Todavía es pronto para chordones

No soy una persona religiosa y siempre he creído que las emociones y la vida espiritual van de la mano. Pero en la alta montaña me entran dudas. 

Este fin de semana he subido al Valle de Benasque con una amiga que tiene casa en Castejón de Sos. Bueno, llamar “casa’ al caserón de piedra donde su familia ha vivido durante varios siglos es un poco injusto. Situada en la entrada del pueblo, sus tejados de pizarra y la fachada de cubierta de hiedra y rosales en flor hablan de tiempos lejanos, cuando el establo estaba lleno de vacas y la bisabuela de mi amiga asustaba a los gatos que se colaban en el patio, chillando en patués: “Fui d’astí saldoni!”.

El caserón todavía conserva el escudo familiar esculpido en piedra sobre la puerta de madera que da a la calle  y un pequeño altar en el sótano con un retablo barroco dedicado a Santa Barbara, la patrona de las tormentas.

 Antes el retablo estaba en la iglesia del pueblo, donde cada familia importante tenía su capillita, pero durante la guerra civil tuvieron que esconderla en casa y ahí se quedó. En los 70, el ayuntamiento mandó construir una iglesia supermoderna junto a la carretera  y convertir la antigua en un centro cultural.

Sacamos el coche del antiguo establo y empezamos la excursión. Decidimos subir al Ibón de Gorgutes, un lago que se forma con la nieve de los glaciares, y que hace de puerto de montaña entre España y Francia.  Saliendo de los Llanos del HOspital, son dos horas cuesta arriba entre chordones (frambuesas), lagartijas  y flores silvestres que más tarde dan paso a prados y riachuelos que bajan cargados con el agua de los últimos deshielos. El aire es frío (estamos a 2000 metros) pero el sol nos castiga las nucas y las pantorrillas. Detrás nuestro, el Aneto y la imponente cordillera nevada de la Maladeta. Me gustaría identificar el Tuc de Mulleres, mi única cima (3.100) pero no tengo ni idea de cual es. 

Mientras contemplo el espectacular paisaje -a veces la belleza no es subjetiva – me emociono recordando  el día que subí al Mulleres. Fue un día de julio, en plena ola de calor. Mi ex pensó que hacerme subir un pico de 3000metros era algo romántico, y por poco lo mato. Ahora se lo agradezco, aunque terminase bajando de culo por la Collada de Toro, con lágrimas en los ojos y un hueso de rebeco en la mano. Él me descubrió la alta montaña. Los Pirineos. La paz en las alturas, y en las fronteras. Eso sí, sigo siendo incapaz de distinguir a un rebeco de una cabra, a un halcón de un quebranta-huesos.  Ni siquiera sabría distinguir un chordón de una ortiga si no veo a las frambuesas colgando. “Todavía es pronto para chordones”, me dice mi amiga, que acaba de rellenar la botella con agua helada del arroyo. “¿Quieres?” Le doy un trago y me paso los diez minutos siguientes pensando en la diarrea que tendré mañana.

 Unos veinte minutos más adelante, llegamos al lago y me olvido de todo. Así, rodeada de picos nevados, del sonido del viento, del azul turquesa de las aguas del glaciar, es cuando conecto con la poca espiritualidad que hay en mi.

 La que me hace pensar que la vida tiene algun sentido más allá de que estemos aquí.

A mi àvia, la madre de mi padre, también le gustaba la montaña. Al quedarse viuda, ella y una amiga se compraron unos apartamentos  en Cerler, el pueblo más alto del Valle de Benasque, y subían a menudo para hacer excursiones, salir a buscar setas y  flores.

 L’àvia pasó la guerra civil en Suiza y allí empezó a aficionarse a la montaña. Yo me perdí a làvia excursionista (la osteoporosis la postró en una butaca cuando yo era pequeña), pero cuando la iba a ver me contaba que subían a esquiar con los esquis a cuestas y que había bajado el Mulleres en espardenyes.(nunca me lo creí, era un poco guays como yo).

“Tu abuela era una señora con mucha personalidad, y con mucha categoría”, me explica con una sonrisa José Barrabés Barrabés, el fundador de Barrabés, la tienda de montañismo más grande de España, que está en Benasque. 

Mi amiga conoce al Sr. Barrabés desde hace tiempo (las familias del Valle se conocen todas entre ellas, parecen ser todos primos segundos) y al bajar del monte le hemos ido a saludar. Tiene 84 años y me hace ilusión ver que se acuerda perfectamente de mi abuela y de su amiga, la sra.Farreras. 

“Juntas se lo pasaban bomba. No paraban. A menudo bajaban de Cerler y pasaban por mi tienda para comprarme pieles o moixernons para el fricandó”, recuerda José, apoyado en su bastón, frente a su flamante nueva tienda de 5 pisos. Lejos quedan los tiempos en que él y su mujer rejentaban un pequeño local en el centro de Benasque donde vendían” de todo”.

“Me bajaba a los anticuarios de Huesca y compraba de todo: cencerros, pieles de leopardo, de vaca, visones…”, dice. Eran los años 7o y empezaban a llegar los primeros veraneantes con casa en el Valle, muchos de Barcelona, como mi abuela.  Un día le dijo a mi àvia, “mire, señora Rodés, usted ya me ha comprado de todo, ahora voy a ponerle yo unos perfumes de Myrurgia en mi escaparate”. 

Myrugia era la empresa de perfumería que creo mi bisabuelo Esteve Monegal, el padre de mi àvia, que hace unos años fue vendida a Puig. 

El señor Barrabés me pregunta si he estado en la nueva tienda que han abierto en Barcelona, ciudad donde tiene grandes amigos, pero después se queja del reciente auge del nacionalismo catalán. “Antes los catalanes eran admirados en toda España, ahora pasa lo contrario. Y esto no lo arreglais en 100 años”, me dice, con rostro preocupado.

Para Barrabés, que se dispone a pasar la tarde frente a la tienda, observando si los clientes salen con cara de contentos o enfadados,  este país tiene problemas mucho más graves que el nacionalismo: por ejemplo, evitar que la gente joven se marche del Valle. “Los pueblos se estan quedando sin gente y si no hacemos algo, pronto quedarán abandonados”, se queja, frunciendo el entrecejo. 

Son las siete de la tarde y el sol sigue aprietando sin piedad. Al otro lado de la calle, en una plazoleta abrigada a la sombra de un edificio de piedra, cuatro mujeres mayores juegan una partida de quilles. 

“Pilar, atención al corneró!”, grita una de ellas a su compañera, a punto de lanzar  una pesada bola de madera contra una especie de bolos colocados en el suelo.  Son les “quilles”,  un juego tradicional del Valle de Benasque, mezcla de bolos y petanca, al que solo juegan mujeres. 

“A les tres de la primó”, “a les tres de la primó”- grita otra luego. Me cuesta entenderlas cuando hablan en patués. “No te’n balles ta ayá”, le responde otra, señalando  la rugosa bola de madera, tallada a mano.

Seguro que l’àvia era capaz de chapurrear el patués. También hablaba  català, castellano,  francés y un poco de inglés.  ‘las lenguas no se pueden imponer. Por que los idiomas son eso, no? Una gran riqueza cultural’, dice Barrabés, antes de despedirnos.

¿soy yo?

Ayer por la noche fui a tomarme un helado a la Jijonenca de Vilassar. Eran ya las once y media pasadas, pero estaba a petar de familias con niños pequeños que reclamaban sus cucuruchos de fresa, aprovechando la primera noche con temperaturas de verano. 

Sentados en un banco frente a la Jijonenca vi a una pareja de mi edad lamiendo sus cucharillas con cara de aburridos y sendas Brompton blancas aparcadas a un lado. Seguro que también usan el mismo jabón de cuerpo del Mercadona, pensé, mientras les observaba en silencio deborando mi helado. Esa miserable terrina de mango y ferrero rocher iba a ser mi única cena. 

Noté las gotas de chocolate resbalando por mi barbilla, los restos de sudor y crema solar incrustados en mi cuello,  el escozor de los rasguños que cubrían mis piernas después de una excursión de seis horas por Siurana con mi hermana mongui y mis primos troll. Al lado de esa pareja recien duchada y sus bromptons relucientes, me alegré de ser yo. 

Las mesitas de la siesta

Querido abuelo,
La semana pasada me llegaron tus mesitas de la sala de estar, ¿te acuerdas? Aquellas que todo el mundo utilizaba para apoyar los pies y hacer la siesta, después de una buena comilona preparada por Encarna. Tortillas rellenas, con un poco de suerte. O estofado con alcachofas. O tallarines gratinados con berenjena y mozarella. Rosbif con puré de manzana. Garbanzos. Habas… Y de postre, tarta de limón con merengue. 

En tu casa, después de comer, era imposible no desplomarse en ese sofá de cuero verde resbaladizo y quedarse dormido con los pies apoyados en la mesita. Antes, pero, la cubrías con un cojín -tapando los dibujos rococó descoloridos- porque sino te clavabas los cantos en los tobillos. 

Ahora miro las mesitas de cerca y me doy cuenta de que estan hechas trizas. Las patas crujen y el esmalte de la pintura se resquebraja, pero me las quedaré igual. Las pondré en el salón de mi casa, para recordarte un poco cada día. Sobre todo los domingos por la tarde, que era cuando solía ir a verte. Entonces la mesita más alta se convertía en  un taburete. La acercaba a tu butaca, me sentaba encima de ella y así me oías mejor.
Hace poco, un amigo que se acaba de divorciar me decía que las parejas en realidad sirven para no sentirse solo en las tardes de domingo. Yo no me daba cuenta, porque te tenía a ti. Antes de que se apoderase de mi la melancolía dominguera, cogía el coche y me plantaba en la calle Reina Victoria,  que en primavera siempre huele a jazmín y a plantas recién regadas. 

Alguna tarde estaban también mi madre o alguna de las tías, pero a mi me encantaba cuando nos quedábamos tu y yo a solas. Hablábamos de mi nuevo trabajo o de mi nuevo ligue (ya sabes que ambos me duran poco), de mis proyectos de libro, de mis futuros viajes a países raros -¡China! Serbia! Bulgaria!Kaliningrado!(este fue culpa tuya, por decirme que fue donde nació Kant)-,”¿Y ahora qué, dónde te vas?’, me preguntabas con los ojos verdes brillando detrás de tus gafas anticuadas. 

Este domingo te hubiera contado que estoy pensando en ir este verano a Costa Rica con un chico con el que estoy saliendo, pero que no lo tengo muy claro.  Me hubieras soltado un “ah, muy bien. Y allí que hay” y te hubieras reído oyendome decir que a mi no me gusta ni el calor, ni la selva ni la playa, y que me da pánico aburrirme con él.

“No sé, abuelo, yo quería ir a Nebraska o a Montana, pero nadie me acompaña”. Seguramente me hubieras convencido para que este verano  me vaya donde me dé la gana y pase de todo. 

Después de mis viajes te hubieras sacado de la manga alguna excusa para hablar de política catalana, y me hubieses dicho -alzando tu dedo índice que no dejaba de temblar- que Catalunya tenía un complejo de superioridad con España y que por eso nunca nos iría bien. Tu no creías en los políticos catalanes. Ni en los españoles.  Lo cuestionabas todo. Un escéptico y un provocador, como yo. 

Te echo de menos, abuelo. Miro estas mesitas desgastadas y te veo rellenando las casillas del crucigrama con el lápiz Staedler, tu letra quebradiza, tus jerseys de lana manchados de estofado o lentejas. Te empeñaste en comer en la mesa hasta el final, como un señor. Un gran señor. 

mi chaqueta china

Desde hace un par de meses voy a trabajar a un coworking en Poble Nou, un antiguo barrio obrero cerca de la playa, que ahora es el lugar favorito de las familias de guiris que vienen a vivir a Barcelona. Entre ellos está P, un irlandés que se dedica a dar cursos de formación a directivos americanos. P se pasa media semana en Nueva York y la otra media encerrado en el coworking, al que se desplaza en patinete, esquivando colegiales y turistas que colapsan la Rambla del Poble Nou a determinadas horas del día. 

Pero el fin de semana pasado, a P le dio un tirón en la pierna haciendo rappel y ahora no puede usar el patinete. Así que ayer al salir de la oficina fuimos juntos andando rambla arriba, contenta de tener un compañero desplazándose a mi ritmo tropical habitual.

-oye, Andrea,¿ por qué vas vestida de invierno?- me preguntó, señalando mi chaqueta verde de corte chino, larga hasta los pies.

-¿no te gusta? La compré en Pekín.

-pero mira a tu alrededor, la gente va en bermudas, están comiendo helados…

En efecto, en la esquina de la heladería El Tío Ché, un grupo de adolescentes en camiseta y pantalón corto esperaba su turno para comprarse el cucurucho de la merienda.

-mi termostato es especial. Hace un par de semanas decidí sacarme el edredón y me cagué de frío. Me lo he vuelto a poner y no lo sacaré hasta mediados de julio. Después de esa fecha, igual me baño en la piscina. 

-Claro, eso es porque vives en un pueblo y allí hace más frío-se mofa P.-¿ Mañana estarás en Kansas o bajas a Barcelona?-me pregunta, cuando nos despedimos. La canguro de su hija está esperando a que llegue. 

-En Kansas!-le grito, mientras cojea hacia su portal.

Ya en el tren a Vilassar, apretujada entre estudiantes sudorosos y otros hombres y mujeres que vuelven a casa del trabajo, recibo un whatsapp de P:

“Hoy me has recordado a Kyle, de Terminator”

(El otro día me dijo que mi foto de perfil le recordaba a la peli Alien)

“Voy a googlear. Espero que al menos Kyle sea chica”.

Googleo y aparece esto:

-eres idiota

-por tu chaqueta.

-eres idiota

-tendrías que sentirte halagada, era el tío más guay en todas las pelis..

-eres idiota

-eres la primera mujer que se ofende por no haber sido objeto de sexualización.

Al levantar la vista del móvil, el sol del atardecer iluminaba las polvorientas palmeras del paseo marítimo de Premià, donde un par de jubilados sin camiseta sacudían la toalla para sacar la arena. Igual sí, que hacía un poco de calor.

Insomnio en Alabama

La primavera nunca ha sido mi mejor amiga. Durante muchos años, la odié porque tenía alergia y me ponía enferma de tanto moco. De mayor, he conseguido reducir el colapso nasal a un moquillo  que gotea cuando le da la gana – en medio de una boda, cocinando una tortilla, cuando bebo una copa de vino con un tío que me gusta- tipicos momentos en que no puedes limpiartelo con la manga del jersey-  a cambio de  sufrir insomnio. Será la luz del sol por la mañana, el polen, las hormonas, pero en peimavera soy un búho que no necesita dormir.   El domingo pasado me desperté tan temprano que salí a correr sin desayunar,algo que mi organismo come-bayas no suele agradecer. Con el estómago vacío, fui brincando cuesta abajo hacia la playa, la brisa matutina desperezando las copas de los pinos, el mar azul de fondo, los ciclistas en mallas adelantando a los jardineros africanos pedaleando sobre sus bicis oxidadas. Los jardines de las mansiones del Maresme no serían lo mismo sin ellos. En Cabrera está Mori, un chaval encantador de Cote d’Ivoire que ha conseguido que resuciten mis rosas del Ikea. “Ça va avec le cesped?” , Me.preguntó el viernes por la noche por whatsapp. Debe tener unos treinta y pocos. SU mujer y sus cuatro hijos viven en Cote d’Ivoire, donde hace poco fue de visita. No eran unas vacaciones normales para estar con la familia. Nos dijo que no volvería a Barcelona hasta que su mujer no se quedara preñada del quinto. Después de tres meses y medio, lo consiguió.

Hace dos domingos, mi insomnio matutino me llevó a pasear por Montroig del Camp a las 8 de la mañana. A los pies de la serra de Llaberia, rodeado de campos de almendros y olivos, este pueblo donde vivió Miró podría ser la estampa típica de la Catalunya independent que quieren Puigdemont y sus colegas nacionalistas. Igual no quieren ver la realidad, que por las calles silenciosas de Montroig los escasos transeúntes son marroquís y latinoamericanos, y que en el frankfurt de la.plaza la especialidad que te ofrece una simpática camarera rumana es el pulpo a la gallega. 

 La noche anterior,  Montroig celebraba la elección de la pubilla del poble en el pabellón de deportes: vestidos rosa pastel con lentejuelas, sandalias de tacón del chino, rubias de bote bebiendo birra de lata en sillas de plástico.   Si no hubiera sido por la banda con las cuatro barras que las pubillas llevaban cruzada en el pecho, hubiera dicho que estaba en Alabama. 

Mañanas Victorianas

Mi momento favorito de la semana es el sábado por la mañana. Sobre todo cuando consigo levantarme un poco tarde (siempre he pensado que dormir es una pérdida de tiempo)  y me quedo remoloneando en pijama con un buen libro y los restos de tostada con mermelada de frambuesa crujiendo todavía entre mis dientes.

Si tuviera pareja, probablemente leería un par de capítulos y después volvería a la cama para seguir remoloneando juntos -sin pijama -hasta la hora de comer, pero como ahora no tengo, me voy a jugar al tenis o a correr. Bueno, lo de correr es un poco una entelequia, porque mi velocidad no superaría a la de uno de esos jubilados con los que me cruzo por la riera de Argentona cazando pájaros si se pusiera a caminar rápido. Mis logros en Strava lo dicen todo, aunque yo me quedo muy tranquila cuando mi prima Ale me dice que “si corres poco a poco” fibras más. De ahí mi culo prieto y mis pantorrillas de Kourni.

Los sábados lejos de casa también me gustan. Hoy me he levantado en Glasgow en casa de unos amigos después de dormir como un lirón. Me ha despertado su hijo Luk, que se entretenía jugando con el Lego en el salón. Luk tiene la varicela y lleva tres días sin ir a la guardería. Irradia felicidad. A nadie con dos neuronas en la cabeza le gusta ir al cole, especialmente si fuera hace frío y en casa tienes una invitada tan guay como An-dre-ia, como me llama él, cuando quiere llamarme la atención y yo le ignoro desde el sofá, embobada frente al ordenador. Ayer dormimos juntos en su habitación, yo en un colchón inflable y él en su camita de Ikea. “No te preocupes, que si se levanta a medianoche vendrá directo a nuestra habitación”, me dijo su madre, tranquilizadora, cuando yo imaginé a Luke levantándome a las seis de la mañana con los bracitos cubiertos de granos para jugar con Mr. Potato.

Pasó algo peor. Sobre las dos de la mañana, noté como un pequeño ser en pijama de cuadros se colaba en mi cama y me robaba el edredón.  Al principio me hizo gracia, pero luego, al descubrir que cada vez que se movía, el colchón inflable se movía como una barca, por poco lo mato. Pasé la noche en vela, imaginando que me contagiaba la varicela – una proporción muy pequeña de la población la pasa dos veces – y que tenía que ir a una boda la semana siguiente con la cara llena de granos. Por motivos que desconozco, entre mis visiones de mi cuerpo lleno de granos se intercalaron desvariaciones  oníricas de un cocinero siciliano amigo mío  preparando platos de macarrones con tomate en su restaurante de Barcelona. Al final desperté a Luke y le ordené que se volviera a su cama. Él obedeció como un zombie, pero a las seis de la mañana regresó para quedarse. Un hombre con las ideas claras.  Un reincidente.

Esta noche Luk ha dormido con sus padres y yo he podido dormir ocho horas. Cuando me he levantado, me esperaba descalzo para jugar al Lego mientras mi amiga preparaba los pancakes del desayuno. Sonaba Van Morrisson y por los ventanales victorianos asomaban las fachadas de ladrillo rojo y las gaviotas sobre el cielo gris. “Well it’s a marvelous night for a moondance, with the stars up above in your eyes…” La letra me ha telentransportado al Central Park en una fría tarde de primavera,  cuando un antiguo novio me cantaba esa canción al oído.  No recuerdo si era sábado, ni si habíamos desayunado pancakes, pero nos escribíamos cartas y nos fundíamos el dinero en horas de vuelo para vernos. “Can  I just have one more romance with you, my love”…  Huele a pancakes y a mantequilla fundida. También hay fresones y café, y un yogur de ruibarbo que compré ayer en Waitroses al salir de clase de yoga en un barrio hípster de Glasgow. Al salir, la profe y una amiga, una señora pelirroja con ojos pequeños de color azul que acababa de volver de un retiro en la India,  me invitaron a café y  cannoli en un restaurante… siciliano.  IMG_20170429_114438.jpg