor es Li Dazhao, uno de los padres fundadores del partido Comunista”, me ha explicado un señor cuando le he preguntado por el busto escondido en un rincón del jardín de la universidad, que él mismo estaba enseñando a sus dos hijos pequeños. “Fue asesinado”, me explica, muy serio, señalando la fecha de su muerte: 1928.
-¿Por el Kuomintang?- le pregunto.
Me responde que sí, emocionado de que conozca un poco la historia de China. Son de una provincia del sur de China. Están en Pekín de turismo, como yo, y la universidad, con sus edificios centenarios y el bonito parque junto al lago, es un lugar que no quería perderse. Me gustaría preguntarle si también se acuerda de que los estudiantes de Peking university fueron los que impusaron las manifestaciones estudiantiles de la primavera de 1989, que acabaron con la triste “masacre” de Tiananmen, el 4 de junio (cuando el gobierno central dio la orden al ejército de poner fin a las protestas pacíficas por la fuerza). Estoy segura de que se acuerda. Pero en la China del siglo XXI la política se sigue hablando solo de puertas adentro.

L’Assumpta

Els pisos de protecció oficial del Poble Nou valien 80.000 pessetes (200 ptes al mes). Es van construir per als treballadors, davant del tren Bsrcelona-Mataró

L’Assumpta està a punt de fer 89 anys i des de l’any 36 que viu en aquesta caseta amb jardí al final de la Rambla del Poble Nou. “Sis generacions hem viscut aquí, des dels meus avis als meus besnéts. Compta”, em diu. L’he conegut mentre ecollia una ampolla de ron buida que algú havia deixat tirada entre els arbusts del seu pati. “Aquest jovent, que es passa la nit bebent coses tan fortes i després ho deixa tot brut… “.
La seva caseta amb jardí ha quedat atrapada entre la Rambla i els edificis de protecció social que es van construir als anys 50. Enlloc de tirar-la a terra, l’ajuntament va expropiar el terreny i l’immoble i la familia li paga un lloguer. “Sóc una privilegiada’, diu l’Asumpta, que es coneix a tot el barri. Per darrere nostre van passant els turistes en direcció a la platja, però ella al mar no s’hi banya perque està “asquerós, brut, el Mediterrani és el mar més brut de la Terra, ens l’hem carregat”, rondina. De tant en tant canvia al castellà i li surt un accent maño. Els seus avis eren aragonesos, immigrants, com molts veïns del Poble Nou. “Tot això eren camps, creixien tomàquets, pebrots… ‘, em diu, nostàlgica. “Tu saps cuinar?”. Li dic que no gaire i fa una ganyota, contrariada. “Doncs n’has d’aprendre. Perque s’ha daprendre tot. I si saps guisar, t’ ho agrairà la butxaca , i t’ho agrairà la panxa”, em diu. Ella, com a bona mestressa de casa, va aprendre a guisar, i de la finestra de la seva cuina surten olors que entusiasmen a tot el barri. “El meu marit em deia, com haig d’anar a un restaurant amb lo bé que guises, Assumpta”,recorda, orgullosa. “I tu, estàs emparellada?”, em pregunta. Li dic que no, que ho vaig estar vuit anys, pero que em van deixar. “Ai…no enteneu res, els joves d’ara. Ho deixeu estar dient que l’amor s’ha acabat… i a la vida s’acaben moltes coses, però l’amor, precisament, no s’acaba mai”.

Bilbao

Acabo de pasar por la calle Bilbao
El semáforo se puso en rojo,
olía a primavera,
a lluvia recién caída,
Y los charcos inundaban las aceras.

Ls noche que te recogí en ese cruce también llovía
¿Te acuerdas?
Llevabas un jersey azul oscuro,
y sonreías.

No he cenado

-dijiste.

Fuera era de noche,
pero dentro del coche se hizo de día

Yo tampoco.

Tus manos pecosas.
Tu pelo blanco, que un día fue rojo, empapado.
Tengo que decirte tantas cosas…

Vente conmigo.
Bañémonos en otro mar,
Salgamos cada tarde a pasear bajo los árboles de Coyoacán.

¿Te acuerdas?
Me besabas y dilubiaba sin parar.
Quise ser tu jersey azul
Y al final te dejé escapar.

Match point (Mallorca version)

Supo que le gustaría desde el primer momento que le vio, allí arriba, sentado sobre el murete de la entrada del club, con los brazos abrazados a las rodillas, dejándose acariciar por el sol. Soltó la mano del volante y le saludó efusivamente, como una niña pequeña cuando ve a sus amigos en el patio de la escuela. “Pero qué haces”, se dijo a si misma. Tenía la mano sudada de los nervios. Él le devolvió el saludo con la mano y se puso de cuclillas, preparándose para saltar del muro mientras ella maniobraba para aparcar. Por el retrovisor vio cómo se acercaba hacia el coche. Se había sacado las gafas de sol y sonreía. Abrió la puerta e hizo ver que ordenaba algunas cosas.
-¿Te habías perdido? Llegas tarde.
Le gustó su voz pausada y su acento mallorquín.
-Eh, no, no.. bueno… – tartamudeó. -El maldito GPS del móvil decidió tomar una carretera secundaria y por poco me lleva al huerto, pero aquí estoy. Un poco mareada de tanta curva, pero aquí estoy- repitió. Después salió del coche, y añadió: – y muy contenta de existas de verdad y no seas solo un espejismo de Facebook, una sobrasada mutante o un emoticono con cabeza de cebolla.
Él soltó una carcajada.
-Pues claro que existo. Soy muy real. Real como la paliza que te espera ahora en la pista.
-Eso ha sido un muy mal inicio- se cruzó de brazos y dio un paso atrás.- Te doy una oportunidad para que rebobines y te vuelvas a presentar como un caballero.
-De acuerdo-dijo él, poniéndose serio. -Rebobinemos. Me llamo Alejandro, pero mis amigos me llaman Federer.
-Muy gracioso-respondió ella.-Yo soy Laura, la mejor traductora de italiano de este país, además de una tenista prometedora.
-No me cabe duda. ¿Categoría junior? Estoy impaciente por ver tu revés. Pero que que sepas que si pierdes vas a tener que hacerme un masaje en los pies.

Totes les pluges de maig sota la teva caputxa blava,

els carrers són laberints de petjades mullades,

bassals que enmirallen temptacions passades,

la teva mà sobre el meu braç,

estirant del temps que ens separa.