Quiero que vuelvan los 90

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La crisis existencial que me ha creado el prucés me ha llevado hasta Tarragona, donde crecieron mis antepasados, los Montoliu, gente de letras, catalanistas. No sé si hoy serían indepes. Por culpa del prucés no tengo tiempo para comer croquetas con quién me apetece.

Quiero que vuelvan los 90. Lo pensaba esta tarde, mientras conducía de vuelta casa, escuchando a todo volumen un disco de Oasis que mi hermana debió dejar puesto en el coche la semana pasada. Hacía años que no escuchaba el álbum, pero todavía me sé casi todas las canciones de memoria: We live in the shadows and we Had the chance and threw it away, And it’s never going to be the same ….  (Hello).

You gotta roll with it, You gotta take your time, You gotta say what you say, Don’t let anybody get in your way, ‘Cause it’s all too much for me to take… (Roll with it)

Así, cantando Oasis a bocajarro, con el estómago contento después del delicioso arroz con chipirones y almejas que nos hemos zampado mis amigos y yo en la playa de El Vendrell, me he acordado de un viaje a Madrid cuando cursaba el COU. Fuimos solo los  que hacíamos Historia del Arte – unos diez o doce, a parte de la profe- y nos creíamos los más progres e intelectuales del cole, está claro.

Entre museo y museo, y algún que otro porro, escuchábamos Wonderwall y Don’t Look Back in Anger,  mi favorita de Oasis, y también la del chico que me gustaba. Lo pasamos bien en Madrid. Recuerdo estar bebiendo tequilas con la profe en el Villa Rosa, “el bar favorito de Almódovar” – nos decíamos, con cara de repelentes flipados – y terminar a las seis de la mañana bailando en la tarima de Joy Eslava al ritmo de algún hit del Ibiza Mix 95.

Lo admito, además de Oasis, (y las Spice Girls), me encantaba bailar música makina . En el Nivell  2 de Mataró o en Joy Eslava, de Madrid, me daba igual. Hubo una época en que la “máquina” nos unía a todos.

Ahora, va, y resulta que en algunas discotecas de Madrid, “lo más” es  pinchar el himno de España, me ha contado este mediodía una amiga de Tarragona que vive en la capital. Todo por culpa del prucés, me dice.

Ella y su marido, que es madrileño, están sorprendidos de la cantidad de banderas españolas que han aparecido en los últimos días en los balcones. “Se nota que son nuevas, puedes ver la típica marca de que acaban ser desdobladas,” me cuentan. Otros han desempolvado las banderas viejas que tenían guardadas en el fondo del armario, y que ya no usaban ni cuando jugaba la Roja.

“En Madrid, la verdad, habíamos conseguido que lo de llevar banderas y pulseritas de España fuera algo bastante limitado, algo asociado solo a los pijos ultraconservadores, o a los nacionalistas más casposos. Pero ahora con lo de Catalunya han vuelto a brotar,” me cuentan, apenados.

Casualidad o no, la mayoría de mis amigos, sean de Madrid, Pamplona o Barcelona, piensan como yo: que el auge del nacionalismo catalán – y ahora el español-  y las banderas en general son una chorrada, fruto de la manipulación de los políticos. ¿Desde cuando un país empieza a venerar a un President o al jefe de la Policía como si fueran héroes? Los políticos están para criticarlos”, coincidimos. (la única gente que he borrado de mi Facebook estos días es la gente que cuelga fotos de Puigdemont como si fuera el Gran Líder, me parece demasiado friki).

Mientras nos poníamos morados de paella y vino blanco, los niños revoloteaban en la arena y el sol nos acariciaba la espalda. 12 de octubre. Primer día de puente. Manga corta. Calor de verano.

“Realmente, los catalanes vivimos oprimidos”, dice alguien en broma, sirviendo más vino.

Reímos, pero por dentro, todo el mundo está tenso.

-¿Has dejado de fumar de verdad, o has hecho “un Puigdemont”?, bromea otro amigo, invitándome a un cigarrillo. Lo rechazo.

Traen postres y cafés. Tiramisú, mousse de chocolate blanco con naranja. Calipo para los niños. El sol empieza a aflojar y las familias salean a pasear por el paseo marítimo, una hilera de casitas blancas sin esteladas ni banderas. Un privilegio visual estos días.

En el coche, escucho Roll with it en bucle

“I know the roads down which your life will drive,  

I find the key that lets you slip inside

Kiss the girl, she’s not behind the door

But you know I think I recognize your face

But I’ve never seen you before

You gotta roll with it

You gotta take your time

You gotta say what you say

Don’t let any fucker get in your way

‘Cause it’s all too much for me to take

He llorado dos veces en lo que va del prucés. La primera, el domingo pasado, yendo a Tarragona a visitar la tumba de mi abuelo. Quería contarle el pollo que se ha montado en Catalunya (al mismo tiempo empezaba la manifestación pro-españa en Barcelona). Mi abuelo, un catalanista e intelectual de primera categoría, se lo veía venir. “Los catalanes nunca conseguirán nada por culpa de su complejo de superioridad,” me repetía el año pasado, poco antes de morir. Mi abuelo no era independentista.

La segunda vez que lloré fue el martes, poco antes de entrar en el Parlament para escuchar el discurso del president Puigdemont, en el que iba a declarar supuestamente la independencia. De camino me crucé con un grupo de cuarentones vestidos con camisetas indepes que acababan de llegar de su pueblo, en el Alt Empordà, para poder seguir el discurso del president desde la pantalla gigante instalada en Arc de Triomf. La noche anterior, la Assamblea Nacional (ANC) hizo una llamada masiva a los ciudadanos  por redes sociales para que se concentraran cerca del Parlament a la misma hora que Puigdemont  declarase la independencia.

“Hemos venido para dar apoyo a nuestro President, para defender las  instituciones catalanas. Es un momento histórico, llevo toda la vida esperándolo. No me lo podía perder”, me contó uno de ellos, emocionado. Sus ojos destilaban ilusión y nerviosismo al mismo tiempo. “¿Defender las instituciones de quién?”, le pregunté. “Del gobierno opresor”, contestaron.

Cuando se dieron la vuelta, lloré de pena, por sentirme tan lejos de ellos.

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Viaje al país de Los Otros

Llevo una semana con insomnio. Me despierto a las 5 y ya no hay quien duerma. Me quedo en la cama y pienso en cosas poco trascendentales, tipo cómo hacer enfadar a mi madre al día siguiente. Últimamente le saca de quicio que repita todo el rato una frase que el president Puigdemont (@KRLS) publicó en Twitter: 
#Hi ha en marxa una “operació provocació”. No hi caiguem. Ens volen crispats i enfadats (com ells) perquè ens veuen serens i esperançats!”
Cada vez que mi madre refunfuña (¡no tiras la cadena! No te has comido el pollo!) , repito “encrispats i enfadats!” y veo que entorna los ojos y da media vuelta. El otro día se lo dije al regresar de jugar al tenis, mientras se quejaba por tocarle todos los ventiladores de Aire Acondicionado del coche, y me soltó : “es que te ríes de todo, Andrea, del president, de Catalunya, del mundo.”

“Ens volen encrispats i enfadats (com ells)”. 

La verdad es que río para no llorar.¿Quienes somos nosotros, quiénes son ellos? Me parece irresponsable por parte de un político bipolarizar de esta forma. ‘Los otros’ no existen. Ni aquí ni en Filadelfia. 

Esta madrugada he intentado recordar la primera vez que fui a visitar a ‘los otros’. Es decir, la primera vez que viajé a España, aparte de Cerler, donde mi àvia tenía un apartamento de Benasque (mi àvia, una catalanista excursionista y curiosa, que le encantaba hablar con la gente del Valle de Benasque, en patués, castellano o lo que hiciese falta). 

Mi primer viaje al país de los otros fue hace unos 30 años, debía tener 8 años, mi hermano 5 y mi hermana 2. Lo que más ilusión me hacía era ir en tren a Madrid y dormir en un vagón. Mi padre me había prometido que al llegar a la estación de Atocha tomaríamos chocolate con churros, y mi hermano y yo nos pusimos las botas seguro.  También recuerdo un mural y mucho humo. Entonces se podía fumar en todas partes. En la estación, en el bar, en el coche. Probablemente fue lo primero que hizo mi padre al subirnos al Volvo blanco familiar que trajimos en el tren desde Barcelona. Lo segundo sería pegarle la bronca a mi madre.por no saber leer el mapa de Madrid. (“¡Nick,  la Castellana es una avenida grande, no este callejón sin salida”, o algo por el estilo).

En tercer lugar se debió girar para ordenarnos a mi hermano y a mi que dejáramos de pelearnos. Mi hermana Maria todavía era muy pequeña para liarla, pero de vez en cuando le decíamos “maria, haz fuerza’, y ella se ponía a apretar los puños y contener la respiración, hasta que se ponía muy roja. “Quereis dejarla en paz”, gritaba mi madre. 

Para que calláramos, mi padre subía el volumen de la radio. Los Beatles y los Beach Boys fueron la banda sonora de mi primer viaje al país de los otros. “Baby you can drive my car, na na na na, yes I am gonna be a star..”.
Fue un gran viaje : madrid, segovia, ávila, ciudad Rodrigo… la verdad es no me acuerdo de casi nada, excepto de lo primero que le dije a mi padre al subirnos en coche en Atocha: ¿podemos ir a La Moraleja a ver la casa de Isabel Preysler?

¿Habéis entendido algo?

“El día 21 de junio de 2002 me levanté a las dos del mediodía con una resaca tremenda. La noche anterior había sido la fiesta de graduación. Adiós a cinco años en ESADE y al asqueroso café del bar de la facultad. Me escondí bajo las sábanas estampadas con gaviotas rosas y nubecitas blancas. ¿Y ahora, qué?

Por la ventana me llegaban los gritos de los niños jugando en el patio de mi antigua escuela. El mismo patio donde aprendí a hacer “sorra fina” y a esquivar los pelotazos de los mayores jugando a futbol. Tumbada en la cama, incapaz de moverme, incluso me pareció escuchar el vozarrón grave de mossèn Raimon, el fundador de la escuela. Raimon siempre me cayó bien. Lo primero que nos dijo en clase de catequesis es que Adán y Eva no existen, y que Dios es amor. Es el argumento más consistente que he oído en boca de alguien que intenta hacerme creyente.

Mossèn Raimon también nos daba clase de Historia. En clase nos contaba que había escondido a gente perseguida por Franco. Era catalanista y germanófilo. Si nos desmadrábamos en clase, gritaba en alemán para hacernos callar. Su lección sobre  Felipe IV y la guerra de Flandes incluía burlarse un poco de la armada española y hacer juegos de palabras para que recordáramos los nombres de las ciudades holandesas: Amsterdam, Rotterdam, y Utrecht que, según él, en catalán sonaban de forma parecida a los procesos digestivos: “AAMMsterdam”, (parecido a “nyam”),  “ROOTTerdamm” , (“rot” en catalán significa eructo) y UUUTRECHT. (“ho trec”, es decir, “lo saco” , o “vomito”).

Como en la escuela parroquial sólo era posible estudiar hasta octavo de EGB, mis padres me enviaron a cursar el BUP y el COU a los Salesianos de Mataró. En las aulas de este colegio se daba una exótica mezcla de pijos del Maresme, gente de Mataró de toda la vida e hijos de inmigrantes del barrio de Cirera. Más tarde me enteré que también había estudiado allí Salvador Puig Antich.

Mi profesor favorito era “el Pedro”, un salesiano que nos daba clases de Filosofía. Era un  hombre de apariencia tranquila, de melena blanca y con una barba triangular, al estilo árabe, que se acariciaba mientras nos explicaba la lección. Se expresaba de manera muy elocuente, en un castellano elegante. Daba gusto oírle hablar, aunque su aliento a Ducados podía tumbar a cualquiera sentado en primera fila. Por eso llevaba siempre caramelos de menta en el bolsillo del pantalón. Sus pequeños ojos azules nos observaban desde detrás de unas gafas de montura anticuada.  “¿Habéis entendido algo?”, nos preguntaba, después de leer en voz alta el texto de algún filósofo. A mí me gustaba Karl Popper, quizás porque fue el único que llegué a entender bien. “Teoría de la prueba y el error”. La filosofía nunca fue mi fuerte, a pesar de que yo tenía fama de empollona.

El padre Luís era otro de mis salesianos favoritos. Era un anciano tartamudo que nos daba clase de Lengua Castellana y  Religión. Sus clases eran los viernes por la tarde, el día más propicio para hacer campana, o hacer pellas, como lo llaman en el resto de España.  Yo solía escaparme con una amiga a jugar al futbolín en un bar o coger el Cercanías e ir a pasear por las Ramblas. En una de esas ocasiones, Luís puso uno de sus exámenes sorpresa, tipo “saquen una hoja y escriban el credo”.

Edu, un compañero de clase que incomprensiblemente estaba colado por mí, decidió salvarme el pellejo e hizo dos exámenes, uno de ellos con mi nombre. El viernes siguiente, cuando llegó el momento de anunciar las notas, el padre Luís nos llamó a los dos a su mesa. Noté la mirada del resto de compañeros clavada en nuestras espaldas. El padre Luís se aclaró la garganta seca, y con su voz afónica nos preguntó cómo era posible que tuviera un examen firmado con mi nombre si ese día había pasado lista y yo estaba ausente. Edu se puso como un tomate y empezó a tartamudear. “Padre Luís, eh… verá, quería ayudar a Andrea, que no estaba en clase…”

Se oyeron risitas de fondo. Yo también me empecé a poner roja y temí que se me escapara la risa. “¿Será posible que me haya hecho de tapadera?”, pensaba yo, observando a Edu. El padre Luís alzó la vista y tras obsequiarnos con una sonrisa pícara, dejando a la vista sus dientes grandes y amarillentos, dijo: “Así que lo hizo usted por Andrea, señorito Soler. Sentirá usted un gran aprecio por su amiga. Si les parece bien, les pondré a los dos un suspenso.”

(Fragmento extraído de Operación Berenjena, mi primer intento de libro)

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Vista de Cabrils desde la Creu. El Maresme no ha cambiado mucho desde que soy pequeña. Solo hay unas bastantes-mil viviendas más, y algún que otro jabalí con ganas de bañarse en la piscina.

Justin

Esta mañana, mientras esperaba mi turno para tumbarme en una camilla y dejar que mi nueva masajista amasara sin piedad mis cervicales, he oído que alguien picaba en la ventana. Al levantar la mirada del móvil (maldito Instagram), he visto a un chico/hombre/joven de color que me saludaba con la mano y me rogaba, gesticulando despacio, que le abriera la puerta. 
-Hola. Soy Justin. Mi madre es de Kingston, en Jamaica, pero yo crecí en Nigeria. Conozco a poca gente. ¿quieres ser mi amiga? Hablas inglés?

El tipo me ha hecho gracia, y me he quedado charlando con él en el umbral de la puerta, notando las ráfagas del aire acondicionado en mi espalda. Mi centro de masajes está escondido en un callejón sin salida de Vilassar de Mar, frente a una tienda de empanadas  y pollos a l’ast de dos mujeres uruguayas, que a esa hora estaba cerrado. Nuestras voces y el de las cotorras revoloteando sobre una palmera cercana rompían el silencio.
-¿Así que parezco buena persona? – le he preguntado. -¿y si no lo soy?
-Mi corazón dice que lo eres, y mi corazón nunca me engaña- me ha respondido en acento rastafari.

Un niño ha pasado patinete por detrás sin hacernos caso. Iba con la toalla colgada al cuello, varios metros por delante de su abuela, que cargaba con una cesta con las cosas de playa. La señora ha mirado de reojo a Justin -camiseta arremangada, brazos fuertes, piel brillante- y después ha llamado al niño.

-Justin ,como Justin Bieber.
-Más o menos, ha respondido,con ojos sonrientes-Pero soy de Jamaica, ha repetido con orgullo. Después me ha explicado que vivió seis meses en Andalucía y ahora vive en Badalona. Trabaja de repartidor de propaganda por el Maresme.
-Ya sabes, tiro papeles por aquí, por allí… pero a mi me gustaría dar clases de inglés. ¿No conoces a nadie que hable inglés?
Le digo que no, pero le he dado mi número.

Cinco horas más tarde, justo después de haberme cruzado con mi ex y haber escuchado sus burlas a mis sandalias de adolescente- Justin me ha llamado. No he contestado. Pero cuando lo vuelva a hacer, le daré el número de Cristian.

Todavía es pronto para chordones

No soy una persona religiosa y siempre he creído que las emociones y la vida espiritual van de la mano. Pero en la alta montaña me entran dudas. 

Este fin de semana he subido al Valle de Benasque con una amiga que tiene casa en Castejón de Sos. Bueno, llamar “casa’ al caserón de piedra donde su familia ha vivido durante varios siglos es un poco injusto. Situada en la entrada del pueblo, sus tejados de pizarra y la fachada de cubierta de hiedra y rosales en flor hablan de tiempos lejanos, cuando el establo estaba lleno de vacas y la bisabuela de mi amiga asustaba a los gatos que se colaban en el patio, chillando en patués: “Fui d’astí saldoni!”.

El caserón todavía conserva el escudo familiar esculpido en piedra sobre la puerta de madera que da a la calle  y un pequeño altar en el sótano con un retablo barroco dedicado a Santa Barbara, la patrona de las tormentas.

 Antes el retablo estaba en la iglesia del pueblo, donde cada familia importante tenía su capillita, pero durante la guerra civil tuvieron que esconderla en casa y ahí se quedó. En los 70, el ayuntamiento mandó construir una iglesia supermoderna junto a la carretera  y convertir la antigua en un centro cultural.

Sacamos el coche del antiguo establo y empezamos la excursión. Decidimos subir al Ibón de Gorgutes, un lago que se forma con la nieve de los glaciares, y que hace de puerto de montaña entre España y Francia.  Saliendo de los Llanos del HOspital, son dos horas cuesta arriba entre chordones (frambuesas), lagartijas  y flores silvestres que más tarde dan paso a prados y riachuelos que bajan cargados con el agua de los últimos deshielos. El aire es frío (estamos a 2000 metros) pero el sol nos castiga las nucas y las pantorrillas. Detrás nuestro, el Aneto y la imponente cordillera nevada de la Maladeta. Me gustaría identificar el Tuc de Mulleres, mi única cima (3.100) pero no tengo ni idea de cual es. 

Mientras contemplo el espectacular paisaje -a veces la belleza no es subjetiva – me emociono recordando  el día que subí al Mulleres. Fue un día de julio, en plena ola de calor. Mi ex pensó que hacerme subir un pico de 3000metros era algo romántico, y por poco lo mato. Ahora se lo agradezco, aunque terminase bajando de culo por la Collada de Toro, con lágrimas en los ojos y un hueso de rebeco en la mano. Él me descubrió la alta montaña. Los Pirineos. La paz en las alturas, y en las fronteras. Eso sí, sigo siendo incapaz de distinguir a un rebeco de una cabra, a un halcón de un quebranta-huesos.  Ni siquiera sabría distinguir un chordón de una ortiga si no veo a las frambuesas colgando. “Todavía es pronto para chordones”, me dice mi amiga, que acaba de rellenar la botella con agua helada del arroyo. “¿Quieres?” Le doy un trago y me paso los diez minutos siguientes pensando en la diarrea que tendré mañana.

 Unos veinte minutos más adelante, llegamos al lago y me olvido de todo. Así, rodeada de picos nevados, del sonido del viento, del azul turquesa de las aguas del glaciar, es cuando conecto con la poca espiritualidad que hay en mi.

 La que me hace pensar que la vida tiene algun sentido más allá de que estemos aquí.

A mi àvia, la madre de mi padre, también le gustaba la montaña. Al quedarse viuda, ella y una amiga se compraron unos apartamentos  en Cerler, el pueblo más alto del Valle de Benasque, y subían a menudo para hacer excursiones, salir a buscar setas y  flores.

 L’àvia pasó la guerra civil en Suiza y allí empezó a aficionarse a la montaña. Yo me perdí a làvia excursionista (la osteoporosis la postró en una butaca cuando yo era pequeña), pero cuando la iba a ver me contaba que subían a esquiar con los esquis a cuestas y que había bajado el Mulleres en espardenyes.(nunca me lo creí, era un poco guays como yo).

“Tu abuela era una señora con mucha personalidad, y con mucha categoría”, me explica con una sonrisa José Barrabés Barrabés, el fundador de Barrabés, la tienda de montañismo más grande de España, que está en Benasque. 

Mi amiga conoce al Sr. Barrabés desde hace tiempo (las familias del Valle se conocen todas entre ellas, parecen ser todos primos segundos) y al bajar del monte le hemos ido a saludar. Tiene 84 años y me hace ilusión ver que se acuerda perfectamente de mi abuela y de su amiga, la sra.Farreras. 

“Juntas se lo pasaban bomba. No paraban. A menudo bajaban de Cerler y pasaban por mi tienda para comprarme pieles o moixernons para el fricandó”, recuerda José, apoyado en su bastón, frente a su flamante nueva tienda de 5 pisos. Lejos quedan los tiempos en que él y su mujer rejentaban un pequeño local en el centro de Benasque donde vendían” de todo”.

“Me bajaba a los anticuarios de Huesca y compraba de todo: cencerros, pieles de leopardo, de vaca, visones…”, dice. Eran los años 7o y empezaban a llegar los primeros veraneantes con casa en el Valle, muchos de Barcelona, como mi abuela.  Un día le dijo a mi àvia, “mire, señora Rodés, usted ya me ha comprado de todo, ahora voy a ponerle yo unos perfumes de Myrurgia en mi escaparate”. 

Myrugia era la empresa de perfumería que creo mi bisabuelo Esteve Monegal, el padre de mi àvia, que hace unos años fue vendida a Puig. 

El señor Barrabés me pregunta si he estado en la nueva tienda que han abierto en Barcelona, ciudad donde tiene grandes amigos, pero después se queja del reciente auge del nacionalismo catalán. “Antes los catalanes eran admirados en toda España, ahora pasa lo contrario. Y esto no lo arreglais en 100 años”, me dice, con rostro preocupado.

Para Barrabés, que se dispone a pasar la tarde frente a la tienda, observando si los clientes salen con cara de contentos o enfadados,  este país tiene problemas mucho más graves que el nacionalismo: por ejemplo, evitar que la gente joven se marche del Valle. “Los pueblos se estan quedando sin gente y si no hacemos algo, pronto quedarán abandonados”, se queja, frunciendo el entrecejo. 

Son las siete de la tarde y el sol sigue aprietando sin piedad. Al otro lado de la calle, en una plazoleta abrigada a la sombra de un edificio de piedra, cuatro mujeres mayores juegan una partida de quilles. 

“Pilar, atención al corneró!”, grita una de ellas a su compañera, a punto de lanzar  una pesada bola de madera contra una especie de bolos colocados en el suelo.  Son les “quilles”,  un juego tradicional del Valle de Benasque, mezcla de bolos y petanca, al que solo juegan mujeres. 

“A les tres de la primó”, “a les tres de la primó”- grita otra luego. Me cuesta entenderlas cuando hablan en patués. “No te’n balles ta ayá”, le responde otra, señalando  la rugosa bola de madera, tallada a mano.

Seguro que l’àvia era capaz de chapurrear el patués. También hablaba  català, castellano,  francés y un poco de inglés.  ‘las lenguas no se pueden imponer. Por que los idiomas son eso, no? Una gran riqueza cultural’, dice Barrabés, antes de despedirnos.

¿soy yo?

Ayer por la noche fui a tomarme un helado a la Jijonenca de Vilassar. Eran ya las once y media pasadas, pero estaba a petar de familias con niños pequeños que reclamaban sus cucuruchos de fresa, aprovechando la primera noche con temperaturas de verano. 

Sentados en un banco frente a la Jijonenca vi a una pareja de mi edad lamiendo sus cucharillas con cara de aburridos y sendas Brompton blancas aparcadas a un lado. Seguro que también usan el mismo jabón de cuerpo del Mercadona, pensé, mientras les observaba en silencio deborando mi helado. Esa miserable terrina de mango y ferrero rocher iba a ser mi única cena. 

Noté las gotas de chocolate resbalando por mi barbilla, los restos de sudor y crema solar incrustados en mi cuello,  el escozor de los rasguños que cubrían mis piernas después de una excursión de seis horas por Siurana con mi hermana mongui y mis primos troll. Al lado de esa pareja recien duchada y sus bromptons relucientes, me alegré de ser yo. 

Las mesitas de la siesta

Querido abuelo,
La semana pasada me llegaron tus mesitas de la sala de estar, ¿te acuerdas? Aquellas que todo el mundo utilizaba para apoyar los pies y hacer la siesta, después de una buena comilona preparada por Encarna. Tortillas rellenas, con un poco de suerte. O estofado con alcachofas. O tallarines gratinados con berenjena y mozarella. Rosbif con puré de manzana. Garbanzos. Habas… Y de postre, tarta de limón con merengue. 

En tu casa, después de comer, era imposible no desplomarse en ese sofá de cuero verde resbaladizo y quedarse dormido con los pies apoyados en la mesita. Antes, pero, la cubrías con un cojín -tapando los dibujos rococó descoloridos- porque sino te clavabas los cantos en los tobillos. 

Ahora miro las mesitas de cerca y me doy cuenta de que estan hechas trizas. Las patas crujen y el esmalte de la pintura se resquebraja, pero me las quedaré igual. Las pondré en el salón de mi casa, para recordarte un poco cada día. Sobre todo los domingos por la tarde, que era cuando solía ir a verte. Entonces la mesita más alta se convertía en  un taburete. La acercaba a tu butaca, me sentaba encima de ella y así me oías mejor.
Hace poco, un amigo que se acaba de divorciar me decía que las parejas en realidad sirven para no sentirse solo en las tardes de domingo. Yo no me daba cuenta, porque te tenía a ti. Antes de que se apoderase de mi la melancolía dominguera, cogía el coche y me plantaba en la calle Reina Victoria,  que en primavera siempre huele a jazmín y a plantas recién regadas. 

Alguna tarde estaban también mi madre o alguna de las tías, pero a mi me encantaba cuando nos quedábamos tu y yo a solas. Hablábamos de mi nuevo trabajo o de mi nuevo ligue (ya sabes que ambos me duran poco), de mis proyectos de libro, de mis futuros viajes a países raros -¡China! Serbia! Bulgaria!Kaliningrado!(este fue culpa tuya, por decirme que fue donde nació Kant)-,”¿Y ahora qué, dónde te vas?’, me preguntabas con los ojos verdes brillando detrás de tus gafas anticuadas. 

Este domingo te hubiera contado que estoy pensando en ir este verano a Costa Rica con un chico con el que estoy saliendo, pero que no lo tengo muy claro.  Me hubieras soltado un “ah, muy bien. Y allí que hay” y te hubieras reído oyendome decir que a mi no me gusta ni el calor, ni la selva ni la playa, y que me da pánico aburrirme con él.

“No sé, abuelo, yo quería ir a Nebraska o a Montana, pero nadie me acompaña”. Seguramente me hubieras convencido para que este verano  me vaya donde me dé la gana y pase de todo. 

Después de mis viajes te hubieras sacado de la manga alguna excusa para hablar de política catalana, y me hubieses dicho -alzando tu dedo índice que no dejaba de temblar- que Catalunya tenía un complejo de superioridad con España y que por eso nunca nos iría bien. Tu no creías en los políticos catalanes. Ni en los españoles.  Lo cuestionabas todo. Un escéptico y un provocador, como yo. 

Te echo de menos, abuelo. Miro estas mesitas desgastadas y te veo rellenando las casillas del crucigrama con el lápiz Staedler, tu letra quebradiza, tus jerseys de lana manchados de estofado o lentejas. Te empeñaste en comer en la mesa hasta el final, como un señor. Un gran señor.