L’Assumpta

Els pisos de protecció oficial del Poble Nou valien 80.000 pessetes (200 ptes al mes). Es van construir per als treballadors, davant del tren Bsrcelona-Mataró

L’Assumpta està a punt de fer 89 anys i des de l’any 36 que viu en aquesta caseta amb jardí al final de la Rambla del Poble Nou. “Sis generacions hem viscut aquí, des dels meus avis als meus besnéts. Compta”, em diu. L’he conegut mentre ecollia una ampolla de ron buida que algú havia deixat tirada entre els arbusts del seu pati. “Aquest jovent, que es passa la nit bebent coses tan fortes i després ho deixa tot brut… “.
La seva caseta amb jardí ha quedat atrapada entre la Rambla i els edificis de protecció social que es van construir als anys 50. Enlloc de tirar-la a terra, l’ajuntament va expropiar el terreny i l’immoble i la familia li paga un lloguer. “Sóc una privilegiada’, diu l’Asumpta, que es coneix a tot el barri. Per darrere nostre van passant els turistes en direcció a la platja, però ella al mar no s’hi banya perque està “asquerós, brut, el Mediterrani és el mar més brut de la Terra, ens l’hem carregat”, rondina. De tant en tant canvia al castellà i li surt un accent maño. Els seus avis eren aragonesos, immigrants, com molts veïns del Poble Nou. “Tot això eren camps, creixien tomàquets, pebrots… ‘, em diu, nostàlgica. “Tu saps cuinar?”. Li dic que no gaire i fa una ganyota, contrariada. “Doncs n’has d’aprendre. Perque s’ha daprendre tot. I si saps guisar, t’ ho agrairà la butxaca , i t’ho agrairà la panxa”, em diu. Ella, com a bona mestressa de casa, va aprendre a guisar, i de la finestra de la seva cuina surten olors que entusiasmen a tot el barri. “El meu marit em deia, com haig d’anar a un restaurant amb lo bé que guises, Assumpta”,recorda, orgullosa. “I tu, estàs emparellada?”, em pregunta. Li dic que no, que ho vaig estar vuit anys, pero que em van deixar. “Ai…no enteneu res, els joves d’ara. Ho deixeu estar dient que l’amor s’ha acabat… i a la vida s’acaben moltes coses, però l’amor, precisament, no s’acaba mai”.

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Bilbao

Acabo de pasar por la calle Bilbao
El semáforo se puso en rojo,
olía a primavera,
a lluvia recién caída,
Y los charcos inundaban las aceras.

Ls noche que te recogí en ese cruce también llovía
¿Te acuerdas?
Llevabas un jersey azul oscuro,
y sonreías.

No he cenado

-dijiste.

Fuera era de noche,
pero dentro del coche se hizo de día

Yo tampoco.

Tus manos pecosas.
Tu pelo blanco, que un día fue rojo, empapado.
Tengo que decirte tantas cosas…

Vente conmigo.
Bañémonos en otro mar,
Salgamos cada tarde a pasear bajo los árboles de Coyoacán.

¿Te acuerdas?
Me besabas y dilubiaba sin parar.
Quise ser tu jersey azul
Y al final te dejé escapar.

Match point (Mallorca version)

Supo que le gustaría desde el primer momento que le vio, allí arriba, sentado sobre el murete de la entrada del club, con los brazos abrazados a las rodillas, dejándose acariciar por el sol. Soltó la mano del volante y le saludó efusivamente, como una niña pequeña cuando ve a sus amigos en el patio de la escuela. “Pero qué haces”, se dijo a si misma. Tenía la mano sudada de los nervios. Él le devolvió el saludo con la mano y se puso de cuclillas, preparándose para saltar del muro mientras ella maniobraba para aparcar. Por el retrovisor vio cómo se acercaba hacia el coche. Se había sacado las gafas de sol y sonreía. Abrió la puerta e hizo ver que ordenaba algunas cosas.
-¿Te habías perdido? Llegas tarde.
Le gustó su voz pausada y su acento mallorquín.
-Eh, no, no.. bueno… – tartamudeó. -El maldito GPS del móvil decidió tomar una carretera secundaria y por poco me lleva al huerto, pero aquí estoy. Un poco mareada de tanta curva, pero aquí estoy- repitió. Después salió del coche, y añadió: – y muy contenta de existas de verdad y no seas solo un espejismo de Facebook, una sobrasada mutante o un emoticono con cabeza de cebolla.
Él soltó una carcajada.
-Pues claro que existo. Soy muy real. Real como la paliza que te espera ahora en la pista.
-Eso ha sido un muy mal inicio- se cruzó de brazos y dio un paso atrás.- Te doy una oportunidad para que rebobines y te vuelvas a presentar como un caballero.
-De acuerdo-dijo él, poniéndose serio. -Rebobinemos. Me llamo Alejandro, pero mis amigos me llaman Federer.
-Muy gracioso-respondió ella.-Yo soy Laura, la mejor traductora de italiano de este país, además de una tenista prometedora.
-No me cabe duda. ¿Categoría junior? Estoy impaciente por ver tu revés. Pero que que sepas que si pierdes vas a tener que hacerme un masaje en los pies.

Totes les pluges de maig sota la teva caputxa blava,

els carrers són laberints de petjades mullades,

bassals que enmirallen temptacions passades,

la teva mà sobre el meu braç,

estirant del temps que ens separa.

“Para Reyes, si te echaban una naranja estabas contentísimo”

Manuel-Manoli, como le llama todo el mundo- tiene 76 años y la salud de un roble. ‘Mi padre tiene 104 años y está perfecto”, sonríe. Manoli está contento, porque ha encontrado a alguien a quien poder enseñar el castillo de Brozas desde el patio del marqués de Encina, “su jefe durante mucho tiempo”, pero también su amigo. “Nos criamos juntos”, explica, mientras miramos con asombro los muros de piedra de este castillo del siglo XIII levantado durante la “reconquista leonesa”, cuando Alfonso IX intentaba conquistar estas tierras a los árabes.

Sobre una de las puertas hay esculpido un escudo real, al que los portugueses añadieron después un árbol, nos cuenta Manoli, emocionado.

Manoli no fue al colegio. Solo un par de meses, durante dos inviernos, cuando había menos trabajo en el campo y sus padres le enviaron a cursar unas clases particulares. “Soy analfabeto”, admite, aunque dice que le encanta leer, una afición que heredó de su madre. Manuel aprendió a leer de mayor y ahora que está jubilado pasa el rato leyendo libros de historia.

“Este pueblo tiene mucho que contar, pero se está muriendo, la gente se marcha, hoy todo el mundo estudia y aquí no hay trabajo, vamos quedando solo los viejos”, dice.

En Brozas viven hoy unas 1.200 personas, la mitad que hace veinte años, por lo menos, y nadie sabe qué hacer para frenarlo. “Ahora, con el turismo rural, quizás… pero quien se va a quedar con las grandes casonas que se construyeron los que venían de hacer dinero en América?”, dice.

La historia moderna de Brozas, como la de toda Extremadura, es una historia de continua emigración. “La gente se marchó a Alemania, a Holanda, a Madrid, a Barcelona…”, dice. En Brezas en concreto más de 4000 personas se fueron a Vitoria en los años 60. ” Cuando los de fuera venían para las fiestas del pueblo, en setiembre, y contaban lo que ganaban, todos decidían irse. Los veíamos marchar, llenaban cuatro o cinco autobuses para Vitoria…”.

Según Manoli, los 60 en Brezas fueron tiempos de miseria, asi como en la Edad Media. “Piensa que labrábamos el campo con arado, como los romanos, haciendo surcos desde que salía el sol hasta que se ponía”, recuerda.

Le pregunto cuál es la receta para que su padre haya vivido hasta los 104 y que él tenga tan buena salud, y se ríe. “Mira, en invierno, para el desayuno, migas. Al mediodía, cocido de garbanzos, con mucha grasa, pero luego lo quemábamos trabajando. Y para la cena: sopa, más una presa de tocino frito. Postre no tuvimos nunca,”, me cuenta.
En verano, la sopa se comía para desayunar, “porque las migas con el calor no entran”, y para la cena, gazpacho. “Gazpacho sin tomate,¿ eh? Ni tampoco pepino. De frutas y verduras ni me hables. Esto era la edad media. Era un gazpacho a base de pan, agua, vinagre, cebolla picada y ajo”.
No puedo evitar hacer una mueca de asco.
“¿Tienes hijos?”, me pregunta. Le digo que no.
“Bueno, da igual. Seguro que habrás hecho regalos de Reyes. En mi infancia, para Reyes, si te echaban una naranja estabas contentísimo”.
Manuel se ha dedicado a labrar las tierras del conde de Encina toda su vida. Para ganar algo de dinero extra, a veces se iba a Valencia a trabajar de tractorista en la recogida del arroz y ganaba 500 pesetas. “Te dabas cuenta de que en Valencia se vivía un poco mejor, comían mejor…”
Su vida ha ido mejorando poco a poco, y aunque su sueldo de pensionista no da para mucho, dice que está contento y anda siempre con muchas cosas por hacer. Además, tiene la suerte de que su hija, ginecóloga, ha encontrado trabajo en el hospital de Cáceres, que está solo a 40 min en coche.
“Hace tres años se fue a Barcelona y a Lleida a especializarse en Oncología. Se marchó con cierto recelo, con todo esto del catalán, pero volvió encantada”, asegura.
En Brozas el tema Catalunya está a la orden del día. “Los políticos hacen mucho daño”, dice, frunciendo el entrecejo. Tiene los ojos pequeños y avispados, de color azul grisáceo, que de vez en cuando deja fijos en la cigüeña que posa sobre el torreón del castillo.
Nos cuenta que él siempre ha votado al PP, pero no porque crea que sean mejores, sino más bien por costumbre. “A mi no me hables de Rato, o de la Cifuentes, de los de los EREs de Andalucía, o de todos los que roban miles de millones…siempre me pregunto, qué harán con 30 o 40 millones? Qué puede hacerse con tanto dinero? ”
Las gallinas corretean nerviosas a nuestro alrededor y Manoli nos cuenta que los huevos no dan para mucho, tiene gallinas para entretenerse.” El pueblo, hasta hace cuatro días, vivía de la matanza del cerdo. La matanza lo era todo”, dice. Abre las puertas del patio y nos despedimos. Fuera, la tranquilidad absoluta impera en sus calles blancas e impolutas, donde de vez en cuando asoma alguna bandera española. “Este era un pueblo rico, de latifundistas. Durante la guerra civil no lo pasamos mal. No hubo frente, como en Navas del Madroño, aquí al lado, que eran más comunistas”, dice. Y con toda naturalidad, añade: “En Brozas solo hubo algunos asesinatos en manos de los nacionales, los nuestros, vaya, el PP”.

Mi primera Superbowl

–  Si quieres tener una auténtica experiencia americana, tienes que venir a cenar a mi apartamento el próximo domingo. Veremos la Superbowl por la tele con mis compañeros de piso.

Eso fue lo que me dijo Ben, un arquitecto de Virginia rubio y de ojos azules que acababa de conocer en la inauguración de una exposición en el barrio de Hell`s Kitchen, mientras nos despedíamos. Enero de 2004. Frío de narices en Nueva York. Unos -6ºC y toda la ciudad nevada. Al salir de la exposición, Ben me llevó a uno de esos típicos bares americanos con las puertas de madera de vaivén, banderitas de barras y estrellas colgadas en el techo y las camareras con tops escotados y sombrero de cowboy. “Clinton was here”, podía leerse debajo de una fotografía de Bill Clinton abrazado a una de las camareras. Ben y yo estuvimos bebiendo cerveza y mascando tabaco (él), hasta que el alcohol hizo su efecto y permitió que su marcado acento del sur vacilándome de que su libro favorito era La Divina Comedia ya no supusiera ningún impedimento a mis capacidades idiomáticas. En el taxi guardé su número en la memoria de contactos como “Dante Alighieri”.  Al día siguiente no recordaba su nombre real.

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El domingo siguiente, cuando llamé a la puerta de su apartamento de Willambsburg con una caja de Becks en la mano, sentí un poco de vergüenza. Seguía sin recordar si se llamaba Danny, John, Ben o Rob. El chico que me abrió la puerta, Jim, me sacó de dudas:

– Beeeeeeeeeeeeeeeeeeennn ¡!!! The Spanish girl is here – gritó por el pasillo.

Jim, Bob y Ben eran amigos de la infancia de Virginia. Calzaban las mismas zapatillas y llevaban la misma gorra de béisbol. Los tres estudiaron en la misma escuela primaria y en el mismo instituto, el Saint Gertrude High-School de Richmond, Virginia, y sus madres eran voluntarias en la parroquia del municipio. El padre de Ben era arquitecto. Los padres de Bob y Jim eran empleados de banco.

– Tienes suerte, justo hoy ha llegado una caja de llena de comida que me ha enviado mi madre– me explicó Jim–. Y dentro hay un meat loaf cocinado por mi abuela. ¿Te apetece probarlo?

Tuvieron que aclararme que el meat loaf es un pastel de carne típico del sur de Estados Unidos. Para mí, Meat Loaf seguía siendo el rockero de la película “The rocky horror picture show”.

meatloaf

Los tres parecían contentos de tener a una chica en casa. Me enseñaron sus habitaciones, las pantallas gigantes de sus ordenadores, sus proyectos de arquitectura en tres dimensiones, las fotos de sus viajes por Europa. Descubrí que Ben había tenido una novia de Toledo que conoció en los San Fermines.

– Elisa pretendía que me fuera a vivir con ella, a la casa de sus padres – me explicó Ben.

Después de tragarse varias comidas familiares en Toledo en las que nadie hablaba inglés, Ben decidió romper con Elisa y volver a Nueva York.

–  Mi madre quiere que vuelva a Virginia y me case con la vecina– me confesó. Ben debía tener unos 28 años, tres o cuatro más que yo. Estábamos los cinco en el sofá de su espacioso apartamento de Williamsburg, esperando a que empezara la Superbowl. Por la ventana se veían las aceras cubiertas de nieve y las luces parpadeantes del colmado 24 horas. – La verdad es que no descarto volver a Virginia más adelante para crear una familia- añadió, dando un sorbo a su cerveza. Pero en Nueva York tengo la vida muy bien montada: he conseguido un buen trabajo y comparto piso con mis mejores amigos en el barrio más cool de la ciudad. Encima me sobra dinero para viajar.

La verdad es que Ben empezaba a parecerme un poco chulo. Pero me sentía cómoda. A él le parecía curioso que una española hubiera venido a Nueva York para hacer unas prácticas en un museo tan poco conocido como el Museo del Barrio. Después de su experiencia en Grecia y en España, creía que los jóvenes de los países mediterráneos éramos incapaces de abandonar la familia y vivir en el extranjero. Algo de razón tenía.  Tampoco le parecía raro que hubiera estudiado Administración de Empresas y quisiera dedicarme al arte. En EEUU nadie decide su futuro profesional sólo en función de sus estudios, me explicó. Él mismo había empezado estudiando Arqueología para acabar dedicándose a la Arquitectura.

Abrimos unas Becks y nos acurrucamos entre los cojines. Estábamos en febrero pero en la sala de estar de Ben todavía quedaban restos de decoración navideña: estrellas de purpurina en las ventanas, lazos rojos en el pomo del mueble-bar, una postal con el Niño Jesús encima de la tele. Jim preparaba la cena en la cocina y asomaba la cabeza de vez en cuando para comentar en voz alta el partido. A Jim le gustaba cocinar. Su especialidad eran las alitas de pollo rebozadas con patatas Lays sabor barbacoa. Me levanté para copiarle la receta: barnizar el pollo con miel y aceite, enganchar trocitos de patata desmigajada con un tenedor y meter en el horno. También preparó raviolis con salsa de tomate y una ensalada con aliño “Thousand Islands”. Desenvolvió el paquete de Meat Loaf de abuela, lo calentó en el microondas y nos llamó a cenar.

Ben, Jim y Bob me sentaron a la cabeza de la mesa, no sé si por cortesía o por ser el único sitio que quedaba de espaldas a la televisión. Lo de ser la única chica era un chollo. Se peleaban por servirme la comida y me dejaron repetir de Meat loaf tantas veces como quise.  Estaba delicioso. Se parecía un poco al albondigón que cocina Mari en casa de mis padres, pero ella nunca me lo enviaría por correo. Jim nos habló de la carta que le había escrito su madre, en la que le contaba la última comida de beneficencia que había organizado en Richmond. Las madres de los tres chicos eran muy religiosas y no les gustaba nada Nueva York.

– Esta ciudad les parece demasiado liberal– dijo Ben-. Les parece aún más extraño que vivamos en Williambsurg y que nuestros vecinos sean una familia sikh o una familia de judíos ortodoxos.

De postres, Bob sacó del congelador cinco tarros de helado Ben and Jerry’s y abrió una caja de mini chocolatinas Mars. Tras unos segundos de duda, me serví tres bolas de “Chunky Monkey” – helado de plátano con trocitos de nuez y caramelo –  y una de “New York Super Fudge Chunk” : helado de chocolate con caramelo y nueces pacanas. De nuevo, esa agradable sensación de ser feliz. Hasta que de pronto, una teta de Janet Jackson rompió el equilibrio de mi felicidad.

– What was that, guys??? – exclamó Ben, levantándose de golpe del sofá.

El comentarista del partido en la televisión tartamudeaba. Tampoco entendía lo que había pasado.  La Superbowl 2004 pasó a la historia por la teta que enseñó Janet Jackson durante una actuación en pausa del partido. Yo, en cambio, recordaré la Superbowl por el atracón de calorías y birra que me pegué junto a un guapo arquitecto de Virginia que mascaba tabaco y restauraba iglesias en Grecia.

De: “Operación Berenjena”, mi primer intento de libro.

Pulso de atleta

La enfermera del hospital le había dicho que tenía pulso de atleta. Que si quería, podía correr maratones sin peligro de morir de un infarto.

-eso no quiere decir que corras más rápido, simplemente, que tienes más aguante, no te flipes, Kourni.

-Ahora ya no soy Kourni. Soy Usaína Bolt. Jaime la miró con cara de aguantarse la risa y después le dio un beso en la frente.

-Lo que quieras, cariño. Kourni, Usaína, Paulova, reina de la petanca. Eres una deportista nata. Lástima que te pases medio día en pijama y no te haya visto correr ni para apagar el fuego cuando está el café.

-Porque siempre vas tú antes- cogió la mano de Jaime y la posó sobre su pecho izquierdo-. Sé que lo haces por amor. Y yo también te quiero.

Se arrimó a Jaime y le dio un beso en el cuello. Olía a su aftershave favorito, Eau Savage, que almacenaba cuidadosamente en el armario del lavabo por miedo a quedarse sin.

-¿volverás muy tarde? – le preguntó, sin desengancharse de su cuello.

-Antes de las nueve, te lo prometo- se apartó de ella despacio y caminó de espaldas hasta la puerta. -Sobretodo, no prepares nada de cenar, no vaya ser que te canses.

-Juas.
-con lo fácil que hubiera sido buscarme una novia que supiera cocinar.

Jaime despareció detrás de la puerta y oyó como llamaba el ascensor. Le gustaba el ruido sordo del ascensor poniéndose en marcha- – bum- y luego el lento ascenso hasta el quinto.

La verdad es que tenían un piso bonito, no se podía quejar. El salón tenía vistas al mar, y desde la ventana de su cuarto veía el parc de la Ciutadella Se tumbó en la cama e hizo algunos estiramientos en pijama. No quería lesionarse. Después se vistió con ropa de deporte y fue a buscar los auriculares a su mesa de despacho. La noche anterior Jaime le había descargado un playlist especial para ir a correr: hip hop de los 90, ya verás, volarás como una gacela, le había dicho.

Ya estaba preparada. Solo faltaba empezar. Salió al vestíbulo y llamó al ascensor. ‘Bum’. brrrrrr… Luego pensó que sería mejor bajar las escaleras andando, para calentar. Claro que sí. 3, 2, 1.. le dio al play y empezó a bajar. “Now, this is a story all about how, My life got flipped-turned upside down And I’d like to take a minute Just sit right there I’ll tell you how I became the prince of a town called Bel Air”..

“El príncipe de Bel Air. Jaime le había puesto el príncipe de bel air. Se rió.

Brillaba el sol y el cielo era de un azul intenso, de esos que solo había visto en Barcelona. Cruzó la calle para entrar en el parque y empezó a correr. Las palmeras roídas, el olor de los animales en el zoo, el polvo levantándose bajo sus pies. El parc de la Ciutadella no era Bel Air y ella no tenía las piernas de Bolt, pero era feliz.

Aceleró. Más rápido, más rápido… De pronto, una furgoneta la adelantó por la derecha y por poco la golpea con el retrovisor.

-Guiri idiota! – le gritó. -¿Qué haces conduciendo dentro del parque?

La furgoneta, que tenía matrícula belga, se detuvo unos metros más adelante. Ella se detuvo en seco, por miedo a que la hubieran oído. Había gente muy pirada. Salieron dos hombres enfundados en monos blancos de repartidor, abrieron el maletero y descargaron un par de cajas. Uno de ellos le resultaba familiar. Se lo quedó mirando sin disimular, mientas seguía sonando el rap de Will Smith. El tipo le guiñó el ojo y después se dio la vuelta, en dirección a los edificios del Parlament. “Godiva chocolatiers” , leyó en la espalda de los monos de trabajo de esos dos repartidores salidos de la nada.

Empezó a sonar una canción de Snoop Dogg y volvió a ponerse en marcha. Tres, dos, uno.. Pulso de atleta, pulso de atleta, se repitió, contemplando la sombra de su silueta recortada.en el suelo. Le gustaba ver su coleta balanceándose de un lado a otro. Nunca había llevado el pelo tan largo como ahora. El pelo.. ese pelo…

-¡Ostras, claro!-. Soltó, sin dejar de correr. Su mente le devolvió el rostro de ese repartidor. -¡Pero si era Puigdemont!

Aquesta nit li he preguntat als estels,

 si es veritat que brillen més quan fa més fred.

M’han respost mentre dormia

amb veu fluixa, quasi un sospir,

“No fem res més que esperar allà a dalt,

a que s’acabi l’hivern

a que els balcons tornin a omplir-se d’olor de mar,

a que els nens es quedin pel teu carrer jugant fins tard.

La larga espera

La pantalla del ordenador lo decía muy claro: “Visita confirmada. Dispensario 76. Espere su turno”.

-¿Está segura de que debo esperar aquí?

La enfermera la miró con ojos que denotaban cansancio y hartazgo, pero contestó educada:

-Sí, es aquí. Ya sé que llevan un buen rato esperando, pero es el primer día de vuelta de vacaciones, ocurre lo mismo cada año…  El doctor hace lo que puede.

Judit asintió con la cabeza y volvió a sentarse en el mismo asiento, junto a dos mujeres marroquís enfundadas en su chador y las gafas de sol puestas. Una de ellas mecía un cochecito, donde una bebé vestida de rosa dormía plácidamente. Imaginó lo que sería tener que apechugar sola con un bebé, sin la ayuda de sus padres,  en un país extranjero. Ella no sería capaz. Con lo patosa que era, se dijo, contemplándose el dedo gordo de la mano derecha. Se había inflado como una patata y le dolía a horrores. ¿Cómo podía haberse caído envolviendo un regalo de Reyes? 

Recordaba el momento en que se había agachado con el celo en la mano para quedarse a la altura de la mesita del salón, donde había dejado el papel de regalo y el jersey que le había comprado a su sobrina. Pero de ahí a encontrarse de pronto tumbada en el suelo, con un pie entre la alfombra y medio cuerpo sobre su dedo, sin soltar el rollo de celo, no lo tenía muy claro. También se  había golpeado la cabeza con el televisor, lo que provocó el derribo de la montaña de dvds apoyada a la tele, haciendo mucho ruido.
-¿Judit, qué ha pasado? Te has hecho daño?

La voz angustiada e su madre resonó en toda la casa. Había conseguido despertarla.

-Mamá…

-¿Estás bien?
La oyó subir las escaleras, arrastrando las zapatillas de lana.
-me he caído…

Al verla tumbada en el suelo, con el pelo revuelto y el papel de regalo cubriendole media espalda, su madre no pudo evitar reír.
-.. pero cómo…
-me he hecho daño, no te rías – le dijo Judit, incorporándose, – en el dedo.

Su madre le echó un vistazo rápido y dijo que no parecía grave. Le dio un calmante para el dolor y se volvió a la cama.

Al día siguiente, con toda la familia en casa, Judit se olvidó del dedo. Le dolió un poco al abrir sus regalos , pero luego con los primeros vinos del aperitivo, se le pasó.

 
Esa mañana, sin embargo, su dedo pulgar había mutado a patata y tenía un feo color lila. Le dolía tanto que ni siquiera podía teclear en el móvil.
-Mejor, así dejas Instagram – le había dicho su hermana, que se había ofrecido para llevarla en coche a Can Ruti, donde trabajaba un traumatólogo hijo de unos amigos de sus padres. El hospital estaba en lo alto de una colina, con unas vistas impresionantes sobre Barcelona, pero le habían avisado de que encontrar sitio para aparcar era misión imposible.

-Creo que va para largo – avisó a su hermana por teléfono. Su hermana le dijo que no se preocupase, que se quedaría en el coche dando vueltas para encontrar aparcamiento y escuchando música hasta que saliera.

Mientras esperaba su turno, Judit fue repasando mentalmente el trabajo que se le acumularía por no estar frente al ordenador esa mañana: preparar los envíos de Montsant para la feria del vino de Tokyo,  la reunión con las bodegas de l’Empordà, la cata de Montepulcianos en el consulado italiano…

¿Cómo podía decir alguien que el Montepulciano es un vino chungo? , pensó, entornando los ojos, al recordar lo que le había soltado su amigo Alexei en una cena reciente, para celebrar que se forraría con la cata en el consulado. Cenaron  en una pizzeria y se bebieron una botella y media de Montepulciano entre los dos. Al salir, él había intentado enseñarle a montar en monopatín en un parque cerca de su casa. Judit había acabado de bruces en el suelo y su amigo vomitando el vino y buena parte de una pizza cuatro quesos. Después le había soltado eso de que era culpa de ese vino chungo italiano. 

 
-mucho viajar, pero no te enteras de nada, Alexei. No ha sido el Montepulciano, sino  la pizza cuatro quesos y los dos litros de aceite picante. Nadie pide pizza cuatro quesos después de los 40.

-mira quien habla, la que quiere aprender a ir en monopatín con 38.

-Tienes razón – se rio Judit-. Me he roto la media- añadió, señalando la rodilla pelada.

De hecho, llevaba una semana con un buen morado en la rodilla. Pero, al lado de ese pulgar abutifarrado, el morado en la rodilla era solo un chiste.

-Me la he vuelto a pegar, Alexei. A lo grande- le escribió a su amigo desde el hospital con la mano izquierda, como pudo. Estaba aburrida de esperar. Después le mandó una foto de su dedo.

-¿Te caíste en los columpios? Bebiste Montepulciano? – respondió él.

-No. Envolviendo regalos.

-Eing?

-Creo que me he roto un dedo.

-¿Era para mi?

-¿El qué?

-el regalo.

-Ah – volvió a reir. Notó que las mujeres marroquís la miraban con curiosidad. -No. Para mi sobrina.

Se despidió de Alexei bruscamente al ver que el médico asomaba la cabeza por la puerta del dispensario y gritaba su nombre. Le reconoció enseguida.  Habían jugado un montón  a los clicks de pequeños. Seguía teniendo los mismos ojos grandes y oscuros, aunque tenía menos pelo y llevaba gafas de ver de cerca.
-Vaya, Oliver, estás igual.
-Con algunas canas, pero sí, el mismo- le dijo, poniendo una mano sobre su hombro y animándola a entrar. -Veamos ese dedo. Tu madre llamó a mi madre muy preocupada.
-Es una exagerada.
-¿Vives con tus padres?
Judit se puso roja como un tomate. -Eh.. bueno.. sí, pero…
-Tranquila, todos tenemos nuestros motivos.

Judit le miró con curiosidad.- Tú.. tú también?-tartamudeó.
-Miremos ese dedo primero.

Oliver estuvo tocando su dedo gordo unos minutos –¿Te duele? Au! Y aquí? Ai! – y diagnosticó una fractura. Después llamó a la enfermera para que le hicieran una radiografía.

-Cuando regreses te pondré  la fíbula.

Judit estuvo un rato correteando entre pasillos detrás de la enfermera hasta llegar a la sala de radiografías. Se la hicieron en un momento. -Tienes suerte de ser amiga del doctor Abellán- le dijo, señalando con la mirada a toda la gente que esperaba su turno en la sala de espera. Judit se encogió de hombros. Por un día que la suerte estaba con ella, no se iba a sentir mal.

Al volver a la consulta, se encontró a Oliver sentado en la camilla. Se había desabrochado los botones superiores de la bata y tenía el rostro pálido y sudado.
-¿te encuentras bien? – le preguntó Judit, preocupada. Realmente, tenía mal aspecto. Le dejó la radiografía a un lado. Oliver la agarró por una esquina con la punta de los dedos, se la quedó mirando unos segundos, pero al cabo de nada la soltó y salió disparado hacia una puerta trasera.
Judit oyó como vomitaba. “Fantástico”, pensó, dándose la vuelta. En la pared colgaba el diploma de Medicina de Oliver y un par de títulos de una universidad americana muy bien enmarcados. Sus padres estarían orgullosos, pensó, recordando cómo se enfadaban con él cuando empezaban a esparcir playmobils por toda la casa.

-Perdona, ya estoy aquí. Una pequeña indisposición.

-¿Estás mejor?- preguntó ella, intentando levantar el pulgar roto. Oliver había recobrado un poco más de color en las mejillas.

-Nada grave. Debió ser la pizza cuatro quesos de ayer. 

-Dios.

What will be, will be

Nunca he creído en religiones ni rollos místicos, tipo “cada siete años se cierra un ciclo vital” o el “karma nos pone a todos en su sitio”. Neh. Yo creo en la suerte y en la mala suerte. Casualmente, la mala suerte se cebó conmigo en 2010, y otra vez en 2017. Siete años de diferencia. ¿Debería  replantearme algo? , me pregunto, tirada en un sofá con vistas al azul del Mediterráneo, a punto de la última siesta del año. Cielo rojizo. Pinos inmóviles. Últimas horas de luz de este desagradecido 2017, que se llevó a mi abuelo, uno de los grandes hombres de mi vida. Recuerdo que el año pasado pasé la tarde de fin de año con él, mano a mano, en su salón de Reina Victoria, rodeados de cuadros antiguos. Hablamos de las Memorias de Josep M. De Sagarra, de lo que pasaría en Catalunya si seguían con la independencia,  de nuestros antepasados Montoliu. Tenía 98 años y acababa de superar una neumonía, pero no se encontraba muy fino y estaba un poco decaído. Para animarle, le dije que tenía suerte de haber llegado hasta los 98 rodeado de tanta gente que le quería. “Visto así, igual tienes razón”, dijo, con los ojos brillantes. Mi abuelo tenía la mirada despierta de un joven. Sobre las ocho hicimos una pausa para que cenase un poco de sopa y un yogur, y luego seguimos hablando hasta casi las 10. Le dejé en su butaca, con su rebeca de lana y su partida de solitario en el ordenador, para irme a cenar con una pareja de amigos, que justo ahora acaban de tener un bebé. Les traje una botella de champagne francés  (no me gusta el cava)para brindar por el 2017, sin imaginar que un mes después se llevaría a mi abuelo. Murió en su cama, tranquilo, una soleada mañana de febrero. Le echo de menos cada día.

2017 también ha sido cruel con la salud de otro gran hombre de mi vida. Me ha tocado  aprender de golpe que ver sufrir a las personas que quieres es lo peor que te puede pasar en la vida. Se te rompe el corazón, por muy cursi que suene.

Hace siete años, precisamente, me rompieron por primera vez el corazón.  En 2010 me quedé un poco sin rumbo, sin mi pequeña patria, que para mi no es más que allí  donde están las personas que quieres. 2010 fue otro año de mala suerte en toda regla: rompí con el novio, volví a barcelona, me quedé sin curro, me arrancaron dos muelas del juicio, me.robaron el móvil. Pim pam. Todo en uno. Este año también me han robado el.móvil. Nada muy grave. La vida, me digo. La misma vida que te da y te quita, que te hace feliz con unos besos, aunque  lleguen con miedo o con años de retraso. 

Feliz año 2018.